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"Mente, tenés visitas" -Cuento corto-
1 comentarios sábado, 23 de junio de 2012
Está llegando la visita. Como en esas casas de familia numerosa que prepara la mesa para el invitado a la cena, también tengo la expectativa genuina de mi espera. Es que no estoy acostumbrado y eso quizás se note en cualquier gesto, seguramente con tono exagerado, que pueda hacer. Sin embargo había estado practicando, no vayan a creer. En mi mente y en el acto: me puse a armar y pensar en el detalle para que el clima esté delicado, querible. Si es posible, deseado. Y ahora estoy mirando la hora del reloj que parece que no anduviera, miro seis veces y siempre marca menos cuarto. Me asomo por la ventana buscando aire, disimulando que en realidad la espero y no parezca acelerado. Estoy incómodo de estar incómodo. Se acerca la hora, me hago el desentendido con el destino y no me fijo que es en punto. Me llaman. Girando me doy vuelta, abro la puerta para que entre la brisa de noche fresca. Me tiembla el alma y me quitó el habla. Empieza el diálogo de miradas eternas que hablan en voz alta con mucha frecuencia. La invito a pasar, cruza el umbral, no es invitada: ella ya es presencia. Y cierro la puerta, abriendo mi mente. Dejando a la noche descubierta.
"Cuando hay que irse" -Cuento corto-
1 comentarios viernes, 17 de febrero de 2012Hacía tres días que nadie sabía dónde estaba David. El vecino oyó ruidos de platos el lunes por la noche, el único dato certero que se tenía. Vinieron los padres, los amigos, su hermana. El portero había visto a alguien en el pasillo, de costado, que no le pareció ser vecino. El hombre que limpiaba la calle vio descolgarse del balcón del tercero a una persona, cree que un hombre, justo del balcón de David. Pero no pudo verle la cara. La policía actuó pero con la sospecha de la desaparición por iniciativa propia, tampoco tenían muchos indicios sobre un robo. Al quinto dia la hermana se da cuenta de la falta de un anotador, donde David despuntaba el vicio de la escritura. La policía buscó pistas pero no encontró evidencias. Las cámaras de seguridad del edificio tomaron la imagen de una persona saliendo. Tenía un largo tapado y caminaba con los hombros juntos, como con intención de que no se viera su rostro. La escena duraba cuatro segundos. Una semana después, cayendo la tarde, el que cae es David a su casa. Un policía de la esquina avisa a la seccional, le avisan a sus padres, el portero lo abraza, no entiende mucho lo que ocurre. Iba a darle mucha vergüenza explicar para que le crean. Una semana atrás se sentó a escribir, se tomó la cabeza con ambas manos y cuando abrió los ojos dos mujeres estaban al pie de la mesa, vestidas de gris. Una lo tomó de la mano y le dijo que salieran ambos por el balcón, que no tuviera miedo. David la miró a los ojos y confió. Ambos volaron hasta aterrizar de pie en la vereda. La otra mujer salió por la entrada del edificio. Y asi fue como David durante una semana se fue a buscar ideas para sus escritos junto a sus dos musas inspiradoras. ¿Alguien podría creerle?. Los padres, no. La hermana, no. El portero, no. La policía, menos. ¿Nosotros?. Sí.
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Renata, una valija en el corazón: El agua que corre en la fuente
1 comentarios miércoles, 14 de abril de 2010
Prendió el cigarrillo sin ningún apuro luego de haberlo sostenido y jugado con él durante varios minutos. Guardó el encendedor en la cartera y vio dentro de ella la foto de su familia que siempre llevaba en versión de bolsillo, a resguardo en un cubre carnet transparente. Sacó la foto, la puso sobre la mesa y para que quede parada la apoyó contra un portalápices azul. Renata comenzaba a tratar de hacer su nuevo mundo un poco más amigable ya que era el primer día de trabajo, pero la jefa no le dejó completar la faena y la llamó.
Le explicaron lo que debía hacer. Recibir a los que recién llegaban y asesorarlos en las actividades que quisieran tener o en las dudas que les surgieran, todo en inglés. Si bien en ese hostel había en poco tiempo escuchado que se hablaban varios idiomas, el inglés dominaba la situación. Se volvía accesible el lugar para personas con el dinero justo y también para quienes querían la experiencia de hacer un viaje de esa forma, ella notaba muchas ganas de aventura en algunos rostros y el paisaje invitaba.
Hasta aquí todo muy altruista pero lo que debía aprender rápidamente se lo estaban a punto de explicar. Su jefa se levantó y fue a cerrar la puerta, como quien busca alejar los ruidos ajenos (para eso son las puertas cerradas). Le dijo que el hostel tenía contrato con varios tours fijos y clásicos de Bariloche, que viven de los clientes extranjeros por temporada. Que se podían tomar de manera particular por el turista o bien ser recomendado por alguien del hostel. Explicó la mujer sin vueltas que eran una sociedad de hecho dos o tres empresas y ellos, por lo cual las ganancias se repartían si el combo hospedaje-viajes se hacía bajo las mismas personas.
De su cajón de la izquierda sacó folletos y se los dio a Renata, que los tomó sin preguntar qué eran y aun así sabiendo que debía aprenderlos de memoria. Se estaba aguantando no meter bocadillo, tal su costumbre. Pero la voz de la mujer un poco la frenaba, era respeto o miedo, o quizás ambas cosas. Se sentía en inferioridad aunque no incómoda del todo, el trabajo no le parecía tan difícil.
Pero intentaba no transmitir eso a su cara para no parecer suficiente, que es un defecto que sus amigos le marcan como cosa a cambiar. Escuchó a su jefa en todo y con los folletos volvió a su mesa pequeña en un costado del hall de entrada. Se sentó y revisó los papeles, que eran más que nada claves y órdenes. Nombres de personas a quienes debía el turista ubicar en puntos ya acordados, direcciones en donde las combis estaban esperando a los turistas y los números de celular de los coordinadores y sus nombres.
Tardó unos 15 minutos aprenderse algunos códigos que estaban escritos ahí, por ejemplo el de ofrecer primero tours más cercanos y luego los más lejanos en distancia, para no cansar de entrada al turista, o el viejo truco de las “falsas opciones”, muy común comercialmente y del que se había dado cuenta. Plantear ante una consulta dos opciones de solución, siendo que ambas soluciones quedaran dentro de la sociedad entre hostel y tours. Trucos viejos pero efectivos, aunque tenía experiencia en ellos por haber caído en la trampa, y esta vez estaba del otro lado del mostrador.
Circuito chico, punto panorámico, Las Grutas, las fábricas de chocolate Del Turista y Fenoglio. Eran los clásicos de toda visita aunque su mirada ya pasaba por lo comercial, entonces consultó si se podían hacer excursiones seguidas en un mismo día y le dijeron que si, con lo cual armó en su cuaderno alternativas que se estudió como para tener de opción si le preguntaban. A ella le gustaba la conversación y estaba a gusto si se daba como para conocer más al otro.
Los primeros días la cuestión laboral fue bastante esquemática, llegaban pasajeros y ella entraba en acción ofreciendo servicios y los turistas aceptaban. Luego eso fue mutando. Porque aquellos del primer dia con el tiempo estaban con menos inhibiciones y le consultaban por agencia de viajes, kioscos cercanos, lugares para internet, negocios que vendieran artesanías…
No tenía esa parte de su labor muy clara y fue a la pequeña sala donde su jefa estaba y le preguntó qué hacer ante esas preguntas, si es que había alguna organización como para también guiarlos y obtener ganancia. Le dio su jefa que no, que eso quedaba a criterio de Renata, que la ciudad era pequeña y todos al final irían más o menos a los mismos lugares. Volvió a su silla y se sentó un rato pensando en esa respuesta.
La tarde solía ser más tranquila que la mañana y a las 17 en punto ya estaba de nuevo en la calle. El frio de Abril se estaba haciendo sentir y se maldijo por no llevar la bufanda, que descansaba muy tranquila en el gancho de ropa del placard. Levantó la solapa de su campera y bajó la cabeza un poco, como para taparse el pecho del frio directo.
Caminó tres cuadras derecho, no quería ir aun a su hotel, necesitaba despejarse y estirar las piernas. Miró vidrieras apoyando primero un pie en el piso y luego otro, como para sacarse el frio, caminaba para adelante sin mucha convicción, sólo para que su mente respire un tanto de los temas del dia (y el frio los congele).
Pero de pronto se detuvo para verse reflejada en el vidrio de un local. Se acomodó el desorden que su pelo largo tenía por el viento cruzado y le prestó atención a lo que estaba exhibido. Eran esas figuras que tienen agua que sube y baja por piedras, como simulando ser una fuente en miniatura. Siempre había querido tener una y el precio le parecía razonable asi que entró resuelta a comprarla.
Entre dos opciones se quedó con la que más se parecía a una fuente que alguna vez había visto en Córdoba, una cascada natural perdida en medio de las piedras y el paisaje. Cuando fue a pagar se le prendió la lamparita. Y decidió explicar qué se le había ocurrido. Le relató a la dueña del local que ella era una recién llegada y que había conseguido trabajo, pero notaba que los hoteles no promocionaban “como es debido”, enfatizó, las cuestiones locales a los turistas y que su propio lugar de trabajo, el hostel, no tenía tampoco eso en cuenta. Le propuso algo bastante simple. Que esa fuente en miniatura Renata la pondría en su mesa junto a algún cartel alusivo (“recuerdo de Bariloche” se caía de maduro) como para que los turistas que sean clientes la vieran y ella indicarles donde poder comprarla. La idea a ella le parecía genial, su autoestima siempre estaba por las nubes.
Por la cara que la dueña del comercio puso, pareció que de brillante no tenía demasiado. En realidad no tenía mucho de original. Le dijo a Renata la dueña que encargados de tours iban con frecuencia a su local para “ofrecerle” clientes en conjunto para luego dividir ganancias, pero que no le convenía, porque siempre terminaba peleando por los porcentajes incluso si había un acuerdo escrito, y que siendo una ciudad de no tantos habitantes como Buenos Aires, el que rompía un negocio con otro uno lo veía pasar todos los días, y ella no quería más sociedades que en el fondo le significaran un problema.
Con buenos argumentos en contra, Renata quedó dándole la razón en silencio. Pagó y quiso aclarar como final que ella no hablaba en nombre del hostel, sino por iniciativa propia, y que lamentaba lo que a la mujer le había pasado. Agradeció, iba a traspasar la puerta y la señora la llama nuevamente. Quizás porque la habrá visto honesta, quizás porque la sintió emprendedora, y tantos otros “quizás” que nunca tendrán una razón más que la de ese sólo momento. La hizo entrar de nuevo y la invitó con un mate.
Al otro día Renata tenía en su mesa una fuente (no la suya, sino otra que la señora le dio para exhibir, mucho más grande y con figuras talladas) que estaba estratégicamente puesta en medio de su mesa.
Quienes la consultaban no podían hacer menos que mirarla y ella en inglés indicaba la dirección en donde ese “recuerdo” se podía conseguir. El arreglo fue 60 por ciento para el local, 40 por ciento para Renata, era bastante justo. A los 15 días había podido vender gracias a la idea, ocho de esas fuentes, lo cual era un éxito. Tanto, que se tuvo que mandar a pedir otras.
A la noche, en su habitación, Renata se quedaba mirando su propia fuente, maravillada cómo el líquido corría siempre renovándose en un ida y vuelta del agua muy ingenioso, dando la sensación de vertiente.
Escribía en su cuaderno todo lo que en 15 días le había pasado. Como estaba extrañando su casa, deseó por un rato ser agua de fuente. Libre.
Renata, una valija en el corazón: El inicio en el camino
1 comentarios miércoles, 17 de marzo de 2010Ella despertó sobresaltada y antes que sonara su reloj. Se puso de costado y con un brazo sostenía toda su cara de sueño. Esperó oír el despertador pero ya se sabe que cuanto más se lo espera aun más eterno es el correr de los segundos. Cuando ese minuto y medio desesperante pasó, sonó su reloj de color verde. Lo miró fijo como para que ese infernal ruido le despierte todas las neuronas y a los cinco segundos lo apagó.
Se sentó en la cama y se tomó la cabeza con las manos. Los dedos se hundieron en el pelo largo de su cabeza y así quedó, ordenando las ideas y esperando que el sueño la abandone. Buscó sus gastadas sandalias pero puso el pie derecho en la sandalia izquierda. Aun con esa dificultad matinal pudo llegar al baño y mirarse al espejo. Se enfrentó a si misma, se lavó la cara y con su dedo índice miró debajo del globo ocular, a ver si esa zona estaba roja o pálida, resabios de una infancia con su salud bastante vigilada. Su autotest de salud fue positivo y arrastrando la única sandalia que encontró, abrió la puerta en busca de la cocina.
Le molestó la claridad del pasillo y puso pequeños sus ojos con un gesto adusto. Cuando estaba por abrir la heladera recordó tener una sola sandalia, entonces la adelantó sacándosela del pie para ver a qué lado correspondía. Vio que era su sandalia izquierda y con un pie en el aire abrió la heladera. Sacó parte del desayuno que luego el microondas convertiría en comible, aquel envoltorio que la madre rotuló “Renata”. Pensó que podía ser la última vez por un largo tiempo en que hiciera eso y que todo, lo mínimo, quizás ya pasara a ser un lujo. Pero con el mentón en alto dejó pasar ese pensamiento y con la suficiencia de los recién despiertos no pensó en nada más que comer.
Cuando terminó dejó la taza en la pileta y se arrepintió de la mecánica maniobra. Volvió y se puso a lavar el plato y la taza. Mirando el detergente fluir pensaba en una lista mental de personas a quienes ya había avisado la noticia: en la casa todos lo sabían; en el trabajo, a quienes les importara (ella comunicarles y a ellos interesarles); sus amigos estaban al tanto: algunos aprobaron con silencio la idea y otros desaprobaron de la misma forma. Finalmente sus conocidos del barrio no dirían nada, o en realidad que la sangre tira, que toda la familia siempre fue así, que siempre se la creyó una solitaria empedernida. Con los preconceptos de todos en su lugar, ya estaba preparada para el inicio del viaje.
La valija hecha desde el día anterior. La mental, la que lleva todos los sueños posibles, también y desde un tiempo antes. Desde que lo habló con sus padres y trazó teorías sobre la conveniencia de un viaje largo para sus estudios, y desde el permiso tácito de su abuela, a la que explicándole menos sabría que no sufriría su ausencia tanto. A su novio, al que vería ya que las vacaciones itinerantes estaban aseguradas. Con los permisos familiares en orden, la ropa cómoda tal y como quiso, las zapatillas nuevas y grandes recién compradas, era hora de irse. Saludó como en las películas a la familia en orden de estatura. El papá, que presente y ausente por el trabajo acertó a estar en la despedida, la mamá, que la abrazó como para que llevara ese calor durante el viaje. Luego su hermanito, querible, conocido y desconocido según fueran sus días de adolescente. Y en el final el perro, que quería ganar altura saltando para saludar a la par de los humanos.
La despedida y lo posterior seguramente no era como en las películas. Cuarenta y cinco minutos esperando un colectivo que no llegaba. Cuando se dignó a aparecer estaba repleto. Subió con su mochila a la espalda y sintió que incomodaba bastante. El viaje era hasta la terminal de micros, que se aguanten, pensó. Este viaje es sólo de una vez y para siempre. Llegó y esperó que nombraran su micro. Cuando supo cuál era se subió y apenas sentada respiró profundo en busca del aire (acondicionado) que aun no estaba prendido.
Miró por la ventanilla el techo de la terminal, gris y crema, y maldijo la combinación de colores. Vio los pasajeros que aun restaban subirse y resopló nerviosa. Nadie la había ido a despedir, son muy tristes las despedidas, pero en el fondo quizás esperaba que alguien en el andén levantara la mano saludando su sueño. Pero les ordenó a todos no aparecer y debía ser fiel su corazón a la orden que ella misma dictó.
Cuando el micro arrancó se tocó con las palmas de las manos sus bolsillos a ver si en ese chequeo con el tacto llevaba documentos y pasaje. Comprobó que si y se acomodó en el asiento. Invade la nostalgia cuando el micro acelera y las calles van viéndose cada vez más rápido. Y esa es como una síntesis de los recuerdos y su velocidad.
El pasaje decía ida a Bariloche, pero su corazón y su destino estaban aun sin saber donde bajarse. En la primitiva idea lo que soñó fue hacer un libro (ella que de chica odiaba leer ahora todo tiene forma de libro) con sensaciones de cada lugar visitado en su infancia, y cómo lo veía ahora ya de grande, hasta imaginó el no muy original título de “Retratos”. Por eso su primer destino sería Bariloche, fue su primer viaje con una cierta cantidad de horas y era el momento de revivirlo. Lapicera y papel llevaba, aunque en sus manos pronto pasará a ser un diario personal más que un bosquejo de libro.
Recordaba lo poceada que estaba la ruta 3 hace ya varios años y algunas de las paradas que el micro hizo camino a Bariloche. Y al igual que aquella primera vez, llegó a esos puntos al anochecer. Uno era Azul, y la terminal de micros con vidrios en todo un costado aun seguía ahí. La palabra Azul en una pared del fondo era algo nuevo y detenerse ahí 15 minutos le dio la chance de bajarse con el cuaderno y la lapicera. La noche no dejaba ver demasiado y junto a ella unas seis o siete personas también bajaron, con bolsos y cara de sueño. Los bolsos alargados y las botas de caña alta daban la impresión de que eran policías, pero el sueño no le permitía discernir demasiado.
Empezó a sentir frio y respiró profundo un aire que ya era un poco menos húmedo que el habitual. Miró el micro y desde afuera, el lugar que ella ocupaba en él. Se sintió pequeña dentro de esa gran estructura pero el ruido del motor la hizo volver a sentir la noche y el frio. Aceleró el paso y se metió de nuevo ahí.
La noche era estrellada y no tenía sueño. Su cortina de la ventana permaneció corrida toda la noche, y se acomodó para ver mejor las estrellas en esa noche color oscuro. Buscaba y encontraba formas a cada grupo de estrellas y se divertía al hacerlo, pero la ruta se empeñaba en no jugar con ella. Cada vez que encontraba formadas siluetas llamativas la ruta cambiaba de dirección y el micro viraba, con lo cual las formas también cambiaban. Había que empezar de nuevo. Se divirtió hasta que la venció el sueño.
Se despertó unas cinco horas después. Abrazaba su cuaderno y una campera mal doblada le servía de almohadón. Vio que todavía la noche estaba ahí pero de pronto la claridad fue torciéndole el brazo, y una línea de color blanco en ese horizonte hasta hace un segundo muy oscuro, se fue aclarando y tomando ese color brillante tan extraño que sólo en el cielo ocurre. Achicó los ojos como prestando atención a lo que estaba pasando y se acomodó en el asiento.
Estaba siendo testigo del amanecer y por primera vez le ocurría.
La claridad del horizonte fue elevándose en metros y lentamente tomando toda la línea horizontal que los ojos de Renata le permitían ver. Cuando el sol comenzó a salir ella instintivamente abrió su mano y la apoyó en la ventana del micro…era como recibir un poco de aquella maravilla de la que era testigo, quería sentirlo propio. Cuando entre árboles allá a lo lejos el sol ya era el mismo de todos los días, ella se incorporó y se acomodó el pelo, como quien ve a alguien cuando uno apenas se levanta, con lentitud.
El micro frenó evitando un lomo de burro y le desacomodó la campera-almohadón de la cabeza. Y cansada de estar en una misma posición estiró el cuello e inspeccionó otros asientos y otras realidades. Muchos dormían, otros estaban con sus celulares chequeando vidas propias y ajenas, todo bastante rutinario y normal en travesías largas.
El viaje de Renata ya había comenzado pero estaba sin destino claro.
Sin embargo ella ya estaba llegando a Bariloche.
Vaya paradoja, el del inicio de un camino.
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