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"Mitad y mitad" -Cuento corto-
1 comentarios lunes, 9 de enero de 2012Los dos hombres apuraban el paso. Se habían encontrado en la esquina y como si se conocieran de toda la vida se saludaron. A mitad de cuadra entraron al Banco. Es de los lugares que invita a quedarse con el aire acondicionado prendido, respiraron aliviados. Parecía hermanos, los dos de traje gris. Sacaron número y se sentaron en las últimas filas. Uno rompió el hielo. “Me llamo Quique. ¿Vos?”. Yo Julio, encantado. Y Julio siguió hablando porque Quique no hablaba. Le dijo que tenía 43 años, que se había separado hace poco y que su hija de 7 años aun intenta pegarle cuando lo ve. Que lo culpa de la separación porque esa idea le metió la madre. Que él no haría algo para dañar a la nena. “¿Cómo se llama la nena?”. Lucía. Le dice a Quique que es hermosa, que ella se rie y él no piensa más en nada, pero que cada vez que va, la nena está nerviosa, se siente mal de verlos asi. “¿Así cómo?”. Separados, le dice Julio. Le confiesa que está triste todo el tiempo, que ya no trabaja con las mismas ganas de antes, que los demás le dicen que debe ir a un psicólogo. Quique escuchó la catarata de información de alguien a quien conoció en la esquina y en 10 minutos le había contado sus pesares. Le preocupaba que no le tocaba nunca el número y a la vez tener que escucharlo a Julio. Por 15 minutos lo veía mover los labios pero dejó de prestarle atención, estaba pendiente de la numeración. “Nos está por tocar el número”, le dice a Julio, interrumpiéndole el monólogo. Ambos se paran y cuando llaman al 59 van a la caja. Uno hace la operación y el otro tapa un poco la visual para que los que están sentados no vean. Con la mampara se ve igual la acción, es la teoría de Julio. Cuando Quique termina con la operación ambos salen casi a la par. Saludan al de seguridad, que les abre la puerta. Apenas salen cada uno se va para distintas esquinas con el dinero repartido en una sola maniobra y casi en mitades iguales. “¿Cómo era tu nombre?”. Julio. “Chau”. Y se va Quique pensando en que Julio es un buen ladrón, pero habla hasta por los codos. Mañana se juntarán en otra esquina. Por las dudas recomiendo sacar número antes que ellos.
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Cuento de los atajos (extraído del libro "El combustible espiritual")
1 comentarios lunes, 6 de septiembre de 2010
Una pareja de recién casados era muy pobre y vivía de los favores de un pueblito del interior. Un día el marido le hizo la siguiente propuesta a su esposa: “Querida, voy a salir de la casa. Voy a viajar bien lejos, buscar un empleo y trabajar hasta tener condiciones para regresar y darte una vida más cómoda y digna. No sé cuánto tiempo voy a estar lejos, solo te pido una cosa, que me esperes y mientras yo esté lejos seas fiel a mi, pues yo te seré fiel a ti”.
Así, siendo joven aun, caminó muchos días a pie, hasta encontrar a un hacendado que estaba necesitando de alguien que lo ayudara. El joven se ofreció para trabajar y fue aceptado. Luego pidió hacer un trato con su patrón, lo cual fue aceptado también. El pacto era el siguiente: “Déjeme trabajar por el tiempo que yo quiera y cuando encuentre que yo debo irme, el señor me libera de mis obligaciones. Yo no quiero recibir mi salario. Le pido al señor que lo coloque en una cuenta de ahorro hasta el día en que me vaya, entonces usted me dará el dinero que yo haya ganado”.
Una vez puestos de acuerdo, aquel joven trabajó durante veinte años, sin vacaciones y sin descanso. Pasado ese tiempo se acercó a su patrón y le dijo “Patrón, quiero mi dinero pues quiero regresar a mi casa”. El patrón le respondió “Muy bien, hicimos un pacto y voy a cumplirlo, sólo antes quiero hacerte una propuesta ¿está bien?. Yo te doy tu dinero y te vas, o te doy tres consejos y no te doy el dinero y te vas. Si yo te doy el dinero, no te doy los consejos y viceversa. Vete a tu cuarto, piénsalo y después me das la respuesta”.
Él pensó durante dos días, finalmente buscó al patrón y le dijo “Quiero los tres consejos”. El patrón le recordó: “Si te doy los consejos, no te doy el dinero”. Y el empleado respondió: “Quiero los consejos”.El patrón entonces le dijo:
1. Nunca tomes atajos en tu vida. Caminos más cortos y desconocidos te pueden costar la vida.
2. Nunca tengas curiosidad por aquello que represente el mal, pues esa curiosidad por el mal puede resultar fatal.
3. Nunca tomes decisiones en momentos de odio y dolor, pues puedes arrepentirte demasiado tarde.
1. Nunca tomes atajos en tu vida. Caminos más cortos y desconocidos te pueden costar la vida.
2. Nunca tengas curiosidad por aquello que represente el mal, pues esa curiosidad por el mal puede resultar fatal.
3. Nunca tomes decisiones en momentos de odio y dolor, pues puedes arrepentirte demasiado tarde.
Después de darle los consejos, el patrón le dijo al joven, que ya no era tan joven: “Aquí tienes tres panes, dos para comer durante el viaje y el tercero es para comer con tu esposa cuando llegues a tu casa”. El hombre emprendió su camino de regreso, luego de 20 años lejos de su casa y de su esposa que tanto amaba.
Después del primer día de viaje, encontró a una persona que lo saludó y le preguntó: “¿Para dónde vas?”. Él le respondió: “Voy para un camino muy distante que queda a más de veinte días de caminata por esta carretera”. La persona le dijo entonces: “Joven, este camino es muy largo, yo conozco un atajo con el cual llegarás en poco días”. El joven contento, comenzó a caminar por el sendero señalado cuando se acordó del primer consejo: “Nunca tomes atajos en tu vida, caminos más cortos y desconocidos te pueden costar la vida”. Entonces abandonó aquel atajo y volvió a seguir por el camino normal. Dos días después se enteró de que otro viajero que había tomado el atajo había sido asaltado, golpeado, y le habían robado toda su ropa. Ese camino llevaba a una emboscada.
Después de algunos días de viaje y cansado al extremo, encontró una pensión a la vera de la carretera. Era muy tarde en la noche y parecía que todos dormían, pero una mujer sombría le abrió la puerta y lo atendió. Como estaba tan cansado, le pagó la tarifa del día sin preguntar nada, y después de tomar un baño se acostó a dormir. De madrugada se levantó asustado al escuchar un grito aterrador. Se puso de pie de un salto y se dirigió a la puerta decidido a averiguar qué pasaba. Pero en el momento en que abría la puerta se acordó del segundo consejo: “Nunca tengas curiosidad por aquello que represente el mal, pues esa curiosidad puede resultar fatal”. Entonces volvió sobre sus pasos y se acostó a dormir.
Al amanecer, después de tomar café, el dueño de la posada le preguntó si no había escuchado un grito y él contestó que si. El dueño de la posada le preguntó. “¿Y no sintió curiosidad?”. Él le contestó que no. A lo que le dueño le respondió: “Usted ha tenido suerte en salir vivo de aquí, pues en las noches nos acecha una mujer maleante con crisis de locura, que grita horriblemente y cuando el huésped sale a enterarse de qué está pasando lo mata, lo entierra en el quintal y luego se esfuma”.
El hombre siguió su larga jornada, ansioso por llegar a su casa. Después de muchos días y noches de caminata, ya al atardecer, vio entre los árboles humo saliendo de la chimenea de su pequeña casa, caminó y vio entre los arbustos la silueta de su esposa. Estaba anocheciendo pero alcanzó a ver que ella no estaba sola. Anduvo un poco más y vio que ella tenía sobre sus piernas a un hombre al que estaba acariciando los cabellos. Al ver aquella escena su corazón se llenó de odio y amargura y decidió correr al encuentro de los dos y matarlos sin piedad. Respiró profundo, apresuró sus pasos y de pronto recordó el tercer consejo: “Nunca tomes decisiones en momentos de odio y dolor pues puedes arrepentirte demasiado tarde”.
Entonces se detuvo, reflexionó y se dio cuenta que era mejor dormir primero y tomar una decisión al día siguiente. Al amanecer, ya con la cabeza fría, se dijo. “No voy a matar a mi esposa. Voy a volver con mi patrón y a pedirle que me acepte de vuelta. Solo que antes, quiero decirle a mi esposa que siempre le fui fiel”.
Se dirigió a la puerta de la casa y tocó. Cuando la esposa le abrió la puerta y lo reconoció, se colgó de su cuello y lo abrazó afectuosamente. Él trató de quitársela de encima pero no lo consiguió. Entonces con lágrimas en los ojos le dijo: “Yo te fui fiel y tú me traicionaste”….Ella espantada le respondió: “¿Cómo?. Yo nunca te traicioné, te esperé durante veinte años”. Él entonces le preguntó. “¿Y quién era ese hombre que acariciabas ayer por la tarde?”. Y ella le contestó: “Aquel hombre es nuestro hijo. Cuando te fuiste descubrí que estaba embarazada. Hoy él tiene veinte años de edad”.
Entonces el marido entró, conoció a su hijo, lo abrazó y les contó toda su historia, mientras su esposa preparaba la comida. Se sentaron a comer y el esposo compartió con ellos el último pan.
Después de la oración de agradecimiento con lágrimas de emoción él partió el pan y, al abrirlo, se encontró con todo su dinero, con el pago de sus veinte años de dedicación.
Renata, una valija en el corazón: Aprendiendo a hacer, y a ser
1 comentarios lunes, 5 de abril de 2010
Su primer día haciendo aquello que siempre soñó, Renata debía aprovecharlo desde temprano. Con actitud de turista tomó la máquina de fotos y no el cuaderno anotador. Dudó bastante pero volvió sobre sus pasos y se llevó el cuaderno también. Salió del hotel y el viento de la mañana la hizo respirar profundo, ese aire que llena los pulmones, que parece todo para uno y da energía. El sol pegaba en las paredes de las casas, mitad madera y piedras claras, y las volvía luminosas.
Miraba el piso y todo le parecía reluciente, la calle, las bocacalles, hasta los postes de luz…hizo el gesto que tanto le gustaba hacer de chica. Juntó sus dos manos en la espalda y caminó con la “pose de inspector” como su abuela aun de grande le seguía diciendo. Pero estar así la relajaba y le permitía pensar, y en un lugar tan lindo y cercano a la perfección de la naturaleza, debía enfocarse en lo material. Vio un cartel que le pareció ser de un bar y caminó hacia ahí.
Pensaba absolutamente en dinero y nada más. Porque había llevado lo que pudo juntar en tres meses, más lo que la tarjeta de crédito le daba de saldo. No aceptó más ayuda externa, como hasta ahora los padres hacían para con ella, salvo que la obra social le siga reclamando cuotas impagas y entonces ya no pueda usarla, mucho menos en Bariloche. Por primera vez en 22 años se pondría seriamente a buscar trabajo.
Seguía caminando Renata con las manos atrás y mirando al frente, pero en otro lado, buscando dentro de ella respuestas a preguntas que aun no se hacía seriamente. A las que le temía. Porque trabajar para mantenerse ya sabía lo que era, aunque llegó gracias a su tío que pudo ubicarla en una empresa de un conocido. Esta vez no habría paraguas familiar ni recomendaciones de momento.
Se detuvo frente a un kiosco a ver la tapa de la revista de chimentos, fue más fuerte que ella. La miró como todos los días que las amigas de oficina la compraban y para hacerlo se apoyó en una pequeña “torre” de diarios que por ser de no tantas páginas, con su mano sin querer movió y tiró al piso. Pegó un salto hacia atrás, como si un montón de diarios fueran a atacarla y pidió disculpas al señor que estaba ahí, que las aceptó con cara de “fijate lo que hacés”. Para reparar su error ella compró el diario que había tirado, se llamaba “El Ciudadano”. Pagó con monedas y siguió rumbo al bar. Miró los títulos de noticias locales nada interesantes para ella. Lo dobló y lo iba a poner en su bolso pero ya casi estaba en el bar. Entró y mientras esperaba su capuchino obligatorio de cada mañana, esta vez en Bariloche, se puso a leer.
Razona que por algo se empieza y buscar en el diario es un buen inicio, entonces lo extiende en la mesa y pone los codos arriba para mirarlo apoyando la pera en la mano izquierda. Va a los clasificados, que no son de 40 páginas como el “Clarín”, más bien son “seleccionados” y no clasificados. Llega el capuchino y paga en el momento, no quería que luego la interrumpieran. Saca la lapicera y empieza a tachar. Y tachar, y más tachaduras, nada la convencía del todo. Se sentía ciudadana por primera vez al hacer algo que el resto hacía también en algún momento de la vida. Esa cierta soberbia la ponía mal a ella, se daba cuenta que eso no estaba bien.
Tenía una visión superada de ciertas actitudes del otro, las miraba con recelo, siempre (no) creyendo en el otro, al menos de movida. Y la mirada que tenía con esos prejuicios, sobre los clasificados, acotaba la búsqueda. Discriminó primero por términos, luego por sinónimos que no le cayeron bien y finalmente por los requisitos.
Como los chicos, quería leer exactamente lo que buscaba, pero eso era muy complicado. Pasaron los minutos y la hora, y cerró el diario para tomarse el capuchino. Estuvo jugando con un sobre de azúcar en la mano, respiró buscando aire al por mayor y salió.
Dobló a su izquierda y la sorprendió un grupo de gente frente a una pared, se fue acercando y vio una cartelera con algunos avisos, aunque la mayoría no de trabajos, sino de ofrecimientos. Un poco desilusionada siguió mirando los renglones pero más por curiosidad que otra cosa hasta que casi al final y sobre un extremo de la cartelera lee “Se necesita ayudante para atención en Hostel. Experiencia y manejo del inglés, indispensables. Presentarse de lunes a viernes de 9 a 17 horas”…sacó el anotador y escribió la dirección. Cuando terminó de copiar ya no había nadie a su alrededor, y ella quería saber dónde quedaba esa calle que estaba escrita en la cartelera, no la conocía.
La calle era Mariano Moreno. Se acercó hasta una parada de colectivos y la pudieron ubicar hacia donde era. No parecía alejarse del centro de la ciudad y estaba más o menos cercano y en diagonal a su hotel, pensaba en lo genial que estaba resultando todo, el problema era la total inexperiencia para manejar personas en un hostel, uno de los requisitos. Las dos cuadras hasta el lugar exacto le permitieron hacer una pequeña estrategia para caer bien, ya que sabía qué cosas no tenía a su favor. El curso de Marketing que hizo con una amiga le estaba sirviendo por fin, para algo. Debía maximizar virtudes y minimizar defectos, como le enseñaron.
Llegó a la puerta y enderezó un poco su espalda, tomó coraje y entró. Descubrió que de aspecto el lugar estaba mucho más presentable que su propio hotel y que la sensación que la invadió no fue de rechazo sino más bien lo contrario. Un hombre se acercó y le preguntó quién era, explicó que venía por el aviso y la hicieron pasar a una oficina muy pequeña en donde una mujer la esperaba. Se pusieron a hablar, Renata le confió su nerviosismo, su intención de quedarse un tiempo en la ciudad, en la conveniencia de eso, ya que teniendo el ritmo de Buenos Aires, mejor podría tratar a los pasajeros. Bastante discutible, pero a la hora de querer agradar cualquier frase se puede aplicar de apuro. La señora la escuchó casi sin interrumpirla y es posible que en ella haya visto las ganas de agradar y también, hambre. En el más literal de los sentidos. Y aquello que uno transmite con sensaciones en general excede a todas las palabras que se digan.
La mujer estaba satisfecha de lo que oyó y Renata contenta de haber dicho en una síntesis atropellada por los nervios, la mayoría de las cosas. Le dijeron que a la mañana siguiente recibiría un mensaje en su teléfono por sí o por no. Para irse estiró la mano y no se atrevió al beso porque estaba muy nerviosa y quería irse de ese lugar tan chico. Una vez en la calle se tomó la cabeza y resopló para sacarse la presión del momento.
Tenía hambre y volvió al hotel. Anotó en su cuaderno-diario todas las sensaciones, miedos que ahora podía escribir y a la vez describir en papel aun cuando almorzaba unos fideos algo recalentados. Pasó el resto del día escribiendo cerca de un murallón, protegida del viento y de cara al lago. Cuando se cansó de pensar en qué haría si la respuesta era positiva, se fue de nuevo al hotel.
Por la mañana se abalanzó sobre el celular, al que toda la noche dejó prendido. Cerca de las nueve de la mañana ya estaba despierta cuando sonó y escuchó lo que quería oír. Gritó de felicidad y llamó a sus padres, que no entendían demasiado porque estaba muy emocionada de haber logrado algo por si misma sin ayuda de nadie. La envalentonaba.
Le dijeron que debía estar a las diez de la mañana y se preparó vestida cómoda y en algún punto elegante a la vez, aunque su vestuario no era exactamente variado. Llegó y la misma señora del día anterior la recibió, esta vez con un beso. Se rieron como si fueran dos viejas conocidas y hacía menos de un día se habían visto.
La mujer le preguntó cómo había ubicado el aviso, y Renata le explicó lo del diario y la cartelera en donde leyó la información. Se enteró recién ahí que el pedido también estaba publicado en aquel diario que compró, pero por alguna razón ella lo había tachado, como a tantos otros.
Un guiño más para su cuaderno. El recién empezado, al que le aparecen los renglones y los temas a sus hojas en blanco, de a poco.
Lo que hay detrás de la puerta: felicidad laboral, cara de portaretrato
1 comentarios miércoles, 18 de noviembre de 2009
En un mundo ideal podríamos encontrar sólo dos tipos de personas: aquellas que son efectivamente felices y las otras, que sólo creen que lo son.
Con seguridad en ese mundo ideal todos sus habitantes consiguen, y una vez que obtienen disfrutan, de su trabajo. Hoy hablamos de las personas y la felicidad laboral que los rodea, contiene. Aquellos que necesitan ser pellizcados y aun así creen estar soñando. Lo que llamaremos de aquí en más risueñamente “cara de portarretrato”: cuando uno va a comprarlos siempre habrá un rostro en la foto inmensamente feliz.
Revelaremos aquí el motivo de tanta alegría en este tipo de personas: el trabajo, como la vida, es felicidad o tristeza según cómo te lo tomes. Incluso aplicado a las labores más insalubres.
Existe una gran carga de subjetividad en todas las visiones. Alguno puede sentirse realizado por el lugar físico que ocupa y en donde desarrolla su labor (por ejemplo una linda oficina, amplia y con ventana al río) y en un segundo plano deja qué es exactamente lo que hace. Y también lo contrario. Una persona en un lugar diminuto puede sentirse a gusto con la tarea que lleva adelante.
Las políticas económicas (vaya si ocurre ahora) tienen mucho de esto. Se la llama “Teoría subjetiva del valor”, que es ni más ni menos que darle una forma y carácter a algo que siempre estará condicionado por nuestra propia opinión.
“Tiembla la bolsa”, “Los Bancos respiran”, “Mercados alterados”, son expresiones que comúnmente leemos u oímos. Si nos preguntan cómo nos fue en el trabajo tal vez diremos “Hoy estuvo tranquilo” (¿el trabajo o uno?), “Nos hacen trabajar cada vez más” (¿más horas o cumplir más en menos tiempo?).
Como fuera, la mirada parece ser aquello que nos rige el camino. Por eso existen quienes ven no uno, sino todos los trabajos como injustos. Y la injusticia siempre es para con ellos. Ni está todo como para decir que el trabajo es como caminar entre flores, ni tampoco es Vietnam o un campo minado. En todo caso la senda siempre estará elegida por nosotros.
Algún lector fuertemente capitalista puede preguntarse con todo derecho en dónde entra el tema del dinero en la idea de felicidad en el trabajo. En la pirámide de cuestiones importantes cada uno ubica al dinero en el escalón que prefiera. Es lo más subjetivo de todo este espacio porque entre “querer ganar” y “aceptar ganar”, el trecho será grande o pequeño según la paciencia del trabajador.
Los que ríen desde sus portarretratos deben ganar bien, imagino. Pero la reflexión es: pelear por la calidad del trabajo es parte de nuestra felicidad laboral.
O el largo camino hacia ella.
Con seguridad en ese mundo ideal todos sus habitantes consiguen, y una vez que obtienen disfrutan, de su trabajo. Hoy hablamos de las personas y la felicidad laboral que los rodea, contiene. Aquellos que necesitan ser pellizcados y aun así creen estar soñando. Lo que llamaremos de aquí en más risueñamente “cara de portarretrato”: cuando uno va a comprarlos siempre habrá un rostro en la foto inmensamente feliz.
Revelaremos aquí el motivo de tanta alegría en este tipo de personas: el trabajo, como la vida, es felicidad o tristeza según cómo te lo tomes. Incluso aplicado a las labores más insalubres.
Existe una gran carga de subjetividad en todas las visiones. Alguno puede sentirse realizado por el lugar físico que ocupa y en donde desarrolla su labor (por ejemplo una linda oficina, amplia y con ventana al río) y en un segundo plano deja qué es exactamente lo que hace. Y también lo contrario. Una persona en un lugar diminuto puede sentirse a gusto con la tarea que lleva adelante.
Las políticas económicas (vaya si ocurre ahora) tienen mucho de esto. Se la llama “Teoría subjetiva del valor”, que es ni más ni menos que darle una forma y carácter a algo que siempre estará condicionado por nuestra propia opinión.
“Tiembla la bolsa”, “Los Bancos respiran”, “Mercados alterados”, son expresiones que comúnmente leemos u oímos. Si nos preguntan cómo nos fue en el trabajo tal vez diremos “Hoy estuvo tranquilo” (¿el trabajo o uno?), “Nos hacen trabajar cada vez más” (¿más horas o cumplir más en menos tiempo?).
Como fuera, la mirada parece ser aquello que nos rige el camino. Por eso existen quienes ven no uno, sino todos los trabajos como injustos. Y la injusticia siempre es para con ellos. Ni está todo como para decir que el trabajo es como caminar entre flores, ni tampoco es Vietnam o un campo minado. En todo caso la senda siempre estará elegida por nosotros.
Algún lector fuertemente capitalista puede preguntarse con todo derecho en dónde entra el tema del dinero en la idea de felicidad en el trabajo. En la pirámide de cuestiones importantes cada uno ubica al dinero en el escalón que prefiera. Es lo más subjetivo de todo este espacio porque entre “querer ganar” y “aceptar ganar”, el trecho será grande o pequeño según la paciencia del trabajador.
Los que ríen desde sus portarretratos deben ganar bien, imagino. Pero la reflexión es: pelear por la calidad del trabajo es parte de nuestra felicidad laboral.
O el largo camino hacia ella.
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