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"La medida de los sueños" -Cuento corto-
1 comentarios sábado, 16 de junio de 2012
Me quedé despierto anoche con la ilusión de verme soñar. Lo intenté poníéndome en diagonal a la cabecera de la cama, boca abajo, boca arriba. Cerrar los ojos pero no dormirme, sólo estar atento a ese momento en que arranca algo tan simple. Durante los dos últimos días pensé más en las noches. Lo que creo es que no tengo un mecanismo, ni me condiciona cierta imagen final antes del sueño, sólo caigo cuando Morfeo desea y de ahí, el resto. Anoche quise engañar a mi deseo. Escribí lo que recordaba había soñado días antes, lo dejé cerca de la cama. Me dormi de costado. De pronto mismo lugar, mismos protagonistas, misma ropa. Mismos diálogos. Pero le hablaba a alguien que me daba la espalda, de la que sólo veía su pelo largo. Quise acercarme estirando el brazo, le toco un hombro y la eternidad de espera, años, parecía un freno, no giraba, quería ver el rostro soñado. Con lentitud se da vuelta, alcanzo a ver un perfil de costado. Me sobresalto. Y me despierto. Prendo la luz, escribo algo: “Está tan dentro mio que aun no puedo verla. Supongo que ella lo sabe, por eso no se da vuelta. Si la viera a los ojos quizás el sueño pudiera empezar a ser certeza”.
"No avanzo" -Cuento corto-
1 comentarios viernes, 30 de marzo de 2012Los relojes cuando son a pila y se gastan, siguen haciendo tic tac aunque sus agujas no se muevan. Eso hace que si uno lo mira cada tanto, pareciera que sigue marcando la hora exacta. Pero no. A Juan esto le jugó una mala pasada. El martes se le quedó el reloj de la cocina sin pilas a las tres y cuarto de la mañana. Salió a trabajar y cuando volvió por la tarde, miró el reloj: marcaba las tres y cuarto de la tarde. Se apuró para ir a las clases de italiano y todos le dijeron que había llegado temprano, no entendía por qué. Miró su reloj de pulsera y marcaba las tres y cuarto de la tarde. ¿Cómo podía ser, si salió a esa hora?. Le tocó en el aula 315. Al terminar y ya en la calle, fue a tomar el colectivo y le preguntó a uno de la fila qué hora era: “Las tres y cuarto”, le dijo el hombre. Juan se tomó la cabeza y fue hacia la esquina. Paró un taxi, era un viaje largo hasta la casa. Le costó 31, 50 pesos. En la puerta tanteó si en el bolsillo del saco tenía la pila que había comprado. Fue y se la cambió al reloj de la cocina, que empezó a marcar la hora exacta. Miró el de su muñeca y también. Asunto solucionado. Cenó y se fue a dormir pero el reloj no. A las tres y cuarto de nuevo se detuvo, que fue cuando Juan se levantó para ir al baño. Pasó por el comedor y vio la hora. O no vio la hora de asustarse, ya eran demasiadas casualidades. Un grito, el suyo, lo despertó. Era una pesadilla, pobre Juan. Se asustó, y era hora de levantarse de la siesta. Que se apure: son las tres y cuarto.
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."Cuando quieras".
0 comentarios lunes, 19 de marzo de 2012Me dijiste que buscara tu amor, empecé por una estación de tren. Te reís, sos mi Angel de tiempo completo y a la vez no te tengo. Ahora estoy en la calle. Florida. ¿Acá hay amor?. Te busco en las esquinas, te sigo escuchando reir desde mi corazón habitado por tu alegría. Me das una pista: no busques donde hay gente. Me voy a una plaza. Me siento y miro los árboles, la brisa del verano mezclada con otoño. Escucho una voz de mujer pero sólo me pregunta la hora. Camino con las manos en los bolsillos, cierro mi campera. Me voy a mi casa y me acuesto con los ojos abiertos. Veo agua correr, en realidad la oigo, no sé de donde viene. Un viento arremolinado con algunas montañas, una sensación de árida soledad. Te vuelvo a escuchar, más cerca. Te reís y me nombrás. Estoy acá, me encontraste, me dijiste llorando. Y puse las dos manos sobre mi corazón habitado por vos.
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"Lo que hacemos" -Cuento corto-
1 comentarios viernes, 10 de febrero de 2012Se levantó. Cerró la puerta del baño. Cerró la canilla, cerró el dentífrico. Cerró luego el envase de café, cerró el pote de queso crema y el de azúcar en la alacena. Cerró el placard en la parte de las camisas. Cerró la llave de paso, cerró la ventana del comedor. Cerró la puerta de entrada, la del ascensor y la de la salida del edificio. Cerró su billetera vacía a mediados de mes y cerró la puerta del taxi. Cerró el celular luego de leer un mensaje. Cerró la puerta del pasillo de su oficina, que debería ser corrediza. Cerró de nuevo su billetera para un café de la máquina. El Windows se colgó y cerró para volver a abrir. Cerró la caja de ganchitos de la abrochadora, que después nadie tiene. Se tomó la cabeza a media mañana para despejarse. Cerró su lapicera Parker y miró por la ventana. Resopló cerrando los ojos. Vino Adriana y lo trajo a la realidad. “Tenés que cerrar el balance, dale”. Cerró el chat que lo distrae, la página de internet de chimentos también. Cerró el balance con pérdidas mas o menos dibujadas. Cerró la puerta del jefe. Se sentó y lo escuchó, necesitaba de él asi que mejor cerrar el balance. Se dieron la mano, cerraron ahí trato. Al mediodía en el pulmón del edificio cerró la bandejita de plástico con el celofán, no quería comer más. Cerró el balance a la tarde. Su jefe lo dice a viva voz con falsa felicidad. Aplauso cerrado. A las cinco cerró la computadora y volvió a cerrar su billetera en el taxi. Llegó a su casa. Abrió la puerta. Miró sin suerte por la ventana cerrada la luz de la tarde. Mañana, juró, empezará por su bien a abrir todo.
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"Lo que quiere JM" -Cuento corto-
1 comentarios martes, 24 de enero de 2012Juan Manuel a los cuatro años nunca quiso participar en aquel acto del jardín, pero sus padres sí. A él sin embargo le parecía muy tonto dar vueltas en círculos por el patio. Pero lo hizo y todos lo felicitaron. En sexto grado no quería participar del coro porque le parecía aburrido. Pero lo hizo para asegurarse el 10 del profesor de música durante el tiempo en que Juan Manuel cantara allí. En la secundaria no quería hacer grupo con su compañero Gómez. Pero Gómez era amigo del preceptor y era una manera de entrar tarde o faltar, asi que fue su amigo nomás y durante cinco años de colegio no tuvo ningún problema. Con 18 años nunca quiso trabajar con el tio porque le parecía de consentido y todos hablarían mal. Pero se metió en la empresa de exportación de cartón corrugado del tío y ganaba un buen sueldo. Nunca quiso el Fiat Palio que tiene. Pero el papá de su novia es socio de una agencia de autos Fiat y era un desperdicio no aceptarlo tan barato como se lo ofrecieron. Juan Manuel no quería convivir con una mujer tan rápido. Pero si la chica tiene un departamento que le pueden prestar y es amplio, era imposible que se negara. La novia llamada Julieta tenía un gato y él era alérgico, no quería gatos en el departamento. Pero como ella le prometió limpiar siempre las alfombras del suelo para que no hubiera problemas, él aceptó. Vivía estornudando. Juan Manuel tiene ahora 39 años. Excelentes notas en el primario, ni una sola falta en el secundario, amigos, vive bien, tiene un auto, tiene un buen trabajo, una novia que lo quiere y un gato. Así que esa mañana de martes despertó y se quedó sentado en la cama. Tomó coraje y se miró al espejo del placard. Sin hacer ruido armó un bolso y se fue. Nunca es tarde para empezar de una buena vez a hacer lo que uno quiere. Aun a los 39.
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"El cuadro" -Cuento corto-
1 comentarios jueves, 3 de noviembre de 2011Mabel contempló un rato la vieja pared. La recordaba aun más destruída de lo que la estaba viendo, con un color rosa fuerte que se fue transformando en casi blanco, además de varias manchas de humedad. Su abuela tenía pasión por rotular todo asi que los hombres de la mudanza miraban las etiquetas y elegían qué cargar en la camioneta primero.
Le pidió Mabel a uno de los muchachos que retirara los tres cuadros colgados. Formaban una especie de triángulo en donde el del centro era el más grande y también el más lindo para ella, siempre se lo dijo a su abuela. Una cabaña con un fondo de bosque y algunas nubes en el horizonte. Cuando al final sacaron los tres cuadros, Mabel vio que dejaron las marcas sobre la pared y no pudo resistirlo: acercó la mano para tocar esa parte que aun conservaba el viejo color rosa intenso. Miró los tres clavos, ahora solos en la pared inmensa.
En el comedor, ese comedor, su abuela jugaba con ella al dominó. A veces creía que en realidad su abuela tenía más pasión por el juego que la propia Mabel, y aun así se dejaba llevar por el momento, ese instante de abuela y nieta. Después de grande uno comprende que aquello que parecía rutina forma parte de lo que siempre tendremos en mente de alguien. Lamentó vender la casa. Su abuela estaría diciéndole de todo, y es posible que desde una nube hoy le esté tirando rayos. Nunca hubiera aceptado una venta y el peligro de demoler o modificar algo. Para no sentir tanta culpa Mabel aceleró el paso de los hombres de la mudanza y ayudó a embalar cosas. Se las iba a llevar a su casa, no tenía por ahora otro espacio.
Cuando terminaron con todo cerró la puerta de madera. Hacía un chillido muy especial, el picaporte de metal en la madera de viejo nomás hacía un ruido que jamás escuchó en otro lado. De chica oía ese chillido y sabía que su abuela o su tía llegaban. Por última vez lo oyó y cerró la puerta con lágrimas en los ojos. Se le cayeron las llaves y las levantó, lo que hizo que sus lágrimas también cayeran. Mabel subió a la camioneta de mudanza y sin decirles nada arrancaron. Cuando llegó a su casa ordenó que pusieran todo en la cochera dentro de cestos que le habían prestado. Los tres cuadros quedaron para el final y los puso arriba de una mesa.
Se fue al baño a lavarse las manos, a sacarse quizás culpa. Volvió y miró por dónde empezar a desarmar todo lo que trajo. Miró los cuadros, uno arriba del otro, y se quedó observando el más grande. Nunca lo había tenido tan cerca y le pasó muy lentamente la mano por sobre la pintura. A pesar de la tierra le parecía aun el más bello, con los dedos tocó la parte de la cabaña y descubrió que la imagen era de más horizonte que otra cosa, muy marcado en el fondo un atardecer en naranja y ocre.
Lo da vuelta y además de telarañas tenía una curita. Sí, una curita. Y en letras de color negro se leía, a duras penas, “Ahora es tuyo”.
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Le pidió Mabel a uno de los muchachos que retirara los tres cuadros colgados. Formaban una especie de triángulo en donde el del centro era el más grande y también el más lindo para ella, siempre se lo dijo a su abuela. Una cabaña con un fondo de bosque y algunas nubes en el horizonte. Cuando al final sacaron los tres cuadros, Mabel vio que dejaron las marcas sobre la pared y no pudo resistirlo: acercó la mano para tocar esa parte que aun conservaba el viejo color rosa intenso. Miró los tres clavos, ahora solos en la pared inmensa.
En el comedor, ese comedor, su abuela jugaba con ella al dominó. A veces creía que en realidad su abuela tenía más pasión por el juego que la propia Mabel, y aun así se dejaba llevar por el momento, ese instante de abuela y nieta. Después de grande uno comprende que aquello que parecía rutina forma parte de lo que siempre tendremos en mente de alguien. Lamentó vender la casa. Su abuela estaría diciéndole de todo, y es posible que desde una nube hoy le esté tirando rayos. Nunca hubiera aceptado una venta y el peligro de demoler o modificar algo. Para no sentir tanta culpa Mabel aceleró el paso de los hombres de la mudanza y ayudó a embalar cosas. Se las iba a llevar a su casa, no tenía por ahora otro espacio.
Cuando terminaron con todo cerró la puerta de madera. Hacía un chillido muy especial, el picaporte de metal en la madera de viejo nomás hacía un ruido que jamás escuchó en otro lado. De chica oía ese chillido y sabía que su abuela o su tía llegaban. Por última vez lo oyó y cerró la puerta con lágrimas en los ojos. Se le cayeron las llaves y las levantó, lo que hizo que sus lágrimas también cayeran. Mabel subió a la camioneta de mudanza y sin decirles nada arrancaron. Cuando llegó a su casa ordenó que pusieran todo en la cochera dentro de cestos que le habían prestado. Los tres cuadros quedaron para el final y los puso arriba de una mesa.
Se fue al baño a lavarse las manos, a sacarse quizás culpa. Volvió y miró por dónde empezar a desarmar todo lo que trajo. Miró los cuadros, uno arriba del otro, y se quedó observando el más grande. Nunca lo había tenido tan cerca y le pasó muy lentamente la mano por sobre la pintura. A pesar de la tierra le parecía aun el más bello, con los dedos tocó la parte de la cabaña y descubrió que la imagen era de más horizonte que otra cosa, muy marcado en el fondo un atardecer en naranja y ocre.
Lo da vuelta y además de telarañas tenía una curita. Sí, una curita. Y en letras de color negro se leía, a duras penas, “Ahora es tuyo”.
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