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"No eras vos" -Cuento corto-

1 comentarios sábado, 5 de enero de 2013
Si la sensación de ser perseguido es fea, la de tener que perseguir a alguien es directamente una locura. Porque a mi me pareció que era. No tenía la seguridad. Y si no tenía la seguridad por eso intentaba alcanzarla, fue apenas la vi. O creí que la vi. Estaba yo parado mirando la nada y haciendo tiempo, repasando sin ganas los precios de una vidriera, cuando hacer tiempo ya se asemeja a una tortura. Como no venía empecé a girar en círculos, cada vez más grandes. Y en el tumulto de gente en la calle un dia de verano, la vi. O creí verla. Con el pelo algo corto y su remera azul, estaba unos veinte metros más adelante. Grité su nombre pero nadie se dio vuelta. Aceleré y la gente parecía ir toda en sentido contrario al mio, me empujaban. Logré acercarme unos cinco metros, la volví a nombrar, pasó un colectivo y el ruido evitó que me oiga. Cruzó Lavalle y yo estaba cansado de seguirla. Al fin y al cabo quedamos en encontrarnos y ella era la que se iba. No sé por qué, volví a aquella calle y mirar aquella vidriera al otro dia. Y la vi de nuevo. Y esperé a que se alejara, grité su nombre. Se dio vuelta. Me miró extrañada, yo más aun. Confirmé lo que pensaba: era quien yo conocía. Y en sus ojos nada parecido a aquella persona que perseguía. La dejé ir, yéndome yo. Cruzando Lavalle.
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"Dios" -Cuento corto-

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En el tercer escalón del monumento. Ni en el primero ni en el segundo. El tercero. Ahí, sentado esperando la nada todos los días veía a un hombre desalineado y larga barba que no dudé en llamarlo Jesús. Pero son esos apodos que se ponen en silencio y nadie se entera, sólo uno cuando ve a esa persona y le recuerda a otra. Al principio me llamaba la atención y luego se hizo cotidiano. Sé que al que se acercaba le decía cosas y la gente salía espantada, imaginé que serían groserías. Un dia no lo vi más. Pasaron otros 15 dias y le pregunté al del puesto de flores. Me dijo que se lo llevaron a un hogar, me alegré, iba a estar atendido. Todos los días pasaba por el mismo lugar para trabajar y algo faltaba en mi mente. Al mes y medio, en el tercer escalón del monumento un hombre de traje, pelo corto y zapatos negros estaba sentado ahí. Me detuve a mirarlo un segundo, cruzamos miradas y me acerqué. Le pregunté si tenía que ver con aquel hombre de barba y ropa rota y me dijo que no. Me observó de arriba a abajo como bicho raro. Pensé “este hombre no es Jesús”. Me fui dudando. Jesús pensó “no me reconoció”. Y se quedó rezando.
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"El que cura" -Cuento corto-

1 comentarios miércoles, 18 de abril de 2012
Un hombre camina encorvado por Diagonal norte. Tiene traje de oficinista pero algo desalineado, quizás no lo sea aunque ahora todo es desalineado. Espera el semáforo para cruzar y sobresale del resto porque su espalda está ligeramente torcida, algunos lo miran de reojo para no hacerlo sentir incómodo. Avanza hasta Florida, se pierde en el mar de gente. Cuando cruza Córdoba acelera los pasos, tenía que estar en Plaza San Martín a las diez y media de la mañana. Faltaban seis minutos. Le molestaba caminar mal y no podía acelerar la marcha, se resignó a avanzar como podía y llegó. Tarde. Lo esperaba otro hombre, vestido de color crema, al lado de los asientos de cemento bajo los árboles. Se vieron y saludaron. No se conocían pero lo hicieron con afecto. El hombre vestido todo de color crema le puso la mano en el hombro haciendo sentar al otro. Le dijo al oído que los problemas se cargan en la espalda y duelen en el corazón. Que dejara en la plaza la mochila. Y el encorvado comenzó a llorar. El que estaba de pie le puso su otra mano en el otro hombro a modo de consuelo y de pronto el hombre sentado comenzó a ponerse derecho, a enderezar su espalda y su cuello. Ambos se miraron y el que estaba sentado dejó de llorar y se puso de pie. Le dio la mano y ahora a ambos se los veía altos. Nada se sabe del hombre vestido de color crema. Dicen que arregla espaldas, que disuelve cargas, que no es kinesiólogo. O sí, pero del alma. Atiende en plazas.
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"Lo que me sirve" -Cuento corto-

1 comentarios lunes, 19 de marzo de 2012
El viento golpeaba esas campanitas que sostenidas por un hilo colgaban de la puerta de entrada de mi vecino de enfrente. ¿A quién se le ocurre poner eso, que suena todo el tiempo?. Me despertó, me desveló. Fui a la cocina a oscuras, en esa especie de juego que uno hace con su vista, creyendo que sabe donde está cada cosa sin verla. Se oía el viento fuerte, arremolinado. Me asomé por la ventana y la calle parecía esos desiertos de película yanqui, con los fardos de pasto rodando en medio de la tierra. Se levantó tanto viento que era como una pared amarillenta. Me dio frio. En realidad estaba descalzo. Abrí la heladera desafiando a la patada eléctrica. Tomé un poco de una gaseosa casi sin nada de gas y cerré empujando la puerta con la pierna. Apoyando los dos codos en la mesada tomaba la gaseosa. Y ahí me acordé. Salí corriendo a la puerta, abrí. La maqueta para mi materia de Arquitectura, un modelo de barrio cerrado, la había puesto a secar en el techo del auto. No había nada. En el piso un poco de papel y engrudo de la base. El viento, maldito viento. Tenía unas seis horas para inventar algo. Con los mismos materiales logré algo parecido pero que faltando 40 minutos no lograba que nada quedara pegado en la base. El barrio de la maqueta tenía un cantero central redondo, a donde confluían las calles internas, me faltaba algo mas o menos alto y con alguna forma redonda. Pensé en lo que me desveló. Me crucé y le toqué la puerta al vecino. “¿Quiere una de las campanitas?. Sí, llévelas tranquilo pero me las devuelve”. Yo agradecí. “A mi me gustan porque cuando hay viento avisan, vio”. Aprobé la materia. Y ahora cuando dejo secar algo para luego presentar, no tengo drama. Me compré unas campanitas que cuelgan de la puerta, que son buenísimas.
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"Lugares de uno" -Cuento corto-

1 comentarios jueves, 8 de marzo de 2012
Salió tomada de la mano de su mamá. Antes de bajar del cordón se dio vuelta y vio su casa. Un chalet con dos ventanas grandes, un jardín con la ligustrina bien cortada, la cochera y su perro, que asomado detrás de una planta la estaba viendo. Cruzó y caminó derecho. Cuando llegó al otro lado de la calle su mamá no estaba a su lado. Se miró sus brazos y vio que el reloj marcaba las dos y media de la tarde. La casa de su abuelo estaba ahí y tenía la sensación de molestar la habitual siesta. Puso la mano en la puerta de reja para abrirla y se arrepintió. Siguió caminando. Encontró el edifico del colegio lleno de chicos en la puerta. “Amenaza de bomba, todos afuera. Nos salvamos de la prueba, Inés”, le dice uno. Ella no puede creer lo que pasa y se vuelve a mirar las manos, que sostenían un guardapolvo arrugado y una carpeta azul. Vuelve a cruzar la calle, esta vez por la mitad. Ve escaleras altas y la entrada con rampa por donde ahora quería ingresar. Las puertas cerradas. Un cartel decía “La Universidad hoy permanecerá cerrada por desinfección”. Siguió caminando. Y el edificio donde trabajaba, y el consultorio del dentista, y el colegio de sus hijos, y su casa recién estrenada. No podía entrar en ningún lado. Volvió por la misma vereda a la casa de sus padres. En la puerta la mamá la esperaba y sin retarla la volvió a tomar de la mano. Como cuando se deja a los hijos, ir, ver, y volver. Algo así como pasear por su destino.
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