Mostrando entradas con la etiqueta cuentas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta cuentas. Mostrar todas las entradas

."Nuestro Reino".

1 comentarios viernes, 30 de marzo de 2012
¿Qué Reino puedo prometerte en el que seas feliz?. Uno sin leyes, sin tiempos que nos gobiernen, sin necesidad de apurar o esperar a las cosas, con el maravilloso efecto del presente eterno, una ilusión, la mia. Que sea lo que sos cuando te veo. Me gustaría un país sin nuestras fronteras, atado al impulso del viento y de tu pelo cuando se mueve. En el que seas feliz sin darte cuenta, ocupada en amar como si fuera el mejor de los trabajos. Por ese Reino de flores y molinos, yo moriría. De amor, si no sos mi guía.
read more “."Nuestro Reino".”

"Subir tu escalera" -CC-

1 comentarios viernes, 26 de agosto de 2011


Cuando le dijeron “consultorio 203” ya tuvo claro que sería en un segundo piso y resopló imaginando lo que le costaría llegar. El hall de entrada de la clínica tenía esa fila de personas que a veces se arma con formas extrañas y espacios para que otros puedan pasar entre medio, una multitud hacía murmullo detrás de él.






Las paredes eran blancas, el piso era blanco, el sol entraba por una de las ventanas a medio abrir. Se acercó y miró el pulmón del edificio, con un rectángulo de pasto y algunas plantas entre las salidas de aire de los equipos de la clínica. Se dio vuelta apoyando una mano en la ventana y vio la fila de gente en la que había estado 20 largos minutos.






Tres ascensores a su izquierda tenían un cartel que no alcanzaba a leer pero que no serían de buenos augurios de funcionamiento, quedaba uno con otra fila de personas con cara de hacía mucho no verlo por planta baja. Caminaba arrastrando un poco la pierna izquierda pero despacio se llega igual, como solía decir.






Miró dónde estaba la escalera. Tiene el turno con el médico en diez minutos y eran dos pisos por subir. Toma coraje y va a su objetivo. Pensar que corría para llegar a horario, pensar que hacía con sus hijos carreras en la plaza con alguno en sus hombros. Pero se mentalizó en el hoy. Con un brazo se agarró del pasamanos y empezó a subir de a un pie a la vez los escalones. Las personas le pasaban por al lado y él trataba de hacerse pequeño para no incomodar a los apurados.






Cuando llegó al primer piso se fijó en el ascensor y allí también tenía fila asi que tuvo que seguir su escalamiento. Cuando llegó al segundo piso habían pasado cinco minutos de su turno. En la mitad del pasillo sobre un costado una mesa con forma de medialuna y una secretaria vestida en gris y blanco, como todo el entorno.






Buen dia, Roque Velez, tenía turno 15 45…



”ya entró la persona del turno siguiente, señor. Cuando se desocupe el Doctor le pregunto si puede atenderlo”.






Tenía bronca pero Roque la miró con resignación, no tenía ganas de enojarse. Le ofrecieron sentarse, una mujer lo notó frágil quizás, pero no quiso. Se apoyó contra una de las paredes enfrente a la puerta del médico.






“¿Quiere leer algo, abuelo?”, le dijo la mujer y le alcanzó una revista “Gente” bastante vieja. Quiso hacer el crucigrama pero ya estaba hecho, como siempre ocurre con las revistas de consultorios. Miró las notas y se rió un poco. Aprovechó la pared para ponerse derecho. Se masajeó la pierna que tanto le molestaba hasta que logró mas o menos enderezarla. Aun estaba agitado por el esfuerzo pero bastante conforme con llegar.






La puerta se abre y la secretaria entra. Al segundo vuelve a salir y lo invita a pasar.



El doctor lo recibe.: “¿primera vez, no?”. Y única, doctor. Me llamo Roque Vélez. Estoy curado, ¿sabe?. Me costó mucho llegar acá pero pude. Todo estaba en mi, recién me di cuenta que todo estaba en mi. Gracias.






El viejo le dio la mano y el psiquiatra lo miró. Entendió cómo funciona a veces en algunos eso que los remedios no conocen: la autoestima.

read more “"Subir tu escalera" -CC-”

"Carta para mi ayer" -Cuento Corto-

1 comentarios jueves, 11 de agosto de 2011
Cuando Daniel entró al correo ya notó la primera diferencia. Había dos filas para dos cuestiones diferentes, por un lado el pago de cuentas y en el otro lo estrictamente postal. Hacía veinte años no iba al correo, fecha de su última carta despachada. Se sentía extraño rodeado de gente con encomiendas o facturas de electricidad.





Llegado su turno pidió que la mandaran certificada. La mujer lo miró a él y luego al sobre, la sensación fea de ser interrogado con los ojos. Se detuvo en el remitente y cuando comprobó que estaba correcto lo pasó por la máquina. Ya no ponen estampillas y ahora entregan un recibo muy parecido al de un supermercado. Como si escribir fuera una compra. Daniel sentía que el mundo moderno le estaba dando un cachetazo a sus modos algo antiguos.






¿Qué hizo?. Se acordó de ella, de Claudia, y le mandó una carta como en su época de adolescentes. El problema es que ya no lo eran y si bien él nunca se casó eso no quería decir que quien leyera lo tomara en gracia luego de tantos años. Quizás tuviera hijos, muchos, quizás no viva donde siempre vivía. La mandó adonde recordaba.






El texto era bastante simple: “¿Te acordás de mi?”. Y el remitente era de Martín J Haedo. Le gustaba hace 20 años poner de remitente en cartas apellidos de estaciones de trenes. Apostaba a que con eso lo debería recordar. Con el correr de los dias las ganas de recibir respuesta se transformaron en resignación, en melancolía de lo que nunca pasó.






La duda era si llegó y si fue así cuál había sido la reacción, que Claudia sintiera lo mismo, en una palabra. Hasta que a los 36 días de enviadas la carta, llega el cartero a la casa. Se baja de la bicicleta, toca timbre. Daniel sale y el hombre le hace firmar una planilla. Ve la letra de Claudia, igual que hace 20 años.






Rompió con cuidado el papel madera y adentro tenía una caja blanca. La desató y abrió: había cartas. Suyas, escritas para ella. En la tapa se leía “fijate en el sobre”. Y dentro había una hoja que decía “Sí, me acuerdo de vos. Te doy las cartas tuyas. Volvé pero hoy, no ayer”.






Daniel se rascó la cabeza y no perdió tiempo. De a una las fue quemando con un encendedor. Vio luego de tanto sus propias cartas, amarillas del tiempo y de lo que sentía de verlas. Le estaban pidiendo que dejara atrás a él mismo para empezar a ser, justamente, él.






Hoy son tan felices que se escriben cartas aunque estén al lado del otro.

read more “"Carta para mi ayer" -Cuento Corto-”