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"Cinthia suerte" -Cuento corto-

1 comentarios sábado, 15 de septiembre de 2012
Cinthia Ornetti. Lo que se dice una auténtica mujer con suerte. Ya desde pequeña, cuando su madre la anotaba en concursos de baile y triunfaba. O en las rifas del colegio en donde siempre salía su número y ganaba esas canastas con cremas y toallas. De adolescente era común que sacara el anillo en la torta de fiesta de 15, de hecho se quedó con siete anillos. La cantidad de compañeras mujeres que tenía. En la reunión luego del viaje de egresados ganó otro viaje a Bariloche de regalo. Hasta la propia Cinthia pensaba que con el colegio esa etapa se estaría terminando, pero no. En la facultad le tocaba rendir cuando los profesores exigentes mas cansados estaban, o materias eran anexadas a otras carreras y se aprobaban sin cursarlas. En el Banco llegaba y si le faltaban 200 números para el suyo, alguien se acercaba y le daba un número de regalo porque se iba, y era uno bien cercano. En su trabajo nadie podía cambiar de lugar, hasta que renunció alguien y su jefe le dio aquella mesa junto a la ventana, tan envidiada. Comprando en el Coto fue cliente “un millón” del año pasado, y la premiaron con tres repletos changos. Salió adjudicada para un auto a la tercera cuota de pago. Se ponía botas en pleno dia, los conocidos se reían y por la tarde llovía. Era una mujer de suerte, Cinthia. Revolvía el café con la cuchara, en el bar de Corrientes. Para adelante y para atrás, concentrada. Luego de cuarenta minutos y un cortado con un mixto, recibió un mensaje. “Hoy no puedo, perdoname. Se me atrasó todo, sabés cómo es. Fallida primera cita, yo te vuelvo a llamar”. Apenas lo leyó quiso cambiar toda su suerte en la vida por ese momento que no se dio. Luego se puso feliz. Cinthia Ornetti supo esperar que las cosas se den cuando tuvieran que ser. Aprendió a perder, una vez. Y eso ya es una suerte.
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"Sentimiento con riqueza" -Cuento corto-

1 comentarios sábado, 16 de junio de 2012
La teoría del disfrute. Un hombre sueña que es feliz si aquello que quiere apareciera, lo aferrara para que no se vaya y de allí él se encargaba. Afectos, cosas materiales, momentos plenos de su infancia entera, muchos buenos conocidos, el patio de casa de su abuela. Aquel viaje de egresados, la luna de miel con ella en Iguazú y en la frontera. Dos compañeros de oficina, no la oficina entera. Un hombre al que veía en la boca del subte y le daba monedas. El chico del maxikiosco, el tapicero de la vuelta, la señora de la panaderia: gente que le caía bien y quería aferrar de cualquier manera. El amor de su vida, que conoció dando la vuelta en Lezama un sábado de primavera. Por lo noche lo pidió, pero Dios no concedió. Le dijo que no podía darle lo que él quisiera. Que todo lo que se aferra no es querer tener cosas, más bien es tener cerca, por desconfiar en que se vaya y no por soñar tenerlas. Todo esto se lo dijo mientras iban caminando por Lezama a su chica, que lo abrazó y por lo bajo, le dijo algo asi como “Tranquilo: yo te amo”. El hombre se aferró al presente de su amor. Y con ella caminó. Y disfrutó.
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"Las marcas" -Cuento corto-

1 comentarios sábado, 9 de junio de 2012
Abrió la caja por el costado, le hundió el dedo al cartón, no se abría por ahí, era por arriba. Pero la desesperación fue coherente por una sola vez: quería saber qué le habían mandado de encomienda. Nicolás parecía como un chico abriendo en navidad su regalo, y algo de eso pasaba. Modismos del nuevo milenio, se puso de novio a distancia con una chica argentina que vivía en Holanda, y ella le mandó un caja con algunas cosas que, avisó, eran para tenerlo más cerca. Abrió y encontró una carta envuelta en una bolsa de esas de supermercado con palabras en holandés indescifrables. Debajo y ordenados, aplastados: dos guantes de lana blancos, tejidos al crochet; una bufanda tamaño mediano también en blanco; una botella en miniatura y un reloj de arena algo viejo. Nicolás se rascó la cabeza y abrió la carta. Decía: “Voy a seguir en Holanda pero mientras pensamos solucionarla, acá van cosas anti-distancia. Los guantes son los mios, con los que sueño no tener frio si sé que están ahí, protegidos. La bufanda es para que no olvides decirme en invierno que lleve mi abrigo. Esa botellita en miniatura es para la cena, la pondrás siempre arriba de la mesa, estoy ahí y abrimos esa botella. El reloj de arena es un regalo de mi abuela. Marcó tantas veces cosas que no quería, que ahora te lo doy a vos. En cada granito de arena que caiga y vos veas lento, siempre voy a estar yo. Hasta que suceda lo nuestro”. Nicolás miró la caja, llevó la carta a su pecho, se secó lágrimas que nadie vio. Se puso los guantes. Y durmió mirando el techo, soñando con ella en ese reloj de arena. En su deseo.
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"Tio crédulo" -Cuento corto-

1 comentarios sábado, 19 de mayo de 2012
Un tio que me decía que él creía en muy pocas cosas. Pero no me daba la lista de cosas en las que creía sino que remarcaba aquellas en las que no creía. Dios, por ejemplo. Cierto orden de la naturaleza, férreo opositor de Darwin. Tampoco creía en las teorías impuestas desde lo económico, decía que había ciclos que el hombre no podía manejar sino mas bien adaptarse. A veces yo le decía que no existía una sociedad refutadora de teorías sencillamente porque cada uno cumple una función, un rol. Y se enojó, mi tio. Me dijo que él no hablaba del destino. Que el destino tampoco existía, porque formaba parte de lo que a cada uno le toca hoy, ya que nunca sabrá qué le pasará mañana. Como razón me explicó su experiencia: él fue electricista porque en su colegio vio a un hombre arreglando un tomacorriente y su vida sin rumbo de pronto tuvo sentido. Mi tio sostiene que si eligió ser eso era porque asi debía ser, sin designio. Yo sostuve que quizás él estuvo en el lugar y ocasión justa, igual que el electricista. Pero no iba a convencerlo porque mi tio es grande ni tampoco era mi objetivo. Está bueno hablar con él, porque tiene explicaciones que no escucho en otro lado. Me acordé de mi tio porque ayer a la tarde lo vi entrar en una casa de quiniela. Crucé la avenida, lo miré a través de la vidriera. Le jugó al 54 a la cabeza el martes, en todas las loterías. Descubrí que algo de Fe, aunque más no sea al azar, tiene.
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."Cayó en la trampa".

1 comentarios sábado, 12 de mayo de 2012
El amor se trasladó por obra del imperio a ciertas cosas que antes ni soñábamos despiertos. Por ejemplo esto de atar un destino de amar cierto, a que uno reciba de alguien un corto mensaje de texto. También está la variante de dejar el chat abierto. Conectado, no conectado, disponible, “enseguida vuelvo”. La locura por hablar y el intento a cualquier precio de ver amor quizás ahí, allí o sólo en sueños. Creo yo que no es llegar, la solución tiene otro precio. El de saber esperar, el de cumplir pasos previos, el de tener por los demás el tiempo que conmigo tengo. Empezar a querer escuchar, para luego pretenderlo. Alguna dosis de suerte siempre deberá ayudarnos, pero la tarea principal nos suele quedar a cargo. Los tengo que dejar. Hace un rato ando pensando por qué ella no me deja esos mensajes que amo.
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."Parientes frente al espejo".

1 comentarios miércoles, 22 de febrero de 2012
Tengo que ponerme a averiguar datos. Muchos no tengo porque no suele hablar demasiado, le conozco poco la voz. Le podría preguntar a un par de amigos, sobretodo para que ellos me pinten mejor un panorama. Por alguna causa hace que se sepa de él a través de otros y no de su boca. Eso tiene el problema de la interpretación, porque quien mira algo o a alguien no vive del mismo modo las cosas. Así que veré qué hago. Probablemente me mire al espejo y como Periodista hable con el que suelo ver reflejado. A ver qué pasa con su vida.
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"Mañana le pregunto" -Cuento corto-

1 comentarios martes, 18 de octubre de 2011
No me habla, no me contesta. Baja la mirada y parece que tiene poder pero conozco esos ojos, es puro teatro. Respira hondo para sentirse seguro y en realidad es la exhalación propia del miedo. Cuando nos agitamos, satisfacción o miedo no se distinguen. Me pone nervioso no saber cómo empezar a preguntarle por él. Tengo dudas cuando lo veo, siento que no es el que me muestra, porque se esfuerza en crear una imagen pero yo no me creo esa imagen. Se calla por estrategia, quizás también porque nada tenga para decir, me voy a anotar esa pregunta para hacerle, y cuál es la diferencia.

Todo lo que sé son suposiciones. Es lo que los demás dicen que es él. Y eso es dejar hablar al mundo sobre uno, en mi opinión demasiado. Espero acepte que crea que su estrategia no le va a resultar en el tiempo. Uno tiene que valerse a partir de sus acciones y no en la detención permanente para fijarse qué tal salieron las cosas: en eso se suele transformar la mirada del otro. Es como ir en un auto y bajarse cada dos cuadras para ver si de afuera todo funciona correctamente.

Para hacerlo feliz, diré también lo que veo de él pero sin adularlo porque no se lo va a terminar creyendo. Estudia los silencios, me di cuenta que mira a la boca de quien le habla, cree en que los gestos dicen todo de uno. Incluso lo que no queremos. Voy a terminar pensando que es peligroso preguntarle cosas. Una idea parecida a la de una pared con muchos cajones y en un cierto orden a veces se me representa cuando lo escucho hablar.

Alguien estructurado debe saber qué es el futuro. El de él, el mio y el de todos. Quiero que me diga qué será de mi vida, ya que parece tan en sintonía con lo que viene. Yo no tengo idea de futuro. Siento que voy avanzando y a la vez borrando el rumbo, que uno camina hacia adelante por inercia, que a veces se deja llevar, que cosas o gente hacen que aceleremos hacia ese lugar que no sé cuál es. Creo en un camino con cierta soledad, querría saber qué dice él, quizás esté de acuerdo o no.

Es tarde, tengo sueño, estoy engripado. Mañana me levantaré temprano y le preguntaré a él todo. Absolutamente todo. Cuando me mire al espejo.
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"El inconstante" -Cuento corto-

1 comentarios
De pronto había salido el sol y Ariel no sabía qué hacer con su paraguas. Lo llevaba sin ajustar y cuando caminaba a veces se le abría porque estaba algo viejo el broche de la tela. Para evitarlo lo sostenía de la parte del medio aunque para ir por Pueyrredón eso era definitivamente incómodo. Salía de renunciar al tercer trabajo en cinco meses y tenía por eso una especie de felicidad que hasta a él le molestaba. Una inconstancia a trabajar llamativa, desde hace años.

Iba esquivando puestos callejeros, mesas repletas de juguetes, medias, relojes, fundas para celulares, cordones de zapatos. Caramelos. Vio que vendían caramelos y se le antojó uno aunque desconfiaba de la procedencia callejera. Fue hasta una pared y apoyó el paraguas para poder sacarle el papel con las dos manos al bendito caramelo de limón.

En el piso Ariel ve un hilo blanco. El color bastante acentuado, casi que brillaba en medio de ese suelo transitado. Toma de nuevo el paraguas y sigue mirando el hilo. Gira a los dos metros, se mete en la galería de la estación Once. Hacia lo lejos comprueba que entre medio de la gente el hilo parece remontarse hasta el final de la terminal de trenes. Comienza por tomarlo con su mano izquierda y avanza. Cuando era chiquito Ariel tuvo un inconveniente: agarró un cable de un alargue con la mano, confundió cuál era el extremo enchufado y le dio una patada que fue más que patada, susto. No tocó jamás un cable y de eso se acordó.

La gente parecía ignorarlo en su caminata absurda. Sobre la avenida el hall tiene tres escalones y los subió con dificultad, la humedad le hacía doler el ciático y se sentía un viejo. Aceleró porque vio que el hilo estaba más flojo. Sobre su derecha en la entrada a los baños, un chico sentado en el piso. Tendría menos de 10 años, estaba algo sucio y tenía en la mano un ovillo blanco de lana. Ariel no sabía si retarlo o sentirse antes un tonto por haber seguido al hilo.

Se acercó y el nene seguía concentrado en el ovillo. Le dice ¿Sabés que casi me hacés caer?. Tené más cuidado, lo dejaste desenrollado desde la calle. El nene dijo “Sí”. Ariel se sintió menos que un poco de lana y le preguntó por qué hacía eso. “¿Qué cosa?”. Lo de desarmar un ovillo. “Lo estoy armando”. ¡No, si la punta estaba casi a la altura de mis pies allá a la vuelta!. Y el chico lo miró: “Yo lo estaba armando desde acá. Usted vio el final del hilo, no el principio”.

Ariel se rascó la cabeza, interpretó lo que le quisieron decir. Pensó que por segunda vez en su vida confundía el extremo de un cable y que posiblemente haya recibido otra patada. Ahora con forma de niño. Lo ayudó a ponerse de pie, le dio comida, lo alimentó.

El chico le dijo que todos los días iba a estar ahí. Tuvo suerte Ariel: ya de grande encontró en una estación de tren a su olvidada constancia. Hecha un ovillo.
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¡La gente se muere por estar ahí!

1 comentarios viernes, 16 de julio de 2010

El del título creo que es el chiste más común sobre cementerios que conozco aunque debe haber más, es el intento por tratar de hacer de un pésimo momento algo que sea superado con una humorada. En general no se habla y esta vez tampoco lo haré, sólo describiré lo que vi.


Por obligación debí ir en esta semana. Necesitaba viajar en subte para llegar y eso ya es algo semejante a un gran cajón de 200 personas por vagón pero con gente quejándose y empujando. Me metí más en mis pensamientos, subiendo el volumen del mp3 pero es tal el ruido que hace en movimiento el vagón que no logro taparlo con música. Me saqué los auriculares y me quedé escuchando el demoledor ruido hasta que uno se acostumbra justo cuando debe bajar. El contraste mientras uno sube las escaleras hacia el exterior es mortal y el invierno da en la cara y duele.


Cruzo una avenida y ya estoy dentro. Nadie sabe que estoy ahí, salvo la señora de un puesto de flores que intentó venderme un ramo pero estiró su brazo sin decirme una palabra. Subo escalones de mármol y listo, a caminar. Respiré profundo, parado desde la explanada de la entrada sabiendo que me quedaba un largo trecho por recorrer.


Cuando hace frio todos los lugares parecen más inmensos de lo que son, o eso me pasa a mí. Me puse a caminar sabiendo adonde iba y en general en estos lugares todos saben lo que van a hacer sin preguntar demasiado, uno ve personas apuradas yendo no se sabe adonde. Ni pienso jamás preguntar. Aceleré porque el frio corría por la entrada y me empujaba hacia adelante ese viento helado de la mañana.


Cruzo por la puerta de la capilla, paso por al lado del cura que estaba hablando con una señora y dije buen día, pero no me respondieron. Seguí caminando y ya no se ve más gente. A partir de ahí el camino se conoce. El arquitecto que diseñó el lugar hizo las entradas a las galerías de dos en dos, pero evitó poner escaleras y ascensores en todas las entradas, con lo cual hay a veces que bajar antes de destino para luego caminar por debajo. Seguramente fue una venganza contra algún familiar de él para hacerlo caminar, sino no se comprende el diseño. Cómodo, seguro que no es.


El ascensor es muy grande y metálico, hace ruido cuando uno baja y parece que suspira cuando uno sube. El señor que abre la puerta es alto y ahora a diferencia de otras veces le ha agregado vida al espacio, si se me permite la ironía: vende chucherías que cuelgan de una de las paredes de metal. Como el tramo es corto pero el ascensor es lentísimo, miré de qué se trataba pero nada me interesó, eran llaveros de fútbol o motivos infantiles. Lo miré y pensé que eso en ese lugar es muy complicado de vender…pero no le dije nada. Se gana la vida en un lugar donde esa palabra vale.


Finalmente llegué. El hombre-vendedor-ascensorista abre la puerta tijera con suspenso y lentitud, palabras incompatibles sólo en un cementerio. Salgo, casi huyendo, y me voy a encontrar con la persona que debía ver. La busqué y por supuesto aun no había llegado así que me puse a preguntar a qué hora iba a estar y me dijeron que esperara media hora.


Más allá del lugar, yo estaba congelado de frio. El viento era bastante y no se escuchaba absolutamente nada. Durante media hora fue sólo silencio interrumpido dos veces: a unos 30 metros vi caminando a una señora totalmente cubierta con una chalina color crema, que tenía puestos unos zapatos de tacos altos que hacían ruido y mucho más cuando nada más se escucha.


La miré pero ella tenía la cabeza gacha y creo que de lejos no me llegó a ver, pero por esas cosas de la acústica cuando se está en un lugar rectangular y alto el techo, se produce un eco que da la sensación de ruido espejo…el sonido se produce en un extremo y rebota en el otro extremo. La señora caminaba y yo la veía, pero a la vez sus pasos sonaban detrás de mi…la sensación me pareció al principio curiosa pero a los 15 segundos ya no me gustó nada y miré hacia atrás directamente. Pero era el ruido de los zapatos de ella y esperé a que terminara su caminata y no pensar pavadas.


El otro momento de no-silencio fue un tanto más poético, pero así lo sentí cuando pasaron las horas y no en el instante. En los pasillos hay asientos de cemento en los que creo jamás se sentó nadie. Enfrente un cantero de árboles algo secos por el frio y porque creo que si no es lluvia, nadie los debe regar. Del pasto se levantó una hoja seca, que fue a dar al camino de piso de mármol. El viento la empezó a empujar y yo veía la acción con las manos en la cintura, maldiciendo al hombre que no llegaba. La hoja fue a dar contra un extremo de la base del asiento de cemento, y el viento la siguió empujando pero la hoja chocaba, haciendo un ruido muy particular. No se escuchaba en el lugar otra cosa y tampoco nadie me veía, así que decidí socorrer de alguna manera a la hoja: la levanté con cuidado y la puse arriba del asiento. Me sentí un tonto haciendo eso y a la vez no había testigos de mi tontería. Increíblemente paró el viento y la hoja se quedó ahí, arriba del asiento.


El frio no me permitía hacer metáforas sobre las hojas, el tiempo y ese lugar en especial. Quería irme y el hombre no llegaba. Cuando finalmente hizo su aparición le di la mano, hablamos un par de cosas que ya olvidé y le estreché la mano nuevamente, como todo recuerdo anual de mí. La incomodidad que me genera la situación él la comprende y decidió hacer que suceda rápido para que me vaya. Saludé y desandé el camino.


Tomé otra vez el ascensor, al que hay que llamar apretando un botón que suena a campana de colegio. Luego de dos minutos los cables de las poleas, que veo, anuncian que está llegando, al fin. El hombre me dice “muy bien” y se pone de costado para que entre. De nuevo ese tiempo eterno, mirando las cosas que el hombre vende…observo que tiene cotonetes…¿quién puede necesitar eso en ese lugar?. De nuevo me callé el hecho de preguntarle y salí con un saludo sin esperar el suyo.


El sol ya era de media mañana y el frio perdía un poco la batalla contra mi cara, ya no sentía el frio que duele. Crucé la avenida al trote y me metí de nuevo en el subte. Más gente queriendo subir, empujando otra vez todos.


Me puse los auriculares pero no prendí la radio. Quería de nuevo estar a la altura de ese contexto, y no pensar en nada. A los 10 minutos me acordé de la hoja. Debería estar agradecida por mi gesto, pero las hojas no hablan, y si yo creo que lo hacen y pasados unos días aun lo creo, estamos en graves problemas.


Confirmado. Estamos en graves problemas.
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