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."Corre por las venas".

0 comentarios sábado, 23 de junio de 2012
Dejame tener la culpa de quererte. De confiar, de intentar, de sentir hacer lo suficiente. Dejame probar de qué lado es la orilla a la que me lleva el amor en marea. Con el maldito viento a cuestas y con el hambre de las cosas buenas. Dejame por un dia que seas la felicidad de lo que somos cuando llego a tu mundo y mi mundo de coincidencias. El que no busco y nos encuentra. Dejame que llore cuando un hombre pasa a ser un niño que lo intenta. Dejame tener la culpa de quererte. Y decírtelo en mis venas, donde corre la sangre que sueña. Tuya. Y nuestra.
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"Versus el mundo" -Cuento corto-

1 comentarios viernes, 6 de abril de 2012
No sé por qué las ciudades están llenas de gente que no conozco. No me explico cómo la felicidad a veces pasa por tener lo que el otro no tiene. Y disfrutar que no lo tenga. Me resulta complicado entender parte del mundo. A los que están incómodos en sus lugares y en vez de intentar modificarlo quieren que todos estemos incómodos. No entiendo el desamor. Cierto empeño en chocar contra la soledad, que mullida recibe cada vez más adeptos. Hay una calle hacia donde todos terminamos desembocando: la del olvido. Todos quieren olvidar y no lo hacen, los recuerdos se van tapando unos con otros aunque salimos de allí creyendo ser nuevos. Tengo confianza, porque desde hace meses no me pasa lo que pasa. En la ciudad llena de gente que no conozco siento que conocí a una, que astutamente se ha ido. Para que la extrañe mirando su mundo desde el mio. Pero invitándome a salir a buscarla. Y con amor encontrarla, perdido como un chico.
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"La firma en tus ojos" -Cuento corto-

1 comentarios viernes, 10 de febrero de 2012
Le dijo que no la conocía. Que no entendía por qué lloraba si todo estaba bien. Que sentía que ninguno de los dos podía hablar y por eso había que calmarse. Le preguntó por las personas que vio, haciendo ruido todo el tiempo con gestos ampulosos. Que de noche tenía frio, a ver si lo podía solucionar. Le confió que tuvo miedo al principio, que despertarse a la mañana es parecido a abrir una canilla y que el mundo salga por ella sin control. Que tiene la fórmula de la felicidad cuando algo molesta: darse vuelta hacia un costado y cambiar la visión. Pudo decirle que avisara a quienes vinieran que es inútil hablarle a veces, a la gente aun no la comprende. Que siente calor en las manos, una energía que lo hace moverse siempre. Que en el rato que estuvo ahí, en un momento lo dejaron junto a una mujer que no conocía y que luego llegó ella. Le volvió a decir que no llorara aunque se guardó comentarle que le gustaban sus caricias. La dejó tranquila por la noche, ambos descansaron. Al otro dia por la mañana la miró nuevamente, casi frente a frente. Y le dijo que sus ojos de mujer sellarán un pacto eterno con él. Ambos jurarán entenderse de ahí en más sin una sola palabra. Ella le dio un beso. Él se acomodó en su pecho y se durmió.
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"Crujido" -Prosa-

1 comentarios viernes, 25 de noviembre de 2011
Calor y frio ajenos de mañana luminosa.
En la normalidad, yo ahí no soy yo.
Porque corro con los ojos, hay dicha en lo que veo
para disfrutar lo nuevo en mi, y en eso que se mueve.
Soy idea de tiempo sin conciencia y tengo ante mis pies
una tarea laboriosa, sencilla por feliz.
Aprendo mirando lo que imito, sigo un ejemplo
y soy aire haciendo lo que otro hace.
Y soy viento, el que mueve todo y me invita
a no separar en razón los deseos perpetuos.
Un remolino ahora y en remolinos se desarma
lentamente mi felicidad, que quiero cerrar en un puño.
Que esté dentro cuando está afuera.
Que me lleve.
Que me moleste de hermosa.
Que sepa que está ahí,
Que batalle. Que lo sepa.
Que no muera en viento.
Que en ruido, vuelva.
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"El amor y la puerta" -Cuento corto-

1 comentarios jueves, 3 de noviembre de 2011
“No sos una estampita” me dijo la negra antes de darse vuelta e irse, quedándose con la última palabra y lo que es peor: la razón. Tenía estilo para pelear, siempre le reconocí eso, me gustaba hasta cuando se enojaba conmigo. Cerró la puerta de la habitación y se quedará ahí un rato hasta que se le pase. Me porté mal, no le avisé a qué hora volvía, me esperó con la comida. La negra tenía razón, una vez más.

Evidentemente no soy una estampita pero ella para mi sí lo es, me conoce en mis debilidades, estoy entregado hace ya tres años a lo que me diga. Cuando la conocí me sacó rápido la ficha, creo que uno va predispuesto según quién sea, a que pase algo así y a que lo conozcan del todo. Conocer del todo implica eso que ocultamos frente a los demás, que compartimos sin pensarlo, cuando encontramos una razón para no sentir que tenemos un defecto, o una manía o algún dolor. Y la negra era eso, yo le entregué el corazón apenas la vi.

Golpeo ahora la puerta y no me abre, le digo que no se enoje conmigo, que me comeré la comida fría de todos modos, que la próxima le avisaré con tiempo. La primera vez que la vi fue en la facultad. Pasaba y se daban vuelta para mirarla, como dice el tango. Luego un amigo en común hizo una fiesta y sentí que era una señal. Me acerqué a ella aquel viernes de hace tres años y la toqué con el vaso frio que tenía en la mano. Me miró y me presenté, le dije que la ubicaba de alguna materia en común y me dijo que sí. Bah, me dijo que sí, que me ubicaba. Hablamos de cualquier cosa unos 15 minutos.

Me preguntó la edad y los 23 le sonaron a poco, lo vi en su cara. Ella tenía la misma edad pero seguramente querría a alguien un tanto mayor. ¿A vos te gustaba antes de conocerme alguien mayor que yo?. “¡No! ¡Qué decís!” me dice la negra detrás de la puerta. Bueno, al menos me habla, es un avance. Dos semanas hasta que le mandé un mensaje de texto con miedo a la respuesta: ¿podremos salir?. Y ella me respondió “Bueno, pero elijo yo adonde”. Así que fuimos tres días seguidos…¡al cine! Nadie puede resistir ver tres películas en días seguidos y le parezcan buenas, salvo a la negra. A mi me aburrieron las tres pero cuando no se daba cuenta la miraba en la oscuridad de la sala y era realmente hermosa, no sabía cómo demostrarle que sentía haberme sacado la lotería.

Mezcla de libertaria y formal, me presentó a sus padres. ¿Te acordás cuando conocí a tus viejos?. “Yo sí, ellos no”, me dice, haciéndose la graciosa detrás de la puerta. Dale, abrime negra, ya me comí toda la cena aunque estaba fria (mentira, tiré la comida, helada e impasable). No me hagas prometerte lo que no tengo, che. Y no tengo más nada, vos sos yo. “Callate, cursi”, me dice con la puerta aun cerrada. El casamiento fue en una capilla con diez invitados, ella se encargó de hacerlo como quería, tengo una foto de la fiesta en mi celular, porque ahí la negra se rie con una felicidad genial, no de flash, sino porque así nos sentíamos.

Tres años hasta hoy. Dale, abrime. Te llevo al cine. “¿Elijo yo?”. Sí, elegís vos. La puerta se abre y la negra sale arreglada y pintada. “Dale, vamos”, me dice. El día que saque la puerta de la habitación se acaba el amor, le dije, por decir algo. “No me hagas prometer lo que no tengo, vos sos yo”, me dice la negra.
Me sonó conocido. Y cursi.
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"El inconstante" -Cuento corto-

1 comentarios martes, 18 de octubre de 2011
De pronto había salido el sol y Ariel no sabía qué hacer con su paraguas. Lo llevaba sin ajustar y cuando caminaba a veces se le abría porque estaba algo viejo el broche de la tela. Para evitarlo lo sostenía de la parte del medio aunque para ir por Pueyrredón eso era definitivamente incómodo. Salía de renunciar al tercer trabajo en cinco meses y tenía por eso una especie de felicidad que hasta a él le molestaba. Una inconstancia a trabajar llamativa, desde hace años.

Iba esquivando puestos callejeros, mesas repletas de juguetes, medias, relojes, fundas para celulares, cordones de zapatos. Caramelos. Vio que vendían caramelos y se le antojó uno aunque desconfiaba de la procedencia callejera. Fue hasta una pared y apoyó el paraguas para poder sacarle el papel con las dos manos al bendito caramelo de limón.

En el piso Ariel ve un hilo blanco. El color bastante acentuado, casi que brillaba en medio de ese suelo transitado. Toma de nuevo el paraguas y sigue mirando el hilo. Gira a los dos metros, se mete en la galería de la estación Once. Hacia lo lejos comprueba que entre medio de la gente el hilo parece remontarse hasta el final de la terminal de trenes. Comienza por tomarlo con su mano izquierda y avanza. Cuando era chiquito Ariel tuvo un inconveniente: agarró un cable de un alargue con la mano, confundió cuál era el extremo enchufado y le dio una patada que fue más que patada, susto. No tocó jamás un cable y de eso se acordó.

La gente parecía ignorarlo en su caminata absurda. Sobre la avenida el hall tiene tres escalones y los subió con dificultad, la humedad le hacía doler el ciático y se sentía un viejo. Aceleró porque vio que el hilo estaba más flojo. Sobre su derecha en la entrada a los baños, un chico sentado en el piso. Tendría menos de 10 años, estaba algo sucio y tenía en la mano un ovillo blanco de lana. Ariel no sabía si retarlo o sentirse antes un tonto por haber seguido al hilo.

Se acercó y el nene seguía concentrado en el ovillo. Le dice ¿Sabés que casi me hacés caer?. Tené más cuidado, lo dejaste desenrollado desde la calle. El nene dijo “Sí”. Ariel se sintió menos que un poco de lana y le preguntó por qué hacía eso. “¿Qué cosa?”. Lo de desarmar un ovillo. “Lo estoy armando”. ¡No, si la punta estaba casi a la altura de mis pies allá a la vuelta!. Y el chico lo miró: “Yo lo estaba armando desde acá. Usted vio el final del hilo, no el principio”.

Ariel se rascó la cabeza, interpretó lo que le quisieron decir. Pensó que por segunda vez en su vida confundía el extremo de un cable y que posiblemente haya recibido otra patada. Ahora con forma de niño. Lo ayudó a ponerse de pie, le dio comida, lo alimentó.

El chico le dijo que todos los días iba a estar ahí. Tuvo suerte Ariel: ya de grande encontró en una estación de tren a su olvidada constancia. Hecha un ovillo.
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El hombre que no quería oír ni su música

1 comentarios viernes, 22 de enero de 2010

Amar nunca puede ser una foto detenida en el tiempo, necio de aquel que sabiendo algo claro e inminente, decide estirar tiempos, cerrar los ojos, mirar hacia otro lado, creyendo en soluciones que nunca llegarán. Y algo así me pasó con el final de mi relación con Grillito.

Negué mentalmente lo que los hechos me habían hacía rato demostrado. La situación de quien siente esto no es sencilla y se buscan soluciones pero siempre corriendo la coneja.


Si bien no rogué que algo perdurara, me comportaba como si nada ocurriera. Y cuando al amor hay que ponerle algún tipo de barrera para no salirse de donde está, algo pasa. Ya expliqué en el anterior relato el valor que al principio ambos le dimos a la rutina de vernos, y cómo después eso mismo empezó a molestar. Creí que salvando la situación lograría no perder a quien amaba pero ese pensamiento, tan dentro de mi, no la incluía a ella. Sino que era lo que yo quería que pasara. Ella sólo tuvo que esperar el momento, pero evité como pude que llegara. La situación se mantuvo así unos dos meses y medio.


Llegado Septiembre quedaba por delante mi viaje de egresados. Estaba un tanto extraño con esta situación que no se definía, asi que la expectativa por el viaje en parte fue liberadora, podía ocupar tiempo y mente en otras cosas. Ella vio esto y no necesitó estudiar mucho el panorama. Habrá elegido incluso que fuera en ese momento. Y no fue oportuna.


Un día antes de mi cumpleaños cayó en martes. Yo me iba de la clase particular y noté que ella me esperó en la puerta, parada como soldado. Junto a la ligustrina por donde la vi irse aquella primera vez.


Busqué mirarla ahora, en sus ojos, para encontrarla. Pero no estaba.

Ya no recuerdo las palabras exactas y poco importan, si el hecho estaba consumado. Mi reacción sí la recuerdo: busqué apoyarme en el pilar de la entrada con mi mano, como a quien le mueven el piso y está con miedo. Algo así me pasaba.


Le pregunté por lo que en versiones me habían dicho ahí (usina de rumores permanentes, esa quinta) y luego de una introducción eterna para mi, lo confirmó. Había un tercero en discordia y no lo conocía.


Cuando escuché su respuesta, avancé hacia la salida y doblé como para ir a la parada del colectivo e irme. Quizás creí que me seguiría o se disculparía, pero no ocurrió. Y llegué a la esquina solo y llorando. Miré hacia arriba y el sol me encandiló, asi que sería al mediodía, mucho más dato no recuerdo ya, o no quiero.


Lo que siguió a ese día y hasta el siguiente a la noche fue el silencio. No tenía muchas ganas de hablar y quería pensar. Necesitaba paz para razonar y acomodar las piezas, si es que el amor es como un juego. Al otro día llegó mi cumpleaños. Tuve clases en la escuela normalmente y a la salida me fui para mi casa. Me senté en el tren y vi por la ventana el paisaje y también dos años y ocho meses de relación. Casi me paso de estación pero el ruido de las puertas abriéndose me sacó de aquello.


Llegué a mi casa sin decirle nada a nadie sobre el tema. Mis familiares saludaban por teléfono (no había sms, ni celular, ni internet y aun así comunicados estábamos) y yo agradecía, nunca tan de compromiso.

A eso de las siete de la tarde sonó el teléfono y era Morena. Hacía varios meses que no tenía noticias, desde aquel seguimiento ya contado en esta sección.

No creí en las casualidades. O al menos no en tantas.


Se autoinvitó a mi casa aunque me había negado. Festejó lo que para mi era un drama. La dejé hablar, si interrumpía sería peor. Cuando se fue otra vez quedé perdido en medio de mis cosas. Faltaban dos días para irme a Bariloche y no tenía ganas de ir. Pero fui y la pasé bien más allá de no tener una sola foto en la que haya algo parecido a felicidad en mi cara.


Lo que siguió fueron cuatro años sin mucho importarme el amor y sus derivados. Morena volvió a ser amiga. Intenté retomar el hábito de las cartas semanales, pero no estaban los temas de aquellos primeros meses de amistad, y tambien porque escribía sabiendo que vendría una respuesta. Toda carta mia era como una gran pregunta que Morena tenía la obligación de responderme. El hecho de escribir, tan parecido a la libertad para mi, depende de factores externos. De tiempos. Y cada vez que escribía empujaba con la lapicera a las palabras, no las sentía.


A Grillito la seguí viendo. Y al tiempo, la vi embarazada. Y al tiempo, con un hijo. Y luego de visita con su bebé adonde yo daba clases. Estaba feliz si ella lo era, no podía desearle que le fuera mal. Uno aprende con la resignación, se rinde ante las circunstancias y todo es aprendizaje.


Asi como en su momento el chimento en donde estaba trabajando era que ella no era más mi novia y sí de otro, ahora lo que se decía era que su pareja la había dejado. La seguí viendo pero nunca le pregunté nada, de hecho casi no hablábamos, ella iba por inercia y yo no quería otra cosa que silencio, aunque me hacía bien verla.


Tardé unos meses en ubicarme. No sabía donde estaba o lo que hacer frente a ella. Nunca había estado en una situación asi antes, y no conocía ni mis propias reacciones. Esto era un final. Cuando se estabilizó todo, me empecé a sentir bien solo.


Así fue por cuatro años. Hasta que algunas cosas volvieron a darse y con otra persona la historia tendría más capítulos. Volví a querer oír mi música.




Acotación al margen: El amor llega y también se termina y se va. Uno es el mismo de siempre pero ante alguien, ante una sola persona, somos otros. Cuando esa persona no está más, volvemos por nosotros, a ver si podemos seguir sin ella. Y se puede. Porque tan importante como el amor, es el tiempo. Inexorable.

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Nosotros, simulando ser nosotros

1 comentarios lunes, 18 de enero de 2010
Para las mujeres una fiesta es un acontecimiento donde disfrutan el estar en un ámbito, vestidas no como habitualmente, y con una cierta capacidad, encima, como para elevarse por sobre eso y sacar una radiografía de todo y todos.

En los hombres en general esto es diferente. O al menos en mi esa vez lo fue. Me negaba a comprarme un saco, desde mi escuela primaria no quise usar más, presentándome a todas las fiestas con camisa azul, blanca o celeste, dependía mi ánimo. Y aun a riesgo de ser confundido con un mozo de la celebración a la que iba, no quería un saco.


Pero estaba acorralado por las circunstancias: a finales de julio estar sólo con una camisa no combinaba con la semana previa que fue un cubito de hielo, demasiado fria. Me mandé a una casa en la calle Esmeralda donde vendían sacos. Esmeralda pasando Rivadavia se transforma en Piedras. Brillante quien pensó en la casualidad como referencia geográfica.

Por Piedras, llegué hasta Esmeralda. Y por el saco, llegué hasta esa casa.


Necesitó el vendedor un sólo golpe de vista para darme un saco azul que me quedaba perfecto. Menos de diez minutos después, la compra hecha. Llegué a mi casa, era sábado al mediodía, y llamé a Grillito por teléfono, con más de compromiso que de felicidad. Era el saco también una exigencia de ella.

Su hermanito a la tarde tenía clases, asi quye nos juntamos en el lugar de siempre. Me dio la mano emocionada y me llevó hasta la cocina. Pusimos el agua para el mate multitudinario. Una mesa y tres banquetas completaban la escena.


Se sienta en una de ellas y me muestra un sobre. Era la invitación para el casamiento de "Juan Carlos y Victoria", a quienes no conocía. El hombre era primo del papá de Grillito y hacía dos semanas visitó la familia y prometió el sobre que ese día llegó.

Pero el detalle de tanta emoción es que cada sobre venía con la tarjeta habitual, y los que tenían hijos, para ellos, se hicieron otras tarjetas más pequeñas. Una especie de "pase especial". Y en la tarjetita figuraba su nombre y mi nombre. El hecho me llamó la atención y a Grillito la emocionó mucho.

Teníamos claro qué éramos, pero nunca lo habíamos visto escrito.


La ventana de la cocina era muy chica y la lámpara que colgaba del techo definitivamente mala, asi que ella movía la tarjeta para buscar claridad, y la contemplamos como quien ve un cuadro importante en un museo. ¡El agua de la pava hirvió y nos sacó del museo!.


Mi saco quedó colgado toda la semana previa. Era sólo una prenda. Para Grillito su ropa, en cambio, debía ser especial. La madre la acompañó a comprársela, y no quiso que vea el vestido hasta ese día. En cambio para mi una de las preocupaciones era que conocería a dos personas de entre más de 100, seguramente. Mi proverbial escasez de palabras, atentaba contra todo.


Llegado el día, lo que debía hacer era pasar por la casa de ella para todos juntos llegar. Padre, madre, Grillito y yo. Su hermanito quedó en lo de sus abuelos.

Me abre la puerta la mamá, hermosa y elegante. Le di un beso y le dije que una rosa se había fugado de un ramo (frases hechas aplicadas cuando se las necesita., Es así.).

Escucho mi nombre y me doy vuelta. Lo que sigue es lo que vi, no pude decir nada porque no me salían las palabras. Ella (ELLA) se había atado el pelo y estaba sonriente; un vestido azul pegado al cuerpo, con unos pliegues a la altura de la cintura. El largo era perfecto, o a ella le quedaba perfecto. Unos zapatos la hacían más alta que yo.


No me importaba, si yo iba con la más linda de todas.


Le di un beso y le pasé la mano por uno de sus brazos, acariciándolo, gesto que aun hoy hago con aquellos que quiero. No sé qué querrá decir. Quizás es un "gracias" a mi modo.


Era nuestro deporte mirarnos fijo a los ojos. Deporte que jugábamos muy bien. Así estábamos, hasta que subimos al auto, aquel vehículo destartalado del que hablé algunos capítulos atrás. Llegamos al salón, que para los que conocen la zona de Moreno lo ubicarán, se llamaba "Momento´s" (otro alarde de originalidad, como el Piedras y Esmeralda). El padre dejó el auto o el auto quiso quedarse ahí, ya no lo recuerdo.


Entramos Grillito y yo del brazo y con la tarjetita en la mano. La ambientación, salvo por unas telas que simulaban un cierto tono árabe, era lo habitual en fiestas de casamiento. Empezó a llegar gente y como temí, no conocía a nadie. Así que más me refugié en mi novia, en hablar con ella. Comenzamos a criticar vestimentas, cosa que se hace en toda celebración. Se apagaron las luces y aparecieron los recién casados. Ella más alta que él, primer detalle. Miré los muñequitos que van arriba de la torta y no tenían nada que ver con los originales.


Una hora y media después llegaron a nuestra mesa. El padre de Grillito me presenta como "Gabriel, un amigo de mi hija"...y yo estreché la mano del recién casado y dije " el novio en realidad, buenas noches"...me salió del alma aunque nunca hay que corregir en público, es feo. Nos sacan esa foto sentados y los novios detrás, parados. Será la foto 234 de 3000 que se sacaron seguramente esa noche. Cuando se van, le pedí disculpas al padre por corregirlo. Empezó la música para bailar y Grillito me arrastra con el brazo, pero yo quería escuchar las palabras del padre. Y me dijo "está bien, si es la verdad". Me quedé más tranquilo. Nos levantamos ella y yo para bailar y él me miró de nuevo, puso el dedo índice debajo de su ojo y dice "compórtense".


Mi saco azul me hacía sentir una pastilla de Redoxón en su tubo: incómodo. Cuando decidí sacarme, por fin, el saco, se terminó la música. Las mujeres son llamadas a sacar el anillo. Una señora muy pintada resultó favorecida. Luego el ramo arrojado lo arañó Grillito, pero una mujer más corpulenta le ganó el lugar. ¿Se habrán casado esas mujeres?.


Grillito se paraba en una pierna porque los zapatos ya le molestaban, yo quería revolear el saco por alguna ventana, muchos comenzaron a irse. Con los claros se dejaba ver el piso con cotillón, serpentinas, servilletas y demás. Fin de fiesta.


Mientras esperamos que el papá acercara el auto, nos quedamos pegando saltitos para evitar el frio. Yo estaba aun embobado mirando a mi novia, que lucía perfecta, aun saltando en un pie. Hasta que el ruido a motor viejo me volvió a la realidad.


Subimos y le pedí que me mostrara qué se había sacado en la torta con las cintitas: era un caballito dorado. "Una imagen tuya", dije. "No, debés ser vos. Al menos no es un ciervo, no tiene cuernos", dijo ella...y los cuatro nos reímos.


Arranca y el padre dice "Muy bien Gabriel"..."Viste papá...fuimos nosotros en la fiesta y no simulamos nada"..."Bueno, pero yo soy un amigo tuyo, nomás", acoté...y el padre me miró por el espejito retrovisor con la pera dura y los ojos hacia abajo...comprendí que debía callarme.

No le gustó el chiste. ¡Y no estaba simulando!.






Acotación al margen: Conviene ante fiestas programadas armarse algo así como un uniforme presentable. Si hay que llevar saco, cuidarlo de manchas (de salsa, en la primera salida de la prenda...sobre tela azul es un crimen), y averiguar si todo combina. Una mujer finalmente dictaminará, aprobando o no. Infalibles.

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Lo que hay detrás de la puerta: felicidad laboral, cara de portaretrato

1 comentarios miércoles, 18 de noviembre de 2009

En un mundo ideal podríamos encontrar sólo dos tipos de personas: aquellas que son efectivamente felices y las otras, que sólo creen que lo son.

Con seguridad en ese mundo ideal todos sus habitantes consiguen, y una vez que obtienen disfrutan, de su trabajo. Hoy hablamos de las personas y la felicidad laboral que los rodea, contiene. Aquellos que necesitan ser pellizcados y aun así creen estar soñando. Lo que llamaremos de aquí en más risueñamente “cara de portarretrato”: cuando uno va a comprarlos siempre habrá un rostro en la foto inmensamente feliz.

Revelaremos aquí el motivo de tanta alegría en este tipo de personas: el trabajo, como la vida, es felicidad o tristeza según cómo te lo tomes. Incluso aplicado a las labores más insalubres.
Existe una gran carga de subjetividad en todas las visiones. Alguno puede sentirse realizado por el lugar físico que ocupa y en donde desarrolla su labor (por ejemplo una linda oficina, amplia y con ventana al río) y en un segundo plano deja qué es exactamente lo que hace. Y también lo contrario. Una persona en un lugar diminuto puede sentirse a gusto con la tarea que lleva adelante.

Las políticas económicas (vaya si ocurre ahora) tienen mucho de esto. Se la llama “Teoría subjetiva del valor”, que es ni más ni menos que darle una forma y carácter a algo que siempre estará condicionado por nuestra propia opinión.

“Tiembla la bolsa”, “Los Bancos respiran”, “Mercados alterados”, son expresiones que comúnmente leemos u oímos. Si nos preguntan cómo nos fue en el trabajo tal vez diremos “Hoy estuvo tranquilo” (¿el trabajo o uno?), “Nos hacen trabajar cada vez más” (¿más horas o cumplir más en menos tiempo?).

Como fuera, la mirada parece ser aquello que nos rige el camino. Por eso existen quienes ven no uno, sino todos los trabajos como injustos. Y la injusticia siempre es para con ellos. Ni está todo como para decir que el trabajo es como caminar entre flores, ni tampoco es Vietnam o un campo minado. En todo caso la senda siempre estará elegida por nosotros.

Algún lector fuertemente capitalista puede preguntarse con todo derecho en dónde entra el tema del dinero en la idea de felicidad en el trabajo. En la pirámide de cuestiones importantes cada uno ubica al dinero en el escalón que prefiera. Es lo más subjetivo de todo este espacio porque entre “querer ganar” y “aceptar ganar”, el trecho será grande o pequeño según la paciencia del trabajador.

Los que ríen desde sus portarretratos deben ganar bien, imagino. Pero la reflexión es: pelear por la calidad del trabajo es parte de nuestra felicidad laboral.
O el largo camino hacia ella.
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Lo que hay detrás de la puerta: la cima y la sima

1 comentarios jueves, 12 de noviembre de 2009

Algunos saben lo que realmente se siente cuando se llega bien alto o se cae en lo más bajo. Y digo algunos, porque en muchos casos la vida de los hombres (genéricamente hablando) transita por un cierto carril de tranquilidad todo el tiempo. Algo así como ir en auto por una autopista de eterna velocidad mínima.

Pero como la subjetividad brota siempre por todas partes, a mares, cada persona que lee estas líneas sabrá en qué casillero su vida transcurre. Las buenas y malas tendrán forma de racha, de designio familiar, de saber aprovechar su momento.
Todo lo que nos ocurre no sería de tal manera si no tuviéramos conocimientos adquiridos. Por eso se dice que a alguien puede irle mejor en la vida en tanto su preparación estudiantil sea mayor.
De afrontar un futuro laboral en sociedad, hablamos.

¿Esto significa que cuando se estudia mucho y bien se es mejor?. No parece, si nos detenemos a ver las acciones lamentables de verdaderos profesionales. Llegar a la cima (1) es otra cosa: si hablamos de sentirnos bien, cualquier circunstancia vale para permitirnos sentir “que llegamos” a algo. Y los conocimientos fueron las herramientas para alcanzarlo, pero no pueden explicar nuestra felicidad. ¿Uno es feliz porque sabe, o porque puede demostrar lo que sabe en algún momento?.

Un celestial coro de voces sostendrá “Entonces, para saber si somos felices, hay que empezar a trabajar. ¿y quién me da la chance?”. Obviamente no le podemos buscar el más mínimo sentimiento a una página de avisos clasificados. El que da la primera oportunidad en general nos tiene a prueba un poco, en todo sentido. Nuestro primer jefe tendrá otras urgencias, básicamente no caer en la “otra” sima (2), un poco más oscura y menos poética.

En medio y como siempre, los egresados. Si alguien piensa que sentirse bien es solamente tener un trabajo tiene razón a medias, aunque el sentido común ya nos avisó que lejos están de ser sinónimos, ciertas veces. Nadie parece que puede ser feliz cinco minutos antes de su propio tiempo.
La primera oportunidad de demostrar conocimientos y el camino en busca de ser felices, va a llegar porque depende de cada uno.
A velocidad crucero, o en eterna mínima velocidad. La cima espera.

(1) Cima: lo más alto de un monte o árbol. Cúspide.
(2) Sima: cavidad profunda en la tierra. Parónimo de cima.



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