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."Amor, amor de infancia".

1 comentarios jueves, 8 de marzo de 2012
Me acabás de decir que saliste conmigo sólo porque te regalé un chocolate de los que te gustaban. Eso me ofende, me rebaja, no me siento feliz cuando soy usado y vos sabés que no tengo que mentirte. También me dijiste a los gritos que hablamos poco y nunca de nosotros. La gente en la calle nos miraba, yo intentaba caminar y vos seguías enojada. Yo estaba dolido, sentí que no me lo merecía. Te di mi tiempo, mis ganas de ser más bueno, mi vida con tu nombre marcado en todos mis rincones, y en todos mis cuadernos. Eso era el chocolate que te regalé aquella primera vez. No lo desprecies. Siento que eso de grande, me va a doler .
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"Marisa empieza hoy" -Cuento corto-

1 comentarios jueves, 20 de octubre de 2011
Marisa se puso de pie en la oficina. Abrió la cartera y comenzó a llenarla con casi todo lo que había arriba de su escritorio. Levantó el vidrio de la mesa, sacó un almanaque y una estampita de la Virgen del Rosario. Se llevó el pad del mouse, decorado con unas flores de gomaespuma algo gastadas por apoyar la muñeca ahí. Sacó las dos rosas que siempre compraba y vació el florero porque era de ella, lo envolvió en un pañuelo.

Miró el portalápices: las cuatro lapiceras eran suyas pero se llevaría la que mejor estaba, sin culpa. Abrió el cajón, que era el organizado caos en donde todo encontraba. Miró la máquina abrochadora con un dilema: era de ella pero los ganchitos del Ministerio. La vació, dejó los ganchitos tirados dentro del cenicero. De un cuaderno en blanco arrancó las hojas usadas y lo puso en un costado. Desenchufó el cargador del celular, lo metió en la cartera. Por sobre el divisor de durlock le dio a Noemí un libro que siempre le reclamaba y ahora encontró en el final del cajón: no lo leyó nunca, pero le agradeció igual.

Cuando cerró la cartera parecía una valija, pesaba mucho. Nadie notó lo que había hecho Marisa, se fue de la oficina llevándose lo suyo pero a las 17 ahí todos se apuran por tomar el ascensor y bajar primero. Viajó con tres compañeros y dos Secretarios pero nadie reparó en su cara triste durante los siete pisos. Sin mirar hacia atrás, no quería ponerse a llorar, buscó la puerta y enfiló hacia la claridad de la calle que apenas se veía desde ahí. Vio pasar los autos y resopló con tristeza, se mordió el labio inferior, se acomodó el pelo detrás de las orejas como tic de nervios.

Fue hasta la esquina, dobló por Combate de los pozos, hizo media cuadra más. Cruzó a buscar a la tintorería el trajecito sastre color gris, tan usado y cuidado durante años. Lo pagó y puso cara de ya no volver ahí. Se fue a tomar un café.

La esperó y Ella llegó, puntual. Le preguntó si estaba segura de lo que iba a hacer y Marisa le dijo que sí. Porque todo es siempre empezar de nuevo, porque el incentivo para ser mejor lo debía encontrar en ella y no en esa oficina. Porque entendió que su única seguridad al final era ese trajecito gris dentro de la bolsa, tan suyo como el orgullo de tenerlo sin manchas. Con una servilleta Ella le secó algunas lágrimas. La consoló diciendo que la esperaba ahí y no en otro momento, que estaba feliz de hacerle bien.

Pagó el café y se fueron. Las dos para el mismo lado. Marisa, y la segunda mejor parte de su vida.
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Renata, una valija en el corazón: Aprendiendo a hacer, y a ser

1 comentarios lunes, 5 de abril de 2010

Su primer día haciendo aquello que siempre soñó, Renata debía aprovecharlo desde temprano. Con actitud de turista tomó la máquina de fotos y no el cuaderno anotador. Dudó bastante pero volvió sobre sus pasos y se llevó el cuaderno también. Salió del hotel y el viento de la mañana la hizo respirar profundo, ese aire que llena los pulmones, que parece todo para uno y da energía. El sol pegaba en las paredes de las casas, mitad madera y piedras claras, y las volvía luminosas.


Miraba el piso y todo le parecía reluciente, la calle, las bocacalles, hasta los postes de luz…hizo el gesto que tanto le gustaba hacer de chica. Juntó sus dos manos en la espalda y caminó con la “pose de inspector” como su abuela aun de grande le seguía diciendo. Pero estar así la relajaba y le permitía pensar, y en un lugar tan lindo y cercano a la perfección de la naturaleza, debía enfocarse en lo material. Vio un cartel que le pareció ser de un bar y caminó hacia ahí.


Pensaba absolutamente en dinero y nada más. Porque había llevado lo que pudo juntar en tres meses, más lo que la tarjeta de crédito le daba de saldo. No aceptó más ayuda externa, como hasta ahora los padres hacían para con ella, salvo que la obra social le siga reclamando cuotas impagas y entonces ya no pueda usarla, mucho menos en Bariloche. Por primera vez en 22 años se pondría seriamente a buscar trabajo.


Seguía caminando Renata con las manos atrás y mirando al frente, pero en otro lado, buscando dentro de ella respuestas a preguntas que aun no se hacía seriamente. A las que le temía. Porque trabajar para mantenerse ya sabía lo que era, aunque llegó gracias a su tío que pudo ubicarla en una empresa de un conocido. Esta vez no habría paraguas familiar ni recomendaciones de momento.

Se detuvo frente a un kiosco a ver la tapa de la revista de chimentos, fue más fuerte que ella. La miró como todos los días que las amigas de oficina la compraban y para hacerlo se apoyó en una pequeña “torre” de diarios que por ser de no tantas páginas, con su mano sin querer movió y tiró al piso. Pegó un salto hacia atrás, como si un montón de diarios fueran a atacarla y pidió disculpas al señor que estaba ahí, que las aceptó con cara de “fijate lo que hacés”. Para reparar su error ella compró el diario que había tirado, se llamaba “El Ciudadano”. Pagó con monedas y siguió rumbo al bar. Miró los títulos de noticias locales nada interesantes para ella. Lo dobló y lo iba a poner en su bolso pero ya casi estaba en el bar. Entró y mientras esperaba su capuchino obligatorio de cada mañana, esta vez en Bariloche, se puso a leer.

Razona que por algo se empieza y buscar en el diario es un buen inicio, entonces lo extiende en la mesa y pone los codos arriba para mirarlo apoyando la pera en la mano izquierda. Va a los clasificados, que no son de 40 páginas como el “Clarín”, más bien son “seleccionados” y no clasificados. Llega el capuchino y paga en el momento, no quería que luego la interrumpieran. Saca la lapicera y empieza a tachar. Y tachar, y más tachaduras, nada la convencía del todo. Se sentía ciudadana por primera vez al hacer algo que el resto hacía también en algún momento de la vida. Esa cierta soberbia la ponía mal a ella, se daba cuenta que eso no estaba bien.

Tenía una visión superada de ciertas actitudes del otro, las miraba con recelo, siempre (no) creyendo en el otro, al menos de movida. Y la mirada que tenía con esos prejuicios, sobre los clasificados, acotaba la búsqueda. Discriminó primero por términos, luego por sinónimos que no le cayeron bien y finalmente por los requisitos.
Como los chicos, quería leer exactamente lo que buscaba, pero eso era muy complicado. Pasaron los minutos y la hora, y cerró el diario para tomarse el capuchino. Estuvo jugando con un sobre de azúcar en la mano, respiró buscando aire al por mayor y salió.

Dobló a su izquierda y la sorprendió un grupo de gente frente a una pared, se fue acercando y vio una cartelera con algunos avisos, aunque la mayoría no de trabajos, sino de ofrecimientos. Un poco desilusionada siguió mirando los renglones pero más por curiosidad que otra cosa hasta que casi al final y sobre un extremo de la cartelera lee “Se necesita ayudante para atención en Hostel. Experiencia y manejo del inglés, indispensables. Presentarse de lunes a viernes de 9 a 17 horas”…sacó el anotador y escribió la dirección. Cuando terminó de copiar ya no había nadie a su alrededor, y ella quería saber dónde quedaba esa calle que estaba escrita en la cartelera, no la conocía.

La calle era Mariano Moreno. Se acercó hasta una parada de colectivos y la pudieron ubicar hacia donde era. No parecía alejarse del centro de la ciudad y estaba más o menos cercano y en diagonal a su hotel, pensaba en lo genial que estaba resultando todo, el problema era la total inexperiencia para manejar personas en un hostel, uno de los requisitos. Las dos cuadras hasta el lugar exacto le permitieron hacer una pequeña estrategia para caer bien, ya que sabía qué cosas no tenía a su favor. El curso de Marketing que hizo con una amiga le estaba sirviendo por fin, para algo. Debía maximizar virtudes y minimizar defectos, como le enseñaron.

Llegó a la puerta y enderezó un poco su espalda, tomó coraje y entró. Descubrió que de aspecto el lugar estaba mucho más presentable que su propio hotel y que la sensación que la invadió no fue de rechazo sino más bien lo contrario. Un hombre se acercó y le preguntó quién era, explicó que venía por el aviso y la hicieron pasar a una oficina muy pequeña en donde una mujer la esperaba. Se pusieron a hablar, Renata le confió su nerviosismo, su intención de quedarse un tiempo en la ciudad, en la conveniencia de eso, ya que teniendo el ritmo de Buenos Aires, mejor podría tratar a los pasajeros. Bastante discutible, pero a la hora de querer agradar cualquier frase se puede aplicar de apuro. La señora la escuchó casi sin interrumpirla y es posible que en ella haya visto las ganas de agradar y también, hambre. En el más literal de los sentidos. Y aquello que uno transmite con sensaciones en general excede a todas las palabras que se digan.


La mujer estaba satisfecha de lo que oyó y Renata contenta de haber dicho en una síntesis atropellada por los nervios, la mayoría de las cosas. Le dijeron que a la mañana siguiente recibiría un mensaje en su teléfono por sí o por no. Para irse estiró la mano y no se atrevió al beso porque estaba muy nerviosa y quería irse de ese lugar tan chico. Una vez en la calle se tomó la cabeza y resopló para sacarse la presión del momento.


Tenía hambre y volvió al hotel. Anotó en su cuaderno-diario todas las sensaciones, miedos que ahora podía escribir y a la vez describir en papel aun cuando almorzaba unos fideos algo recalentados. Pasó el resto del día escribiendo cerca de un murallón, protegida del viento y de cara al lago. Cuando se cansó de pensar en qué haría si la respuesta era positiva, se fue de nuevo al hotel.

Por la mañana se abalanzó sobre el celular, al que toda la noche dejó prendido. Cerca de las nueve de la mañana ya estaba despierta cuando sonó y escuchó lo que quería oír. Gritó de felicidad y llamó a sus padres, que no entendían demasiado porque estaba muy emocionada de haber logrado algo por si misma sin ayuda de nadie. La envalentonaba.

Le dijeron que debía estar a las diez de la mañana y se preparó vestida cómoda y en algún punto elegante a la vez, aunque su vestuario no era exactamente variado. Llegó y la misma señora del día anterior la recibió, esta vez con un beso. Se rieron como si fueran dos viejas conocidas y hacía menos de un día se habían visto.

La mujer le preguntó cómo había ubicado el aviso, y Renata le explicó lo del diario y la cartelera en donde leyó la información. Se enteró recién ahí que el pedido también estaba publicado en aquel diario que compró, pero por alguna razón ella lo había tachado, como a tantos otros.
Un guiño más para su cuaderno. El recién empezado, al que le aparecen los renglones y los temas a sus hojas en blanco, de a poco.
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Renata, una valija en el corazón: El inicio en el camino

1 comentarios miércoles, 17 de marzo de 2010

Ella despertó sobresaltada y antes que sonara su reloj. Se puso de costado y con un brazo sostenía toda su cara de sueño. Esperó oír el despertador pero ya se sabe que cuanto más se lo espera aun más eterno es el correr de los segundos. Cuando ese minuto y medio desesperante pasó, sonó su reloj de color verde. Lo miró fijo como para que ese infernal ruido le despierte todas las neuronas y a los cinco segundos lo apagó.


Se sentó en la cama y se tomó la cabeza con las manos. Los dedos se hundieron en el pelo largo de su cabeza y así quedó, ordenando las ideas y esperando que el sueño la abandone. Buscó sus gastadas sandalias pero puso el pie derecho en la sandalia izquierda. Aun con esa dificultad matinal pudo llegar al baño y mirarse al espejo. Se enfrentó a si misma, se lavó la cara y con su dedo índice miró debajo del globo ocular, a ver si esa zona estaba roja o pálida, resabios de una infancia con su salud bastante vigilada. Su autotest de salud fue positivo y arrastrando la única sandalia que encontró, abrió la puerta en busca de la cocina.


Le molestó la claridad del pasillo y puso pequeños sus ojos con un gesto adusto. Cuando estaba por abrir la heladera recordó tener una sola sandalia, entonces la adelantó sacándosela del pie para ver a qué lado correspondía. Vio que era su sandalia izquierda y con un pie en el aire abrió la heladera. Sacó parte del desayuno que luego el microondas convertiría en comible, aquel envoltorio que la madre rotuló “Renata”. Pensó que podía ser la última vez por un largo tiempo en que hiciera eso y que todo, lo mínimo, quizás ya pasara a ser un lujo. Pero con el mentón en alto dejó pasar ese pensamiento y con la suficiencia de los recién despiertos no pensó en nada más que comer.


Cuando terminó dejó la taza en la pileta y se arrepintió de la mecánica maniobra. Volvió y se puso a lavar el plato y la taza. Mirando el detergente fluir pensaba en una lista mental de personas a quienes ya había avisado la noticia: en la casa todos lo sabían; en el trabajo, a quienes les importara (ella comunicarles y a ellos interesarles); sus amigos estaban al tanto: algunos aprobaron con silencio la idea y otros desaprobaron de la misma forma. Finalmente sus conocidos del barrio no dirían nada, o en realidad que la sangre tira, que toda la familia siempre fue así, que siempre se la creyó una solitaria empedernida. Con los preconceptos de todos en su lugar, ya estaba preparada para el inicio del viaje.


La valija hecha desde el día anterior. La mental, la que lleva todos los sueños posibles, también y desde un tiempo antes. Desde que lo habló con sus padres y trazó teorías sobre la conveniencia de un viaje largo para sus estudios, y desde el permiso tácito de su abuela, a la que explicándole menos sabría que no sufriría su ausencia tanto. A su novio, al que vería ya que las vacaciones itinerantes estaban aseguradas. Con los permisos familiares en orden, la ropa cómoda tal y como quiso, las zapatillas nuevas y grandes recién compradas, era hora de irse. Saludó como en las películas a la familia en orden de estatura. El papá, que presente y ausente por el trabajo acertó a estar en la despedida, la mamá, que la abrazó como para que llevara ese calor durante el viaje. Luego su hermanito, querible, conocido y desconocido según fueran sus días de adolescente. Y en el final el perro, que quería ganar altura saltando para saludar a la par de los humanos.


La despedida y lo posterior seguramente no era como en las películas. Cuarenta y cinco minutos esperando un colectivo que no llegaba. Cuando se dignó a aparecer estaba repleto. Subió con su mochila a la espalda y sintió que incomodaba bastante. El viaje era hasta la terminal de micros, que se aguanten, pensó. Este viaje es sólo de una vez y para siempre. Llegó y esperó que nombraran su micro. Cuando supo cuál era se subió y apenas sentada respiró profundo en busca del aire (acondicionado) que aun no estaba prendido.


Miró por la ventanilla el techo de la terminal, gris y crema, y maldijo la combinación de colores. Vio los pasajeros que aun restaban subirse y resopló nerviosa. Nadie la había ido a despedir, son muy tristes las despedidas, pero en el fondo quizás esperaba que alguien en el andén levantara la mano saludando su sueño. Pero les ordenó a todos no aparecer y debía ser fiel su corazón a la orden que ella misma dictó.


Cuando el micro arrancó se tocó con las palmas de las manos sus bolsillos a ver si en ese chequeo con el tacto llevaba documentos y pasaje. Comprobó que si y se acomodó en el asiento. Invade la nostalgia cuando el micro acelera y las calles van viéndose cada vez más rápido. Y esa es como una síntesis de los recuerdos y su velocidad.


El pasaje decía ida a Bariloche, pero su corazón y su destino estaban aun sin saber donde bajarse. En la primitiva idea lo que soñó fue hacer un libro (ella que de chica odiaba leer ahora todo tiene forma de libro) con sensaciones de cada lugar visitado en su infancia, y cómo lo veía ahora ya de grande, hasta imaginó el no muy original título de “Retratos”. Por eso su primer destino sería Bariloche, fue su primer viaje con una cierta cantidad de horas y era el momento de revivirlo. Lapicera y papel llevaba, aunque en sus manos pronto pasará a ser un diario personal más que un bosquejo de libro.


Recordaba lo poceada que estaba la ruta 3 hace ya varios años y algunas de las paradas que el micro hizo camino a Bariloche. Y al igual que aquella primera vez, llegó a esos puntos al anochecer. Uno era Azul, y la terminal de micros con vidrios en todo un costado aun seguía ahí. La palabra Azul en una pared del fondo era algo nuevo y detenerse ahí 15 minutos le dio la chance de bajarse con el cuaderno y la lapicera. La noche no dejaba ver demasiado y junto a ella unas seis o siete personas también bajaron, con bolsos y cara de sueño. Los bolsos alargados y las botas de caña alta daban la impresión de que eran policías, pero el sueño no le permitía discernir demasiado.


Empezó a sentir frio y respiró profundo un aire que ya era un poco menos húmedo que el habitual. Miró el micro y desde afuera, el lugar que ella ocupaba en él. Se sintió pequeña dentro de esa gran estructura pero el ruido del motor la hizo volver a sentir la noche y el frio. Aceleró el paso y se metió de nuevo ahí.


La noche era estrellada y no tenía sueño. Su cortina de la ventana permaneció corrida toda la noche, y se acomodó para ver mejor las estrellas en esa noche color oscuro. Buscaba y encontraba formas a cada grupo de estrellas y se divertía al hacerlo, pero la ruta se empeñaba en no jugar con ella. Cada vez que encontraba formadas siluetas llamativas la ruta cambiaba de dirección y el micro viraba, con lo cual las formas también cambiaban. Había que empezar de nuevo. Se divirtió hasta que la venció el sueño.


Se despertó unas cinco horas después. Abrazaba su cuaderno y una campera mal doblada le servía de almohadón. Vio que todavía la noche estaba ahí pero de pronto la claridad fue torciéndole el brazo, y una línea de color blanco en ese horizonte hasta hace un segundo muy oscuro, se fue aclarando y tomando ese color brillante tan extraño que sólo en el cielo ocurre. Achicó los ojos como prestando atención a lo que estaba pasando y se acomodó en el asiento.
Estaba siendo testigo del amanecer y por primera vez le ocurría.


La claridad del horizonte fue elevándose en metros y lentamente tomando toda la línea horizontal que los ojos de Renata le permitían ver. Cuando el sol comenzó a salir ella instintivamente abrió su mano y la apoyó en la ventana del micro…era como recibir un poco de aquella maravilla de la que era testigo, quería sentirlo propio. Cuando entre árboles allá a lo lejos el sol ya era el mismo de todos los días, ella se incorporó y se acomodó el pelo, como quien ve a alguien cuando uno apenas se levanta, con lentitud.


El micro frenó evitando un lomo de burro y le desacomodó la campera-almohadón de la cabeza. Y cansada de estar en una misma posición estiró el cuello e inspeccionó otros asientos y otras realidades. Muchos dormían, otros estaban con sus celulares chequeando vidas propias y ajenas, todo bastante rutinario y normal en travesías largas.


El viaje de Renata ya había comenzado pero estaba sin destino claro.

Sin embargo ella ya estaba llegando a Bariloche.

Vaya paradoja, el del inicio de un camino.
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Morena, cartas y celos

3 comentarios martes, 29 de diciembre de 2009

Hablé la anterior vez sobre Morena en el colegio, su fiesta, su vals, mi pullóver y sobretodo, de su sentencia a partir de lo que me dijo. Sin embargo esa fiesta terminó siendo negativa para con nosotros. Dejé de hablarle y ella a mi. Sin motivo específico, pero evidentemente cada uno viéndose en ese momento juzgó forzada la situación.
Y hubo distancia.

Sobre el final de uno de los años, Morena anuncia que se cambiará de colegio. El nivel de educación no era el deseado para ella y pasaría de una escuela pública a otra privada. Compró un cuaderno con espiral y lo fue pasando a cada compañero para que le escribieran alguna frase de recuerdo. Cuando fue mi turno lo primero que hice fue mirar las dedicatorias hasta allí, no para inspirarme, sino para conocer el tono con el que el cuaderno venía.

Escribí unos diez renglones, pero ya no recuerdo el contenido. Me referí a su fiesta de 15 y lo posterior, esa especie de silencio tenso. Terminó el año con los saludos de rigor y se fue. Era el fin de Morena.

O eso creí.

Cuando las clases otra vez comenzaron una amiga en común me entrega una postal y una carta (¡de papel color verde!) que Morena le había dejado para mi. La tarjeta era sobre deseos para la navidad y la carta de dos carillas decía que le había gustado lo que escribí y que deseaba seguir el contacto si yo quería a través de cartas. Me puso su dirección y saludaba con un “gracias por todo”, que sonaba más de compromiso que real.

Hoy pasados casi 20 años ya de lo que relato, comprendo que si decidí escribirle sin dudas era para sentir un escape de la realidad, que yo había delimitado dentro de terminar el colegio y estudiar luego Veterinaria. Lo sentí como la posibilidad de “hacer” algo que me debía “hacer”, sabiendo incluso que podía desilusionarme, tanto de mí como de las respuestas posibles. Y esa misma noche empecé algo que con mayor o menor ritmo duró más de nueve años.

Las escribía en el fin de semana y las despachaba el lunes. Ella las escribía en la semana y me llegaban los viernes. Al principio eran absolutamente informativas, darse a conocer con datos y también a través del estilo de cada uno. Salvo por esa tendencia (en mi opinión bastante fea) de escribir la letra M al revés, con las montañitas hacia abajo y no como Dios manda, del resto no tenía quejas.

Así pasaron unos cuatro meses hasta que acordamos vernos. El acuerdo era encontrarnos los días viernes por la tarde y los encuentros de allí en más fueron bastante paranoicos. Nos saludábamos evitando hablar y cada uno entregaba el sobre cerrado al otro, que no lo abría hasta que se estuviera solo. Lo vivíamos como un regalo semanal, algo que nos hacía bien sin juzgarnos ni pretender cambiarnos, una auténtica ida y vuelta sin histerias.

El idilio duró unos meses más. Porque luego sobrevino el querer interpretar conceptos del otro, el tomar una parte y no el todo sobre una opinión y cierta electricidad cuando no se opina de igual manera. Aun con eso, seguía no pareciéndome rutinario, todo lo contrario. Era liberador lo que yo sentía al expresarme.

Pero inexorablemente, todo fue para mí siendo tan cuesta arriba como tener un bote de un solo remo. El tono “descriptivo-festivo” de las cartas pasó ya a ser acusatorio. Y yo no me salí de mi eje, seguí escribiendo de igual manera, que a la distancia sin dudas fue un error, debí parar.

Paralelamente me puse de novio con alguien fuera del colegio, lo que hizo que terminara de desarmarse el “castillito postal”. Morena era muy celosa y no aceptaba que los viernes comenzara a hacer otras cosas. Luego de una charla casi a los gritos por teléfono, quedé en que se las enviaría a las cartas semanales por correo, como al principio. Nunca supe si lo entendió o es que se resignó. Pero finalmente quedamos de esa manera.

Para el viaje de egresados se la invitó a pesar de ya no ser más del grupo. Morena comenzó a llevarme las cartas al colegio, me las daba en mano o se las dejaba a la preceptora. No quiso ir al viaje, fue con sus nuevos compañeros casi en la misma fecha que nosotros, en realidad volvió un día antes de la partida de nuestro grupo.

El día anterior a mi cumpleaños termino con mi novia. Morena me llama para ir a mi casa y llevarme un regalo de Bariloche. Le digo que me había peleado con mi novia, que no estaba de ánimo. “Voy igual”.
Aparece con una botella de champagne. Pide dos vasos, sirve y dice “celebremos este momento”…

Yo la miré, recordando aquel “de mi no te vas a olvidar” tan claro en el tiempo. ¡Vaya si lo llevó a la práctica!
Y como ya dije, esto continuará.




Acotación al margen: Moraleja para los lectores. Si van a escribirse con alguien o llevar adelante otro tipo de relación, tener en cuenta que las alegrías no se sostienen sólo de un lado, sino que son la unión de dos sentimientos. Porque si no, el bote se mueve en círculos si se tiene un solo remo. Yo sé por qué lo digo.
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