Mostrando entradas con la etiqueta clases. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta clases. Mostrar todas las entradas
"Lección maestra" -CC-
1 comentarios viernes, 9 de septiembre de 2011
Oscar estaba mirando televisión y un poco intentando el descanso mental de un día complicado, la cuestión era relajarse. Su esposa se acerca, le dice al oído y por detrás que debía leer algo del cuaderno de tercer grado de Santiago. “Después lo veo”, le dijo. No, ahora, lo apuró Carla. Oscar se dio vuelta y tomó el cuaderno.
Lo miró bien porque en lo que iba del año no había visto ninguno y sólo recordaba haber firmado dos veces el de comunicados. Varios espacios en blanco, letras mayúsculas inmensamente mayúsculas, desproporcionadas. “Más adelante”, le aclara Carla.
Llega a una descripción en cinco renglones sobre su familia. Santiago escribió: “Mi familia es de apellido Castro, somos tres y el perro. Mamá trabaja de secretaria de una señora y papá en un Banco. Mamá siempre llega temprano y me viene a buscar, papá llega tarde y mira tele comiendo. Trae papeles y los lee. Juego con él cuando se duerme en el sofá y no se da cuenta. Tengo un mueble con juguetes y juego a que juega conmigo. Me dijo que me iba a comprar algo pero es un secreto. Cuando hablan tengo sueño, me duermo y me apagan la luz”.
Oscar terminó de leer y se rascó la cabeza, buscó una buena explicación antes de mirar a su esposa a los ojos. Entendió qué hacer. Fue a la habitación, Santiago ya dormía. Miró el mueble con juguetes, el estante tenía arriba de todo la pelota de fútbol y dos o tres robots de no sabía qué serie de televisión. Lo vio respirar dormido, se vio a él mismo a los 8 años. Apagó la luz, se sintió en derrota. Hablaron con Carla de hacer un espacio en la semana para que los dos jueguen.
Al sábado siguiente le preguntó si quería ir a la plaza y Santiago le dijo que si pero si era porque pasaba algo. Oscar respondió que no. Que llevara la pelota. Se pusieron a jugar contra un árbol, pateando sin sentido pero compartiendo el momento.
El chico le dice “¿vinimos por lo que escribí en el cuaderno?”. Y su papá lo miró fijo. Le preguntó de donde sacó eso y Santiago le dijo que cuando iba a empezar a escribir en clase le preguntó a la maestra que podía poner, y que le dijo “lo que sientas, tranquilo”. Que le dijo que quería inventar lo que escribiría pero la maestra se acercó y le habló bajito: “siempre es mejor poner la verdad. Vas a ver que si escribís lo que no te gusta pero es verdad, después se va a arreglar”. Y la Señorita Marcela tenía razón, le dijo Santiago al padre.
Oscar se sintió lo que era: un nacido en el siglo pasado. El hijo solucionó algo sin que se diera cuenta, o quizás sí. El lunes fue a saludar a la maestra. Y decirle que su consejo casi fue una solución terapéutica.
La Señorita no entendió mucho. Ella sólo hizo lo que corresponde cuando en general siempre hacemos lo que queremos. Nunca es tarde para aprender.
Para aprender a Ser. Maestra.
Primer día de clases (texto para perfil de Facebook)
1 comentarios martes, 3 de agosto de 2010
Me desperté ese día con la voz de mi madre al oído, mezcla de orden y cariño: `vamos que hoy empezás´…y la verdad es que tenía tantas ganas de ir como de no ir. El primer día de escuela es una rara mezcla de sentimientos, y el pavor que se tiene puede ser curiosidad o tal vez el temor a lo desconocido.
La ropa nueva aun no adaptada a nosotros es incómoda el primer día, y los útiles son tan flamantes como ajenos hasta que no los usemos. La mochila es nueva y está desinflada, luciendo colores que con los meses poco a poco irá perdiendo. Los zapatos hacen ruido al caminar, el cuero cruje, un poco aprietan, y los pasos acelerados no ayudan mucho a la causa, hay un apuro que los padres tienen por sus hijos en el primer día que hasta parecen disfrutar. Y lo disfrutan, seguramente.
Llegamos a la puerta del colegio y el centro de gravedad está más arriba de nuestra altura. Saludos a personas mucho más altas que nosotros, intentando transmitirnos alegría que quite los miedos. En la entrada un grupo de chicos de mi edad parecen estar en la misma situación: compleja. Los padres se agachan y nos acomodan la ropa de un tirón, para que todo quede derecho. Ratificamos nuestra incomodidad con una mirada pero no hay caso, será así por un tiempo.
Un batallón de estaturas y colores iguales se apuran a pasar por la puerta. Los padres van detrás aunque se quedan abloquelados, mirando, sacando fotos, pensando, llorando, o todo eso junto. Las maestras organizan como pueden las filas, ubicando por altura aunque todos midan mas o menos lo mismo, y con las filas ya hechas se hace un silencio bastante incómodo, que se rompe con algún grito de pedido de orden de alguna maestra.
De chico todo lo que se vive es absorbido, más que vivido. Los recuerdos se impregnan, no se eligen demasiado, ocurren y uno los recibe de la mejor manera, en general con asombro. Suena el himno. La introducción es algo larga y uno ve a los padres de frente y en un rincón, mirando todo con orgullo y atención a la vez.
Comprobamos que el himno aun no lo sabemos todo, uno se queda callado a la espera de la frase que uno sabe. ¡No llega nunca!. Termina y hay un murmullo de inicio de etapa. En el colegio, y dentro de nosotros. Eso, es el primer día.
Cuando alguien es lo que necesito
1 comentarios lunes, 25 de enero de 2010
Un dolor en el alma tiene fecha de vencimiento en el exacto momento en que querramos desearlo, como en general pasa con las cosas que nos molestan. La piedra en un zapato tiene dos maneras de ser tomada. O se la saca del zapato, primera opción, o se empieza a caminar rengo hasta que no se siente ni el pie, ni la piedra y ni el zapato. El adiós a una pareja es una piedra en el zapato. Veamos cómo fue en mi caso.
Decidir volver a enamorarme supongo que fue parte de un proceso en el que el duelo por Grillito duró el tiempo necesario. En medio de esos casi cuatro años entre una relación y otra hubo un tema personal (la pérdida de mi mejor amigo) que me reordenó prioridades. Fue como lograr encastrar piezas de un juego de repente, y en un solo movimiento. Eso ayudó indirectamente a que dejara otras cosas y me enfocara un tanto más en el presente y en mi. A la vez tan mal no estaba solo y el ser solitario tiene bastante que ver conmigo.
Terminé quinto año con todos mis compañeros. Pero de rendir, recién un año después. La profesora de Matemática decía que sin nivel no podía entrar a la Facultad de Veterinaria. Quizás ella asi definió que no siguiera esa carrera.
Cuando terminé por fin el larguísimo secundario, también sabía que algo más concluía: mi etapa como concurrente a clases particulares. De allí en más iría o como "ayudante docente" o simplemente de visita.
Y empecé a hacer un poco las dos cosas. Me costaba esa etapa. Cambié Veterinaria por Derecho, quería alejarme de los números. Completé el primer año y luego de reflexionarlo bastante porque había cosas que me gustaban, decidí dejar la carrera. Me anoté y por una semana cursé Periodismo deportivo. Tuve un problema de salud y varios meses sin poder hacer mucho. Pasado eso me anoté en las Academias Pitman (los que tienen más de 30 años la recordarán) y por unos meses hice el curso de dactilografía, que creí que luego podría aplicar a la computadora, objeto hasta ahí mirado con recelo. Jamás pude salir de usar dos o tres dedos de ambas manos, me terminaban doliendo todos los dedos.
Insastisfecho con tanto fracaso, otra explicación no hay, me anoté en el Instituto Superior Mariano Moreno, en donde me enseñaron unos 3 meses esa cosa tan extraña llamada Office. Pero me cansé del profesor que en vez de llamarme por mi apellido o nombre, me decía "máquina seis", y así con cada uno de los alumnos. Explicaba sin enseñar, algo bastante común. Y estar pagando para "recibir" eso, era mejor irse y dejarle la chance a otro, que sienta lo mismo que yo, al menos.
Todo este derrotero es para explicar que lo único que realmente no se había modificado con los años era el ir a dar clases, estar en contacto con chicos, tomar mate y disfrutar de lo que hacía y pasaba. Cuatro años después de Grillito en ese contexto estaba.
La quinta en donde se daban clases era una fuente inagotable de rostros nuevos. Personas desesperadas por "zafar", que es recién cuando la ayuda particular la creen necesaria. También ese lugar definía el ritmo del barrio en donde siempre era común cada una hora el recambio de alumnos en grupo, que esperaban en la esquina el colectivo que los llevara al centro. En la casa en diagonal a la parada vivía una chica a la que veía cada vez que yo esperaba en esa esquina. Le pregunté un día a mi "jefa" si sabía quién era esa chica y me dijo "viene hoy a las ocho de la noche, uh, ya le echaste el ojo"...
Para mis adentros no podía estar menos que de acuerdo con la afirmación, pero decidí no decir nada. Si bien yo me iba algo más temprano me quedé para ver, sentado en aquel sillón desde donde Grillito me miraba tan risueñamente, ahora yo a alguien.
Llegó vestida de negro, jeans, remera, mochila. Pelo más bien corto y la espalda derecha como soldado de Marina. Saludó a todos pero no creo que me hubiera visto. Se sentó y comenzó a hablar. Se llamaba Vanesa. Y ahí fue cuando salió el sol a las ocho de la noche.
Hablaba muy bien, hasta parecía saber qué dudas irían apareciendo en los textos que debía leer. ¿Para qué necesitaría alguien así a una maestra particular?, Con la excusa de hacer mate me presenté y su mirada se clavó en mi. Por tres semanas hablamos de todo un poco. En la comprobación total acerca de lo chiquito que es el mundo, me vine a enterar que fue compañera de Morena en la primaria. Que estaba leyendo "El principito", ya de grande porque jamás lo había leído, y a mi me pasó algo semejante. No sé por qué me la imaginé a ella en una especie de planeta, sola (la ilustración de este texto explica más y mejor). Así seguimos charlando para conocernos.
Cuando se lo propuse pensé que me diría que no. Me miró y dijo "lo vamos a intentar". Esa frase fue un condicionante que marcó la relación, después lo supe. Lo bueno era poder acompañarla todos los días hasta la casa, me quedaba cerca...así todo pasaba a tener un estilo que hasta ahí desconocía: el de llevar adelante una relación. Con Grillito compartíamos decisiones, se charlaba todo. En este caso, a falta de opinión de Vanesa, yo decidía por los dos.
Estaba tan dolido de la etapa anterior que si ocurrió así, por algo sería. Aunque luego no nos necesitáramos más. Pero eso será en el próximo capítulo.
¡La vida, y los escritos, suelen dividirse en capítulos!
Acotación al margen: Dicen que un clavo saca a otro y yo me niego a denominar así a las personas. Diría que a veces se necesita más de alguien, y que pasa por las formas. Uno cambia la manera de querer porque cambia también su forma de ver las cosas. Y en esos cambios van, algunas veces, las personas amadas.
Nosotros, simulando ser nosotros
1 comentarios lunes, 18 de enero de 2010
Para las mujeres una fiesta es un acontecimiento donde disfrutan el estar en un ámbito, vestidas no como habitualmente, y con una cierta capacidad, encima, como para elevarse por sobre eso y sacar una radiografía de todo y todos.En los hombres en general esto es diferente. O al menos en mi esa vez lo fue. Me negaba a comprarme un saco, desde mi escuela primaria no quise usar más, presentándome a todas las fiestas con camisa azul, blanca o celeste, dependía mi ánimo. Y aun a riesgo de ser confundido con un mozo de la celebración a la que iba, no quería un saco.
Pero estaba acorralado por las circunstancias: a finales de julio estar sólo con una camisa no combinaba con la semana previa que fue un cubito de hielo, demasiado fria. Me mandé a una casa en la calle Esmeralda donde vendían sacos. Esmeralda pasando Rivadavia se transforma en Piedras. Brillante quien pensó en la casualidad como referencia geográfica.
Por Piedras, llegué hasta Esmeralda. Y por el saco, llegué hasta esa casa.
Necesitó el vendedor un sólo golpe de vista para darme un saco azul que me quedaba perfecto. Menos de diez minutos después, la compra hecha. Llegué a mi casa, era sábado al mediodía, y llamé a Grillito por teléfono, con más de compromiso que de felicidad. Era el saco también una exigencia de ella.
Su hermanito a la tarde tenía clases, asi quye nos juntamos en el lugar de siempre. Me dio la mano emocionada y me llevó hasta la cocina. Pusimos el agua para el mate multitudinario. Una mesa y tres banquetas completaban la escena.
Se sienta en una de ellas y me muestra un sobre. Era la invitación para el casamiento de "Juan Carlos y Victoria", a quienes no conocía. El hombre era primo del papá de Grillito y hacía dos semanas visitó la familia y prometió el sobre que ese día llegó.
Pero el detalle de tanta emoción es que cada sobre venía con la tarjeta habitual, y los que tenían hijos, para ellos, se hicieron otras tarjetas más pequeñas. Una especie de "pase especial". Y en la tarjetita figuraba su nombre y mi nombre. El hecho me llamó la atención y a Grillito la emocionó mucho.
Teníamos claro qué éramos, pero nunca lo habíamos visto escrito.
La ventana de la cocina era muy chica y la lámpara que colgaba del techo definitivamente mala, asi que ella movía la tarjeta para buscar claridad, y la contemplamos como quien ve un cuadro importante en un museo. ¡El agua de la pava hirvió y nos sacó del museo!.
Mi saco quedó colgado toda la semana previa. Era sólo una prenda. Para Grillito su ropa, en cambio, debía ser especial. La madre la acompañó a comprársela, y no quiso que vea el vestido hasta ese día. En cambio para mi una de las preocupaciones era que conocería a dos personas de entre más de 100, seguramente. Mi proverbial escasez de palabras, atentaba contra todo.
Llegado el día, lo que debía hacer era pasar por la casa de ella para todos juntos llegar. Padre, madre, Grillito y yo. Su hermanito quedó en lo de sus abuelos.
Me abre la puerta la mamá, hermosa y elegante. Le di un beso y le dije que una rosa se había fugado de un ramo (frases hechas aplicadas cuando se las necesita., Es así.).
Escucho mi nombre y me doy vuelta. Lo que sigue es lo que vi, no pude decir nada porque no me salían las palabras. Ella (ELLA) se había atado el pelo y estaba sonriente; un vestido azul pegado al cuerpo, con unos pliegues a la altura de la cintura. El largo era perfecto, o a ella le quedaba perfecto. Unos zapatos la hacían más alta que yo.
No me importaba, si yo iba con la más linda de todas.
Le di un beso y le pasé la mano por uno de sus brazos, acariciándolo, gesto que aun hoy hago con aquellos que quiero. No sé qué querrá decir. Quizás es un "gracias" a mi modo.
Era nuestro deporte mirarnos fijo a los ojos. Deporte que jugábamos muy bien. Así estábamos, hasta que subimos al auto, aquel vehículo destartalado del que hablé algunos capítulos atrás. Llegamos al salón, que para los que conocen la zona de Moreno lo ubicarán, se llamaba "Momento´s" (otro alarde de originalidad, como el Piedras y Esmeralda). El padre dejó el auto o el auto quiso quedarse ahí, ya no lo recuerdo.
Entramos Grillito y yo del brazo y con la tarjetita en la mano. La ambientación, salvo por unas telas que simulaban un cierto tono árabe, era lo habitual en fiestas de casamiento. Empezó a llegar gente y como temí, no conocía a nadie. Así que más me refugié en mi novia, en hablar con ella. Comenzamos a criticar vestimentas, cosa que se hace en toda celebración. Se apagaron las luces y aparecieron los recién casados. Ella más alta que él, primer detalle. Miré los muñequitos que van arriba de la torta y no tenían nada que ver con los originales.
Una hora y media después llegaron a nuestra mesa. El padre de Grillito me presenta como "Gabriel, un amigo de mi hija"...y yo estreché la mano del recién casado y dije " el novio en realidad, buenas noches"...me salió del alma aunque nunca hay que corregir en público, es feo. Nos sacan esa foto sentados y los novios detrás, parados. Será la foto 234 de 3000 que se sacaron seguramente esa noche. Cuando se van, le pedí disculpas al padre por corregirlo. Empezó la música para bailar y Grillito me arrastra con el brazo, pero yo quería escuchar las palabras del padre. Y me dijo "está bien, si es la verdad". Me quedé más tranquilo. Nos levantamos ella y yo para bailar y él me miró de nuevo, puso el dedo índice debajo de su ojo y dice "compórtense".
Mi saco azul me hacía sentir una pastilla de Redoxón en su tubo: incómodo. Cuando decidí sacarme, por fin, el saco, se terminó la música. Las mujeres son llamadas a sacar el anillo. Una señora muy pintada resultó favorecida. Luego el ramo arrojado lo arañó Grillito, pero una mujer más corpulenta le ganó el lugar. ¿Se habrán casado esas mujeres?.
Grillito se paraba en una pierna porque los zapatos ya le molestaban, yo quería revolear el saco por alguna ventana, muchos comenzaron a irse. Con los claros se dejaba ver el piso con cotillón, serpentinas, servilletas y demás. Fin de fiesta.
Mientras esperamos que el papá acercara el auto, nos quedamos pegando saltitos para evitar el frio. Yo estaba aun embobado mirando a mi novia, que lucía perfecta, aun saltando en un pie. Hasta que el ruido a motor viejo me volvió a la realidad.
Subimos y le pedí que me mostrara qué se había sacado en la torta con las cintitas: era un caballito dorado. "Una imagen tuya", dije. "No, debés ser vos. Al menos no es un ciervo, no tiene cuernos", dijo ella...y los cuatro nos reímos.
Arranca y el padre dice "Muy bien Gabriel"..."Viste papá...fuimos nosotros en la fiesta y no simulamos nada"..."Bueno, pero yo soy un amigo tuyo, nomás", acoté...y el padre me miró por el espejito retrovisor con la pera dura y los ojos hacia abajo...comprendí que debía callarme.
No le gustó el chiste. ¡Y no estaba simulando!.
Acotación al margen: Conviene ante fiestas programadas armarse algo así como un uniforme presentable. Si hay que llevar saco, cuidarlo de manchas (de salsa, en la primera salida de la prenda...sobre tela azul es un crimen), y averiguar si todo combina. Una mujer finalmente dictaminará, aprobando o no. Infalibles.
Cebá mate, chau mate (Grillito secretaria)
1 comentarios viernes, 8 de enero de 2010
Sabiendo que la felicidad era algo así como mirarla fijamente a los ojos y esperar que se ria o haga alguna mirada cómplice, estar con Grillito era más que un hermoso deber. Eso se fue trasladando a todo lo que hacía, aunque nos comportábamos con eso de manera diferente. Por mi lado trataba de no invadir ciertos aspectos de ella, sus amistades, sus momentos en la escuela, quería que siguiera de alguna forma siendo como la conocí, respetarle también sus tiempos.
Pero a ella para conmigo le dejaba ciertas cosas a su gusto. Todo fuera del colegio, el horario de clases era sagrado para mí, porque sabía que si me dejaba estar podía irme mal. El rito era encontrarnos en la quinta de la maestra particular cuando ella llevaba a su hermano y yo iba a tomar clases. Seguí yendo porque la mujer conmigo salvaba el año, podía serme útil en varias materias, necesitaba su ayuda.
A veces era tal la cantidad de chicos que se mezclaban los grados y la mesa enorme se completaba con un crisol de voces de diferentes edades, que hacía que se volviera complicado enseñar y aprender. Un día la mujer no se sentía bien y la hija enseñando inglés no daba abasto con todos. Me pidió que le controlara la tarea a un par de ellos y eso hice…me senté y expliqué algo de matemática, era de un chico de la primaria…y empecé a mirar todo el cuaderno. El me vio tan curioso retrocediendo hojas que me preguntó dudas que había tenido y yo se las fui despejando.
Quedé contento con eso cuando otro de la mesa me pidió que mirara su cuaderno, y otro más…y la verdad es que me gustó saber que podía explicar al modo de ellos algo que no entendieran. Nunca tuve esa enseñanza, ya no digo personalizada. Alguien al lado de mi puede todo un día explicarme la regla de tres simple y yo no entenderla si la manera no es la correcta. Había que escuchar y ver por donde venía la duda y listo.
La hija de la señora me vio que me hacían caso los chicos, tomó nota. Y cuando me iba la maestra y ella me propusieron si no quería ayudarlas aunque sea con esos dos alumnos, me dijeron que me veían bien para eso, con paciencia, además me llevaba bien con todos los chicos de menor edad. Les dije que lo iba a pensar y al otro día respondería. Lo consulté con Grillito y también con mi almohada. Mientras no me significara un descontrol horario que interfiriera mi colegio, no había problema. Y acepté. Esos dos fueron mis primeros formales alumnos.
Estaba más nervioso que ellos, pobres chicos. Pasé de quedarme una hora a quedarme tres o cuatro horas porque además de lo mío debía enseñar. Mi novia comprendió todo ese momento de cambio y se quedaba conmigo, a veces volvía a su casa y aparecía al rato, era la encargada del mate, un rito ahí dentro. Yo soy gran tomador y pésimo cebador, lo pueden confirmar mis actuales amistades incluso. Por lo cual alguien que preparara era sin dudas bienvenida, ella lo hacía excelentemente.
Fue otra manera de pasarla juntos, no soñada ni solitaria justamente, pero que nos servía para conocernos. Ella se sentaba en un sillón algo viejo y veía cómo daba clases, iba alcanzando el mate para que tomemos los “docentes”, lugar en donde ahora el destino me llevaba. Pero seguía pensando en que ayudaba a las verdaderas maestras, yo no lo sentía.
El comedor de la quinta tenía la mesa en el centro, ocupaba el ancho de la sala generosamente, y tenía tantas sillas como alumnos en ellas, no menos de 15 en general. Se imponía una división entre los grandes y los chicos que evitara primero desorden y luego inconvenientes entre distintas edades.
Había un pasillo con tres puertas. De frente, la del baño; a la izquierda la habitación de la maestra, y a la derecha una sala que se usaba como ropero virtual…ahí los chicos dejaban sus cosas hasta que terminaban de estudiar. Y Grillito fue la de la idea…si se despejara un poco..si se pudiera hacer una biblioteca específica contra una de las paredes, se me ocurrió a mi…planteamos la idea y no hubo mucho entusiasmo, pedimos tiempo para llevarla adelante. La mesa ya estaba. Compramos unas cortinas color crema muy lindas que no taparan la luz de la única ventana de la habitación, algo alta y de madera.
El piso, también de madera, se enceró un sábado, quedó muy bien. Y las paredes lucían igual aunque las limpiamos bastante. Mientras yo daba clases Grillito separó manuales de primaria del resto y los acomodó en los estantes. Hicimos una caja forrada en violeta en donde los chicos debían poner los lápices cuando dejaban de usarlos, enseñarles a hacer eso. Y en una tarde compramos telgopor e hicimos una precaria cartelera con horarios de chicos y los avisos de pruebas. La estrella era un ábaco grande, hecho con pelotitas de telgopor, cuatro alambres y sostenido en maderitas viejas de una silla aun más vieja. Tenía ingenio, Grillito.
En casi cuatro meses cambiamos bastante el aspecto de todo, ya estaban los chicos separados y en orden, y llegaron más alumnos. Yo hacía las cosas sin razonarlas demasiado, creo que con el tiempo lo valoré, no me detuve a ver lo que hacía, me dejé llevar y no me arrepiento. Grillito era como una secretaria, incluso era compinche de los chicos, nos veían ellos como dúo de estudio, lo cual ayudaba también. Fue una hermosa etapa que como dije, valoré mucho después. Cuando estaba dentro de eso me sentía cansado, cumpliendo todo el tiempo, sintiendo que no llegaba a hacerlo bien. Y sin embargo estaba equivocado. Jugábamos con los lápices a los palitos chinos cuando terminaba la clase, y aquello era terapia, despejar la mente un poco. Hasta en el colegio me ayudó porque no me llevé materias y dentro de todo mi nivel era el del promedio.
No tengo alma de maestro de escuela, si bien me gusta estar en contacto con los chicos cuando puedo, me llevo bien, me siento un poco ellos en sus cosas, me traslada a mi infancia, lo disfruto. En cada uno que no sabía sumar me veía yo, que me costó horrores. Las explicaciones de las maestras pasaban rápido como aviones y no volvían. Así que alguien necesitado de una explicación salvadora lo podía leer en los ojitos.
Sin mi novia no me hubiera salido igual, aunque no le quito méritos a lo importante: los mates eran excelentes.
Acotación al margen: Si van a una maestra particular y no les sale una sola palabra para decir, entreguen a sus educandos el cuaderno…es el espejo del ánimo del alumno…todo habla de un chico…sus aciertos, errores…hasta los agujeros en las hojas de tanto borrar…todo. Y el maestro no es el Mago de Oz. Acompaña al chico hasta las orillas del Mar del “ahora lo entiendo”…después nadan solos.
Pero a ella para conmigo le dejaba ciertas cosas a su gusto. Todo fuera del colegio, el horario de clases era sagrado para mí, porque sabía que si me dejaba estar podía irme mal. El rito era encontrarnos en la quinta de la maestra particular cuando ella llevaba a su hermano y yo iba a tomar clases. Seguí yendo porque la mujer conmigo salvaba el año, podía serme útil en varias materias, necesitaba su ayuda.
A veces era tal la cantidad de chicos que se mezclaban los grados y la mesa enorme se completaba con un crisol de voces de diferentes edades, que hacía que se volviera complicado enseñar y aprender. Un día la mujer no se sentía bien y la hija enseñando inglés no daba abasto con todos. Me pidió que le controlara la tarea a un par de ellos y eso hice…me senté y expliqué algo de matemática, era de un chico de la primaria…y empecé a mirar todo el cuaderno. El me vio tan curioso retrocediendo hojas que me preguntó dudas que había tenido y yo se las fui despejando.
Quedé contento con eso cuando otro de la mesa me pidió que mirara su cuaderno, y otro más…y la verdad es que me gustó saber que podía explicar al modo de ellos algo que no entendieran. Nunca tuve esa enseñanza, ya no digo personalizada. Alguien al lado de mi puede todo un día explicarme la regla de tres simple y yo no entenderla si la manera no es la correcta. Había que escuchar y ver por donde venía la duda y listo.
La hija de la señora me vio que me hacían caso los chicos, tomó nota. Y cuando me iba la maestra y ella me propusieron si no quería ayudarlas aunque sea con esos dos alumnos, me dijeron que me veían bien para eso, con paciencia, además me llevaba bien con todos los chicos de menor edad. Les dije que lo iba a pensar y al otro día respondería. Lo consulté con Grillito y también con mi almohada. Mientras no me significara un descontrol horario que interfiriera mi colegio, no había problema. Y acepté. Esos dos fueron mis primeros formales alumnos.
Estaba más nervioso que ellos, pobres chicos. Pasé de quedarme una hora a quedarme tres o cuatro horas porque además de lo mío debía enseñar. Mi novia comprendió todo ese momento de cambio y se quedaba conmigo, a veces volvía a su casa y aparecía al rato, era la encargada del mate, un rito ahí dentro. Yo soy gran tomador y pésimo cebador, lo pueden confirmar mis actuales amistades incluso. Por lo cual alguien que preparara era sin dudas bienvenida, ella lo hacía excelentemente.
Fue otra manera de pasarla juntos, no soñada ni solitaria justamente, pero que nos servía para conocernos. Ella se sentaba en un sillón algo viejo y veía cómo daba clases, iba alcanzando el mate para que tomemos los “docentes”, lugar en donde ahora el destino me llevaba. Pero seguía pensando en que ayudaba a las verdaderas maestras, yo no lo sentía.
El comedor de la quinta tenía la mesa en el centro, ocupaba el ancho de la sala generosamente, y tenía tantas sillas como alumnos en ellas, no menos de 15 en general. Se imponía una división entre los grandes y los chicos que evitara primero desorden y luego inconvenientes entre distintas edades.
Había un pasillo con tres puertas. De frente, la del baño; a la izquierda la habitación de la maestra, y a la derecha una sala que se usaba como ropero virtual…ahí los chicos dejaban sus cosas hasta que terminaban de estudiar. Y Grillito fue la de la idea…si se despejara un poco..si se pudiera hacer una biblioteca específica contra una de las paredes, se me ocurrió a mi…planteamos la idea y no hubo mucho entusiasmo, pedimos tiempo para llevarla adelante. La mesa ya estaba. Compramos unas cortinas color crema muy lindas que no taparan la luz de la única ventana de la habitación, algo alta y de madera.
El piso, también de madera, se enceró un sábado, quedó muy bien. Y las paredes lucían igual aunque las limpiamos bastante. Mientras yo daba clases Grillito separó manuales de primaria del resto y los acomodó en los estantes. Hicimos una caja forrada en violeta en donde los chicos debían poner los lápices cuando dejaban de usarlos, enseñarles a hacer eso. Y en una tarde compramos telgopor e hicimos una precaria cartelera con horarios de chicos y los avisos de pruebas. La estrella era un ábaco grande, hecho con pelotitas de telgopor, cuatro alambres y sostenido en maderitas viejas de una silla aun más vieja. Tenía ingenio, Grillito.
En casi cuatro meses cambiamos bastante el aspecto de todo, ya estaban los chicos separados y en orden, y llegaron más alumnos. Yo hacía las cosas sin razonarlas demasiado, creo que con el tiempo lo valoré, no me detuve a ver lo que hacía, me dejé llevar y no me arrepiento. Grillito era como una secretaria, incluso era compinche de los chicos, nos veían ellos como dúo de estudio, lo cual ayudaba también. Fue una hermosa etapa que como dije, valoré mucho después. Cuando estaba dentro de eso me sentía cansado, cumpliendo todo el tiempo, sintiendo que no llegaba a hacerlo bien. Y sin embargo estaba equivocado. Jugábamos con los lápices a los palitos chinos cuando terminaba la clase, y aquello era terapia, despejar la mente un poco. Hasta en el colegio me ayudó porque no me llevé materias y dentro de todo mi nivel era el del promedio.
No tengo alma de maestro de escuela, si bien me gusta estar en contacto con los chicos cuando puedo, me llevo bien, me siento un poco ellos en sus cosas, me traslada a mi infancia, lo disfruto. En cada uno que no sabía sumar me veía yo, que me costó horrores. Las explicaciones de las maestras pasaban rápido como aviones y no volvían. Así que alguien necesitado de una explicación salvadora lo podía leer en los ojitos.
Sin mi novia no me hubiera salido igual, aunque no le quito méritos a lo importante: los mates eran excelentes.
Acotación al margen: Si van a una maestra particular y no les sale una sola palabra para decir, entreguen a sus educandos el cuaderno…es el espejo del ánimo del alumno…todo habla de un chico…sus aciertos, errores…hasta los agujeros en las hojas de tanto borrar…todo. Y el maestro no es el Mago de Oz. Acompaña al chico hasta las orillas del Mar del “ahora lo entiendo”…después nadan solos.
Morena entra al salón, y a mi vida
5 comentarios lunes, 28 de diciembre de 2009
Repetir de año es una experiencia francamente olvidable que no se la deseo a nadie. Sobretodo cuando la lección aprendida, lo que no volveremos a hacer y sabiendo que está mal, lo descubrimos al final de nuestros actos, jamás al principio. Con el diario del lunes juzgar acciones es para cualquiera, la cuestión es el exacto momento de una decisión. Ahí es sólo uno y su circunstancia.
Supongo que esto ocurre también con la amistad. Hay una génesis, un momento en el que decidimos ser amigo de alguien sin explicarnos nada y sólo sintiendo. Así debe ser. Uniendo los dos temas podría decirse que lo bueno de repetir es que me permitió el tener amigos.
Pero Morena es un caso especial. Y creo que me quedo corto.
La historia comienza como tantas otras. Un amigo en su primer día de clases le surgió subrayar un título de tres palabras. ¿Quién puede llevar una regla en el primer día de clases?. ¿Para subrayar qué?. Me preguntó a mí y no tenía, con lo cual empecé con la mirada a descubrir alguna regla en las carpetas flamantes de otros, era el primer día.
Una chica conversaba de espaldas a mi con otra, y de su carpeta Pagsa tamaño 3 (los sub-35 sabrán de lo que hablo) sobresalía una enorme regla, casi una invitación a pedirla. Y eso hice.
Morena, de quien luego supe su nombre me miró y yo creo que de allí nada fue lo mismo. Pero claro: uno lo descubre luego y no en ese momento.
Con el tiempo si bien no era amiga ni tampoco me gustaba, no dejaba de llamarme la atención. Pasó un año y a raíz de una pelea por terceros dejó de hablarme. Se acercaba su cumpleaños de 15 y veía que a la mayoría invitaba menos a mí. Faltando un día nos juntamos todos (en esas reuniones que se arman sin objetivo claro) y me invita a su fiesta. Era al otro día, hacía mucho frío.
Mi madre con un pullóver tejido a la mitad empieza la tarea de terminarlo a tiempo. Se queda toda la noche tejiendo, le pone unos botones que no eran los planeados, de mangas algo largas, me sentía un maniquí disfrazado pero, campera arriba puesta para combatir el frío, salí.
Me encontré en la puerta con dos compañeros más. Entramos diciendo nuestros nombres y ante el mío la persona revisa un papel mientras envía a mis compañeros a una mesa. Yo me quedo y se acerca un hombre que me da la mano y me dice que es el padre. Lo saludo con respeto pero sin afecto, no lo conocía. Me señala una mesa, central, y dice que ahí me quede. El hombre que me recibió y el padre de ella se van y yo enfilo para la mesa vacía de gente.
Por diez minutos toda mi actividad fue golpear con la uña un extremo del plato, repasando 100 veces ese mantel exactamente con el largo para tapar los caballetes. Se fue llenando de personas el lugar y aparecieron varios compañeros a los que me acercaba a saludar a la otra mesa. En donde yo estaba había siete sillas contando la mía. Tres personas me saludan y ocupan sus lugares hablando entre ellos y no conmigo.
El salón casi lleno, música confundida entre las voces de la gente. Se apagan las luces e ingresa Morena del brazo del padre con “murmullo descuidado”, de “Wham!” de fondo (sub-35 vuelven a entenderme). Alguno podrá no creerme, pero ahí y sólo ahí comprobé en que estaba en la mesa central, y por un minuto pasé de tener frío a tener calor. Y mucho. Se acerca y la saludo. Me da la mano y la cierra, arriba de la mía, sólo me mira y no me dice nada. Nos sentamos todos. Dije para mis adentros: si la única persona que conozco (y más o menos) sólo me mirará sin hablarme, me voy a aburrir mucho.
La madre y el hermano me parecieron muy amables y fueron con los que más hablé. El primer plato lo comí, el segundo lo miré. Vino el postre a la mesa y también a la fiesta: el vals. Nos ponemos de pie y yo hago un respetuoso paso atrás dejando a la familia como protagonista. Pero Morena me busca y me extiende su brazo.
Yo la miré ordenándole que no lo hiciera, pero tengo evidentemente una mirada débil: insistió.
Vi en una película, siendo chico, cómo un elegante hombre bailando el vals pisaba el vestido de la mujer y originaba poco menos que la tercera guerra mundial, era una comedia. Recordando eso giraba tan lentamente mirando mis pies y no a la cara que me apretó la mano para que dejara de hacer eso. La miré a los ojos y vi en ella un montón de cosas, infinitas. Me ví reflejado también, en esos ojos negros clavados en mi.
Le dije lo primero que se me ocurrió: “vos sí que me la hacés difícil”.
Y ella, bailando y llevándome a su ritmo me dijo: “vos de mi no te vas a olvidar”.
Tenía razón. Por doce años fue así. Y esto es sólo el comienzo.
Acotación al margen: Tanto frío tuve que durante toda la fiesta jamás me saqué la campera y el pullóver nadie lo vio. Bailé el vals con la campera puesta. Mi madre nunca supo esto, cree que todos elogiaron su obra. No lo usé más.
Supongo que esto ocurre también con la amistad. Hay una génesis, un momento en el que decidimos ser amigo de alguien sin explicarnos nada y sólo sintiendo. Así debe ser. Uniendo los dos temas podría decirse que lo bueno de repetir es que me permitió el tener amigos.
Pero Morena es un caso especial. Y creo que me quedo corto.
La historia comienza como tantas otras. Un amigo en su primer día de clases le surgió subrayar un título de tres palabras. ¿Quién puede llevar una regla en el primer día de clases?. ¿Para subrayar qué?. Me preguntó a mí y no tenía, con lo cual empecé con la mirada a descubrir alguna regla en las carpetas flamantes de otros, era el primer día.
Una chica conversaba de espaldas a mi con otra, y de su carpeta Pagsa tamaño 3 (los sub-35 sabrán de lo que hablo) sobresalía una enorme regla, casi una invitación a pedirla. Y eso hice.
Morena, de quien luego supe su nombre me miró y yo creo que de allí nada fue lo mismo. Pero claro: uno lo descubre luego y no en ese momento.
Con el tiempo si bien no era amiga ni tampoco me gustaba, no dejaba de llamarme la atención. Pasó un año y a raíz de una pelea por terceros dejó de hablarme. Se acercaba su cumpleaños de 15 y veía que a la mayoría invitaba menos a mí. Faltando un día nos juntamos todos (en esas reuniones que se arman sin objetivo claro) y me invita a su fiesta. Era al otro día, hacía mucho frío.
Mi madre con un pullóver tejido a la mitad empieza la tarea de terminarlo a tiempo. Se queda toda la noche tejiendo, le pone unos botones que no eran los planeados, de mangas algo largas, me sentía un maniquí disfrazado pero, campera arriba puesta para combatir el frío, salí.
Me encontré en la puerta con dos compañeros más. Entramos diciendo nuestros nombres y ante el mío la persona revisa un papel mientras envía a mis compañeros a una mesa. Yo me quedo y se acerca un hombre que me da la mano y me dice que es el padre. Lo saludo con respeto pero sin afecto, no lo conocía. Me señala una mesa, central, y dice que ahí me quede. El hombre que me recibió y el padre de ella se van y yo enfilo para la mesa vacía de gente.
Por diez minutos toda mi actividad fue golpear con la uña un extremo del plato, repasando 100 veces ese mantel exactamente con el largo para tapar los caballetes. Se fue llenando de personas el lugar y aparecieron varios compañeros a los que me acercaba a saludar a la otra mesa. En donde yo estaba había siete sillas contando la mía. Tres personas me saludan y ocupan sus lugares hablando entre ellos y no conmigo.
El salón casi lleno, música confundida entre las voces de la gente. Se apagan las luces e ingresa Morena del brazo del padre con “murmullo descuidado”, de “Wham!” de fondo (sub-35 vuelven a entenderme). Alguno podrá no creerme, pero ahí y sólo ahí comprobé en que estaba en la mesa central, y por un minuto pasé de tener frío a tener calor. Y mucho. Se acerca y la saludo. Me da la mano y la cierra, arriba de la mía, sólo me mira y no me dice nada. Nos sentamos todos. Dije para mis adentros: si la única persona que conozco (y más o menos) sólo me mirará sin hablarme, me voy a aburrir mucho.
La madre y el hermano me parecieron muy amables y fueron con los que más hablé. El primer plato lo comí, el segundo lo miré. Vino el postre a la mesa y también a la fiesta: el vals. Nos ponemos de pie y yo hago un respetuoso paso atrás dejando a la familia como protagonista. Pero Morena me busca y me extiende su brazo.
Yo la miré ordenándole que no lo hiciera, pero tengo evidentemente una mirada débil: insistió.
Vi en una película, siendo chico, cómo un elegante hombre bailando el vals pisaba el vestido de la mujer y originaba poco menos que la tercera guerra mundial, era una comedia. Recordando eso giraba tan lentamente mirando mis pies y no a la cara que me apretó la mano para que dejara de hacer eso. La miré a los ojos y vi en ella un montón de cosas, infinitas. Me ví reflejado también, en esos ojos negros clavados en mi.
Le dije lo primero que se me ocurrió: “vos sí que me la hacés difícil”.
Y ella, bailando y llevándome a su ritmo me dijo: “vos de mi no te vas a olvidar”.
Tenía razón. Por doce años fue así. Y esto es sólo el comienzo.
Acotación al margen: Tanto frío tuve que durante toda la fiesta jamás me saqué la campera y el pullóver nadie lo vio. Bailé el vals con la campera puesta. Mi madre nunca supo esto, cree que todos elogiaron su obra. No lo usé más.
Lo que hay detrás de la puerta: el trabajo es un libro de quejas
1 comentarios jueves, 12 de noviembre de 2009
Para el recién egresado de una Facultad el primer día de trabajo en aquello que estudió durante años es de temer, porque se puede encontrar en un ambiente desconcertante: al fin las cosas no eran como se habían soñado y lejos estará el clima de espíritu de grupo que alguna vez disfrutó. Y así como se fijan en cada uno de nosotros durante la infancia las cuestiones básicas de la personalidad, el primer día trabajado casi define una postura de allí en más frente a lo que se viene.
Uno sabe lo que hace en tanto su cerebro esté despejado de presiones que no lo sorprendan, pero cuando todo es nuevo hay que ejercer la tolerancia. No todo es como uno lo imagina y en un trabajo se acatan órdenes. Si son de las impuestas o las de sentido común, se sabrá al tiempo de estar adaptado al lugar.
En mi caso particular el primer día de clases en la Universidad busqué a alguien que estuviera tanto o más desesperado que yo, porque no entendía nada. Y lo encontré en alguien que desde aquel momento es mi amigo. Cuando se ingresa a un trabajo en cambio, se buscan aliados. O al menos alguien que perciba nuestros nervios, pero entendiéndolos.
Desde ya que se pueden dar grandes amistades en el ámbito laboral, aunque la competencia lleve a razonar al corazón: antes que amigos, primero son compañeros de trabajo. Y eso hasta que uno pretenda hacer mejor las cosas que el otro, momento en que las “cuestiones de piel” hagan o no seguir a los preparados.
Los tipos de trabajos definen personalidades. Hay ocupaciones en las que se está solo ante cualquier decisión porque hacer específicamente eso es lo que se espera de nosotros. En otros trabajos, seis o siete personas hacen lo mismo, dentro de una misma sección y en general con los mismos sueldos. Destacarse en esas condiciones es construir lentamente, pero se logra.
Todas las sensaciones son conocidas y a la vez en cada uno, muy particulares. Al tercer día de trabajo ya uno no recuerda qué le gustó y qué no, simplemente lo hace. “A mi en la Facultad esto me lo enseñaron de otra forma” es un clásico en los primeros tiempos.
El correr de las situaciones, los retos (los que son desafíos y los que son correctivos), el aprender a partir del ensayo y error, el sueldo que se hace agua en las manos mes a mes. A todo eso le llaman experiencia y otros, simple rutina.
No todos reaccionan igual ante algo determinado. Mientras, pasa el tiempo.
¿Cómo era, Darwin?. El medio condiciona al hombre, ¿no?.
Al menos en el primer trabajo, sí, tenías razón.
Uno sabe lo que hace en tanto su cerebro esté despejado de presiones que no lo sorprendan, pero cuando todo es nuevo hay que ejercer la tolerancia. No todo es como uno lo imagina y en un trabajo se acatan órdenes. Si son de las impuestas o las de sentido común, se sabrá al tiempo de estar adaptado al lugar.
En mi caso particular el primer día de clases en la Universidad busqué a alguien que estuviera tanto o más desesperado que yo, porque no entendía nada. Y lo encontré en alguien que desde aquel momento es mi amigo. Cuando se ingresa a un trabajo en cambio, se buscan aliados. O al menos alguien que perciba nuestros nervios, pero entendiéndolos.
Desde ya que se pueden dar grandes amistades en el ámbito laboral, aunque la competencia lleve a razonar al corazón: antes que amigos, primero son compañeros de trabajo. Y eso hasta que uno pretenda hacer mejor las cosas que el otro, momento en que las “cuestiones de piel” hagan o no seguir a los preparados.
Los tipos de trabajos definen personalidades. Hay ocupaciones en las que se está solo ante cualquier decisión porque hacer específicamente eso es lo que se espera de nosotros. En otros trabajos, seis o siete personas hacen lo mismo, dentro de una misma sección y en general con los mismos sueldos. Destacarse en esas condiciones es construir lentamente, pero se logra.
Todas las sensaciones son conocidas y a la vez en cada uno, muy particulares. Al tercer día de trabajo ya uno no recuerda qué le gustó y qué no, simplemente lo hace. “A mi en la Facultad esto me lo enseñaron de otra forma” es un clásico en los primeros tiempos.
El correr de las situaciones, los retos (los que son desafíos y los que son correctivos), el aprender a partir del ensayo y error, el sueldo que se hace agua en las manos mes a mes. A todo eso le llaman experiencia y otros, simple rutina.
No todos reaccionan igual ante algo determinado. Mientras, pasa el tiempo.
¿Cómo era, Darwin?. El medio condiciona al hombre, ¿no?.
Al menos en el primer trabajo, sí, tenías razón.
(imagen gentilleza http://www.4.bp.blogspot.com/)
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

