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"Un ser práctico" -cuento corto-

1 comentarios viernes, 3 de febrero de 2012
María José se había comprado unos aritos de color naranja y se los llevaba puestos. Tenían una terminación en metal que parecían darle más estilo, nivel. Pagó un número de tres cifras, eran caros de verdad, salió del local y siguió recorriendo la galería. Nadie la apuraba en vacaciones y la soledad de voces tiene su gusto. Quería a sus amigas pero ciertas veces no oírlas un ratito no le venía mal. Miró ropa que no compró, libros y compactos que no eran de su gusto pero con tiempo todas esas cosas son posibles. Salió de ahí, tomó un taxi en la esquina. Eran unas veinte cuadras y para ahorrarse decirle al chofer que no tenía cambio, cuando vio que en el reloj marcó 16 pesos, se bajó. Justo en la esquina de su casa. La calle empedrada conspira contra sus zapatos de taco y odiaba eso, lo único que odiaba del barrio. Sacó las llaves y se dio vuelta para ver si detrás no había nadie. En ese giro sintió que su aro derecho salió disparado, impulsado por vaya a saber qué desgraciada energía. Lo vio caer en la calle, pegado al cordón. Se agacha para levantarlo y unas luces la enceguecen: un auto estacionaba exactamente donde estaba el arito, es más: la rueda derecha del auto quedó arriba y María José rogaba estuviera entre dos piedras y no sobre alguna de ellas. Le gritó al hombre que se bajó sin entender mucho. Los dos empezaron a buscarlo. Se ofreció a mover el coche pero ella no quiso por miedo a terminar de romperlo, tanteaban con las dos manos sin mucha esperanza. El hombre se ofreció a pagarle el valor pero María José quería su arito. Cuando lo vio gritó de nuevo. Con dificultad lo fue sacando bajo la rueda y finalmente lo logró. Pero no tenía esa terminación en metal, se había roto aunque la piedra naranja y el resto del arito quedó en condiciones. Le agradeció de todas formas al hombre, que un poco culpable se sentía. Le preguntó si el arito estaba entero y ella le comentó que le faltaba una parte que lo hacía más fino. El hombre se rascó la cabeza y le dijo “¿y si prueba con sacarle al otro aro el metal de abajo?. Así quedarían parejos”. María José se terminó de indignar y entró a su casa. Los puso arriba de la mesa, los vio un rato largo. Y aceptó el consejo del hombre. Le sacó la parte de metal de abajo y ambos quedaron parejos. Al otro día los llevó a la oficina. Se sometió con temor a la opinión femenina ajena, la miraron y sentenciaron “¡qué lindos aros!. Una le dijo que en la galería había unos parecidos pero que esos eran originales. Desde ese día María José no rompe todo lo que compra, pero se volvió menos obsesiva. Espera por otro hombre con consejos prácticos, una capacidad que no tiene. Mientras, compra más aritos. Bueno, sigue siendo obsesiva.
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Lo que hay detrás de la puerta: fin de año...¿y a mi por qué me miran?

1 comentarios miércoles, 18 de noviembre de 2009

“En la oficina del trabajo llegado el año nuevo, todos se pelean por ese maldito ascenso”, reza el tema de León Gieco. La primera interpretación del fragmento podría ser la de trabajo seguro y al final del año, querer más. Con el paso del tiempo asegurarse mínimamente lo obtenido ya es un verdadero triunfo.


Cada uno tiene un termómetro de su propio rendimiento laboral. Y medimos no sólo la efectividad de aquello que nos piden, sino qué cosas hemos realizado más allá de lo exigido.La otra parte de la cuestión es acerca de lo que somos dentro del mercado y para el mercado. El trabajador efectivo, si bien nada es seguro en la actualidad, está dentro de una estructura que arriba o abajo, lo contiene. Los nuevos empleados saben eso y aprenden a esperar, si es que la felicidad siempre es el ascenso.Distinto es el caso del contratado. Hay que ser de corazón fuerte cuando el fin de año se acerca y todo lo hecho parece poco ante los otros.


La consagración sería pasar a ser empleado permanente pero la solución salomónica es la más aplicada, y en general más sencilla para el empleador: contrato por un año más.Conozco personas con más de diez años como contratados, literalmente en relación de dependencia. Pero entre lo que parece y lo que es, hay un trecho. No le asisten iguales derechos y es un arma de la que se valen aquellos que no quieren problemas.


Es difícil exigir algo en esas condiciones.Desde que nací escucho el término “crisis económica”, salvaguarda de empresas siempre dispuestas al recorte. Estamos dentro de una crisis, ya mundial hoy. ¿Qué rol debe cumplir el que legítimamente exige mejoras?. Creo que no se debe olvidar que en una negociación se avanza y se cede. Un sano término medio surge cuando hay dos hábiles negociadores.


En mi opinión el pedido por la eliminación de arbitrariedades o intentar dejar de trabajar precariamente, exceden las fluctuaciones del momento y pasa a un primer plano el sentido común. A disgusto ni un empleado ni un jefe son productivos. Las cuestiones a mejorar en ese caso quizás no sean las monetarias sino las diarias, puntuales.El mensaje es: soporta esta nueva y vieja etapa. Se llama fin de año. Tú puedes.
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Lo que hay detrás de la puerta: cuando yo soy mi primer empleado

1 comentarios lunes, 16 de noviembre de 2009

Sin dudas podemos confirmar la teoría cada vez más extendida que habla de cierta tendencia al individualismo, una idea definitivamente presente sobre todo en las acciones diarias, las que marcan cómo somos en realidad. Las explicaciones desde lo social o psicológico hablan de una manera de buscar aislarse para, se supone, funcionar mejor sin depender de lo exterior, o sea los otros. Algo parecido a decir que el mundo es una caja de remedios, y dentro de esa caja cada uno es una cápsula, junto a otras tantas cápsulas.

Esto puede verse en distintos ámbitos o en el propio comportamiento. Dentro del mundo del trabajo también se manifiesta y ya es común creer que alguien que defiende su puesto de trabajo no lo hace por ascender o por simple amor a su profesión, sino que su “pasión” es la de no irse nunca de allí, de poner candado a su puesto.
Si esto es equivocado o no, cada uno en su interior sabrá con qué armas defiende lo suyo y por qué. Lo que intentamos ver a partir de este análisis es que no en todas las profesiones se piensa desde lo individual y sí de manera grupal.

Los otros días en un programa de televisión se mostraba la labor de una escuela de oficios que tiene mayormente a mujeres que buscan una salida laboral que desde su hogar puedan realizar. Una acción muy loable y destacable. Pero me llamó la atención que, entrevistadas las mujeres que estudiaban diseño y costura (aproximadamente unas treinta), a la pregunta de si al terminar de estudiar alguna pensaba asociarse con otra y lanzar una marca de ropa o trabajar en conjunto, nadie levantó la mano. O sea que allí había treinta personas y treinta “miniempresas” en la idea de todas ellas. ¿A ninguna se le ocurrió al menos hacer un dúo, buscar asociarse con otras?.

Quizás sea posible una explicación, y es que nuestro individualismo supera a la profesión que tenemos. Que la felicidad individual nos parezca más rápida y efectiva, al hecho de compartir un logro y dividir réditos. Como concepto puede funcionar para algunos trabajos, pero seguro que no para todos. Un abogado puede recibirse para ser cabeza de un estudio jurídico o parte de un pool de abogados especialistas en algún tema; un arquitecto es posible.

Pero un Profesor, un Periodista, un médico clínico o de otra especialidad, no parecen dar cabida al trabajo en conjunto ya desde su concepción. Podemos abarcar otras actividades y veremos el mismo panorama: un albañil, un encargado de edificios, un electricista, un plomero, un cocinero. Todos soñarán triunfar dentro de un mundo que parece ya no tener más lugar para tantos haciendo similares labores

La solución desde la óptica del recibido, pasa por agudizar la pericia. Y con esto quiero decir permitirse rodearse de otros en iguales condiciones. Claro que no todos son la horma de nuestro zapato y tampoco es idílico el camino hacia la estabilidad laboral. Pero sí es concreto que embarcados hacia un futuro siempre es mejor estar acompañados. La idea de asociarse implica unidad de criterios, más allá de la cantidad de integrantes, y ponerse de acuerdo en cuestiones ya de por sí es una labor.
Pero en un mundo que exige más y mejor, si ofrecemos opciones grupales además de las individuales, podremos soñar con una empresa en sociedad y en donde yo seré mi primer empleado.
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