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"La cita" Cuento corto

1 comentarios viernes, 6 de abril de 2012
Soy quien vio pasar la vida delante de sus ojos. No la reconocí, pintada y vestida para una fiesta a la que me invitó pero yo no quise ir. Tenía un aire altanero, de felicidad legítima pero con la idea de hacerme sentir culpable al verla. Y la verdad es que logró su objetivo. Me dio pena de mi mismo, con la felicidad pasándome por delante. Me fui a mi cuarto. Busqué mi saco, mi mejor pantalón, mis zapatos usados. Salí sin peinarme. Caminé hacia el lado en que la vi irse. Aceleré mis pasos, busqué en las esquinas, miré los colectivos y la gente arriba, quizás estuviera allí. Seguí sin rumbo pero derecho. Hasta que la vi. En la puerta de un salón llamado TIEMPO. Esperándome. Y hoy, no fallándole. La vida y yo, de la mano, entramos a la fiesta.
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"La fiesta de los 100 pesos" -Cuento corto-

3 comentarios sábado, 14 de enero de 2012
El método era lamentable pero rendidor. Cada vez que la mamá salía para darle de comer al perro, Marisa iba hasta la ensaladera de vidrio, la levantaba para sacar la billetera escondida de la familia, y se hacía de algunos pesos. No muchos, siempre para el recreo porque la madre le prohibía comer las cosas del kiosco del colegio. Ya en la secundaria no lo hizo más. Pedía, directamente. Ahora, cerca de los 15 años lo que realmente le molestaba a Marisa era no tener control sobre su propia fiesta. Sentía que era más una alegría para los otros, que para ella. Se lo dijo al hermano mayor, mate de por medio una tarde de abril. Y el hermano le dijo que en las fiestas siempre pasaban esas cosas, porque los 15 de una chica son especiales para todas las familias, y esa cosa de “ahora el mundo es tuyo” en realidad es luego de la fiesta y no durante. Ambos se rieron. Marisa entendió lo que le dijo su hermano y un poco se calmó. Pero se acercaba el dia y los padres decidían todo. El colmo fue el vestido, que no le gustaba y en cuanto más lo decía, resultaba que más convencía a la mamá de lo contrario. Hasta que el jueves anterior a la fiesta se cansó. Vio a la madre salir al patio para darle de comer al perro y fue hasta la ensaladera de vidrio. Sacó dinero mientras todo el tiempo se daba vuelta para ver si la mamá volvía, fueron 100 pesos. Los guardó en el jean y puso la mejor cara de disimulo que tenía. A la media hora le dice a la mamá que se iba a lo de una amiga. En realidad había visto ropa sobre Avenida Cabildo y se fue para ahí. Estuvo toda la tarde mirando y pensando en que no le iba a alcanzar. En eso ve un negocio de ropa y dos remeras en maniquíes bastante feos, como siempre. Una remera-polera, con un hombro descubierto y estampada la frase “Happy Day”. Entró, preguntó el precio y le dijeron 65 pesos. Le quedaba bien. Cuando salía del probador vio a la madre apoyando una mano en el mostrador, con gesto de enojo. Sonó. Le preguntó cómo la había encontrado y la respuesta fue muy del siglo 21: “te olvidaste apagar el gps del celular”. Y sí. Marisa le dijo que quería ponerse esa remera y no el horrible vestido. Llegaron a un acuerdo secreto: el vestido se lo iban a regalar a una amiga de Marisa, total nunca sabría lo feo que le resultaba a ella. Bajando la escalera el sábado, sonaba de fondo la canción de “Ghost”. Marisa, feliz. Con su remera puesta y una cadenita de plata con un colgante que decía ”Sé tu siempre”. Ambas, madre e hija, por 35 pesos la habían elegido. Gastaron los 100. Resultó barata la fiesta. Ahora sí el mundo era suyo, como le dijo el hermano.
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Mi amiga y el oso

3 comentarios miércoles, 30 de diciembre de 2009

No revelaremos su nombre, que quede librado a la imaginación esta vez. La historia, la histeria, comienza en la adolescencia, momento complicado de la vida de alguien y en el caso de ella lo era más justamente por el hecho de cumplirle los familiares todos sus caprichos. A veces hacer caso a los pedidos de alguien no es sinónimo de tranquilidad o armonía, y la persona cree tener un poder que ejerce, veremos en este caso de qué modo.

Mi amiga vivía decentemente, sin lujos pero sin quejas. Hasta que a mitad de su adolescencia comienza con la faraónica idea de tener su propio lugar, y me refiero a tener un sector aparte de la casa para ella, no sólo una habitación. Me plantea la idea y yo, necesario intermediario porque era el que aportaba calma se supone, le transmití a la madre esta “inquietud”. Ella rascó su cabeza y supe en ese gesto que no significaba un NO. Estaba pensando en cómo, una vez más, hacerle caso en un pedido a su hija.

El terreno era de fondo largo así que la idea invitaba a la realización. La madre sacó un crédito, yo la acompañé. Su cara era de resignación o yo sentí eso cuando la vi firmar esas seis o siete hojas de conformidad. Se contrató gente y manos a la obra. En algo asi como cuatro meses una construcción aparte, que ocupaba todo el ancho del terreno, se había levantado detrás de la ahora “casa principal”. Mi amiga miraba el trabajo tomando mate por la ventana. Todo iba a su ritmo. Con la obra concluida se acercó a inspeccionar detalladamente cómo quedó todo, yo entré detrás.

Techo muy bonito, de teja, que tenía una caída que le daba un aire a chalet era lo primero a la vista. Una puerta en medio y a la izquierda un ventanal. Uno ingresaba y había un gran salón en donde sin paredes se podían ver muchos sectores, lo que hoy sería un loft y que en aquel tiempo era algo poco visto aun. A la izquierda, la única pared divisoria, la de su habitación. No demasiado grande, sí su placard, que llegaba hasta el techo desde el piso. Un baño y una cama con colchón doble.

Pero el loft era más interesante. Una cocina en un extremo, con mesada de color gris y una heladera baja y ancha. Unos esquineros para guardar libros, una mesa rectangular en madera con seis sillas muy bonitas y dos ventanas más chicas que la de la habitación, con cortinas en color crema. En el centro del loft el detalle más llamativo: un bajo nivel, circular, hecho con cemento en donde se hizo el asiento largo y obviamente circular. Desde ahí mi amiga miró la obra y la aprobó con un gesto.

Quedaba más. Su idea era conseguir almohadones circulares para ese espacio y una mesita ratona circular también. El crédito ya era cosa juzgada y no hubo más dinero. Ella puso cara de mala y no le agradó, pero claro, le habían dado el gusto, no había tanto lugar a reproche de su parte. Apareció un televisor y la independencia respecto de la “vieja casa” fue absoluta. Era su refugio soñado.

Yo iba casi todos los días. En general me llamaban para que fuera: la madre por teléfono me decía que su hija se había encerrado en la habitación y pedía por mí. Yo iba, no era cerca de mi casa justamente, y veía la misma situación. Encerrada efectivamente en su cuarto pero con ese ventanal abierto, con lo cual ella podía salir por ahí o yo entrar. El ambiente estaba cargado de capricho, de eso se trataba su comportamiento, al que por cariño apañaba y comprendía aunque a veces me costaba. Se enojaba mucho cuando me iba, quería siempre que me quedara. Decía que había que usar ese loft conmigo y que haría una fiesta. Cuando veía que el discurso venía por ese lado, preparaba mate y le servía, ella encerrada en su cuarto y yo por afuera del ventanal, sirviendo. Asi pasaron muchos días y meses.

Nuevamente la madre al teléfono…escuchaba su voz y temía el pedido, ya. Mi idea era estar un momento, no tenía tiempo, yo estudiaba aunque a veces por mis números no se notara. Un día jueves voy, estaba encerrada. Se había enojado días antes porque yo por enésima vez le dije que me debía ir. Pero esta vez llegué y vi algo extraño. De espaldas, en aquel círculo en medio del loft un oso…gigante. Yo nunca vi un muñeco de tamaño tan grande, algo más de un metro de alto. Estaba sentado.

Me acerco y lo giro. Era blanco y con una especie de chaqueta azul. Tenía anteojos de sol y un cartel colgando. Me fijo el cartel y decía “Gabriel”…no sabía si halagarme u ofenderme ante eso. Toco la puerta y era un ejercicio inútil, ella no abriría. Salgo y por la ventana le pregunto ¿qué es ese oso? ¿Por qué tiene mi nombre?.

Ella baja el volumen de la radio a todo lo que da y me mira. Temí un discurso de 20 minutos pero no, fue contundente. “Ah, si…¿lo viste? Lo conseguí, al menos ése está todos los días…y la verdad ¡con él tengo más diálogo que con vos!”

Yo me hacía el enojado pero daba para la risa, igual fui hasta el círculo de cemento, agarré el oso y le pegué una patada. Ella escuchó el ruido y abrió la puerta. Corrió hacia el oso como si fuera un familiar caído. Si vas a salir, preparo mate, le dije. “Dale”, me dijo. Hice mate y nos sentamos en el círculo de cemento, aun sin almohadones ni mesa.

Amistad rara la nuestra, ¿algún día dejaré de ser bombero?, le dije.
“Dale, cebá”, fue la respuesta.
Los dos tomando mate. El oso sentado en un extremo era testigo.



Acotación al margen: Nunca aconsejo frenar una locura si no se sabe cuanto solucionaremos con eso. Si no se puede arreglar con nuestra intervención, es preferible seguir la corriente esperando mejor momento. Aunque a veces ese momento tarde una eternidad. ¿El oso?: se ensució enseguida, era blanco. Lo puso a lavar y lo rompió el lavarropas.
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