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."Niño versus el frio".

1 comentarios sábado, 12 de mayo de 2012
Cuando escucho los pasos en el pasillo ya sé que estoy condenado. La luz que se prende, su voz llamando. Mi nombre bien de mañana no suena muy musical, me doy vuelta para no oírlo. Pero prende la luz de arriba y ya no puedo cerrar los ojos. No me levanto, me levantan de la cama. Me siento pero sin querer vestirme, hace frio. Me visto porque tengo frio. Mi mochila se rie, llena, en la silla. Mi mamá se va y me quedo solo un minuto y quiero volver a la cama. Inventar algo, fiebre, dolor en el pie. Pero ya estoy vestido, no lo creería. Desayuno y la cosa mejora. Salgo a la calle y el frio pega en la cara. Mis manos en los guantes y las manos en los bolsillos. Saludo en la puerta sin moverme de tanta remera y pullóver, la puerta se abre y otra vez dentro. Otro dia de escuela comienza.
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"Lo que quiere JM" -Cuento corto-

1 comentarios martes, 24 de enero de 2012
Juan Manuel a los cuatro años nunca quiso participar en aquel acto del jardín, pero sus padres sí. A él sin embargo le parecía muy tonto dar vueltas en círculos por el patio. Pero lo hizo y todos lo felicitaron. En sexto grado no quería participar del coro porque le parecía aburrido. Pero lo hizo para asegurarse el 10 del profesor de música durante el tiempo en que Juan Manuel cantara allí. En la secundaria no quería hacer grupo con su compañero Gómez. Pero Gómez era amigo del preceptor y era una manera de entrar tarde o faltar, asi que fue su amigo nomás y durante cinco años de colegio no tuvo ningún problema. Con 18 años nunca quiso trabajar con el tio porque le parecía de consentido y todos hablarían mal. Pero se metió en la empresa de exportación de cartón corrugado del tío y ganaba un buen sueldo. Nunca quiso el Fiat Palio que tiene. Pero el papá de su novia es socio de una agencia de autos Fiat y era un desperdicio no aceptarlo tan barato como se lo ofrecieron. Juan Manuel no quería convivir con una mujer tan rápido. Pero si la chica tiene un departamento que le pueden prestar y es amplio, era imposible que se negara. La novia llamada Julieta tenía un gato y él era alérgico, no quería gatos en el departamento. Pero como ella le prometió limpiar siempre las alfombras del suelo para que no hubiera problemas, él aceptó. Vivía estornudando. Juan Manuel tiene ahora 39 años. Excelentes notas en el primario, ni una sola falta en el secundario, amigos, vive bien, tiene un auto, tiene un buen trabajo, una novia que lo quiere y un gato. Así que esa mañana de martes despertó y se quedó sentado en la cama. Tomó coraje y se miró al espejo del placard. Sin hacer ruido armó un bolso y se fue. Nunca es tarde para empezar de una buena vez a hacer lo que uno quiere. Aun a los 39.
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"El silencio heredado" -Cuento corto-

1 comentarios jueves, 27 de octubre de 2011
Agosto de 1982. Germán tenía ocho años y dormía como podía, espantando mosquitos que parecían picarlo a él y a nadie más. La casa de su abuela y las dos tías en San Isidro era muy extraña, ciertas cosas le ocurrían y decirlas en voz alta sonaban siempre a alguna mentira infantil. Una sola vez dijo que había mosquitos cuando dormía y su abuela lo calmó: “No mientas, Germán. Hay una tela mosquitero”. Y era cierto, ¡pero los mosquitos estaban del lado de adentro!. Sin mucho derecho a queja dormía sabiendo que era por unos días nomás, hasta que volviera a su casa.

A las seis y veinte de la mañana su otra tía lo despertaba y le preparaba el desayuno. Comenzaba su rutina. A Germán lo llevaban al colegio en auto cuando se quedaba en lo de su abuela. Una de sus tias guardaba el Citroen “ranita” color rojo en una especie de galpón junto a coches de vecinos. Todos los días caminaban hasta ahí, Germán abría el portón oxidado y esperaba que su tía sacara el auto para luego cerrarlo. Escuchaba el silencio del barrio, los grillos que en el amanecer sonaban fuerte y un poco de miedo le daban. Luego el espectáculo de viajar, a él le encantaba viajar en auto porque lo hacía pocas veces.

El Citroen tenía la palanca al lado del tablero, hacía un ruido muy particular, siempre daba la impresión de motor ahogado. Mientras iba por Panamericana rumbo a capital él prendía la radio y apretaba la botonera buscando frecuencias hasta que su tía se enojaba y le pegaba con autoridad en la mano. Entonces Germán miraba el piso. Y en el piso, el asfalto de la Panamericana. El proceso de cataforesis no había llegado al Citroen y solía verse el suelo en pequeños círculos oxidados. O en realidad no verse, para ser precisos. La tía ponía Radio Continental, Germán escuchaba las voces y se dormía un poco.

Cuando estaba por llegar al colegio se daba cuenta por el ruido de bocinas del centro. No había diálogo en todo el trayecto. La miraba a su tía que movía los labios como hablando con ella misma, con el ceño fruncido. No preocupada sino ocupada, su mente. Era un gesto que a veces él también hacía. Le gustaba a Germán mirar a la gente, su tia le parecía tan amable desde lo que hacía por él, más allá de si lo transmitía, se sentía protegido de algún modo. En la puerta del colegio Germán puso su brazo arriba del de su tia, quiso jugar. Ella le hizo cosquillas detrás de las orejas y ambos se rieron.

Para él llegaba un gran momento. Bajarse de un auto en la puerta del colegio sentía que era algo parecido a la llegada de Colón a América: todo un acontecimiento que no fuera ni en tren ni en colectivo, lo habitual. Cerraba la puerta con parsimonia para oírla. Germán estaba medio dormido. El cuello de la camisa celeste tenía una ballenita quebrada y se subía, sin solución. Se dio vuelta para saludar a su tia pero ella se estaba yendo, le hizo señas y volvió a parar el auto. Por la ventanilla abierta le dio un beso y el gesto de los dos brazos por sobre los de ella. “¿Por qué tenés ronchas?”. Y Germán le dijo que no lo sabía. “Vos tenés que hablar con los mosquitos a la noche así no te pican, como hago yo. Después te enseño”.

Le guiñó un ojo y él se sintió aliviado de saber que alguien más veía los mosquitos en la casa de su abuela. Por la tarde volviendo en el auto escuchó el plan. Su abuela se iría a comprar y con la casa sola ellos tirarían insecticida sin que se dé cuenta. Esa noche no zumbaron mosquitos y la abuela seguía creyendo que jamás los hubo.

Germán se sintió parte de algo, de una complicidad. Estaba feliz. Con qué poco uno es feliz de verdad, pensaba él al otro día viajando en el Citroen y mirando de nuevo a su tía, hablando en silencio con ella misma. Como él también hacía. Otra complicidad.
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Primer día de clases (texto para perfil de Facebook)

1 comentarios martes, 3 de agosto de 2010

Me desperté ese día con la voz de mi madre al oído, mezcla de orden y cariño: `vamos que hoy empezás´…y la verdad es que tenía tantas ganas de ir como de no ir. El primer día de escuela es una rara mezcla de sentimientos, y el pavor que se tiene puede ser curiosidad o tal vez el temor a lo desconocido.


La ropa nueva aun no adaptada a nosotros es incómoda el primer día, y los útiles son tan flamantes como ajenos hasta que no los usemos. La mochila es nueva y está desinflada, luciendo colores que con los meses poco a poco irá perdiendo. Los zapatos hacen ruido al caminar, el cuero cruje, un poco aprietan, y los pasos acelerados no ayudan mucho a la causa, hay un apuro que los padres tienen por sus hijos en el primer día que hasta parecen disfrutar. Y lo disfrutan, seguramente.


Llegamos a la puerta del colegio y el centro de gravedad está más arriba de nuestra altura. Saludos a personas mucho más altas que nosotros, intentando transmitirnos alegría que quite los miedos. En la entrada un grupo de chicos de mi edad parecen estar en la misma situación: compleja. Los padres se agachan y nos acomodan la ropa de un tirón, para que todo quede derecho. Ratificamos nuestra incomodidad con una mirada pero no hay caso, será así por un tiempo.


Un batallón de estaturas y colores iguales se apuran a pasar por la puerta. Los padres van detrás aunque se quedan abloquelados, mirando, sacando fotos, pensando, llorando, o todo eso junto. Las maestras organizan como pueden las filas, ubicando por altura aunque todos midan mas o menos lo mismo, y con las filas ya hechas se hace un silencio bastante incómodo, que se rompe con algún grito de pedido de orden de alguna maestra.


De chico todo lo que se vive es absorbido, más que vivido. Los recuerdos se impregnan, no se eligen demasiado, ocurren y uno los recibe de la mejor manera, en general con asombro. Suena el himno. La introducción es algo larga y uno ve a los padres de frente y en un rincón, mirando todo con orgullo y atención a la vez.


Comprobamos que el himno aun no lo sabemos todo, uno se queda callado a la espera de la frase que uno sabe. ¡No llega nunca!. Termina y hay un murmullo de inicio de etapa. En el colegio, y dentro de nosotros. Eso, es el primer día.
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El mejor amigo de Morena

3 comentarios martes, 13 de abril de 2010

Uno escucha hablar algunas veces de las llamadas profesiones de riesgo, que implican peligrosidad para quien la lleva a cabo, por ejemplo limpiar vidrios en las alturas, personas que particularmente admiro. No se debe tener miedo pero una cierta inconsciencia y lo positivo es que otorga satisfacción porque pocos querrían hacerlo aunque le pagaran con todo el oro del mundo.


Ser amigo de Morena era como limpiar vidrios en las alturas. Y en algunas ocasiones funcionaba la inconsciencia de no saber (o no querer saber) qué era lo que se estaba haciendo en pos de una amistad, palabra que a veces cubre toda acción y que es manto o alfombra. Esto es, o sirve para proteger (manto), o sirve para poner debajo lo que no queremos ver (alfombra).


Cuando Morena decide cambiarse de colegio en mitad del secundario, me transformé con el tiempo en algo así como un vocero de ella frente a sus ahora ex compañeros. Me preguntaban cómo andaba ella sabiendo que yo seguía relacionado en cuanto al contacto aunque lentamente eso fue cambiando y pasaron a ser comunicaciones cruzadas directas. Comencé a llevar y traer información y hubo días en que nos veíamos solamente para que yo le informe qué estaba pasando en su ex grupo, con el pedido de ser lo más puntual posible. Como habíamos quedado en juntarnos en mi casa todos los viernes y siempre pasaba lo mismo, quise cambiar. Quizás así la cosa no sería tan tediosa.


Decidí pasarla yo a buscar por su nuevo colegio y para eso ella debía esperarme un rato ya que era lejos respecto del mío. Nos escribíamos semanalmente y nos dábamos las cartas en mano, páginas y páginas contándonos nuestras vidas que no sé si serían interesantes, pero lo importante era el hecho de escribir como método de amistad, estaba claro. En sus cartas me hablaba de lo necesario que yo era para ella, al punto de no tener ni querer a otro amigo más que a mí. La definición me asustaba bastante porque no me gusta la dependencia obsesiva de nada y no la justifico. Pero interpreté que era parte de una frase de ocasión que sonaba bien.


Cuando el colectivo rojo y algo destartalado llegó a destino, me bajé pensando encontrarme con Harvard, pero era un colegio de aspecto bastante amigable, y los alumnos estaban al frente del edificio tras una reja. El colegio tenía una forma de vieja iglesia, así que parecían todos vestidos igual como los amigos de un novio que se casa, todos de traje y saludando en un atrio. Un atrio estudiantil en este caso.


Apoyé mis manos en la reja buscando con la mirada su mirada y el pelo largo, para poder reconocerla. Luego de 15 segundos escucho mi nombre a los gritos y ella me vio primero. Se acerca y reja de por medio intenta darme un beso, pero nuestros cachetes no pasaban por entre las rejas, entonces nos dimos las manos con las palmas abiertas. Parecía feliz, me dijo que esperara ahí (tras la reja) que iría buscar a sus compañeros. No hizo falta porque una persona abrió el portón de entrada y de a poco los chicos fueron saliendo. Me sentía desentonar en la marea de camisas y blazers, yo tan de civil como se podía estar, ocultando mi guardapolvo blanco dentro de una carpeta con cierre.


Me puse de espaldas contra la reja y dejé pasar esa ola de gente. Cuando sale Morena se acerca y me saluda, creo que ambos estábamos contentos de haber cambiado la rutina. Se da vuelta y me pone frente a sus nuevos compañeros de colegio, que estaban como en abanico a prudente distancia.


“Él es Gabriel”, le bastó decir, para que esas caras pasaran de curiosas a inquisidoras. El muchacho de uno de los costados adelantó sus pasos y me saludó con un beso y extendiendo su brazo sin decirme una palabra, luego dos o tres mujeres también me saludaron en silencio y el último varón fue el más “comunicativo”, ya que dijo “así que vos sos el famoso Gabriel”…


Comprendí rápidamente que en ese lugar mi popularidad estaba en crisis. No entendía por qué, si bien podía ser normal la tirantez por no ser parte, pero en ese caso tanto ella como yo estaríamos de igual manera, y ella me los presentó como sus amigos. La situación era tan incómoda que se hizo un silencio eterno de tres o cuatro segundos, del que salí haciendo un chiste de momento, pavote para variar. Ella tuvo el gesto de pasarme su mano por mi espalda, como para que ese frio que recibía no me hiciera tanto efecto, pero ni aun así logró esfumarlo. De pronto una persona, me pareció que un chico, la llama desde la puerta y ella va. Me dice que la espere (otra vez al lado de la reja, de ahí no me había movido).


Me quedé de frente a sus amigos, que me escanearon con la mirada buscando respuestas a las miles de preguntas que tendrían, si es que un simple amigo podía llegar a ser interesante como tema. “Así que sos Gabriel, mirá vos”, me dijo una chica rubia. “Te vive nombrando todo el tiempo”, me dijo otro. Yo me atreví a preguntar qué era lo que de mi decía y una del grupo me dijo “Desde que llegó dice que tiene un único amigo y que se llama Gabriel. Tanto lo dice que le terminamos llamando a ella Gabriel, nos dijo que alguna vez lo íbamos a conocer”…


Pero en ese momento lo que hice fue un poco defenderla más que elegir salvar mi nombre de que se interprete como culpable de su locura, por llamarlo así. Y la justifiqué diciendo que todo para Morena era blanco o negro y vivía con fidelidad los gestos que alguien hiciera para con ella. Que si la comprendían iban a ver que no era una mala chica, cosa que todos me dijeron que entendían.

Les conté en 30 segundos de qué colegio venía Morena y cómo seguíamos teniendo relación aun ya no siendo compañeros. Sobre las cartas ya sabían porque ella las mostró en clase, para decirles a las chicas en voz alta algunos párrafos, lo que me dio una tremenda vergüenza. Yo en las cartas jugaba con las palabras, uno se deja llevar por el momento, el tema y la persona, y me sentí un poco invadido al saber eso.


Morena volvió y miró a sus compañeros y a mí. Me tomó de la mano y nos fuimos caminando hacia una de las esquinas. Yo no sabía qué decir y todo lo que dijera podía ser luego usado en mi contra. De pronto me dio su carpeta y me dijo que la esperara en la puerta del colegio, así que tuve que volver hasta la entrada.

Ella se quedó en la esquina hablando con algunas chicas y yo mataba el aburrimiento contando los barrotes de la puerta principal. Luego de unos 15 minutos los barrotes seguían siendo los mismos y mi aburrimiento también, la miraba a lo lejos como los chicos que quieren irse a sus casas rápido.

Cuando volvió me dijo “vamos” y yo armé en mi cabeza un listado de cosas para decirle y reprocharle que no me habían gustado. Dudas sobre su comportamiento, por qué esa manera de quererme, que hacía que en un punto yo sea centro sin quererlo y que no me volvía el más popular, lo acababa de vivir.

Me abrazó y me dijo “gracias” y no pude decirle nada. No me animé. Así fueron algunos años, nuestra amistad fue manto y alfombra, todo al mismo tiempo.
Los dos nos aguantamos las diferencias todo lo que pudimos. Pero el que limpiaba vidrios en las alturas, un día ya no quiso subir más.
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Una, vos, en el teléfono

1 comentarios lunes, 11 de enero de 2010

Las personas menores de quince años es posible que no sepan como había que hablar por teléfono cuando otras personas tenían quince o veinte años, en este caso yo. Era realmente una proeza el simple hecho de comunicar algo, y también menos dependiente del sistema terminábamos siendo. Un compañero de primario si quería hablar a mi casa en Provincia de Buenos Aires debía marcar nueve números, muchos menos que ahora en general pero, claro, era a disco y se cortaba en medio del eterno ir y venir del dedo anular por el aparato.

Esta dificultad volvía importante la comunicación cuando se daba, a veces no diariamente. No había locutorios hace 15 o 16 años, estaban los teléfonos públicos que con suerte andaban. Y los cospeles. Para hablar con mi novia desde Moreno, lugar donde vivía, debía ir hasta la sede de la vieja empresa de teléfonos (ENTEL) y en la puerta había seis de ellos, públicos en fila, donde la gente hablaba. Si la llamada se lograba eso “comía” un cospel, el resto duraban unos tres minutos cada uno.

La extensa introducción quiere significar lo importante que era una simple llamada, tenía otro valor hablar media hora con alguien, y no me refiero a lo económico. Yo hablaba con mi novia mientras la fila de personas iba aumentando y así yo esperé también mi turno antes.

¿De qué hablaba?. Supongo que de los mismos temas de novios que todos, pero sumada una dificultad: su teléfono estaba en el comedor y no brindaba privacidad en cuanto a temas y diálogos, con lo cual creamos un código de palabras clave que significaban otra cosa, pero servía para entendernos. Hablábamos los días lunes como para organizar ya la semana en cuanto a vernos o a donde nos encontraríamos.

Usaba el teléfono para con tres personas durante algún tiempo: mi madre, Grillito y Morena. En el orden que se prefiera y la duración que hiciera falta, las tres se llevaban mi tiempo y los cospeles.

He vivido situaciones tragicómicas. Como en los saqueos de 1989 en donde los padres pasaban a buscar a sus hijos por la escuela, ya que las autoridades alertaron mediante aquellos teléfonos públicos que nombré antes, porque no poseían línea fija, créase o no. Se me ocurrió preguntar si tenían el número del trabajo de mi madre (que era en Capital, a 30 kilómetros) y me dijeron que no, pero que ya se les había avisado a todos y no se volvería a salir.

El portero consiguió un poste de madera y lo atravesó a la puerta principal, que era la entrada de autos de una casa vieja, ahora colegio. La situación era de nervios y todos los chicos, de a uno, se fueron yendo. Me ofrecí a ir hasta los teléfonos públicos, si eso los hacía felices, pero me dijeron que su responsabilidad era que no saliera. Encima fue un martes y tenía séptima hora, con lo cual me quedé hasta las seis de la tarde con otro compañero, se ve que nuestras madres no habían sido avisadas.

Cuando salí no había nadie en la calle, a medio oscurecer porque fue a fines de junio. Viajé en el tren con las puertas abiertas de los dos extremos hasta mi casa.

Ni bien llegué mi madre me contó que estaba hacía 20 minutos, y que se la pasó llamando por teléfono al colegio. “¿Qué numero? Si el colegio no tiene número?”, le dije. “El número que me dieron el día que te inscribiste”, me dijo…y claro…era el número de otro colegio y no del mío…se inscribió a todos los alumnos de una escuela nueva en otra como sede, y lo que tenía mi madre era un número de esa escuela y no el de la mía. Genial.

También Morena fue una voz en el teléfono. Ella era fanática del programa de Alejandro Dolina, yo se lo recomendé para que lo escuchara, a ambos nos gustaba. Quise realizar la sorpresa de llamar por teléfono y dejar un mensaje para ella, tarea complicada porque llamar a una radio todos al mismo tiempo seguramente me costaría. Cuando terminó el primer bloque del programa me fui hasta el comedor de mi casa, me senté en el piso y empecé a marcar, pero siempre daba ocupado.

Lo intenté, con el teléfono a disco, 28 veces, contadas. En la última también me daba ocupado. Estaba acercando el tubo a la base y escucho que atienden. Suerte la mía. Pidieron mi nombre y me dijeron “Mirá que Alejandro selecciona a su vez todo lo que le mandamos, así que tenés que ser original, sino es complicado que lo lea al aire”. E improvisé algo que se me ocurrió en el momento, sobre los ojos y la luz de la luna, que reflejaba ya no sé qué cosa…era algo naif y bastante malo a mi entender.

“Lo llega a escuchar Morena y se muere”, pensé. Llegó la parte de los llamados y leen varios hasta que justo Dolina lee mi mensaje…primero recita lo que yo hice a las apuradas en ese momento y luego dice mi nombre. Lo remató con un “mirá Gabriel, eh”…que me sonó a triunfo. Me fui a dormir contento. No la quise llamar a su teléfono siendo casi las dos de la mañana, prefería escuchar su alegría después..

Y al otro día, era un jueves, llamé al mediodía. La saludé y le dije “¿Y?”…¿y qué?...”Qué me decís?”...¿de qué?...”del llamado, Morena”…¿qué llamado?...”¡el que hice al programa!”…me quedé dormida…

Pero había una opción de emergencia. Yo grabé todo en un cassette TDK y lo había llevado, así que se lo di y ella me lo agradeció, sin mucho entusiasmo. Tuvo consigo la cinta un tiempo largo. Empezó una discusión muchos años después alguna vez acerca de mis actividades y del poco tiempo que a ella le dedicaba y de pronto veo en su mano aquella cinta del programa de Dolina. Pasó de estar enojada conmigo, a estar enojada con la cinta. Abrió la caja, lo sacó al cassette y también a la cinta. La tironeó con las dos manos y la rompió. Vi eso y me fui sin hablar, casi.

A la semana me pidió disculpas. Intentó la misma proeza que yo, el llamado telefónico a la radio. No se pudo comunicar nunca.
Ni conmigo en tantos años. Mucho menos a un programa.





Acotación al margen: Se dice que valoramos las cosas cuando ya no las tenemos. Pero me permito decir que ciertas veces sobrevaloramos algunas cosas dándole importancia por lo que son frente a otros, que por lo que representan en nosotros. Y acabo de dar, sin querer, una definición de “celular”. Pero, fuera del área de cobertura.


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El regalo de la novia

3 comentarios

Mi relación con los regalos fue problemática desde la infancia, siempre creyendo que eran objetos a querer sin haberme preguntado antes. La duda, el apresuramiento, cierta presión en ser original, son los inconvenientes cuando hago regalos. Y para completarla: soy poco aceptador de presentes. Me incomodan.

Grillito daría fe a mis dichos. Regalo nunca era sinónimo de sorpresa, ya que siempre terminaba preguntando qué cosa quería además de plantearle varias opciones para que elija. Soy un creyente en los gestos más que en los regalos fijos anuales. Prefiero sentir que lo hago con alguna razón de momento, en general por agradecimiento. Dentro de esos términos me siento mejor. Hay situaciones de caballerosidad podría decir, en el que un presente no debe llamarse regalo.
Siempre digo que caballeros hay pocos, y hombre es cualquiera.

Mi novia cumplía años el 15 de enero. Por la fecha ya podíamos descartar varios presentes, empezando por bufandas y guantes. Como cumplía en mes de vacaciones, solía celebrarlo el 15 de marzo ya con las clases iniciadas y junto a sus compañeros. El regalo “oficial” debía entonces, ser en esa fecha.

No había percibido en lo que me decía una gran pasión por algún objeto que pudiera querer. Así que una vez que fui a la casa me puse a mirar detenidamente en su habitación cosas que dieran alguna idea. Tres estantes repletos. Libros, carpetas, fotos, muñecos, tarjetas…lo único repetido eran las revistas de “Patoruzito”, que me llamaron la atención porque hacía tiempo que no veía una.

No había otro objeto en cantidad, sólo ése. Me puse en campaña y en el kiosco amigo conseguí unas quince revistas de Patoruzito. No las quise leer para no marcar las hojas. Compré una caja color metal y le pegué unos stickers de unas flores. Luego la llevé a una librería y pedí que le pusieran un moño de color azul para que luzca más importante. Dos días antes ya tenía el regalo listo.

Esperé pacientemente. Y el quince por la mañana fui hasta la casa. Sabía que estaba en el colegio y no ahí. Saludé a los padres y sobre la cama de la habitación dejé la caja, además de una tarjeta con lindas palabras que sólo digo cuando estoy enamorado. ¡Difícil que me gusten leerlas en otro estado!.

Miré esa habitación siempre ordenada y con todo en los extremos, vacío al centro. Vi que las revistas ahora estaban sobre unas cajas cerca de la cama. Entendí que las estaba leyendo, mi regalo era genial.

Salía ella unos 20 minutos antes de yo entrar a mi colegio, así que fui a saludarla por su cumple ahí. “Tu regalo te lo debo”, le dije mintiendo. “¿A la tarde pasás por casa?”. Dije que sí. La saludé con esos besos largos eternamente queridos. Me di vuelta para irme, hice tres pasos. “Ay, no…mirá, le había dicho a mi viejo que ordenara de una vez sus cosas y lo hace hoy, si querés pasame a buscar y vemos para donde vamos”. Yo asentí. “Porque va a poner en cajas todo…hasta unas Patoruzito que juntan tierra en mi pieza, no sé qué hacen ahí”…

Yo abrí los ojos como quien lee la factura de teléfono de una casa con hijos…tragué saliva. Y pensé en la caja con el moño enorme azul en medio de la cama…en realidad pensaba ya en cómo deshacerme de eso. Me fui caminando y razonando opciones. Pensé en faltar a clases, buscar la caja antes que ella para luego ver un regalo de emergencia. Luego en llamar al padre para que saque la caja y la esconda. Finalmente fui al colegio. Grillito vio mi cara de espanto indisimulable y algo intuyó. Me fui maldiciendo el momento de haber decidido sin antes consultar. Un infortunio visto como un drama, ahora me reiría.

Estuve en la escuela pero con la mente sólo en esa bendita caja, aunque ya no podía hacerla desaparecer, la debió haber visto. Cuando salí caminé derrotado las 12 cuadras hasta su casa. Llego y saludo como si nada. La veo y me dice que podíamos quedarnos. Me hace pasar a su habitación, y en su cama la caja, aunque sin el moño. La miré y se sonrió. No sé por qué, pero me puse colorado. Me rasqué la cabeza y la miré algo desconsolado. Me dijo que cerrara la puerta. Detrás, pegó una hoja que decía “te amo” y unos corazones dibujados….

Como extraña moraleja diré que el padre, ella y yo nos turnamos en leer todas las revistas. La caja luego guardó cartas, y el moño terminó de vincha en la cabeza de un oso color blanco, también presente mío.

Fue mi último regalo sin avisar. Por suerte la pegué después con algunos, porque tenían más cariño que sorpresa. Mi intuición siempre está en crisis.
Merecería que me regalen una nueva.






Acotación al margen: Cuando alguien no sepa qué regalar, sugiero preguntar sin vueltas al interesado y no hacerse el original dejándose llevar. “Correrías de Patoruzito” para una novia de 17 años en ese momento, no era lo más recomendable.
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Morena, cartas y celos

3 comentarios martes, 29 de diciembre de 2009

Hablé la anterior vez sobre Morena en el colegio, su fiesta, su vals, mi pullóver y sobretodo, de su sentencia a partir de lo que me dijo. Sin embargo esa fiesta terminó siendo negativa para con nosotros. Dejé de hablarle y ella a mi. Sin motivo específico, pero evidentemente cada uno viéndose en ese momento juzgó forzada la situación.
Y hubo distancia.

Sobre el final de uno de los años, Morena anuncia que se cambiará de colegio. El nivel de educación no era el deseado para ella y pasaría de una escuela pública a otra privada. Compró un cuaderno con espiral y lo fue pasando a cada compañero para que le escribieran alguna frase de recuerdo. Cuando fue mi turno lo primero que hice fue mirar las dedicatorias hasta allí, no para inspirarme, sino para conocer el tono con el que el cuaderno venía.

Escribí unos diez renglones, pero ya no recuerdo el contenido. Me referí a su fiesta de 15 y lo posterior, esa especie de silencio tenso. Terminó el año con los saludos de rigor y se fue. Era el fin de Morena.

O eso creí.

Cuando las clases otra vez comenzaron una amiga en común me entrega una postal y una carta (¡de papel color verde!) que Morena le había dejado para mi. La tarjeta era sobre deseos para la navidad y la carta de dos carillas decía que le había gustado lo que escribí y que deseaba seguir el contacto si yo quería a través de cartas. Me puso su dirección y saludaba con un “gracias por todo”, que sonaba más de compromiso que real.

Hoy pasados casi 20 años ya de lo que relato, comprendo que si decidí escribirle sin dudas era para sentir un escape de la realidad, que yo había delimitado dentro de terminar el colegio y estudiar luego Veterinaria. Lo sentí como la posibilidad de “hacer” algo que me debía “hacer”, sabiendo incluso que podía desilusionarme, tanto de mí como de las respuestas posibles. Y esa misma noche empecé algo que con mayor o menor ritmo duró más de nueve años.

Las escribía en el fin de semana y las despachaba el lunes. Ella las escribía en la semana y me llegaban los viernes. Al principio eran absolutamente informativas, darse a conocer con datos y también a través del estilo de cada uno. Salvo por esa tendencia (en mi opinión bastante fea) de escribir la letra M al revés, con las montañitas hacia abajo y no como Dios manda, del resto no tenía quejas.

Así pasaron unos cuatro meses hasta que acordamos vernos. El acuerdo era encontrarnos los días viernes por la tarde y los encuentros de allí en más fueron bastante paranoicos. Nos saludábamos evitando hablar y cada uno entregaba el sobre cerrado al otro, que no lo abría hasta que se estuviera solo. Lo vivíamos como un regalo semanal, algo que nos hacía bien sin juzgarnos ni pretender cambiarnos, una auténtica ida y vuelta sin histerias.

El idilio duró unos meses más. Porque luego sobrevino el querer interpretar conceptos del otro, el tomar una parte y no el todo sobre una opinión y cierta electricidad cuando no se opina de igual manera. Aun con eso, seguía no pareciéndome rutinario, todo lo contrario. Era liberador lo que yo sentía al expresarme.

Pero inexorablemente, todo fue para mí siendo tan cuesta arriba como tener un bote de un solo remo. El tono “descriptivo-festivo” de las cartas pasó ya a ser acusatorio. Y yo no me salí de mi eje, seguí escribiendo de igual manera, que a la distancia sin dudas fue un error, debí parar.

Paralelamente me puse de novio con alguien fuera del colegio, lo que hizo que terminara de desarmarse el “castillito postal”. Morena era muy celosa y no aceptaba que los viernes comenzara a hacer otras cosas. Luego de una charla casi a los gritos por teléfono, quedé en que se las enviaría a las cartas semanales por correo, como al principio. Nunca supe si lo entendió o es que se resignó. Pero finalmente quedamos de esa manera.

Para el viaje de egresados se la invitó a pesar de ya no ser más del grupo. Morena comenzó a llevarme las cartas al colegio, me las daba en mano o se las dejaba a la preceptora. No quiso ir al viaje, fue con sus nuevos compañeros casi en la misma fecha que nosotros, en realidad volvió un día antes de la partida de nuestro grupo.

El día anterior a mi cumpleaños termino con mi novia. Morena me llama para ir a mi casa y llevarme un regalo de Bariloche. Le digo que me había peleado con mi novia, que no estaba de ánimo. “Voy igual”.
Aparece con una botella de champagne. Pide dos vasos, sirve y dice “celebremos este momento”…

Yo la miré, recordando aquel “de mi no te vas a olvidar” tan claro en el tiempo. ¡Vaya si lo llevó a la práctica!
Y como ya dije, esto continuará.




Acotación al margen: Moraleja para los lectores. Si van a escribirse con alguien o llevar adelante otro tipo de relación, tener en cuenta que las alegrías no se sostienen sólo de un lado, sino que son la unión de dos sentimientos. Porque si no, el bote se mueve en círculos si se tiene un solo remo. Yo sé por qué lo digo.
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Madre de pantalones puestos

3 comentarios martes, 22 de diciembre de 2009

Hubo claramente un hecho que dividió las aguas, marcó un antes y después respecto del rol de mi madre para conmigo. No necesitó decirme palabras de discursos largos, la realidad dictaba sola su sentencia.

Febrero de 1988, era jueves y llovía. Salía yo de rendir (mal) alguna de las ocho materias que me había llevado en ese primer año de secundaria. Técnicamente estaba repetido. Caminábamos los dos bajo un mismo paraguas, de color gris tipo sombrilla, y había tanta humedad que los mosquitos se metían bajo el paraguas abierto y eran una molestia que aun hoy recuerdo. Llegando a la esquina de mi casa se detiene y me mira.

Y dijo “Bueno, hasta acá llegué, no te puedo ayudar más, ahora es cosa tuya”. Y la verdadera dimensión de esas palabras las sentí al tiempo, cuando realmente todo pasaba a estar regido por lo bueno o malo que hiciera, sin pensar en su colaboración. Fui a otro colegio de otra localidad en donde nuevamente repetí primer año.

Por buena conducta decidieron darme una nueva oportunidad, que no desaproveché. Todo el año fue recortar la carpeta del anterior y pegar la tarea en las nuevas hojas, así que lo pude lograr y de ahí seguir, tuve muchas ganas de no transitar el camino del estudio, me costaba muchísimo. Y seguramente ese acto de soltar la mano que implicaba su ayuda frente a mis problemas me terminó de impulsar.

Pero antes no era así. Antes el huracán de un metro cincuenta y cinco era complicado de sobrellevar. Era una verdadera cazadora de injusticias para con su hijo, no lo podría jamás negar. Mi padre y su partida de este mundo de repente la obligaron a empezar aquello que había dejado, que era ponerse al frente de todo y con trabajo de 8 horas.
Pasó de ama de casa a madre y a partir de ahí, también empleada.
Se puso los pantalones y fue madre y padre.

El C.O.N.I.C.E.T. (donde mi padre trabajaba) le ofreció el escalón más bajo de su organigrama y ella aceptó. Era en Capital Federal así que se buscó un colegio cercano para que pudiera estar no tan lejos de su trabajo, tenía yo 4 años. Y fue ahí donde apareció el Instituto Don Orione. A través de la gestión del propio C.O.N.I.C.E.T. se consiguió una vacante con el año comenzado. Eso fue como una espada que me colgó en todo mi ciclo primario, sentí que pagué a diario cierto derecho de piso por esa acción, sin yo tener la culpa. Era una sensación y era un hecho.

Ya hablé del karma que significa la introversión. Uno es receptor de ciertas cargas del otro y no sabe resolver eso, tiende a aislarse más y no ser sociable. La manera de mi madre en hacer que eso no ocurriera era seguramente su aparición permanente en dirección, en donde ya la conocían bastante. Recuerdo en tercer grado entrar junto a ella, estar la puerta de la dirección abierta y a la Hermana directora agacharse cuando la ve y ponerse de espaldas, como quien no quiere ni mirarla para no empezar un diálogo. Imponía respeto el metro cincuenta y cinco de madre que me tocó en suerte.

Sus gritos ante los boletines con variados colores de tinta (predominando el rojo…mucho rojo) la hacían ir seguido y yo no dudo que me ha salvado de haber repetido tercero, quinto y sexto, que por diferentes causas fueron familiarmente también años complicados. Una vez no estuvo de acuerdo en la puntuación ante cada materia y firmó en todos los renglones con un asterisco, que abajo decía “en disconformidad”. Asi que cuando llevaba el boletín al otro día sabía que las monjas verían no muy felices tanto asterisco. Reuniones de las autoridades con ella no eran nada extraño. Sin dudas una protección ante el mundo, mi realidad que me costaba encontrar.

Viajábamos en tren hasta mi casa durante una hora y media, a la mañana y a la tarde. Nos levantábamos 4 40 de la mañana, salíamos a las 5 50 con la clara intención de tomar el tren, intención que a veces no coincidía con los tiempos estatales de la empresa, y nos dejaba de a pie. En general debía faltar al colegio si ocurría eso, porque ir en colectivo podía ser posible, pero el tema era la vuelta, se complicaba.

Encima en cuarto grado, cuando Marcela Metejón hizo su aparición, no tuve mejor idea que ir al coro, que ensayaba los sábados…así que de lunes a sábados iba hasta Capital. Mientras yo estaba en el coro ella se sentaba a fumar en Plaza Congreso, o se iba al cine Gaumont a ver alguna película.

Fumar y pensar, apoyada su espalda contra la mesada de metal de la cocina, es una imagen, fija, en mi mente de chico. Ella estaba ahí y a la vez no…el humo saliendo de su boca y su mirada clavada en la nada es el sello de toda una etapa.

Aprendí observándola ciertas formas de solucionar en el mientras tanto algunas cosas, ingenio del que decide rápidamente y bien.

Debíamos una vez bajarnos para un trámite en la estación Ramos Mejía, mitad de camino hasta Capital, y no había manera en ese mar de gente compacta que la empresa llama usuarios. Las puertas se abrieron y no podíamos avanzar hacia la salida, hasta que levanta su cabeza y grita “a ver si nos dejan pasar que este chico se siente mal y quiere vomitar”…se abrió una canaleta de repente, un verdadero pasillo humano en donde, hasta cómodos, llegamos a la puerta. Ese tipo de salidas me causaban mucha gracia y también admiración, era solucionar rápidamente una circunstancia.

Seguramente no retribuí con buenos puntajes en mis materias aquellos actos de amor de su parte, más bien todo lo contrario. Dos veces la vi llorar amargamente. Y las dos fueron en el andén de la estación de trenes de Once. En una, no le alcanzaba lo que ganaba para pagar la cuota del colegio. Y en la otra, me había sacado un cero en matemática, en segundo grado. La angustia de esa mujer era tan fuerte que me daba hasta pena mirarla, además yo no sentía pena por mi suerte, vivía normalmente que me fuera mal en el estudio.

Vivíamos lejos de casi todo, o en realidad los demás vivían lejos de nuestra casa, como se prefiera ver. Asi que tenemos muchos viajes hechos a todos lados, travesías de tren y colectivo rumbo a varios lugares, cuando el remis era sólo un auto que acompañaba a los cortejos fúnebres. Eso hizo que entre sus maneras, tan histriónicas, y mi silencio casi absoluto, se hiciera buena química necesaria.

Hubo un intento en torcer nuestro viajado destino, pero duró poco. Se compró un Fitito color verde, en donde salimos un par de veces a la casa de mis abuelos. Pero no tenía pericia con el auto. Incluso ya sacarlo marcha atrás se complicaba, y la vecina de enfrente debía hacerlo.

Manejaba lentamente, lo cual no era comprendido por la sociedad, que la chocaba de atrás en general, por lo menos tres veces seguro hubo choques hacia ella. El acto final fue romper el cerco de mi casa con una mala maniobra, y ya no quiso más. Cierta aversión a los autos me debe nacer de ahí.

Teníamos auto y así podíamos ir a distintos lugares. Para ver algo de Disney debía hacer 30 kilómetros hasta el único cine que pasaba películas de esa marca, el cine Los Ángeles. También me llevaba de chico a ver espectáculos de títeres, infantiles cantados. Eran lindos momentos en donde la malla de protección anti problemas, que su presencia significaba, funcionaba de maravillas.

Luego la vida nos lleva hacia otras necesidades y tiempos. Acomodarnos, ambos, a otra realidad que no sea el rol definido de cada uno durante años no fue fácil. Iba ella a registrar la firma en el colegio secundario una vez al año y preguntaba a todo el mundo si yo iba, siempre lo dudó….los nuevos tiempos nos hicieron lentamente ubicarnos de otra manera frente a la vida. Ahora ya no la embarco en ciertas cuestiones solucionables individualmente.

Quiso el destino que viva ahora a ocho cuadras de aquel colegio que tan lejano me quedaba. Y me pongo en el lugar de ella, si yo lo haría mejor que lo que le ha salido el criarme. Y supongo que no. Ese es su capital, de lo que realmente se debería sentir orgullosa. Algo quedó y algo dejó y deja.
Sigue usando pantalones largos y sigue siendo madre y padre.
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Y un día Carmen volvió (a hablarme)

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El reloj sonó puntual aunque para ser sincero ya estaba con un ojo abierto esperando el momento, igual lo lamenté: es muy feo hacerle caso a un despertador. Me levanto siempre temprano, aunque ése fue un sábado diferente. Por empezar, me juramenté nada de lágrimas y menos frente a la protagonista. Le quería evitar mi mar de llanto, justo a ella que vive cerca del río.

Largos trayectos, primero en tren y luego en colectivo. Temía que mis nervios me ganaran, asi que reaccioné linealmente. Ví una parada de colectivo y supuse que allí debía esperarlo. Casi una hora y media después, un sms me dio el lugar preciso. El último tramo de 23 largos años de espera comenzaba.

Tres personas estábamos en ese colectivo, apurado por llevarme, parecía. Un punto del camino que previamente me habían dicho, hizo de resorte en mi y le pregunté al chofer si conocía al menos la calle (no creí que a Carmen) y me dijo que sí. Luego el marido de Carmen resolvió rápidamente mis dudas: agitó sus brazos y el colectivo se detuvo.

Me bajé como quien ve con felicidad al portero del paraíso. Saludo formal al lado de su auto, y yo sin que me salieran las palabras. Él abrió la puerta del lado del conductor y casi entro junto a él. “No, andá por el otro lado”, dijo no sin lógica. Mis nervios se devoraron todo y no sé qué dije en los 500 metros de trayecto hacia la casa. Llegamos.

¡Llegamos!

“Gabriel, no llores”, “Gabriel, no llores”, me repetía como rezo. Salió el sol en ese día de lluvia, aunque quería escuchar su voz de nuevo, eso haría que se completara mi corazón. Y la escuché. Así uní aquel momento de hace 31 años y éste, se ataron pasado y presente con un buen nudo, un nudo de felicidad.

Me presentó a su familia, yo no sé de qué hablé la primera media hora (¿habré hablado?) porque esa carga de emoción es paralizante. Es muy linda pero a la vez detiene todo. Me costó reaccionar.

Somos nuevos y viejos. Creo que pasan tantas cosas a lo largo de la vida de las personas que deciden olvidar algunas, resignarlas por otras más importantes. Somos presente, al fin y al cabo. De eso hablamos, de nuestra realidad. No quería aburrirla con mis anécdotas así que no ordené nada en mi cabeza, que fuera lo que salga. Escuché más de lo que hablé. Y sentí. Quería reencontrarme con el cariño que no perdí nunca y ahora estaba ahí, tomando mate conmigo.


Evité preguntar aquello que ya sabía: las razones de su enojo (ver “La des-aparición”)…no las conoce ni recuerda. Yo menos. Los dos años y medio de silencio en la primaria de su parte quedarán como el crimen perfecto de mi infancia, no lo sabré jamás. Tampoco fui a eso, quería sentirla, lo necesitaba. No soy demostrativo e intentaba serlo, habrá visto una extraña combinación de ambas.
Evité, también, decir lo que ahora digo: me tendré que buscar otros objetivos a cumplir por mi, porque el de encontrarla ya lo había logrado.

Además comprobar al oírla algo que la volverá entrañable. Ella también sufría mucho las cosas, tenía sus períodos de silencio y de vulnerabilidad. Ella estuvo en un pedestal en el que yo la subí, pero es mucho más humana y terrenal, lo cual la agiganta. Y disimulaba de chica muy bien sus pesares.

La tarde se fue llevando el repaso de nuestras vidas. Afuera una lluvia quería protagonizar el encuentro. Su lugar es muy lindo y tranquilo. Silencio y bastante de verde es una combinación que a mi me gusta, además el paisaje reduce angustia y la autopresión. Nada de llantos. Le hice ver en este momento lo importante que fue antes y ahora que ha vuelto.

Se hizo de noche, no hubiera querido irme. Son los momentos (únicos) en que pienso en tener un auto y disponer movilidad. La saludé un segundo antes del límite del llanto. El marido (chofer, opinador, espectador y amable conmigo) inició la marcha.
Me iba de la casa de Carmen pero no de su cariño, recíproco sin dudas y feliz de ser quien soy y de ver a quien vi. Me llevó su marido hasta la parada de colectivo, que llegó enseguida mientras lloviznaba finito y molesto.

Ya sentado, respiré exactamente una milésima de segundo antes de ponerme a llorar. Todo el día lo venía aguantando, era casi terapéutico. Estaba contento, no era llanto de angustia, nunca lloré por dolor sino de alegría de saberla de nuevo presente.

Era sensación a objetivo cumplido del que en estos años había soñado.

Le pedí que escribiera unas palabras, que quise leer hace un rato en voz alta para que mi madre pudiera escucharlas, pero no pude terminar. Ahí hay tanto cariño que no con palabras se puede expresar. Se lo di a leer. También lloró.
¡Carmen va a devastar a una familia a puro llanto!

El sábado fui feliz, cuerda que me durará un buen rato. Vi a aquella nena transformada en mujer y mamá. Más y mejor.
Es un placer que vuelvas a hablarme. Y sentir que aquello de ayudarme a los 4 años, hasta hoy no se olvida. Te quiero mucho.

No es el fin de la saga, es una continuación de aquí en más de nuestra saga de vida, tenía que ser ahora y no en otro momento, como escribiste.
Ahora no te enojes más o en tal caso hablalo conmigo antes de actuar, ¿vio?.
¡Estoy llorando de nuevo! Ahora ya de grande. Gracias por volver a darme la mano y entrar ya no en el jardín, sino a tu vida, otra vez.





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Capítulo cinco: La defensora del apellido

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Mi familia tiene claramente dos estilos bien marcados, que los definen frente a otros. Por parte de mi madre son en su mayoría abiertos, habladores, simpáticos, demostrativos y de gestos y acciones que no pasan de largo ante una situación.


Por parte de mi padre la cosa cambia totalmente. Reconcentrados, serios hasta lo exasperante, nada demostrativos, callados y muy afectos a las miradas y guiños que da el cuerpo a partir de actitudes, se sabía cuándo alguien estaba o no enojado, era claro. Mi abuela Juana, la madre de mi padre, encarnaba perfectamente ese papel.

Entre esos dos mares navegué yo. Nada mejor entonces que saber nadar, y eso creyó oportuno mi abuela Juana que aprendiera de chico. Mar del Plata era el punto de inicio de mis vacaciones, en general apenas terminadas las clases del colegio religioso. Los primeros recuerdos de mi abuela en mi mente tienen que ver con el Centro de Educación Física número 1 y su pileta cubierta en la rambla. Cómo me miraba nadar, o intentar hacerlo, cuando mis pies no tocaban bajo ningún concepto el fondo de la pileta y me sentía un caldo en cubito fuera de la caja, inútil.

Recuerdo cumplir, cumplir a rajatabla sin chistar, no había segunda opinión. En general estábamos solos y alguna de mis tías se sumaban cinco o seis días en un mes, pero casi siempre con mi abuela, los dos. Me daba la mano como contención más que por cariño, era una mano tendida que no me dejaba solo en la calle, el afecto era estar ahí, disponer del tiempo para conmigo, llenarme de actividades físicas hasta casi desear que empiecen las clases, eran realmente muchas (Fútbol, básquet, patín, la nombrada natación). En medio de todo yo disfrutaba, me las rebuscaba, soy de mirar lo positivo hasta de mi imagen en un espejo roto, diría un amigo. Y fui muy feliz con ella, y ella feliz de saberse necesaria.

Íbamos de vacaciones en tren hasta Mar del Plata, una linda travesía de varias horas pero que disfrutaba sentado, acostumbrado a viajar mal y parado. En una oportunidad mi tía nos despedía porque nos estábamos yendo, y mi madre no llegaba, debía ir a saludarme. Yo estaba muy triste por eso, tendría ocho años, pensaba que algo malo le había pasado. El tren se ponía en marcha en Constitución con esa eterna bocina de la locomotora.

Saludo a mi tía con la mano y asomado a la puerta del vagón, esperaba que mi madre apareciera. Y como si fuera una película de Campanella, con el vagón en marcha aparece corriendo mi madre con una velocidad que le desconocía hasta allí, y me alcanza a saludar tirando un beso. ¡Y tirando una campera blanca, también! Que atajé con buenos reflejos. La escena era entre cómica y muy angustiante a la vez.
Me puse a llorar amargamente. Y mi abuela, muy práctica, muy frontal y siempre de voz segura, me mira y me dice “¿Por qué llorás, si siempre la ves todos los días?”.

Mi abuela y su sentido práctico. De algún lado evidentemente salgo.

Juana, y sus hijas (mis tías) vivían en San Isidro, lugar bastante tranquilo hace 30 años, las cosas van cambiando. Un barrio silencioso acorde a la familia. Una vez al mes pasaba a buscarme por el colegio y me quedaba un fin de semana en su casa y el lunes una de mis tías me llevaba al colegio en su Citroen rojo (llegar en auto era una extraña sensación, sin tren y colectivo de por medio).

En general los últimos viernes de cada mes pasaba mi abuela a buscarme. Sostuvo el pago de la cuota del colegio por mucho tiempo, jamás sabré por cuánto. Pero la maniobra que tanto mi madre como ella hacían era bastante clara, hasta para un chico de ocho o nueve años: mi abuela me pasaba a buscar y a las 17 íbamos al café “De los angelitos”, té para ella, gaseosa para mi. Llegaba mi madre y ambas se iban al baño. Seguramente allí mi abuela le daría el dinero a mi madre y luego ambas salían del baño y mi madre enfilaba para la puerta. “¿Adónde va mamá?”, preguntaba yo. “Se olvidó algo en la oficina, ahora vuelve”, decía mi abuela.

Lo que en realidad hacía mi madre era ir hasta el colegio (que la esperaba aun abierto) para que pueda pagar la cuota mensual. No recuerdo cuántas veces se repitió esta maniobra, o si hubo otras de las que no me percaté, pero de esa contención que renglones arriba hablé, tiene que ver con estas cosas. Hacer dentro de todo sencillo un transitar, excede lo monetario, era su forma de estar presente, a disposición sin que se lo pidan, eso valoro por sobre todo de mi abuela e intento aplicar para con el otro.

Quizás por eso no desafié su autoridad, porque me sentía protegido. Así la acompañé en las cuestiones más curiosas. Me llevaba a la playa entre las 7 30 y las 11 horas de la mañana, luego de esa hora, decía, el sol hacia mal. Luego a la tarde, pasadas las 18. Fue fanática del Yoga, practicarlo a mi me ponía de buen humor y me relajaba. Además el centro Yogananda marplatense, de personas descalzas siempre y casi todos vestidos de naranja, me resultaba muy simpático. La música la solía llevar ella. Era un casete TDK cuya cinta patinaba bastante con música de la que llamaríamos hoy incidental, a modo de relajación. Y era efectiva.

También la recuerdo escribiendo cartas a sus hijas y a mi mamá, también la recuerdo cansada, mirando perdida en sus pensamientos un punto de la mesa, ausente de ahí. También resoplar y siempre caminar más rápido que yo dando el doble de pasos. Dándome los gustos, pero haciendo que me sienta agradecido de que sea así.

La extraño al pensar que en aquel lado de mi familia ya no quedan demasiados familiares, sólo yo. Supongo que cuando tenga un hijo también me gustaría verlo en una pileta, a ver qué tan capaz es de tocar el fondo y seguir respirando sin ahogarse. Eso es salir a flote. De todo, supongo. De la vida.
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Capítulo 3: Mujeres de guardapolvo blanco

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En la mente de algunas personas se asocia una sola anécdota o comentario para poder lograr la descripción de alguien, lo que vuelve querible o no un recuerdo. Una característica, una virtud, o un defecto. Buscamos etiquetar como presentación mental del recuerdo, y detrás la persona y lo que era en realidad.

Las maestras siempre estarán condenadas a ser estereotipadas en el recuerdo infantil a partir de hechos puntuales. Poco se sabía de la vida de ellas, algunas podían tener hijas, otras hermanas dentro de un colegio, pero eran aquello que a diario veíamos y salvo que fueran vecinas, una vez sacado el guardapolvo blanco desaparecían a nuestros ojos de su rol.

Miradas con admiración unos, por presencia, resistidas como símbolo de autoridad de la que no se quiere depender, por otros, ser docente hoy en día es una profesión de riesgo. Podrán decir que es una vocación y no una profesión y es cierto, pero la mecánica de lo diario hace que también se vea así.

De grande los recuerdos se hacen visibles, son más puntuales. Rescato tres de ellos.

En cuarto grado era un muy mal alumno, lo que ya constituía una verdadera línea de conducta desde que había comenzado. Sobretodo en lo referido a la matemática. La monja de mi escuela religiosa encargada de aquel año le apasionaba el alumno en el pizarrón y la cuenta de dividir de grandes (en tamaño) números, para que cada uno hiciera. Llegado mi turno tardé algo así como 15 minutos en determinar cuanto era 24 dividido 6. Pero la Hermana-docente me daba mi tiempo, aunque fuera eterno y desesperante. Una vez, ante otra cuenta, vio que no avanzaba la situación y decidió explicarme la división en voz alta, y con tiza escribió el inicio del número 2, la parte de arriba de ese número, para que me diera cuenta y le evitara perder más tiempo. Si no, aun estaría ahí.

También hay de los otros recuerdos, no exactamente gratos por la falta total de tacto. Segundo grado. Llegado junio, día del padre, tanto en mi casa como en el colegio era época complicada, yo no lo tenía. Se mandó a comprar papel glasé, plasticola, brillantina y cartulina. Eso hice. La maestra explicó qué hacer (tarjetas para regalar). Cuando pasó por mi banco le dije “señorita, yo no tengo papá. ¿Qué hago?”. Pregunta inocente y decisiva.

Me respondió “Podés salir al patio”.

Y eso hice…con algo de frío en junio me senté de cara al patio vacío absolutamente. A los 15 minutos pasa la Hermana Directora y me pregunta “Patané, ¿qué hace acá?”…la señorita me dijo que me quedara afuera. “¿Por qué?”. Porque están haciendo tarjetas para el día del padre.
Bastó que dijera eso para que ella como tromba entrara al aula. Al ratito salió y me llamó para que volviera. Me senté y la maestra me dijo “Gabriel, podés hacerle la tarjeta a quien vos quieras”. ¿Puede ser de navidad?, pregunté. “Si”. Entonces en cartulina roja y verde armé una tarjeta con la palabra PAZ, que aun hoy conservo.

A la noche le relaté lo sucedido a mi madre, quien también reaccionó como una tromba y fue al otro día al colegio a pedir explicaciones. Su voz retumbaba en el patio vacío de las siete y media de la mañana, se oía perfectamente a distancia su voz. Supongo que le habrán pedido disculpas. Pero esas disculpas se ve que no llegaron a la maestra de tercer grado, quien al otro año repitió el mismo procedimiento, y todo lo anteriormente citado ocurrió otra vez.
Esto no me traumó, evidentemente la ausencia de mi padre la tenía yo mucho más y mejor asumida que las ocasionales maestras, quedaba claro.

El tercer recuerdo lo protagoniza una maestra de contraturno, yo era lo que se llamaba “medio pupilo”, de siete de la mañana hasta las seis de la tarde (en realidad todo terminaba a las 17 pero mi madre de su trabajo salía una hora después). La maestra encargada de supervisar que hiciéramos la tarea era además profesora particular, y mi madre arregló que a la salida me diera clases (¡más clases!) y luego ella pasaría a buscarme.

Ahí pude comprobar lo idealizada que tenía la imagen de un maestro, qué distinta era a lo que imaginé. Vivía en una pensión de la calle Castelli en Capital Federal. Edificio antiguo, escalera al tono. Habitación muy angosta, mesa, televisor y cama marinera se disputaban el espacio a los golpes. Se ponía a hacer café y me invitaba un poco, mucho no me gustaba. Era amable y explicaba bien, lo reconozco. En el piso tenía una especie de trapo, muy pequeño. No sabía qué era, me acerqué y no era un trapo…¡era un conejo!. La piel de un conejo. Me quedé tan impactado con eso que luego casi iba a la casa a observar eso que en mi vida había visto. Pero duró tres días mi asombro, luego me acostumbré. ¿Qué será de la vida del docente aquel y su conejo?.

Tres historias y tres recuerdos. Las personas con el tiempo somos esto, anécdotas contadas. Somos todos síntesis, resumen en la mente de los otros.
Aquí fueron estas tres. Se guarda en la memoria cajoncitos con historias, como estas tres que salieron hoy, de uno.
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Capítulo 2: La des-aparición

1 comentarios jueves, 10 de diciembre de 2009

Ya conté acerca de la primera mujer que teniendo la misma edad más me había impactado, a los cuatro años. Una aparición. Dos cosas se sostuvieron firmes con el correr del tiempo: mi absoluta timidez y falta de comunicación, y mi amistad y casi devoción por Carmen.

Así pasaron primer grado, luego segundo, tercero (una verdadera pesadilla en cuanto a temas de salud de mi familia y por lo insufrible que me resultaba el colegio y la maestra), hasta que llegamos a cuarto grado, año 1984. El callado observa, analiza, describe, saca conclusión pero claro, todo en silencio. Me había convertido en un buen observador de actitudes, tomaba ejemplo.

Me recuerdo en el patio, en el recreo, hablando con varios más y me tocan el hombro. Era Carmen. La memoria emotiva me recuerda tanto a mí como a ella con camisa, así que sería por abril o mayo de ese año, antes de la primera comunión programada.
Muy seria, dijo textualmente “Gabriel, quería decirte que a partir de este momento no te dirijo más la palabra”. Levantó su pera, como quien acaba de sentenciar y mira un poco todo desde el púlpito, y se fue. Yo me quedé pensando en que era una broma, no sabía qué le había hecho. Era bastante básico lo mío. Ni bondades ni maldades me salían hacer. Pasó ese día y no me saludó al irse…pasaron dos días…tres…cuatro…una semana y no me dirigía la palabra, ¡vaya que cumplía!.

Como estaba muda, por decisión de ella, no podia pedirle razones. Y yo, más mudo aun que Carmen por naturaleza, me resultaría difícil salir de ese entuerto simplemente preguntando. Me recuerdo sufriendo la situación, teniendo desamparo, seguía creyendo en que me protegía, aunque evidentemente ya no. Pasaron los meses y la situación seguía de la misma manera.

La primera comunión se atrasó por no estar “religiosamente preparados”, en boca de la Hermana Directora, con lo cual todo se pospuso para noviembre. Seis meses después de sus palabras, Carmen seguía sin hablarme. Lo curioso surgió en el ensayo de la celebración de la misa, días antes. Me tocaba salir en conjunto con una compañera, y un día antes la cambian de lugar y en su reemplazo me pusieron con Carmen.

“Cayó piedra sin llover”, pensé. Coordinar movimiento con alguien que no te dirige la palabra iba a ser un inconveniente. Y lo fue tanto, que salíamos siempre descoordinados. Mi maestra de quinto se me acerca al oído y me dice “¿qué pasa?”, y yo la miré (por supuesto sin hablar) con cara de “esto es así”. Me cansé y resolví salir a mi turno sin estar al pendiente de si ella lo hacia, yo resolvía cuando hacerlo y que me siguiera si quería. Y así fue la ceremonia.

Hasta el último día de séptimo grado continuó este silencio, dos años y medio. Mi madre me había comprado el diploma para que todos me firmaran y ella me esquivaba con cierto estilo. Fue la última que me faltaba de todos mis compañeros. Apoyada en una mesa de aula puesta en el patio, ella escribió en el diploma que cuelga en mi pared, hoy: “Para un compañero, de otra”. Carmen.
Cuando salimos todos luego de terminada la fiesta de graduación de séptimo, sabía que volvería a mi barrio, bien lejos de mis compañeros, no los vería por un largo tiempo, o quizás nunca. Saludé a todos llorando a mares y le pedí saludarla a ella también. Nos abrazamos, le recordé aquel primer día y lo importante que para mi ella había sido. Ambos lloramos un poco, y fue a la última persona que vi hasta hoy, 23 años después.

Desde los 20 años, o por esa etapa, me surgió preguntarme qué sería de la vida de Carmen. Hasta que vi, (me vi), en que podía ser un objetivo el hallarla, no para buscar explicaciones. Porque valió más lo primero que hizo por mi que el resto. Y este año lo pude lograr. ¡No contaba con que ella no recuerda el motivo de la pelea!

La “Aparición” de mis comienzos, terminaba siendo una “Des-Aparición” en el final de mi escuela primaria. En la actualidad busco no hacerla enojar para que no ocurra nuevamente un período de silencio impuesto. Diálogo esta vez no faltará. Es una anécdota del pasado, prescribió en el tiempo. ¿Qué le habré hecho de grave?. No lo sé.
Y ya no importa. Porque ahora hablo y pregunto. Por eso soy Periodista.
¡Me definiste la carrera, Carmen!.
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Capítulo 1: La aparición

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El mundo me venía maltratando bastante. El 9 de julio de 1978 fue el acto de cierre de una etapa, venían las vacaciones de invierno y con 4 años no aspiraba a más que desear que se pasen rápidamente para estar de nuevo junto a mis compañeros, 16 o 18 en cantidad, con quienes ya tenía un mundo armado.

Mi padre falleció el 12 de julio y sin quererlo protagonizó por un largo tiempo todo aquello que yo pensara o expresara. Cuando no se impone lo de uno se tiende a dejar llevarse por la marea, más si se es chico y nada decide. En quince dias olvidé a mis compañeros de jardín, la camioneta que me llevaba todos los dias y el barrio. Mi madre comenzó a trabajar y seguir siendo a la vez, mi madre. Y yo, cambié de colegio.

Pasé de 16 o 18 a cerca de 40 compañeros, cuyos nombres, disculpas, hoy no recuerdo en su totalidad. Si recuerdo mi primer dia y a quien estuvo conmigo ese primer dia.

El colegio era de forma rectangular y muy largo. El piso era viejo pero muy lustrado, la claridad se reflejaba bien, y eso que tenia un techo corredizo y una mampara azul también corrediza. Unos juegos que invitaban a subirse pero estaba llorando, no me interesaban. Junto a mi madre y a mi, caminaba la Hermana Directora, a quien vería durante todo ese período con más grises que blancos.

Me hicieron entrar a un aula, todo era bullicio de chicos sentados frente a mesas hexagonales, no conocía a nadie y nadie reparó en que entré. Afuera la maestra, la Directora y mi madre hablaban.

Eterno, el tiempo corto que nunca se va!!. Cuando ocurre finalmente, mi madre se acerca, me da un beso y dice que todo estará bien, que me quedara tranquilo…nada peor de oir para un chico!! Mala señal. Ella y la Directora se van caminando por ese patio largo y angosto y yo me quedo sentado, en un escalón de la entrada al jardín, una doble puerta de madera bien lustrada en donde apoyo la espalda de cuatro años y lloro.

Se iba nomás, mi madre!! Sale la maestra de adentro y me dice algo que no escucho, estaba interesado más en mi propio drama, en todo lo que habia pasado en menos de un mes, en tratar de entender. Ella se va, supongo que resignada como yo pero por no saber tratarme.

En eso, se abre la puerta y sale alguien, una nena. Se queda de pie con la puerta medio abierta y me pregunta si se puede sentar. Yo le digo que si sin mirarla. Ella fija su vista hacia donde yo miraba, las espaldas de mi madre y la Directora, que se iban ya en el final del patio, y me pregunta
“¿Esa es tu mamá?”…si…
¿Cómo te llamás?”…Gabriel…
“Gabriel…tu mamá va a volver!!, no llores más!!”…
Y yo la miré como quien me pide algo sin entender el momento y… en ese instante caí en que eso que me pedía, lo estaba haciendo alguien de mi edad, jamás me había ocurrido hasta ahí ver cierta autoridad en gente igual a mi. Fue extraño y también, luminoso. No fue una orden, sino un comentario de un par, si se quiere. Tenia picardía en la mirada, además de todos los dientes porque ¡a mi se me habían caído dos en esa semana!.
Me puso la mano en el hombro, me dijo que me quedara tranquilo, que ahí la iba a pasar bien, que no tuviera miedo porque ella me iba a ayudar. Yo intentaba ingresar toda la información que podía y estaba dispuesto a recibir.
Y vos, ¿cómo te llamás?
Carmen”…Carmen…lo primero que hice fue tratar de retener ese nombre, porque los olvidaba rápidamente (cuestión sin solución hasta hoy). Me extendió su mano y me dijo “vení, dale, vamos”… y yo no tenía ganas de moverme. Entonces ella, de pie, dio un tirón a mi brazo obligándome a levantarme y me hizo entrar, siempre de la mano.

La mesa y silla de la maestra estaban cerca de la puerta y ella, en sus cosas. Carmen le dice “Señorita, ¿Gabriel puede quedarse hoy en mi mesa para que pueda conocer a los compañeros?”. La maestra dijo que si y enfilamos para una de las mesas hexagonales. Reparé en que dijo “mi” mesa con una autoridad que no se correspondía con la edad. Me presentó de a uno a los siete u ocho que estaban ahí. Era yo, parte ahora de ese bullicio que vi antes y del que no sentía más que lejanía, ahora ya tenía que ver conmigo.

Fomenté el silencio en mi niñez con singular pasión. Generalmente porque como dije, los acontecimientos eran lo suficientemente claros y ante mi presencia escuchaba el relato de mi llegada y las razones, lo cual condicionaba toda charla. Uno percibe la lástima o pena que surge de lo que dicen de uno, no debía agregar mucho más.

Pero ser introvertido no es tan reparador como conseguir una aliada en Carmen. Todo pasó a ser Carmen cuando a mi madre le relataba las cosas, tanto que hasta pensó que la maestra se llamaba Carmen. Sentía admiración por aquella nena que tan bien se desenvolvía, haciendo, por lejos, aquello que yo no podía: hablar sin sentir vergüenza.

Fue sin dudas una aparición. Alguien puesta ahí, seguramente mandada por la maestra para que me hable y solucione lo que ella no sabía o podía. Se convirtió con el tiempo en un símbolo de mi paso por ese colegio, en símbolo de protección ante algo que desconocía y temía. Una figura de sobreprotección que yo repetí para con mis afectos en el tiempo. Un gesto que yo valoro hasta hoy, y que la vida me permite agradecérselo aun hoy. Gracias, negra. Siempre damos lo que recibimos. Te quiero.
Aunque después…bueno, será en otro capítulo!!
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La canción de la semana!!: "Volver a empezar"

1 comentarios sábado, 14 de noviembre de 2009

El tema sin dudas es fuente de inspiración, pero llevarlo a las palabras es lo más difícil. Porque uno analiza desde dentro y no a partir de una lejania, es totalmente subjetivo. Y porque lo veo en cuanto ámbito se intente congeniar criterios. Un sólo tema que pueda ser en común basta para el despliegue incómodo de la realidad, el rechazo, el enfrentamiento.


La siguiente descripción pueden aplicarla a los grandes temas nacionales, y hasta en una reunión de consorcio, o en las elecciones de una sociedad de fomento, da igual.

No hablo de política internacional, no hablo del conflicto de los empleados de la ex Terrabusi, no hablo siquiera de la modificación de leyes esenciales para los ciudadanos. Hablo de una reunión de ex alumnos de un colegio primario. El re-encuentro, o en tal caso el "neo"-encuentro de aquellos que eran y ya no son, en un punto.

Desconozco el mecanismo, o en tal caso no sé cómo explicarlo. Pero la decisión de saber qué fue de la vida de aquellos que algún momento de la vida compartieron con uno es primero fragmentada y luego grupal.

Esto es, primero surge de la curiosidad de una persona, que contagia a otra y asi la idea de "volver" se expande. Pero la vida no es tan lineal como una linda teoria escrita. Y expandir una idea en este momento (del año y del país) choca con cientos de cuestiones.

Repito...veo esto en cualquier ámbito que involucre a más de cinco personas. El recuerdo en la mente de cada uno es traer delante lo que ya habia quedado sepultado por la vida, los momentos, los años, que son las personas. Los recuerdos no hablan por teléfono, no chatean, no hablan delante de otros. Son nuestros. Pero cuando esto del contagio inicia la rueda, surgen qué tan lejos o cerca están.

Mi abuela Juana solía decir que no se pueden acomodar diez medias en once pies. Los nuevos recuerdos, hechos personas, se acomodan a una vida ya hecha, la del otro, como pueden. Algunos generan este espacio y otros no, se niegan. Y es perfectamente entendible. Forma parte de cierta tranquilidad que mejor no perder. Por eso la idea de contagio algunos la pueden tomar como sinónimo de virus y se alejan (no van a la reunión...de colegio...de consorcio...de la sociedad de fomento). La idea se torna debate, somos asi. Se opina, se discute, se idealiza, se deforma la realidad a como querriamos verla.

Cuando finalmente se llega a la puesta en común, diría el profesor de una materia escolar, a veces es tarde.Los primeros impulsores de la idea se han ido, se han cansado, se han olvidado. Llegado el dia, los presentes recuerdan a los ausentes, y los ausentes necesariamente querrian estar presentes, sino fuera por ellos mismos, que se lo impiden. Queda el disfrutar, no todo es malo.

La reunión de consorcio, la elección en una sociedad de fomento, la reunión de ex alumnos, tienen un costado positivo. Lo que finalmente resulte es el fruto del esfuerzo en conseguirlo.

A pesar en general, de nosotros mismos.

Los dejo, me esperan mis compañeros del primario.






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