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"La primera cena" -Cuento corto-

1 comentarios sábado, 18 de agosto de 2012
Prendió la tele de madrugada y fue de una punta a la otra de la grilla de canales, incluso esos del final que nadie ve. Abrió la heladera sin ganas de comer pero la miró unos segundos hasta que sintió frio y la cerró. Ya al otro dia ordenó los libros de su biblioteca. En grandes o pequeños, por colores, por autores. Luego los volvió a desordenar. Miró la hora del reloj una y otra vez. Acomodó los almohadones unas veinte veces. Reguló el oxígeno de la pecera, les dio alimento a los peces, se los quedó mirando un rato. Pero ni los peces ya lo observan. Corrió la cortina, luego la dejó como estaba. En el comedor tres platos decorados están torcidos en la pared y fue a enderezarlos. Miró el baño y se fijó si las canillas goteaban, o si las dos lámparas bajo consumo parpadeaban ya había que cambiarlas. Sacó el pañuelo y lo pasó por una ventana donde había la huella de un dedo marcado. Puso sus dos manos detrás, como quien está satisfecho y camina revisando con jactancia su propio mundo. Suena el timbre, mira su ropa, se pasa la mano por la solapa, pone su espalda derecha, carraspea. Abre la puerta. Y pasa ella. “Qué linda casa”, le dice. “¿Te parece?. Me agarraste de sorpresa”, miente él de la mejor manera. En su primera cena.
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"Todas las puertas" -Cuento corto-

1 comentarios sábado, 23 de junio de 2012
Abrió la puerta de rejas. Abrió luego la puerta de su casa. Abrió el maletín para sacar su corbata de seda. Abrió la heladera, tan soltera como el soltero que nunca la llena. Abrió el placard y guardó su camisa color crema. Abrió el cajón de las medias. Abrió la canilla del baño. La fría, la que congela. Abrió de su cocina la alacena, abrió una lata cualquiera. Abrió el microondas que siempre mal cierra. Abrió la ventana bajando la persiana. Abrió el estuche de sus anteojos de chicato. Abrió una botella y se sentó a la mesa. Abrió bien sus ojos, puso sus manos arriba de la cabeza, tomó coraje. Abrió el sobre, primero con delicadeza. Pero como no pudo, pasó a la fuerza: la abrió en un costado y con cuidado. Desplegó la carta de dos hojas dobladas. Abrió su corazón para que su alma también leyera. Empujó las palabras, quiso tenerlas enteras. Frenó su apuro para disfrutarlas. Acompañaba los renglones leídos con el dedo índice, estaba temblando, llegaba la respuesta. Se puso de pie. Cerró la puerta de su casa. Cerró la puerta de rejas. Era de noche. Y gritó el si bajo las estrellas.
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."Cuando quieras".

0 comentarios lunes, 19 de marzo de 2012
Me dijiste que buscara tu amor, empecé por una estación de tren. Te reís, sos mi Angel de tiempo completo y a la vez no te tengo. Ahora estoy en la calle. Florida. ¿Acá hay amor?. Te busco en las esquinas, te sigo escuchando reir desde mi corazón habitado por tu alegría. Me das una pista: no busques donde hay gente. Me voy a una plaza. Me siento y miro los árboles, la brisa del verano mezclada con otoño. Escucho una voz de mujer pero sólo me pregunta la hora. Camino con las manos en los bolsillos, cierro mi campera. Me voy a mi casa y me acuesto con los ojos abiertos. Veo agua correr, en realidad la oigo, no sé de donde viene. Un viento arremolinado con algunas montañas, una sensación de árida soledad. Te vuelvo a escuchar, más cerca. Te reís y me nombrás. Estoy acá, me encontraste, me dijiste llorando. Y puse las dos manos sobre mi corazón habitado por vos.
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"Cuando hay que irse" -Cuento corto-

1 comentarios viernes, 17 de febrero de 2012
Hacía tres días que nadie sabía dónde estaba David. El vecino oyó ruidos de platos el lunes por la noche, el único dato certero que se tenía. Vinieron los padres, los amigos, su hermana. El portero había visto a alguien en el pasillo, de costado, que no le pareció ser vecino. El hombre que limpiaba la calle vio descolgarse del balcón del tercero a una persona, cree que un hombre, justo del balcón de David. Pero no pudo verle la cara. La policía actuó pero con la sospecha de la desaparición por iniciativa propia, tampoco tenían muchos indicios sobre un robo. Al quinto dia la hermana se da cuenta de la falta de un anotador, donde David despuntaba el vicio de la escritura. La policía buscó pistas pero no encontró evidencias. Las cámaras de seguridad del edificio tomaron la imagen de una persona saliendo. Tenía un largo tapado y caminaba con los hombros juntos, como con intención de que no se viera su rostro. La escena duraba cuatro segundos. Una semana después, cayendo la tarde, el que cae es David a su casa. Un policía de la esquina avisa a la seccional, le avisan a sus padres, el portero lo abraza, no entiende mucho lo que ocurre. Iba a darle mucha vergüenza explicar para que le crean. Una semana atrás se sentó a escribir, se tomó la cabeza con ambas manos y cuando abrió los ojos dos mujeres estaban al pie de la mesa, vestidas de gris. Una lo tomó de la mano y le dijo que salieran ambos por el balcón, que no tuviera miedo. David la miró a los ojos y confió. Ambos volaron hasta aterrizar de pie en la vereda. La otra mujer salió por la entrada del edificio. Y asi fue como David durante una semana se fue a buscar ideas para sus escritos junto a sus dos musas inspiradoras. ¿Alguien podría creerle?. Los padres, no. La hermana, no. El portero, no. La policía, menos. ¿Nosotros?. Sí.
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"Paredes" -Cuento corto-

1 comentarios lunes, 9 de enero de 2012
Los Richmond se van de vacaciones y le aviso a mi esposa para que venga a ver por la ventana cómo parten nuestros vecinos. El auto está cargado de cosas y hasta el perro asoma por la ventanilla. Es una familia rara, los Richmond. No saludan, no se los suele ver, hace cinco años son algo así como invitados de un barrio tranquilo. Al otro día, llegan a las siete de la mañana obreros enfrente y comienzan a limpiar el terreno. Sobre el mediodía llegaron los materiales, el asunto ya me parecía extraño. Mis vacaciones del trabajo parece que serán sólo mirar la casa del vecino. A los tres días veo que hacen la base de cemento de una pared. Pero una pared bien grande, que abarca el ancho del terreno y es mezcla de ladrillos a la vista y un cemento con algún garabato. A los veinte días la casa no se veía más, superada en alto por la pared. Quedó prolijo pero horrible desde lo estético. Los obreros se van y la casa que ya es directamente una pared, tiene ahora dos faroles que decoran la flamante construcción. Exactamente al mes los Richmond regresan. Entran por el portón nuevo y estrecho, pareciera que el auto pide permiso. Mi esposa me dice que ella averiguará de algún modo por qué han hecho esa pared. Un día veo que entran el auto y espero a que cierren el portón. Me cruzo y me agacho un poco para ver desde la cerradura hacia el interior. En eso alguien abre desde adentro y me ve espiando. Yo me pongo derecho y tan colorado como el mejor de los tomates. El señor Richmond se empezó a reir y yo no sabía qué hacer. Le pedí disculpas pero le pregunté con todo respeto qué razón tenía hacer esa pared. “¿Yo le puedo hacer una pregunta a usted?”. Sí. “¿Y qué razón tiene usted para mirar mi casa?”. Me quedé en silencio y él aprovechó y me extendió la mano, que también le di. Desde ese día pasaron dos meses. Mi esposa ya no espía más a los vecinos. Los Richmond ya no me importan. Y a la nueva pared de mi casa, el color verde le hace juego con el pasto. Un consuelo, saber que ahora nadie me ve. Ni veo.
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"Lo que me une a vos" -Cuento corto de tres actos-

1 comentarios jueves, 29 de septiembre de 2011


Situación uno: Mariana tiene pocas ganas de manejar un domingo tan lindo de sol y calor pero no puede escaparle al destino. Ir a la casa de los suegros es una consecuencia del destino que ha elegido, hay una resignación en su propio silencio mientras el auto va en soledad por la avenida. Siempre se resistió a las reuniones familiares, había estudiado psicología y conocía bien lo del chivo expiatorio que a veces se da en las familias numerosas.



Ella se sentía así, la que todos reinterpretaban en lo más mínimo que dijera. Y para criticarla, obviamente. Faltan tres cuadras para llegar a lo de sus suegros y baja la velocidad, el barrio le parece gris, no hay lugar para estacionar y da dos vueltas hasta que consigue uno. Deja el auto y camina rumbo a la esquina de la casa.






Situación dos: Cristian está feliz en su auto. Cualquier excusa es buena para usarlo, es nuevo y quiere probarlo hasta para ir a comprar el pan a dos cuadras. Su plan de ese día incluye visitar a sus padres a la casa, él sabe que lo hace una sola vez al mes aunque le reclaman que se olvidó de ellos y le trabajan la culpa con bastante éxito porque así se siente: culpable. Antes viviendo con sus padres dejaba en manos de ellos cosas que ahora él, con orgullo, las hace por sí mismo. Deseaba que no se pongan pesados hablando de los tres temas intocables un domingo: política, religión y dinero. Iba mentalizado en dejar pasar indirectas, además desde que se casó siente que le toleran un poco más sus impulsos, sus arranques verbales cuando algo le molesta. El auto lo deja enfrente de un kiosco. Se compra caramelos y mientras elige uno y le saca el papel, camina rumbo a la casa.






Situación tres: Mariana y Cristian están casados desde hace tres años. Y separados desde hace dos meses. Sin embargo se ven todos los días. Es extraño que una decisión no tenga esa fuerza que necesita para ser a la vez una buena explicación, ambos sienten que la separación no es respuesta a lo que les pasa. Por eso se siguen viendo y para los padres de Cristian todo sigue igual. Van a entrar a la casa como si hubieran llegado juntos. Se esperan en la esquina, se ven y se saludan. Mariana quiere tomarlo de la mano en la entrada y él con un gesto le aleja no muy disimuladamente su mano. Se saludan. Cristian a sus padres, Mariana a sus suegros.






Otro día explicarán qué es lo que les pasa. Si es que consiguen saberlo primero.
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"El libro invendible" (Narración para concurso)

5 comentarios miércoles, 2 de febrero de 2011

“Hay algunos tan obsesionados con la prudencia, que a trueque de evitar cualquier error minúsculo, hacen de toda su vida un error”. La cita de Arturo Graf era ya conocida por Alejandra y le había ahora tocado leerla al azar, como todas las noches que abría el libro que contenía infinidad de ellas antes de irse del local, una especie de cábala. Tenía sueño y siempre le servía para ir reflexionando mientras caminaba hacia su casa.


Sus padres le confiaron el control de la librería que estaba en plena Avenida Corrientes, un lugar que fue también de ella desde chiquita, espacio de juegos y hasta de algún festejo de cumpleaños. Ya no vivía con sus padres así que el local era como su segundo hogar luego de su casa, y como ocurría regularmente llegaba a la mañana con todo el ímpetu y por la noche no sentía ni pies ni piernas. Deseaba desmayarse en la cama así vestida como estaba. Preparó su ropa para el otro día y se acostó apurada por el reloj.


El negocio funcionaba bastante bien y estaba contenta con el repunte de clientela propia, además de los extranjeros habituales. Aquellos clientes fijos de la zona o quienes venían con algún pedido específico estaban regresando luego de la crisis a comprarle, muchos ya conocían a sus padres incluso. Desde 1952 cuando inauguraron hasta hoy pasaron años y varios centenares de miles de libros, sentía una responsabilidad en llevar una marca, la del apellido de familia. El documento de identidad de muchos, pensaba convencida, lo podía hacer a partir de saber qué libros leían o qué autor preferían y si bien no era algo que llevara escrito, Alejandra recordaba con precisión a dos o tres con los gustos en algún modo de escritura, de los que agotaban géneros como agua en verano. Y ella estaba orgullosa de ser parte de ese mecanismo de búsqueda y encuentro.


Transcurrido otro día antes de irse abrió nuevamente el libro de citas y al azar iba a leer una pero se frenó. Lo tomó entre sus manos y miró el lomo, de color marrón claro y letras bordó. Decidió por primera vez llevárselo a su casa, investigar qué tanto sabía de él y por qué esa cábala de leer alguna cita antes de irse, que la siguió sin siquiera preguntar los motivos. Los primeros empleados a cargo y luego ella lo hacían después de tantos años, por algo sería.


“Diccionario de citas” de Cesáreo Goicoechea Romano, del año 1952. A través de sus padres lo que siempre supo es que ese libro estaba junto a tantos otros cuando el local se abrió, y con los años fue quedando sin llegar a venderse. Con el paso del tiempo se ubicó dentro de un rectángulo vidriado y con luces que el local tiene en un extremo, hasta hoy. Aquellos “especiales a la venta” separados por singulares: primera edición, errores de tipeo, libros dedicados de puño y letra o con acotaciones del autor.


Pero tampoco escapó a su suerte y hasta allí sabía Alejandra. Haciendo suyo el dilema a revelar, miró un rato largo el libro hasta que el sueño le ganó la batalla. Antes al azar leyó una cita “No puedo referirte la verdad del caso; cuento el cuento como me lo contaron”. Walter Scott. El libro quedó en la mesa de luz.


A la mañana siguiente Alejandra se despertó tarde y la eterna lucha contra su pelo largo despeinado podía verse a simple vista con un claro ganador. Para evitar comentarios ataba su pelo con un pañuelo azul celeste y solucionaba el problema. Llegó con lo justo en horario para abrir y las cosas apresuradas sin corazón no salen bien, solía decirle su padre. Cortinas, electricidad, encender la radio, poner en marcha una pequeña heladera, controlar el reloj de la caja registradora. Acciones mecánicas diarias que con sueño más pesadas le parecían.


La tarde iba llenando de curiosos al local, las vidrieras en ambos costados del frente y el gran “cajón de ofertas de novelas cortas” eran atracción y su íntimo orgullo, su idea. Pensando en eso estaba cuando llegó un hombre bajo, que luego de mirar una de las vidrieras se acercó hasta el fondo del local donde Alejandra lo miraba pero no le prestaba atención, pensando en los libros que había puesto en el cajón y qué otros similares tenía. La miró buscando hacerla regresar al presente y ella se sobresaltó. El hombre la saludó y le dijo que quería novelas del género negro. “Policiales a lo Sherlock pero que no sean de Sherlock”. Le mostró algunos cuentos cortos seleccionados en nueva edición, otra colección de distintos géneros que incluían el policial pero el hombre no estaba convencido.


Giró y vio el rectángulo vidriado de libros destacados. Notó la ausencia clara y le dijo “veo que te falta un libro”. Alejandra miró y recordó que estaba en la mesa de luz de su casa y maldijo en silencio moviendo algo sus dientes pero sin perder la calma.


Es verdad, buen observador, falta un libro.
-La tercera vez que vengo y ese libro no está. ¡Se ve que no quiere que lo vea!.
Le prometo mañana que estará de nuevo, tuve que llevarlo a otro lugar pero si le interesa y pasa mañana, lo va a tener.


El hombre hizo un gesto algo reverencial, sin emitir palabra alguna, y se fue. Alejandra se desató el pañuelo azul y empezó a rascar su cabeza como los chicos cuando dudan de algo. Apuró el paso a ver si podía mirar para qué lado se iba el hombre y lo alcanzó a ver desde la puerta del local doblando por Montevideo.


Inquieta, entró mirando el piso, que era su manera de pensar mejor ahí dentro, le servía para concentrarse cuando lo necesitaba. No lo ubicaba como cliente pero dijo que había estado tres veces. No recordaba que el libro de citas haya sido alguna vez pedido, al menos con ella al frente del negocio, pero el hombre le dio a entender eso, o ella creyó que le interesaba tenerlo. ¿En qué momento habrá estado otras dos veces pidiendo por el mismo libro?. Culposa hasta el extremo Alejandra pensó en que quizás hubiera perdido una venta por haberse llevado un libro a su casa, una regla básica rota de todo dueño de librería. Se sintió tan mal que comenzó a limpiar los libros de la vidriera especial y apagó las luces del rectángulo todo el día.


Cuando llegó a su casa vio el libro mitad en la mesa de luz y mitad en el aire haciendo equilibrio, ahí estuvo 24 horas. Lo miró y golpeó su tapa dura de tantos años de cuidado. Pensó en hacer un libro de esta mini novela que le estaba ocurriendo, pero lo que escapaba de su control no podía disfrutarlo asi que se acostó procurando poner el libro en su cartera y deseando que pasara el tiempo.


Abrió temprano la mañana siguiente. Buscó la funda original del libro, separada junto a otras para resguardarlas. Era de color amarillo en su parte central y en los extremos se reproducían caras de quienes eran citados en el libro. 8500 frases en 716 páginas. La limpió para que funda y libro se reencontraran luego de varios años. Lo ubicó en el rectángulo y se sentó a esperar. Odiaba esperar por las cosas y la paciencia no sentía haberla heredado, quizás la librería en sí era la manera de hacerla tener paciencia, una contención.


La mañana venía muy tranquila de ventas así que llamó a su padre por teléfono, contándole lo que le había ocurrido. Parco hasta en los silencios no le agregó muchos más datos que los que ya tenía y sentía que nada en el fondo le quería decir. Lo pensó pero no se lo dijo, e imaginaba que su padre también sentía lo mismo.


Cerca de las dos de la tarde el mismo hombre otra vez entró al local. Alejandra bajó el volumen de la radio para no dispersarse y lo dejó caminar hasta ella y no salir a su encuentro. Estaba vestido igual que el día anterior salvo por la camisa blanca que parecía nueva. Girando levemente su cabeza la saludó con la mirada pero no le dijo nada. Impulsiva Alejandra hizo el primer comentario: “Buenas tardes. ¿Venía por el libro, usted?”. El hombre volvió a hacer un gesto y ambos se dirigieron al rectángulo en donde se exhibía. Nada disimulada en la espera, Alejandra ya tenía la pequeña llave que abría el vidrio y tomó el libro para dárselo.


Cuando lo tuvo entre sus manos el hombre revisó tapa y contratapa, pasándole la mano muy lentamente como quien alisa algo que quiere resguardar. Lo abrió y hojeó mientras pulgar e índice se movían para sentir el grosor de las páginas. Todo esto a Alejandra la ponía más nerviosa y ya estaba parada apoyada sólo en una pierna moviendo uno de los pies con cierta velocidad, esperando algún comentario.


El ruido cuando se cerró el libro la terminó por empujar a decir algo. “Está muy bien mantenido a pesar de los más de 50 años…es una pieza única en ese estilo. Hay otros resúmenes de citas pero referenciando autores clásicos éste es el más completo”. Su alma de vendedora afloró y Alejandra dio rienda suelta al discurso de ocasión para la venta si bien lo que decía era verdad. El hombre miró al libro una vez más y dijo “Le agradezco pero no puedo comprarlo”.


Alejandra no ocultaba sus nervios a esta altura y no le aceptó el libro que el hombre le estaba devolviendo. Le dijo que si era un problema de precio lo podía conversar, que si demostró interés no era oportuno dejar pasar la chance, que era algo que ya no se conseguía.


Pero el hombre se mostraba imperturbable. Finalmente Alejandra le preguntó el por qué:
- Porque ese libro es mio, le respondió.


Ella lo miró frunciendo el ceño y con las manos en la cintura. Ya no le importaban las formas, quería una explicación.


- Tu padre y yo fuimos buenos amigos, soñábamos con ser marineros pero fui abogado y él comerciante. Cuando compró este local empezó a llenarlo con nuevos libros y yo mismo lo ayudé con eso. Entre tantos vi este libro de citas. Un solo ejemplar era raro que lo pusiera a la venta. Era un libro que yo alguna vez le regalé en la adolescencia ¡y él lo estaba poniendo a la venta!. No le dije nada pero poco a poco dejé de hablarle. Y como los presentes jamás deben regalarse sentí que el castigo sería jamás poder venderlo, cosa que ocurrió.


Alejandra quiso disculparse en nombre de la familia pero se preguntó si debía hacerlo, asumir como propio una falta de parte del padre. El hombre seguía hablando.


- A este libro lo conozco bien. Antes de regalarlo yo tuve otro igual y aun lo conservo. Tiene una rara habilidad, al azar siempre se eligen frases que ayudan a quien las lee. ¿Usted lo sabía?.
Ella respondió que sí, que era una tradición leer una cita todos los días y que siempre tenían que ver con el momento, que le parecía un excelente libro.


El hombre le dijo que eligiera una. Ella abrió y leyó: “Todos los libros pueden dividirse en dos clases: libros del momento, y libros de todo momento”. John Huskin.


Propuso Alejandra una solución salomónica. Ella le daba su libro expuesto en la librería, y él a cambio si quería podía dejar el suyo en exhibición. El hombre aceptó pero con un trato extra. Lo dejaría al suyo a la venta apostando a que nadie lo compraría, acuerdo que se selló con un apretón de manos. Cuando se iba él le sugirió que si le interesaba la escritura, esta historia podía ser un buen relato.


Ella tomó nota del comentario y por la noche se llevó el libro nuevamente a la casa a modo de inspiración. Trató de formar en orden los hechos, reforzar debilidades de la historia, darle un toque de ficción donde nadie lo notara. Recordó el consejo y se dejó llevar por lo que le tocara, y leyó la cita al azar:
“El escritor original no es aquel que no imita a nadie, sino aquel a quien nadie puede imitar”. Chateaubriand.


Y la historia del libro invendible tuvo comienzo.
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Cuento de los atajos (extraído del libro "El combustible espiritual")

1 comentarios lunes, 6 de septiembre de 2010

Una pareja de recién casados era muy pobre y vivía de los favores de un pueblito del interior. Un día el marido le hizo la siguiente propuesta a su esposa: “Querida, voy a salir de la casa. Voy a viajar bien lejos, buscar un empleo y trabajar hasta tener condiciones para regresar y darte una vida más cómoda y digna. No sé cuánto tiempo voy a estar lejos, solo te pido una cosa, que me esperes y mientras yo esté lejos seas fiel a mi, pues yo te seré fiel a ti”.


Así, siendo joven aun, caminó muchos días a pie, hasta encontrar a un hacendado que estaba necesitando de alguien que lo ayudara. El joven se ofreció para trabajar y fue aceptado. Luego pidió hacer un trato con su patrón, lo cual fue aceptado también. El pacto era el siguiente: “Déjeme trabajar por el tiempo que yo quiera y cuando encuentre que yo debo irme, el señor me libera de mis obligaciones. Yo no quiero recibir mi salario. Le pido al señor que lo coloque en una cuenta de ahorro hasta el día en que me vaya, entonces usted me dará el dinero que yo haya ganado”.


Una vez puestos de acuerdo, aquel joven trabajó durante veinte años, sin vacaciones y sin descanso. Pasado ese tiempo se acercó a su patrón y le dijo “Patrón, quiero mi dinero pues quiero regresar a mi casa”. El patrón le respondió “Muy bien, hicimos un pacto y voy a cumplirlo, sólo antes quiero hacerte una propuesta ¿está bien?. Yo te doy tu dinero y te vas, o te doy tres consejos y no te doy el dinero y te vas. Si yo te doy el dinero, no te doy los consejos y viceversa. Vete a tu cuarto, piénsalo y después me das la respuesta”.


Él pensó durante dos días, finalmente buscó al patrón y le dijo “Quiero los tres consejos”. El patrón le recordó: “Si te doy los consejos, no te doy el dinero”. Y el empleado respondió: “Quiero los consejos”.El patrón entonces le dijo:
1. Nunca tomes atajos en tu vida. Caminos más cortos y desconocidos te pueden costar la vida.
2. Nunca tengas curiosidad por aquello que represente el mal, pues esa curiosidad por el mal puede resultar fatal.
3. Nunca tomes decisiones en momentos de odio y dolor, pues puedes arrepentirte demasiado tarde.


Después de darle los consejos, el patrón le dijo al joven, que ya no era tan joven: “Aquí tienes tres panes, dos para comer durante el viaje y el tercero es para comer con tu esposa cuando llegues a tu casa”. El hombre emprendió su camino de regreso, luego de 20 años lejos de su casa y de su esposa que tanto amaba.


Después del primer día de viaje, encontró a una persona que lo saludó y le preguntó: “¿Para dónde vas?”. Él le respondió: “Voy para un camino muy distante que queda a más de veinte días de caminata por esta carretera”. La persona le dijo entonces: “Joven, este camino es muy largo, yo conozco un atajo con el cual llegarás en poco días”. El joven contento, comenzó a caminar por el sendero señalado cuando se acordó del primer consejo: “Nunca tomes atajos en tu vida, caminos más cortos y desconocidos te pueden costar la vida”. Entonces abandonó aquel atajo y volvió a seguir por el camino normal. Dos días después se enteró de que otro viajero que había tomado el atajo había sido asaltado, golpeado, y le habían robado toda su ropa. Ese camino llevaba a una emboscada.


Después de algunos días de viaje y cansado al extremo, encontró una pensión a la vera de la carretera. Era muy tarde en la noche y parecía que todos dormían, pero una mujer sombría le abrió la puerta y lo atendió. Como estaba tan cansado, le pagó la tarifa del día sin preguntar nada, y después de tomar un baño se acostó a dormir. De madrugada se levantó asustado al escuchar un grito aterrador. Se puso de pie de un salto y se dirigió a la puerta decidido a averiguar qué pasaba. Pero en el momento en que abría la puerta se acordó del segundo consejo: “Nunca tengas curiosidad por aquello que represente el mal, pues esa curiosidad puede resultar fatal”. Entonces volvió sobre sus pasos y se acostó a dormir.


Al amanecer, después de tomar café, el dueño de la posada le preguntó si no había escuchado un grito y él contestó que si. El dueño de la posada le preguntó. “¿Y no sintió curiosidad?”. Él le contestó que no. A lo que le dueño le respondió: “Usted ha tenido suerte en salir vivo de aquí, pues en las noches nos acecha una mujer maleante con crisis de locura, que grita horriblemente y cuando el huésped sale a enterarse de qué está pasando lo mata, lo entierra en el quintal y luego se esfuma”.


El hombre siguió su larga jornada, ansioso por llegar a su casa. Después de muchos días y noches de caminata, ya al atardecer, vio entre los árboles humo saliendo de la chimenea de su pequeña casa, caminó y vio entre los arbustos la silueta de su esposa. Estaba anocheciendo pero alcanzó a ver que ella no estaba sola. Anduvo un poco más y vio que ella tenía sobre sus piernas a un hombre al que estaba acariciando los cabellos. Al ver aquella escena su corazón se llenó de odio y amargura y decidió correr al encuentro de los dos y matarlos sin piedad. Respiró profundo, apresuró sus pasos y de pronto recordó el tercer consejo: “Nunca tomes decisiones en momentos de odio y dolor pues puedes arrepentirte demasiado tarde”.


Entonces se detuvo, reflexionó y se dio cuenta que era mejor dormir primero y tomar una decisión al día siguiente. Al amanecer, ya con la cabeza fría, se dijo. “No voy a matar a mi esposa. Voy a volver con mi patrón y a pedirle que me acepte de vuelta. Solo que antes, quiero decirle a mi esposa que siempre le fui fiel”.


Se dirigió a la puerta de la casa y tocó. Cuando la esposa le abrió la puerta y lo reconoció, se colgó de su cuello y lo abrazó afectuosamente. Él trató de quitársela de encima pero no lo consiguió. Entonces con lágrimas en los ojos le dijo: “Yo te fui fiel y tú me traicionaste”….Ella espantada le respondió: “¿Cómo?. Yo nunca te traicioné, te esperé durante veinte años”. Él entonces le preguntó. “¿Y quién era ese hombre que acariciabas ayer por la tarde?”. Y ella le contestó: “Aquel hombre es nuestro hijo. Cuando te fuiste descubrí que estaba embarazada. Hoy él tiene veinte años de edad”.


Entonces el marido entró, conoció a su hijo, lo abrazó y les contó toda su historia, mientras su esposa preparaba la comida. Se sentaron a comer y el esposo compartió con ellos el último pan.


Después de la oración de agradecimiento con lágrimas de emoción él partió el pan y, al abrirlo, se encontró con todo su dinero, con el pago de sus veinte años de dedicación.
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El último día de Ordoñez (segunda parte)

1 comentarios miércoles, 21 de abril de 2010

Su oficina tenía las mismas paredes de durlock que el resto del cuarto, y el cieloraso le daba al lugar la impresión de cajita en donde todos estaban perfectamente ubicados en sus lugares. Se preguntaba Ordoñez qué lo diferenciaba a él respecto de sus empleados y quizás la respuesta fuera sólo esas paredes divisorias y poco más.
El apocalipsis le cayó en la cabeza y hasta fin de año, sabiendo que su despido era cosa juzgada, no se podía sentir mucho más que los que lo rodeaban, seguros de continuar en sus puestos.


Buscó su celular en el bolsillo y no lo tenía. Se sentó rascándose la cabeza y queriendo hacer foco mental en esa pérdida y no en saberse perdido él. Respiró profundo y recordó que lo tenía en la mano cuando lo invitaron a sentarse en la oficina del Gerente.


Salió en la búsqueda y pasó por el angosto pasillo de alfombra color crema con mesas y cubículos a su alrededor. Sintió que todos lo miraban tras su paso pero seguramente era lo que creía que pasaba, ya que nadie aun sabía nada de su suerte.
Llegó a la Gerencia y estaba en un borde de la mesa. Dijo “permiso” y lo levantó. El Gerente, de reojo, se dignó a mirarlo pero no a los ojos sino a sus manos, que ya tenían el bendito celular. Buscó el número de su mujer y se quedó con el celular abierto hasta que volvió a su oficina.

Se sentó y marcó el número mientras buscaba cómo empezar a decir todo ya que sabía que a nivel familiar la cosa se iba a complicar. Para su sorpresa inicial la mujer lo contuvo y le dio ánimo, casi que le dijo que lo que sucede conviene, y que por algo esto ahora pasaba, que quizás fuera una señal de cambio, de fin de un ciclo. Descubrió que su esposa parecía tomárselo mejor que el, más allá del problema que traería. Cerró el celular y se apoyó en el respaldo de la silla, satisfecho de escuchar a quien debía y como seguramente quería oírla. Llegaba el turno de informar a sus empleados.


Giró la silla para usar la computadora, abrió el Outlook y pensó en un mail colectivo que informara todo y si le venía en ganas, con detalles de la charla con el Gerente. En “asunto” puso “DECISIÓN” con mayúsculas. Escribió un par de renglones, pero descubrió que lo estaba haciendo para leerse a si mismo y no para que otros lo puedan entender, y borró todo. Apoyó sus dos manos en la mesa y se levantó de un impulso.


Se puso en un extremo del pasillo angosto y tocó con el puño una de las paredes de durlock, como para que le presten atención. Al instante un montón de cabezas se asomaron tras los cubículos y la imagen que veía Ordoñez era la de ojos asombrados de parte de todos. Carraspeó un poco. Movió las piernas como quien empieza una maratón larga, y dijo lo suyo.


“Para no andar con vueltas y antes de que puedan saberlo por otro lado, estuve hace un rato en la Gerencia y me informaron que me adelantan la jubilación para fin de año…están haciendo una reducción de personal con más años y me ha tocado a mi. Les quiero decir que no tengo ni tendré quejas para con ustedes y que todo seguirá de mi parte con total normalidad hasta el último día acá. Incluso tu café siempre frio, Ibañez”…


La risa general, y la cara colorada de Ibañez en particular, descomprimieron un tanto la situación y le sacó el peso de tener que decir lo que debía. Volvió a su lugar y de lejos el inevitable murmullo se oía a sus espaldas. Decidió meterse en sus papeles y en las firmas de documentos que esperaban en su mesa y así pasó la tarde hasta que se fue a su casa.


Al otro día llegó a su cubículo y saludó a los tres empleados madrugadores de siempre. Prendió su computadora y su casilla estaba casi completa con mensajes en cadena en donde se hablaba sobre su despido-retiro y las muestras de afecto de algunos que él conocía, pero de otros que no eran empleados de su sector pero que se habían enterado de la noticia. Se sintió bien y mal a la vez, porque ser algo famoso por esa circunstancia no lo podía ver con felicidad, aunque valoró que de él se tenga una buena referencia, al menos para los que componían esa larga cadena de mails.


Decidió agradecer el gesto y respondió que él no era merecedor de eso, aunque su corazón lo agradecía y lo hacía poner contento. Dijo al pasar que se volvería más atento a oír a todos en sus cuestiones porque sentía que aun cerca de su retiro debía hacerse cargo de la estabilidad de ellos. Cerró el correo y se puso a trabajar.


Cerca de las cuatro de la tarde volvió a revisar su casilla y para su sorpresa, había varios correos electrónicos de empleados que él no conocía y que contaban, en algunos casos a él solo, y en otros a todos los demás en cadena, casos puntuales de pedidos de solución a conflictos. La mayoría escritos con cierta angustia en la que lógicamente se sintió identificado, le había pasado a él 24 horas antes.


Se acomodó mejor frente a la máquina dispuesto a leer. No era edad para ser un empleado justiciero, pero comprendió que estaba ahí, esperándolo, la oportunidad de hacer algo por los que lo necesitaban y se lo hacían saber.
Empezaba el tiempo de leerlos y oírlos.
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Relatos de inmigrantes en el Bicentenario: "Tres cartas del olvido"

1 comentarios martes, 2 de marzo de 2010

El ruido del cuerpo golpeando contra el suelo, esa mezcla de tierra y piedra por la que aprendió a caminar sin perderse sólo hace un tiempo, trajo la atención de las personas a su alrededor. Con el hombro la mujer acababa de golpear sin querer a un hombre que cuan largo era, fue a dar al piso. Ella tenía su porte y el control de sus movimientos no era una de sus características. Se agachó mientras las personas en la calle se acercaban a comprobar el estado del buen hombre y lo ayudó a incorporarse. Recibió la reprimenda por su torpeza, cierto trato despectivo le parecía ya parte de lo cotidiano.


Aprendió a decir palabras cortas. Primero por una cuestión lógica de facilidad para recordar y aplicar. Y luego como puente para entablar un diálogo mínimo y a la vez que no noten demasiado su acento extranjero cosa que, sabía, transformaba la mirada de la persona, sea hombre o mujer. Escribiendo no tuvo problemas, lo hacía en español perfectamente. Lo placentero pasaba por sobrevivir a su propia circunstancia. Algún instinto heredado la volvía inquieta y nada conformista. Cuando embarcó sólo la acompañó un texto que una y otra vez, a falta de opciones, leyó durante el largo viaje. Era un folletín con noticias portuarias de Génova. Lo vio en el piso y lo levantó, ya sabiendo que su compañía sería indisoluble durante la travesía. Cuando llegó a Buenos Aires terminó de improvisado mantel que un plato de metal algo viejo necesitaba, ya que por su rajadura la sopa no dejaba de salir. Un muchacho le agradeció con la mirada el gesto.

Sus raíces italianas y polacas la hacían muy atractiva y su figura alta despertaba cierta autoridad pero comprensiva y maternal. Había recibido instrucción hasta los 17 años y esto la hacía distinguirse respecto de otros, sobretodo ante los planteos que durante el viaje se fueron sucediendo de parte de los pasajeros. Sus antecedentes de letrada y buena estudiante hicieron que fuera apartada del resto al llegar y conducida junto a otros a un sector en donde esperó pacientemente horas y horas. De pronto dos hombres la despertaron del pesado sueño, se había acostado cómo y donde pudo. Le hablaron en italiano y ella abrió los ojos intentando ver en aquella persona un poco de su espacio, su vida. Dijeron que podía cumplir tareas de aseo en una casa cercana a la plaza central. Ella los miró buscando comprensión pero sólo encontró apuro. Uno de ellos la levantó tomándola con seguridad pero aplicando fuerza y tensión a la vez, del brazo. Salieron de ese sector y recién ahí fijó una imagen en su corazón.

Por primera vez miraba el lugar adonde había llegado. El barro denotaba la bajante del marrón río, movimiento de gente llevada y traída, el cielo algo gris y una resolana que la obligó a poner la mano extendida sobre su frente para permitirle así ver. Uno de los hombres iba adelante, el otro la seguía conduciendo del brazo. Los pasos eran cada vez más largos y el paisaje se volvía cercano a una ciudad incipiente. A una cuadra y media de la plaza, una de las casas era claramente visible. El hombre que todo el trayecto fue adelante tocó la puerta de madera, que lucía recién pintada. Se abrió una de las hojas y un rostro apareció. Era una persona de tez criolla que balbuceó unas palabras con el hombre, luego de lo cual los tres ingresaron. Una señora hizo su aparición e intercambió palabras con los dos hombres. De aspecto contundente, le dio la mano a ella, la miró, examinándola sin ningún tapujo. Frunció el ceño con algo de duda y se fue. Así comenzaba su primer día en la casa. La mujer la siguió con desconfianza en todas sus tareas. El marido de ésta sólo la contemplaba realizar todo lo que él no querría hacer.

De todo aquello había pasado algo más de dos años. Ahora volvía de retirar unos libros encargados por la familia y que venían de Europa. Por temor a que se caigan los protegió, y lo que terminó cayendo fue el pobre hombre en la calle. Apretó los libros contra su cuerpo del lado derecho y se dirigió a la casa. Entró sin mirar a sus costados, estaba apurada y enojada con lo sucedido. Pasó por el comedor y llegó a la cocina, abrió las puertas de madera y dejó los pesados libros sobre la mesa. Respiró profundo como para terminar mentalmente un tema e iniciar otro, ese punto aparte en su cabeza que la volviera a su centro. Estaba inquieta, aunque lo sucedido en la calle no alcanzaba justificar su momento. Se sentía cómoda y a la vez presa de esa comodidad, formando parte de un esquema en el que era buena en lo suyo pero a la vez reemplazable. Cerró la puerta y se quedó con la mano sobre el picaporte, pensando. Lo apretó fuertemente y decidió ahí sus pasos. Fue hasta la habitación del dueño de casa, el matrimonio no estaba. Se acercó al escritorio de madera oscura reluciente y buscó el papel y la pluma. El tintero estaba a la vista. Siempre ella había pedido cuando quería escribir a sus familiares. Pero esta vez lo hizo sin permiso. Destrabó el cajón central abriendo uno de los que estaban en los extremos.

Sacó algunas hojas y la pluma, que brillaba de miedo, ese miedo que tiene aquel que hace algo sin que lo vean. Fue a su habitación y se dejó llevar por lo que sentía.

Escribió tres cartas. Una a sus familiares en Génova, abarrotada de cariño, tensa, mezclada de pasión y cierta paz anhelada, así era ella. La segunda carta para los criollos, que en la casa también cumplían con tareas de aseo y a quienes aprendió a querer y respetar. La tercera de las cartas era para el dueño de casa, quien aun no había vuelto, el atardecer ya era recuerdo y nadie llegaba aun hasta ahí, lo que le daba tiempo para seguir escribiendo. Con ésa se tomó más tiempo que con las otras, quería ser precisa. Las tres tenían idénticos inicios, desarrollos, casi en orden exacto contadas cuestiones vividas. Lo diferente en las tres era el final.

En la de sus familiares se despidió con un “seguiremos en contacto de sangre y de amor, porque mi corazón late ahí por siempre”. Para con los criollos escribió “no me despido feliz porque no estarán conmigo más, pero adonde iré lo primero que haré será pedir por ustedes, es difícil olvidar al respetado, y ustedes siempre lo serán, por mi”. La tercera, al dueño para quien trabajaba, fue la más clara. “No escapo, así que no me busque. Agradezco lo que tan gentil ha sido en brindarme, pero aquello dado quisiera saber qué tan preciado es, cuando una misma lo consigue. He aprendido allí adonde lee usted esta carta, libertad en tierras lejanas a la mía. Ahora quiero saber la manera de lograrla”. La carta al dueño de la casa la dejó sobre la mesa; la dirigida a los criollos en la cocina junto a los libros traídos por ella. Y la que debían recibir sus familiares la llevó hasta el puerto, en mano. A medida que se acercaba desde la explanada veía aquel lugar gris y lleno de movimiento. Dejó la carta a un hombre que subía a un barco grande y algo viejo rumbo a Gibraltar y luego, Italia.

Ella no vio partir su mensaje y caminó unos metros hasta el lugar donde acordaron el encuentro luego de casi un día de espera. Se besaron aunque ocultándose la cara, de manera extraña ese beso fue público. Los ojos de ambos ya no tenían rigor de jerarquía, de dueño de casa a criada, sino de amor. Para los dos la situación era nueva, así que todo estaba por ser revelado.
Las cartas y el amor siempre se llevan bien.
Por eso lo bueno de lo no esperable es qué tan sorpresivo puede ser aquello que ocurra.
Cuando los finales escritos sólo son los de las cartas.


Daba
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El juego de la "última vez"

1 comentarios martes, 19 de enero de 2010
Sabemos del rol que el ánimo tiene en todo lo que hagamos y lo importante que es en la realización individual de nuestros sueños. El momento en que esto se modifica es cuando se está enamorado, ahí el amor, sinónimo de ánimo, es compartido y se retroalimenta. Si hay buen estado de ánimo todo será ganancia, hasta lo que no lo es.


También importante y a la vez peligroso es el desánimo, porque uno arrastra al otro y en general una de las dos partes se termina cansando.



Con Grillito tuvimos etapas de inseparables, etapas de distancia considerable, otras de cierto fervor religioso, y por último una etapa de la que escribiré hoy: el fatalismo.


Por alguna causa que sinceramente ya no recuerdo, en algún momento todas las acciones de los dos se empezaron a teñir de una consigna: disfrutemos todo lo que hagamos porque puede ser la última vez. Tener como meta vivir la vida y ponerlo en práctica es un objetivo perfectamente lícito. El fatalismo pasaba por un tinte dramático terminal a cada acción, algunas de ellas en el tiempo hasta graciosas.


Vale este ejemplo. Escribí una veintena de cartas durante unos tres meses con la consigna "esta puede ser la última carta", en donde el texto no salía de una despedida y agradecimientos para ella casi con humor, diría. Hicimos recorridas por lugares visitados antes casi como despedida, fuimos al cine como si esa fuera la última vez, y nos mirábamos como si no lo volviéramos a hacer más. La "gran idea" le surgió a ella: conseguir una caja y poner ahí todo lo que en común teníamos, cartas, regalos mutuos, fotos. Una especie de cofre para poner a resguardo lo material.


Llevé en una mochila hasta la casa de ella sus regalos, sus cartas y algunas fotos. La caja estaba en su habitación. Era no muy grande aunque alta, y la puso sobre una silla pequeña. Fui sacando de la mochila las cosas para poner en la caja, acomodarlas de a una. Y me detuve a pensar en que cada objeto tenía ya una cierta historia, algo que hablaba de él y de nosotros también. Tan mala la idea de ponerlo a resguardo no me parecía, ahora.


Pero el fatalismo estaba en medio de todo, asi que un día me fui a la casa y nos sentamos a hablar del por qué adoptábamos una postura de adiós si aun eso no había sucedido, que como juego de adolescentes lo podíamos hacer, pero que eso no debía ser parte siempre de todo lo que hacíamos, que no estaba bueno o al menos a mi no me divertía. Ella me escuchó y como siendo todo parte de algo escrito me dijo "¿Ves?, ya te estás despidiendo"...


Estábamos los dos sentados en su cama tomados de la mano. Cuando me dijo eso me levanté y me fui sin saludarla, estaba cansado. Salí y la madre me preguntó si todo estaba bien y le dije "todo está como siempre" y me fui. Grillito convencida en su idea de fatal final; hasta pensé en que si esto no fue todo un gran preparativo para su propio adiós y me doliera menos. Porque ella sabía que si se iba me dejaba mal, sobretodo solo. Ella era el mini centro de gravedad de mis actividades, todo era en torno de ella, me había costado ser asi pero lo adopté y sacarme de eso dolería.


Hubo unos días de distancia sin pedirla. Coincidió con una etapa no demasiado expresiva de mi, ni siquiera escribiendo. Para ella sí era momento de escribir. Anotaba bastante y una vez miré ese cuaderno de tapa dura. Tenía reflexiones y explicaciones de hechos en común, o su reacción y la mia. Diría que no era un diario íntimo, más bien un libro de anotaciones, como los que puede tener un barco. Hubiera querido en esas noches sin mucho sueño, ver qué estaría escribiendo en esos días, en ese cuaderno.



Seguí yendo a clases particulares. Ella iba y sentada en un sillón amarillo viejo me miraba dar clases. Ponía su mano izquierda sobre un costado de la cara y me miraba fijo, casi sin parpadear. Yo trataba de seguir con lo mio pero era demasiado evidente lo incómodo que estaba. Sentía un montón de cosas en esa mirada: culpa, bronca, pedido de explicaciones que seguramente yo no tenía. Y la verdad es que era preferible una pelea final traumática, antes que esta especie de silencio, ese silencio que percibía como agresivo.
El silencio agrede al que espera que el otro hable.



Cada habitación de esa quinta donde estudiábamos tenía su antesala y pasillo. Camino al de la cocina nos cruzamos o yo la fui a buscar ahí, y le preguntñé qué pasaba. Sin mirarme me pidió cambios, mios y respecto de nosotros. Por primera vez me sentí menos que ella. Me daba una opción y debía seguirla o no, sin muchas más salidas. Pero me refiero a lo que internamente me pasaba. A veces hay trunfos de la boca para afuera, que son derrotas de la boca para adentro. Y si bien todo siguió, no me gustó lo que pasó. Lo viví como el entrenamiento no querido del final.



Pero siempre ocurre que tras una pelea, resurge todo lo positivo y aparecen nuevos impulsos. Ya no la pasaba a buscar por la casa, sino en lugares que acordábamos, podía ser cualquier sitio. Luego decidíamos qué hacer. Volvieron los viajes a Capital pero a elección de Grillito, de hora y lugar. Empecé a ir más a la casa cuando no estaban los padres, lo que nos daba más tranquilidad.



Dejamos también el fatalismo. No escribí más cartas. Ni de ese estilo ni de las comunes. Me invitó a que me volviera a llevar mis cosas que habíamos puesto en esa caja de su habitación. Decidí que la mayoría sí, a excepción de algunos peluches y todas las fotos, para elegir y hacer un álbum general.



No podía quejarme porque nos sentíamos bien, diría mejor que antes. Grandes crisis, grandes cambios. Pero como escribí antes, sentí que de la boca para adentro algo no estaba bien.

Confié en que no se cumpliera lo que ella me había dicho: "Si algún día esto termina, el que ponga el punto no va a saber que lo hace".
No sé si lo leyó o se le ocurrió, pero tal cual así fue.
Una frase fatalmente cierta.














Acotación al margen: Cierta vez siendo chico, miraba cómo se desbordaba una alcantarilla. Y ese hecho bastante común en Capital los días de lluvia me hizo reflexionar: el agua no se "iba" por ahí. Tan solo desaparecía de mi vista para correr por otros lados. Cuando eso no ocurría, aparecía el agua de nuevo. El agua y los problemas cuando no los vemos parece que no están, asi que...atención a la alcantarilla. A destaparla de problemas y que todo fluya. Como el agua.
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El regalo de la novia

3 comentarios lunes, 11 de enero de 2010

Mi relación con los regalos fue problemática desde la infancia, siempre creyendo que eran objetos a querer sin haberme preguntado antes. La duda, el apresuramiento, cierta presión en ser original, son los inconvenientes cuando hago regalos. Y para completarla: soy poco aceptador de presentes. Me incomodan.

Grillito daría fe a mis dichos. Regalo nunca era sinónimo de sorpresa, ya que siempre terminaba preguntando qué cosa quería además de plantearle varias opciones para que elija. Soy un creyente en los gestos más que en los regalos fijos anuales. Prefiero sentir que lo hago con alguna razón de momento, en general por agradecimiento. Dentro de esos términos me siento mejor. Hay situaciones de caballerosidad podría decir, en el que un presente no debe llamarse regalo.
Siempre digo que caballeros hay pocos, y hombre es cualquiera.

Mi novia cumplía años el 15 de enero. Por la fecha ya podíamos descartar varios presentes, empezando por bufandas y guantes. Como cumplía en mes de vacaciones, solía celebrarlo el 15 de marzo ya con las clases iniciadas y junto a sus compañeros. El regalo “oficial” debía entonces, ser en esa fecha.

No había percibido en lo que me decía una gran pasión por algún objeto que pudiera querer. Así que una vez que fui a la casa me puse a mirar detenidamente en su habitación cosas que dieran alguna idea. Tres estantes repletos. Libros, carpetas, fotos, muñecos, tarjetas…lo único repetido eran las revistas de “Patoruzito”, que me llamaron la atención porque hacía tiempo que no veía una.

No había otro objeto en cantidad, sólo ése. Me puse en campaña y en el kiosco amigo conseguí unas quince revistas de Patoruzito. No las quise leer para no marcar las hojas. Compré una caja color metal y le pegué unos stickers de unas flores. Luego la llevé a una librería y pedí que le pusieran un moño de color azul para que luzca más importante. Dos días antes ya tenía el regalo listo.

Esperé pacientemente. Y el quince por la mañana fui hasta la casa. Sabía que estaba en el colegio y no ahí. Saludé a los padres y sobre la cama de la habitación dejé la caja, además de una tarjeta con lindas palabras que sólo digo cuando estoy enamorado. ¡Difícil que me gusten leerlas en otro estado!.

Miré esa habitación siempre ordenada y con todo en los extremos, vacío al centro. Vi que las revistas ahora estaban sobre unas cajas cerca de la cama. Entendí que las estaba leyendo, mi regalo era genial.

Salía ella unos 20 minutos antes de yo entrar a mi colegio, así que fui a saludarla por su cumple ahí. “Tu regalo te lo debo”, le dije mintiendo. “¿A la tarde pasás por casa?”. Dije que sí. La saludé con esos besos largos eternamente queridos. Me di vuelta para irme, hice tres pasos. “Ay, no…mirá, le había dicho a mi viejo que ordenara de una vez sus cosas y lo hace hoy, si querés pasame a buscar y vemos para donde vamos”. Yo asentí. “Porque va a poner en cajas todo…hasta unas Patoruzito que juntan tierra en mi pieza, no sé qué hacen ahí”…

Yo abrí los ojos como quien lee la factura de teléfono de una casa con hijos…tragué saliva. Y pensé en la caja con el moño enorme azul en medio de la cama…en realidad pensaba ya en cómo deshacerme de eso. Me fui caminando y razonando opciones. Pensé en faltar a clases, buscar la caja antes que ella para luego ver un regalo de emergencia. Luego en llamar al padre para que saque la caja y la esconda. Finalmente fui al colegio. Grillito vio mi cara de espanto indisimulable y algo intuyó. Me fui maldiciendo el momento de haber decidido sin antes consultar. Un infortunio visto como un drama, ahora me reiría.

Estuve en la escuela pero con la mente sólo en esa bendita caja, aunque ya no podía hacerla desaparecer, la debió haber visto. Cuando salí caminé derrotado las 12 cuadras hasta su casa. Llego y saludo como si nada. La veo y me dice que podíamos quedarnos. Me hace pasar a su habitación, y en su cama la caja, aunque sin el moño. La miré y se sonrió. No sé por qué, pero me puse colorado. Me rasqué la cabeza y la miré algo desconsolado. Me dijo que cerrara la puerta. Detrás, pegó una hoja que decía “te amo” y unos corazones dibujados….

Como extraña moraleja diré que el padre, ella y yo nos turnamos en leer todas las revistas. La caja luego guardó cartas, y el moño terminó de vincha en la cabeza de un oso color blanco, también presente mío.

Fue mi último regalo sin avisar. Por suerte la pegué después con algunos, porque tenían más cariño que sorpresa. Mi intuición siempre está en crisis.
Merecería que me regalen una nueva.






Acotación al margen: Cuando alguien no sepa qué regalar, sugiero preguntar sin vueltas al interesado y no hacerse el original dejándose llevar. “Correrías de Patoruzito” para una novia de 17 años en ese momento, no era lo más recomendable.
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Mi amiga y el oso

3 comentarios miércoles, 30 de diciembre de 2009

No revelaremos su nombre, que quede librado a la imaginación esta vez. La historia, la histeria, comienza en la adolescencia, momento complicado de la vida de alguien y en el caso de ella lo era más justamente por el hecho de cumplirle los familiares todos sus caprichos. A veces hacer caso a los pedidos de alguien no es sinónimo de tranquilidad o armonía, y la persona cree tener un poder que ejerce, veremos en este caso de qué modo.

Mi amiga vivía decentemente, sin lujos pero sin quejas. Hasta que a mitad de su adolescencia comienza con la faraónica idea de tener su propio lugar, y me refiero a tener un sector aparte de la casa para ella, no sólo una habitación. Me plantea la idea y yo, necesario intermediario porque era el que aportaba calma se supone, le transmití a la madre esta “inquietud”. Ella rascó su cabeza y supe en ese gesto que no significaba un NO. Estaba pensando en cómo, una vez más, hacerle caso en un pedido a su hija.

El terreno era de fondo largo así que la idea invitaba a la realización. La madre sacó un crédito, yo la acompañé. Su cara era de resignación o yo sentí eso cuando la vi firmar esas seis o siete hojas de conformidad. Se contrató gente y manos a la obra. En algo asi como cuatro meses una construcción aparte, que ocupaba todo el ancho del terreno, se había levantado detrás de la ahora “casa principal”. Mi amiga miraba el trabajo tomando mate por la ventana. Todo iba a su ritmo. Con la obra concluida se acercó a inspeccionar detalladamente cómo quedó todo, yo entré detrás.

Techo muy bonito, de teja, que tenía una caída que le daba un aire a chalet era lo primero a la vista. Una puerta en medio y a la izquierda un ventanal. Uno ingresaba y había un gran salón en donde sin paredes se podían ver muchos sectores, lo que hoy sería un loft y que en aquel tiempo era algo poco visto aun. A la izquierda, la única pared divisoria, la de su habitación. No demasiado grande, sí su placard, que llegaba hasta el techo desde el piso. Un baño y una cama con colchón doble.

Pero el loft era más interesante. Una cocina en un extremo, con mesada de color gris y una heladera baja y ancha. Unos esquineros para guardar libros, una mesa rectangular en madera con seis sillas muy bonitas y dos ventanas más chicas que la de la habitación, con cortinas en color crema. En el centro del loft el detalle más llamativo: un bajo nivel, circular, hecho con cemento en donde se hizo el asiento largo y obviamente circular. Desde ahí mi amiga miró la obra y la aprobó con un gesto.

Quedaba más. Su idea era conseguir almohadones circulares para ese espacio y una mesita ratona circular también. El crédito ya era cosa juzgada y no hubo más dinero. Ella puso cara de mala y no le agradó, pero claro, le habían dado el gusto, no había tanto lugar a reproche de su parte. Apareció un televisor y la independencia respecto de la “vieja casa” fue absoluta. Era su refugio soñado.

Yo iba casi todos los días. En general me llamaban para que fuera: la madre por teléfono me decía que su hija se había encerrado en la habitación y pedía por mí. Yo iba, no era cerca de mi casa justamente, y veía la misma situación. Encerrada efectivamente en su cuarto pero con ese ventanal abierto, con lo cual ella podía salir por ahí o yo entrar. El ambiente estaba cargado de capricho, de eso se trataba su comportamiento, al que por cariño apañaba y comprendía aunque a veces me costaba. Se enojaba mucho cuando me iba, quería siempre que me quedara. Decía que había que usar ese loft conmigo y que haría una fiesta. Cuando veía que el discurso venía por ese lado, preparaba mate y le servía, ella encerrada en su cuarto y yo por afuera del ventanal, sirviendo. Asi pasaron muchos días y meses.

Nuevamente la madre al teléfono…escuchaba su voz y temía el pedido, ya. Mi idea era estar un momento, no tenía tiempo, yo estudiaba aunque a veces por mis números no se notara. Un día jueves voy, estaba encerrada. Se había enojado días antes porque yo por enésima vez le dije que me debía ir. Pero esta vez llegué y vi algo extraño. De espaldas, en aquel círculo en medio del loft un oso…gigante. Yo nunca vi un muñeco de tamaño tan grande, algo más de un metro de alto. Estaba sentado.

Me acerco y lo giro. Era blanco y con una especie de chaqueta azul. Tenía anteojos de sol y un cartel colgando. Me fijo el cartel y decía “Gabriel”…no sabía si halagarme u ofenderme ante eso. Toco la puerta y era un ejercicio inútil, ella no abriría. Salgo y por la ventana le pregunto ¿qué es ese oso? ¿Por qué tiene mi nombre?.

Ella baja el volumen de la radio a todo lo que da y me mira. Temí un discurso de 20 minutos pero no, fue contundente. “Ah, si…¿lo viste? Lo conseguí, al menos ése está todos los días…y la verdad ¡con él tengo más diálogo que con vos!”

Yo me hacía el enojado pero daba para la risa, igual fui hasta el círculo de cemento, agarré el oso y le pegué una patada. Ella escuchó el ruido y abrió la puerta. Corrió hacia el oso como si fuera un familiar caído. Si vas a salir, preparo mate, le dije. “Dale”, me dijo. Hice mate y nos sentamos en el círculo de cemento, aun sin almohadones ni mesa.

Amistad rara la nuestra, ¿algún día dejaré de ser bombero?, le dije.
“Dale, cebá”, fue la respuesta.
Los dos tomando mate. El oso sentado en un extremo era testigo.



Acotación al margen: Nunca aconsejo frenar una locura si no se sabe cuanto solucionaremos con eso. Si no se puede arreglar con nuestra intervención, es preferible seguir la corriente esperando mejor momento. Aunque a veces ese momento tarde una eternidad. ¿El oso?: se ensució enseguida, era blanco. Lo puso a lavar y lo rompió el lavarropas.
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