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"En el cuarto" -Cuento corto-

1 comentarios sábado, 11 de agosto de 2012
En la parte de atrás de un cuadro. Ahí guardaba Emiliano dos o tres cosas importantes para él. Un viejo boleto de colectivo que su abuelo le había regalado, un anillo imaginario que encontró en la calle cuando caminaba con su mamá, y dos de las figuritas más difíciles del álbum. A la mañana antes de vestirse se fijaba por el costado del cuadro a ver si todo seguía en su lugar. En la escuela el miedo era pensar en que descubrirían lo escondido y deseaba llegar a la casa más rápido que la limpieza de su mamá en el cuarto. Pasaron unos tres meses y olvidó lo escondido tras el cuadro, otras cosas llamaron su atención, terminó confiando en que aquello estaba bien asegurado. Un dia se sienta en la cama mientras va despertando y piensa en esas figuritas que nunca había cambiado. Se preguntó dónde las habría dejado y la mente se lo recordó. En la pared el cuadro lucía un poco torcido. Detrás el sobre, lo abrió y no estaba todo: faltaba el anillo imaginario. Miró al piso porque quizás se había caído pero no lo veía. Buscó detrás de la almohada, al lado de la cortina, entre su ropa guardada. Nada. Corrió adonde estaba su madre lavando platos en la cocina sin saber cómo preguntarle, sentía que revelaba una mentira. Le contó lo del sobre detrás del cuadro, el boleto y las figuritas. Que faltaba el anillo imaginario que caminando habían encontrado. Ella le dijo que no se preocupara tanto, que no tenía pies asi que muy lejos no debía estar andando. Se tranquilizó y al rato la madre y él se pusieron a revisar el cuarto pero no hubo caso, ella se fue resignando. Emiliano buscó un poco más y se sentó en un costado. ¿Alguna vez tuvo ese anillo imaginario?. Dejó de buscar lo que nunca había encontrado. Y desde esa noche los sueños fueron regalando alguna cosa imaginaria que Emiliano pidiera. Cuando mire tras el cuadro.
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."Delante de tres cuadros, ella".

1 comentarios sábado, 4 de agosto de 2012
“¿Qué ve?”, me preguntó un hombre con aspecto de artista plástico, mientras estaba frente a un cuadro de un paisaje algo nevado, con picos de montañas lejanas y un cielo celeste amplio. No supe qué decirle y ambos nos pusimos a mirar otro cuadro. Una casa atravesada por árboles parecidos a nogales. “¿Y en éste qué ve?”. Yo lo miré pero no supe qué responder. Me detuve en un tercer cuadro, él seguía a mi lado. Era de un camino apenas marcado por algo semejante al sol de la tarde, que en el fondo del cuadro parecía que se iba alejando. “¿Ve algo?”. Y me puse a sentir lo que estaba mirando. Le dije “Sí, la veo a ella. Como en éste y en los otros cuadros. ¿Lo ve al amor?”. El hombre con aspecto de artista plástico se acercó a mirarlo. Pero a ella la veo sólo yo. En los cuadros y en todos lados.
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Esperando -Cuento corto-

1 comentarios sábado, 7 de julio de 2012
El que quiere cerrar bien la canilla que no es suya y la rompe. El que quiere enderezar un cuadro en casa ajena y se cae. El que intenta abrir una botella delante de todos y no puede. El que cree que dejando pasar gente en el ascensor vendrá enseguida otro, y justo paran de andar. El que deja pasar a alguien primero al kiosco y compra justo el último chocolate que uno quería. El que después de dejar sentar a todas las mujeres posibles en el colectivo finalmente le toca. Treinta segundos, porque sube una embarazada. El que pisa las flores de la abuela, queriendo espantar una abeja. El que compra de sorpresa la docena de facturas, justo las que a nadie les gusta. El que da diez pesos para recibir cambio. Y sale once. El que ve dos taxis pegados y decide tomar el de atrás, quien hace señas de que no toma pasajeros. El que cansado de ser perseguido por cierto ingrato destino, se va a un bar de Talcahuano. Pide un café, el mozo tarda, no trae la cuchara, no dice nada, resignado. Le pone azúcar, mira al costado. La ve a ella, como un espejo donde refleja su total cara de frustrado. Se acerca, se hace querer. Aun lo recuerdan, pasaron seis años. Agradece amando la fortuna de haberla encontrado.
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"Crujido" -Cuento corto-

1 comentarios miércoles, 15 de febrero de 2012
La vereda estaba algo rota por las raíces del tilo, esas veredas de color amarillo y gris cemento. El cerco era blanco y elevado unos veinte centímetros del piso. Las inundaciones en su momento eran habituales y había que tomar recaudos. Una puerta baja de reja color negro, el inicio de una serie de ruidos que en ningún otro lado se oirán. Un chillido particular al abrir. La entrada tiene un porshe en donde la persiana rectangular hace juego con la puerta, casi del mismo tamaño pero en vertical, toda en madera. Un farol con una cadena bastante larga se mueve peligrosamente de costado con el viento. Tiene vidrios trabajados de dos o tres colores aunque le falta uno de ellos. El picaporte de la puerta es amarillo y la vieja llave Trabex entra cansada, con facilidad. Hay que tener cuidado con la segunda elevación esta vez de goma, que tiene debajo el marco, contra el agua. De nuevo se escucha el segundo chillido particular. La cerradura hace crujir la madera de la puerta, y se abre. De frente la foto del abuelo, tan parecido al señor del pan dulce Musel que durante años creí que lo era. El piso es verde y amarillo en círculos, una especie de imitación de mármol. A la izquierda la mesa de madera oscura, tapada por un plástico transparente. Un cuadro de una cabaña con árboles detrás. Un hogar que fue verdadero pero de leños falsos, la llave de paso del gas disimulada detrás de un florero. Un tocadiscos de los años 40 que aun andaba, al menos las veces que el nieto lo prendió. De frente un mueble con dos cajones a los costados y una puerta en el medio. En el cajón de la derecha los juegos que abuela y nieto preferían: dominó, damas, algún rompecabezas. De pronto me doy vuelta y todo desaparece. Las cosas del comedor no están, queda completamente vacío, me toco el corazón porque me dio miedo. Ya despierto, me siento en la cama. A la misma hora en que todos los días dejo a ese sueño en el mismo lugar. Para volver por él.
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"Se va" -Prosa-

1 comentarios viernes, 25 de noviembre de 2011
Inocencia. Temor ante lo viejo conocido.
Alguien deseando querer ser otro, querer
ser quien mira, ellos son felices y uno es
un cuadro observado, mirado y esperando
algo que surja de nosotros.
No hay tiempos mios, hay impuestos modos que
se dan a conocer con un agudo sonido gris,
y yo comienzo a temblar, porque mis tiempos
no son sonidos agudos sino espera, deseo.
Todos miran el cuadro,
resigno mi suerte de no ser ellos.
Un movimiento lento mece mi miedo.
No confío en nada y todo es agudo sonido gris
que escucho mirando el piso.
Pero detrás del sonido, un movimiento.
Un espacio y un poco de mi, de gente.
De deseo, de espera. Alguien tocó el cuadro.
El sonido gris y agudo terminó.
Llegó para ser feliz.
Y hacerme.
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"El cuadro" -Cuento corto-

1 comentarios jueves, 3 de noviembre de 2011
Mabel contempló un rato la vieja pared. La recordaba aun más destruída de lo que la estaba viendo, con un color rosa fuerte que se fue transformando en casi blanco, además de varias manchas de humedad. Su abuela tenía pasión por rotular todo asi que los hombres de la mudanza miraban las etiquetas y elegían qué cargar en la camioneta primero.

Le pidió Mabel a uno de los muchachos que retirara los tres cuadros colgados. Formaban una especie de triángulo en donde el del centro era el más grande y también el más lindo para ella, siempre se lo dijo a su abuela. Una cabaña con un fondo de bosque y algunas nubes en el horizonte. Cuando al final sacaron los tres cuadros, Mabel vio que dejaron las marcas sobre la pared y no pudo resistirlo: acercó la mano para tocar esa parte que aun conservaba el viejo color rosa intenso. Miró los tres clavos, ahora solos en la pared inmensa.

En el comedor, ese comedor, su abuela jugaba con ella al dominó. A veces creía que en realidad su abuela tenía más pasión por el juego que la propia Mabel, y aun así se dejaba llevar por el momento, ese instante de abuela y nieta. Después de grande uno comprende que aquello que parecía rutina forma parte de lo que siempre tendremos en mente de alguien. Lamentó vender la casa. Su abuela estaría diciéndole de todo, y es posible que desde una nube hoy le esté tirando rayos. Nunca hubiera aceptado una venta y el peligro de demoler o modificar algo. Para no sentir tanta culpa Mabel aceleró el paso de los hombres de la mudanza y ayudó a embalar cosas. Se las iba a llevar a su casa, no tenía por ahora otro espacio.

Cuando terminaron con todo cerró la puerta de madera. Hacía un chillido muy especial, el picaporte de metal en la madera de viejo nomás hacía un ruido que jamás escuchó en otro lado. De chica oía ese chillido y sabía que su abuela o su tía llegaban. Por última vez lo oyó y cerró la puerta con lágrimas en los ojos. Se le cayeron las llaves y las levantó, lo que hizo que sus lágrimas también cayeran. Mabel subió a la camioneta de mudanza y sin decirles nada arrancaron. Cuando llegó a su casa ordenó que pusieran todo en la cochera dentro de cestos que le habían prestado. Los tres cuadros quedaron para el final y los puso arriba de una mesa.

Se fue al baño a lavarse las manos, a sacarse quizás culpa. Volvió y miró por dónde empezar a desarmar todo lo que trajo. Miró los cuadros, uno arriba del otro, y se quedó observando el más grande. Nunca lo había tenido tan cerca y le pasó muy lentamente la mano por sobre la pintura. A pesar de la tierra le parecía aun el más bello, con los dedos tocó la parte de la cabaña y descubrió que la imagen era de más horizonte que otra cosa, muy marcado en el fondo un atardecer en naranja y ocre.

Lo da vuelta y además de telarañas tenía una curita. Sí, una curita. Y en letras de color negro se leía, a duras penas, “Ahora es tuyo”.
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"Persistencia" -CC-

1 comentarios jueves, 6 de octubre de 2011


Gustavo observaba la lámina con “La persistencia de la memoria” de Dalí. Nora lo miró sabiendo que había olvidado todo lo que ella le dijo y lo retó. Debía prestar más atención, era el final, la última materia de la carrera. “En el barco si se hunde, estamos los dos”, le dijo Nora.






Gustavo se olvidó porque cuando la mente no comprende algo parece negarse a seguir recibiendo esa información imposible de aprender, pero ella se lo volvió a decir. No era necesaria una definición técnica del surrealismo porque para el propio Dalí no la había, al menos para con sus obras. Gustavo empezó a tomar nota de lo que Nora decía. Una vez Dalí fue preguntado por el significado de sus obras y dijo que no sabía. “Pero que yo no sepa su significado no quiere decir que no lo tenga”.






Ella le preguntó a su compañero qué era para él surrealismo. Y Gustavo le dijo que…tenía hambre, si podían parar a comer. Dos días repasando los mismos conceptos comenzaba a consumirlos, salieron rumbo a un supermercado chino en la esquina a comprar comida. De paso Gustavo miraba el barrio de la casa de Nora, porque no le había prestado atención. No se perdía de nada, igual a todos los barrios. Compraron algo para preparar, eligió sin consultarlo a él. En menos de 40 minutos Nora había preparado fideos y estaban comiendo bastante rico.






Continuaron cambiando de lugar en las sillas, como para modificar un poco la perspectiva y no aburrir la mente. El surrealismo no tiene una definición concreta porque pasa por el sentir del autor, que se deja llevar cuando está a punto de empezar su obra. Que tampoco sabe si será obra, es el inicio de algo. Cuando logra borrar todo aquella atadura a preconceptos es cuando el surrealismo se plasma.






Gustavo entendió y en su cabeza se hizo la luz. Es una satisfacción cuando por fin se entiende algo que costaba, la mente es feliz y ese alivio se nota en todo el cuerpo. Faltaba un día para el exámen, tenía nervios, verla a Nora lo ponía aun más nervioso. No porque ella no supiera del tema sino por lo responsable que se sentía con todo, desaprobar sería fallarle. Se desconectó de la situación un momento y le fue a preparar mate.






Mientras se calentaba el agua desde la cocina la vio: estaba Nora con las dos manos entre su pelo largo enrulado, mirando un libro. Los codos sobre las hojas, una especie de buzo de mangas muy largas y unas zapatillas grises. Gustavo se rió de verla, le dio ternura la imagen, se esmeró con el mate porque Nora se lo merecía. Cerca de las 23 se fue de la casa, les esperaba al otro día el final.






Aula 601, ocho de la mañana. Se saludaron, temblaban. Ninguno de los dos recordaba nada, siempre ocurre que el miedo paraliza las neuronas y esconde conceptos. Una media hora de espera y los llaman, se sientan frente a los tres docentes. Le preguntan lo que habían hasta el hartazgo visto: surrealismo.






La deja empezar a ella, él luego completa la idea, hablan de Dalí, los dos se miran y se ríen, recuerdan en silencio tantos días de decir eso que a coro casi recitaban. Dos profesores aflojan con las preguntas a los 15 minutos y apoyan sus espaldas contra la silla, ya no insisten. Queda el del medio, que sigue machacando. La última pregunta fue para Gustavo, Debía responder qué era algo real, una definición sobre el término.






La miró a Nora y dijo “ella”.






El docente se rió y dijo “listo…los felicito, Licenciados”. Los dos conservaron las formas y saludaron a los profesores. Salieron y gritaron de felicidad, corrieron como chicos, se abrazaron como cuando uno encuentra a alguien luego de mucho tiempo.



Como cuando los relojes no marcan nada porque son surrealistas. Y se besaron.






Fueron desde allí en más, reales. Hicieron su cuadro.
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"El cuadro incompleto" -Cuento Corto-

1 comentarios viernes, 9 de septiembre de 2011


Terminó la pintura en ese lienzo cargado de tantos colores aun frescos y la aseguró mejor al marco. Se alejó para contemplarla, como le habían enseñado. Se sentía feliz porque su objetivo era no mostrar la cara pero que la figura sugiriera desde lo externo de quién se trataba. No era pintura abstracta, no era impresionismo. Era ella. Sólo ella.






Como secreto con ganas de ser develado, Gastón quiso hacer de su trabajo final, el dar a conocer lo que estuvo por varios meses guardando. Su compañera en el taller de pintura se llamaba Karina. Parecía, a él le parecía, más joven. Llevaba la ropa suelta y no hablaba demasiado, le tocó tenerla al lado en las primeras clases. Como todo buen amor inicial, ella nunca le prestaba real atención. Parecía Karina abstraída. Un misterio saber en qué.






Lo que pudo lograr Gastón es que su profesor luego de siete meses, le dejara retratar una figura usando todas las técnicas que había aprendido. Antes de cada clase se acercaba a saludarla, Karina apenas lo miraba. Él le mostraba sus avances, de cómo iba entendiendo, pero no lograba tener una cuestión en común. Empezó a observar sus dibujos semanales. Algún ave adelante de la imagen o en el fondo, flores en distintas ubicaciones y perspectivas. El mar, la sensación de viento. Gastón tomó nota mentalmente y preparó durante dos meses su cuadro.






El dia que debía llevarlo estaba ansioso. Lo iba a exponer ante su profesor y explicar las técnicas usadas y en qué se inspiró. Era quizás más sencillo decir “en ella”. Pero fue a lo técnico. Los pájaros los pintó en azul respetando el tono con que el cielo estaba pintado, como forma de equilibrar la obra. Quiso hacer la figura femenina desde lo alto de un peñón porque intentaba darle profundidad al punto donde la figura estaba mirando. Tenía una especie de diario en sus manos, no un libro. Y ese diario con las manos en su espalda, dándole valor al paisaje más que a otra cosa. Una especie de pasarela iba hasta el mar, abajo. El viento estaba sólo presente en el pelo de la mujer y el resto de la imagen tiene el aspecto de fija.






Finalmente, sostuvo Gastón, las flores. Son protagonistas en cantidad que rodean a la figura, la envuelven. Logran en ella una protección, como el cielo al marco”. ¿Qué creen que le falta a este cuadro? Preguntó el docente a los demás. Y Karina dijo “un faro. Un objetivo fijo adonde ella mire”. El profesor asintió con la cabeza y se quedó mirando el cuadro eternos cinco segundos. “Saluden a un colega retratista”, les dijo a los demás alumnos, y todos aplaudieron.






Terminó la clase. Karina lo ayudó a guardar y embalar el cuadro con cuidado. Se acercó a ella para hablarle pero Karina se le adelantó:“Sentí que la mujer de la pintura era yo, y te parecerá loco. ¿A quién quisiste retratar?”. Gastón le dijo “a la idea que yo tengo del amor”.






Ella lo miró con ternura y le dijo “Ah, pensé que me habías retratado”.



Ambos rieron. Y se fueron los dos, a terminar la parte que faltaba.



Ese faro adonde mirar. Y mirarse.
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