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"Doctor Domingo" -Cuento corto-
1 comentarios viernes, 17 de febrero de 2012El muchacho sabía que todos los años se resfriaba fuertemente hasta quedar en cama unos diez dias. Que atacaba su garganta y solía ser faringitis. Estando en el primer año de secundaria fue por un certificado para presentar en la escuela. Pidió turno con su médico, el que ya lo conocía de toda la vida. La sala de espera era triangular, con el correspondiente cuadro de la enfermera con la cofia blanca y el dedo tapando su boca. También colgaban publicidades de viejos remedios. Cuando le tocó turno, el muchacho le dio la mano al médico y le explicó la situación. El hombre lo sentó en la camilla y tomó su pulso. Lo hizo recostar y luego volver a incorporarse, toser. Le miró la garganta con esa especie de espátula muy fina de metal. Le diagnosticó lo de siempre: faringitis aguda. Le dijo que estuviera acostado hasta que le bajara la fiebre y que tomara recetados unos comprimidos antivirales. El médico buscó el sello para poner en la receta y el muchacho empezó a reírse. “¿Qué pasa?”, le dijo el médico. Nada, contestó el muchacho, nada. Ambos se pusieron de pie y se dieron la mano. En el clima estaba el cambio y fue extraño, se quedaron mirándose dos segundos. El muchacho se acercó y lo abrazó, el médico correspondió al saludo y lo palmeó en el hombro. “Suerte. Mucha suerte”, le dijo ya con la puerta abierta. El muchacho sólo lo miró y por timidez no le agradeció. Cerró la puerta del consultorio y ya en la calle se apuró para no sentir nostalgia. A los 14 años visitaba a su pediatra de toda la vida por última vez. El muchacho se sentía hombre. Con faringitis.
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"Subir tu escalera" -CC-
1 comentarios viernes, 26 de agosto de 2011
Cuando le dijeron “consultorio 203” ya tuvo claro que sería en un segundo piso y resopló imaginando lo que le costaría llegar. El hall de entrada de la clínica tenía esa fila de personas que a veces se arma con formas extrañas y espacios para que otros puedan pasar entre medio, una multitud hacía murmullo detrás de él.
Las paredes eran blancas, el piso era blanco, el sol entraba por una de las ventanas a medio abrir. Se acercó y miró el pulmón del edificio, con un rectángulo de pasto y algunas plantas entre las salidas de aire de los equipos de la clínica. Se dio vuelta apoyando una mano en la ventana y vio la fila de gente en la que había estado 20 largos minutos.
Tres ascensores a su izquierda tenían un cartel que no alcanzaba a leer pero que no serían de buenos augurios de funcionamiento, quedaba uno con otra fila de personas con cara de hacía mucho no verlo por planta baja. Caminaba arrastrando un poco la pierna izquierda pero despacio se llega igual, como solía decir.
Miró dónde estaba la escalera. Tiene el turno con el médico en diez minutos y eran dos pisos por subir. Toma coraje y va a su objetivo. Pensar que corría para llegar a horario, pensar que hacía con sus hijos carreras en la plaza con alguno en sus hombros. Pero se mentalizó en el hoy. Con un brazo se agarró del pasamanos y empezó a subir de a un pie a la vez los escalones. Las personas le pasaban por al lado y él trataba de hacerse pequeño para no incomodar a los apurados.
Cuando llegó al primer piso se fijó en el ascensor y allí también tenía fila asi que tuvo que seguir su escalamiento. Cuando llegó al segundo piso habían pasado cinco minutos de su turno. En la mitad del pasillo sobre un costado una mesa con forma de medialuna y una secretaria vestida en gris y blanco, como todo el entorno.
Buen dia, Roque Velez, tenía turno 15 45…
”ya entró la persona del turno siguiente, señor. Cuando se desocupe el Doctor le pregunto si puede atenderlo”.
Tenía bronca pero Roque la miró con resignación, no tenía ganas de enojarse. Le ofrecieron sentarse, una mujer lo notó frágil quizás, pero no quiso. Se apoyó contra una de las paredes enfrente a la puerta del médico.
“¿Quiere leer algo, abuelo?”, le dijo la mujer y le alcanzó una revista “Gente” bastante vieja. Quiso hacer el crucigrama pero ya estaba hecho, como siempre ocurre con las revistas de consultorios. Miró las notas y se rió un poco. Aprovechó la pared para ponerse derecho. Se masajeó la pierna que tanto le molestaba hasta que logró mas o menos enderezarla. Aun estaba agitado por el esfuerzo pero bastante conforme con llegar.
La puerta se abre y la secretaria entra. Al segundo vuelve a salir y lo invita a pasar.
El doctor lo recibe.: “¿primera vez, no?”. Y única, doctor. Me llamo Roque Vélez. Estoy curado, ¿sabe?. Me costó mucho llegar acá pero pude. Todo estaba en mi, recién me di cuenta que todo estaba en mi. Gracias.
El viejo le dio la mano y el psiquiatra lo miró. Entendió cómo funciona a veces en algunos eso que los remedios no conocen: la autoestima.
El condenado, a la silla
1 comentarios viernes, 19 de febrero de 2010Lugar: Instituto F.L.E.N.I Edad: 23 años Año: 1996
Seguramente todos sabemos qué son las rachas tanto negativas como positivas de las que pasamos con gloria o con rapidez, según sea el caso. Hubo dos años en los que definitivamente si hubiera un acelerador de cinta de la vida, sin dudas lo usaría, que fueron los años 1995 y 1996, por diferentes motivos. No voy a hacer un show de la desgracia así que aceleraré aquí la cinta para hablar sólo de una cuestión.
Estuve varios meses sin caminar y sin saberse qué era lo que tenía. Era objeto de todo tipo de estudio y ya en un punto uno pasa a no ser consultado sobre cómo se siente, sino que se deja llevar por las decisiones de otros. Admiro a los veterinarios que siempre tienen ante si a pacientes mudos, que sólo hablan por sus síntomas. Debe ser complicado interpretar, ¡si seguía yo de ese modo el veterinario era una opción de consultar!. En mi caso yo hablaba pero no daban en la tecla, y salvo el ginecólogo, usé la cartilla de la obra social casi completa.
Si no podía caminar por un mareo tipo alfiler que pinchaba justo en medio de la frente, me quedaba en casa y en cama. No pude ir más a estudiar Derecho. Tampoco a nadie se le ocurrió que una silla de ruedas podía ser la solución, pero a mi tampoco. Los médicos cuando no saben, instalan en familiares las dudas, no es al revés. Porque diagnosticar con los exámenes en la mano no es criticable, el tema es cuando realmente no se sabe qué pasa. Arriesgaron problema neurológico y todo llevó a eso.
A través de recomendaciones de médicos llegué al Instituto F.L.E.N.I. que era y es lo mejor en cuanto a neurología. Fui en remis desde mi casa y me pusieron una silla de ruedas a disposición. Acompañado por mi madre, subí por el ascensor hasta un consultorio en donde un Doctor que no nombraré porque aun atiende, me vio, me saludó, me miró las pupilas con una linternita y me hizo sentar en una camilla. Me preguntó mi nombre y sacó un martillito del guardapolvo y comenzó a golpearme las rodillas, de a poco más fuerte. Yo lo miré. No habló más. Guardó su martillito, dijo “buenas tardes”, y desapareció tras una puerta.
Al otro día, por teléfono, le avisan a mi madre que debía hacerme ahí un estudio. Remís, largo viaje, silla de ruedas, consultorio otra vez. Yo más que enfermo, estaba cansado de la situación. Nos hacen esperar en una sala con bastante gente, alfombrada en color crema, de paredes color crema y cuadros con marcos…también de color crema, si. Mi madre se queda al lado de mi, parada.
Unos 40 minutos después no había novedades. Yo tenía ganas de ir al baño. Se lo digo a mi madre, quien va a donde estaba la secretaria. Su mesa tenía forma de semicírculo y en los extremos libros y papeles que parecían hacer tono con el ambiente. La mujer era flaca y alta, de pelo atado. Mi madre se acerca y en voz baja se estira tan larga como es (y no es muy larga) para hablar en voz baja sobre lo de ir al baño.
La secretaria escucha a mi madre y en un momento tuerce su cabeza tratando de mirarme…me observa y yo me sentí avergonzado de cómo me miraba, era violento. Decide, porque fue una decisión sin dudas, decirle a mi madre en voz mas o menos alta “Sabe lo que pasa, señora…baños para discapacitados no tenemos en este piso”…
A veces se necesita un clic, un disparador para poder salir de un problema y sin dudas esa frase lo fue, y así aun hoy me lo tomé. Abrí los ojos y me empezaron a circular las ideas, se ve. Apoyé las ruedas de la silla contra la pared para que no se moviera y me incorporé, cosa que no hacia mucho y me costaba bastante. La llamé a la chica moviendo dos dedos. Se acercó y le hice el gesto de que se quedara al lado de mí. Le digo “decime dónde está el baño”, y me señaló el final de un pasillo.
Yo la agarré del brazo y empezamos lentamente a caminar, cosa que hacía 7 meses no podía. Mi madre se quedó dura en su lugar y lloraba. Yo iba con la chica del brazo y le pregunté el nombre, me dijo Carolina…fuimos dando pasos cortos pero dentro de todo con un cierto ritmo. Llegamos a la puerta del baño y le digo “ahora yo voy a entrar…por favor camino, ritmo, quedate acá y cuando salga me acompañás de nuevo”, con un tono más de orden que de favor. Ella bajó la cabeza y yo entré.
Me miré al espejo y me vi horrible, con el pelo muy largo…me apoyé con las dos manos en los extremos de las canillas y disfruté el estar vertical, era una cosa extraña. Salí del baño y allí estaba la chica. Me agarra del brazo y empezamos el camino inverso. Mi madre intenta acercarme la silla y yo la freno con un gesto del brazo, quería caminar esos metros. Ahora tenía a la gente de la sala mirándome de frente. Cuando llegué de nuevo a la silla dije Gracias y ella en voz baja me dijo “de nada”.
Dos cuestiones surgen para mí luego de esto. El primero es por qué algunas personas tienen la delicadeza de un mastodonte, y atienden al público con menos tacto que pata de elefante. Ella no puede decir eso en voz alta con la clara intención de que yo escuche su respuesta. En realidad no debería, poder pudo. Lo segundo es saber cuánto cambia el concepto del mundo cuando se está un poco más abajo en la estatura y en los movimientos. Lo dependiente que se vuelve de otros, qué barreras hay que enfrentar, qué cosas modifica en lo diario.
No guardo rencor contra nada ni nadie y lo vi como el motivador para poder recuperarme. Y deseo que a esa mujer nunca le toque una secretaria como ella misma. Aunque también habrá sumado algo más a partir de lo pasado, estoy seguro. Todos aprendemos, y todo el tiempo. No mirará más a alguien en una silla como un condenado. Supongo.
Estuve varios meses sin caminar y sin saberse qué era lo que tenía. Era objeto de todo tipo de estudio y ya en un punto uno pasa a no ser consultado sobre cómo se siente, sino que se deja llevar por las decisiones de otros. Admiro a los veterinarios que siempre tienen ante si a pacientes mudos, que sólo hablan por sus síntomas. Debe ser complicado interpretar, ¡si seguía yo de ese modo el veterinario era una opción de consultar!. En mi caso yo hablaba pero no daban en la tecla, y salvo el ginecólogo, usé la cartilla de la obra social casi completa.
Si no podía caminar por un mareo tipo alfiler que pinchaba justo en medio de la frente, me quedaba en casa y en cama. No pude ir más a estudiar Derecho. Tampoco a nadie se le ocurrió que una silla de ruedas podía ser la solución, pero a mi tampoco. Los médicos cuando no saben, instalan en familiares las dudas, no es al revés. Porque diagnosticar con los exámenes en la mano no es criticable, el tema es cuando realmente no se sabe qué pasa. Arriesgaron problema neurológico y todo llevó a eso.
A través de recomendaciones de médicos llegué al Instituto F.L.E.N.I. que era y es lo mejor en cuanto a neurología. Fui en remis desde mi casa y me pusieron una silla de ruedas a disposición. Acompañado por mi madre, subí por el ascensor hasta un consultorio en donde un Doctor que no nombraré porque aun atiende, me vio, me saludó, me miró las pupilas con una linternita y me hizo sentar en una camilla. Me preguntó mi nombre y sacó un martillito del guardapolvo y comenzó a golpearme las rodillas, de a poco más fuerte. Yo lo miré. No habló más. Guardó su martillito, dijo “buenas tardes”, y desapareció tras una puerta.
Al otro día, por teléfono, le avisan a mi madre que debía hacerme ahí un estudio. Remís, largo viaje, silla de ruedas, consultorio otra vez. Yo más que enfermo, estaba cansado de la situación. Nos hacen esperar en una sala con bastante gente, alfombrada en color crema, de paredes color crema y cuadros con marcos…también de color crema, si. Mi madre se queda al lado de mi, parada.
Unos 40 minutos después no había novedades. Yo tenía ganas de ir al baño. Se lo digo a mi madre, quien va a donde estaba la secretaria. Su mesa tenía forma de semicírculo y en los extremos libros y papeles que parecían hacer tono con el ambiente. La mujer era flaca y alta, de pelo atado. Mi madre se acerca y en voz baja se estira tan larga como es (y no es muy larga) para hablar en voz baja sobre lo de ir al baño.
La secretaria escucha a mi madre y en un momento tuerce su cabeza tratando de mirarme…me observa y yo me sentí avergonzado de cómo me miraba, era violento. Decide, porque fue una decisión sin dudas, decirle a mi madre en voz mas o menos alta “Sabe lo que pasa, señora…baños para discapacitados no tenemos en este piso”…
A veces se necesita un clic, un disparador para poder salir de un problema y sin dudas esa frase lo fue, y así aun hoy me lo tomé. Abrí los ojos y me empezaron a circular las ideas, se ve. Apoyé las ruedas de la silla contra la pared para que no se moviera y me incorporé, cosa que no hacia mucho y me costaba bastante. La llamé a la chica moviendo dos dedos. Se acercó y le hice el gesto de que se quedara al lado de mí. Le digo “decime dónde está el baño”, y me señaló el final de un pasillo.
Yo la agarré del brazo y empezamos lentamente a caminar, cosa que hacía 7 meses no podía. Mi madre se quedó dura en su lugar y lloraba. Yo iba con la chica del brazo y le pregunté el nombre, me dijo Carolina…fuimos dando pasos cortos pero dentro de todo con un cierto ritmo. Llegamos a la puerta del baño y le digo “ahora yo voy a entrar…por favor camino, ritmo, quedate acá y cuando salga me acompañás de nuevo”, con un tono más de orden que de favor. Ella bajó la cabeza y yo entré.
Me miré al espejo y me vi horrible, con el pelo muy largo…me apoyé con las dos manos en los extremos de las canillas y disfruté el estar vertical, era una cosa extraña. Salí del baño y allí estaba la chica. Me agarra del brazo y empezamos el camino inverso. Mi madre intenta acercarme la silla y yo la freno con un gesto del brazo, quería caminar esos metros. Ahora tenía a la gente de la sala mirándome de frente. Cuando llegué de nuevo a la silla dije Gracias y ella en voz baja me dijo “de nada”.
Dos cuestiones surgen para mí luego de esto. El primero es por qué algunas personas tienen la delicadeza de un mastodonte, y atienden al público con menos tacto que pata de elefante. Ella no puede decir eso en voz alta con la clara intención de que yo escuche su respuesta. En realidad no debería, poder pudo. Lo segundo es saber cuánto cambia el concepto del mundo cuando se está un poco más abajo en la estatura y en los movimientos. Lo dependiente que se vuelve de otros, qué barreras hay que enfrentar, qué cosas modifica en lo diario.
No guardo rencor contra nada ni nadie y lo vi como el motivador para poder recuperarme. Y deseo que a esa mujer nunca le toque una secretaria como ella misma. Aunque también habrá sumado algo más a partir de lo pasado, estoy seguro. Todos aprendemos, y todo el tiempo. No mirará más a alguien en una silla como un condenado. Supongo.
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