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"Miradas subterráneas" -Cuento corto-
1 comentarios sábado, 29 de septiembre de 2012
Se miró en el reflejo del vidrio de la puerta del subte antes de bajar. Acomodó un poco su pelo y ya en el andén volvió a ponerse la cartera al hombro. Pero sólo estaba la correa. Miró al piso y comprendió que no se había desprendido, volvió a mirar el vagón de donde había bajado y un hombre sonreía mientras la puerta se cerraba, hubo un cruce de miradas de cinco segundos. Avanzó sin pensarlo y golpeó la puerta de metal pero el subte de todos modos arrancó. Buscó policías pero estaban en el otro extremo del andén. Se fijó si había cámaras pero no tuvo suerte, no las había. Resignada, Noelia miró al techo y pensó “que le aproveche”. En todo el dia no pudo olvidar esa cara que sonreía desde el vagón. A los diez días, ve su carnet del club GEBA en la boletería. Le dicen que eso y una cartera están en la oficina de objetos perdidos. Cuando llega, ve lo suyo dentro de una caja de cartón. Se fija en la cartera y estaba intacta, dinero, documentos, agenda, monedas. También un papel pequeño que decía “le pido disculpas, devuelvo las cosas como estaban. Me quedo con su mirada”. Desde aquel dia Noelia viaja en otro vagón y con otra cartera más segura. Y sus ojos como custodia de ladrones de miradas.
"Vacaciones de nosotros" -Cuento corto-
1 comentarios martes, 24 de enero de 2012Beatriz no soportaba el viento fuerte de la playa y la sombrilla casi de costado le impedía tomar mate. Hizo un agujero en la arena y tiró la yerba ahí. Se levantó y se fue caminando no por el sendero marcado porque el sol hacía arder las maderitas blancas del camino. Fue por un costado. Llegó a la calle con todos los elementos de playa y vio venir el colectivo. En mitad de cuadra no era la parada pero ella igual levantó la mano. El chofer siguió de largo y Beatriz lo insultó bastante y en voz baja. Y luego alta. Cuando lo pudo tomar al colectivo, sacó boleto de 1,50. En realidad debería pagar dos pesos, pero el cambio de sección era una cuadra antes de bajarse y como nadie le decía nada, sacaba de menos valor. Llegó a su casa alquilada, dejó todo, se bañó y se fue a comer. Todos quieren comer mas o menos lo mismo y en los mismos lugares. Había una fila de por lo menos 20 personas esperando. Beatriz miró quién comía solo o sola y vio a una mujer sin compañía. Le dijo al de la entrada que era amiga de “aquella señora” y que la estaban esperando. La dejaron pasar. Cuando llegó a la mesa le explicó a la señora que comía sola que en la entrada le habían dicho que ella no tendría problemas en que compartieran un poco de la mesa y usar la silla que estaba libre. La mujer la miró desconfiada pero al final se sentó Beatriz a comer. Pidió pastas. Que con astucia estaban acomodadas de manera tal que pareciera abundante. Mientras comía veía detrás del vidrio a la gente en la calle haciendo aun la fila y mirándola con odio. En la mesa casi no quedaba comida a la media hora, la otra mujer comía rápido. Beatriz la miró sin disimulo. Tenía el pelo muy arreglado, con un batido como los de antes. Manos con las venas muy marcadas, pintura en la cara quizás en exceso. Dedujo que sería de ahí y no turista. Ambas tenían sus carteras entre las piernas, a falta de lugar para apoyarlas. La mujer levanta su cartera y busca la billetera. Por primera vez en la noche la mira a los ojos a Beatriz. “Déjeme que pague la cena”. Beatriz le agradeció pero le dijo que no, que no hacía falta. Pero la mujer insistió y Beatriz aceptó. Llaman al mozo y la señora le paga con dos billetes de 100 pesos. Le dice a Beatriz que va al baño y que ya vuelve, que le cuide la cartera. Diez minutos, quince. La mujer no vuelve y el mozo con el vuelto tampoco. Beatriz lo ve hablando allá en el fondo y mirando para donde ella estaba. Se acerca el mozo y le dice que esos billetes eran falsos. Beatriz se da vuelta y mira para el baño, le dice al hombre que la señora pagó con esos billetes. Abre la cartera de la mujer y está vacia. El mozo le dice que ambas cenas suman 243 pesos. Beatriz se toma la cabeza y mira al cielo. Al techo del local en realidad. Y dice: “en este país nadie hace las cosas bien. No hay más honestos”. Tiene razón Beatriz. Al menos en esa mesa de dos. Esa noche.
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"Marisa empieza hoy" -Cuento corto-
1 comentarios jueves, 20 de octubre de 2011Marisa se puso de pie en la oficina. Abrió la cartera y comenzó a llenarla con casi todo lo que había arriba de su escritorio. Levantó el vidrio de la mesa, sacó un almanaque y una estampita de la Virgen del Rosario. Se llevó el pad del mouse, decorado con unas flores de gomaespuma algo gastadas por apoyar la muñeca ahí. Sacó las dos rosas que siempre compraba y vació el florero porque era de ella, lo envolvió en un pañuelo.
Miró el portalápices: las cuatro lapiceras eran suyas pero se llevaría la que mejor estaba, sin culpa. Abrió el cajón, que era el organizado caos en donde todo encontraba. Miró la máquina abrochadora con un dilema: era de ella pero los ganchitos del Ministerio. La vació, dejó los ganchitos tirados dentro del cenicero. De un cuaderno en blanco arrancó las hojas usadas y lo puso en un costado. Desenchufó el cargador del celular, lo metió en la cartera. Por sobre el divisor de durlock le dio a Noemí un libro que siempre le reclamaba y ahora encontró en el final del cajón: no lo leyó nunca, pero le agradeció igual.
Cuando cerró la cartera parecía una valija, pesaba mucho. Nadie notó lo que había hecho Marisa, se fue de la oficina llevándose lo suyo pero a las 17 ahí todos se apuran por tomar el ascensor y bajar primero. Viajó con tres compañeros y dos Secretarios pero nadie reparó en su cara triste durante los siete pisos. Sin mirar hacia atrás, no quería ponerse a llorar, buscó la puerta y enfiló hacia la claridad de la calle que apenas se veía desde ahí. Vio pasar los autos y resopló con tristeza, se mordió el labio inferior, se acomodó el pelo detrás de las orejas como tic de nervios.
Fue hasta la esquina, dobló por Combate de los pozos, hizo media cuadra más. Cruzó a buscar a la tintorería el trajecito sastre color gris, tan usado y cuidado durante años. Lo pagó y puso cara de ya no volver ahí. Se fue a tomar un café.
La esperó y Ella llegó, puntual. Le preguntó si estaba segura de lo que iba a hacer y Marisa le dijo que sí. Porque todo es siempre empezar de nuevo, porque el incentivo para ser mejor lo debía encontrar en ella y no en esa oficina. Porque entendió que su única seguridad al final era ese trajecito gris dentro de la bolsa, tan suyo como el orgullo de tenerlo sin manchas. Con una servilleta Ella le secó algunas lágrimas. La consoló diciendo que la esperaba ahí y no en otro momento, que estaba feliz de hacerle bien.
Pagó el café y se fueron. Las dos para el mismo lado. Marisa, y la segunda mejor parte de su vida.
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Miró el portalápices: las cuatro lapiceras eran suyas pero se llevaría la que mejor estaba, sin culpa. Abrió el cajón, que era el organizado caos en donde todo encontraba. Miró la máquina abrochadora con un dilema: era de ella pero los ganchitos del Ministerio. La vació, dejó los ganchitos tirados dentro del cenicero. De un cuaderno en blanco arrancó las hojas usadas y lo puso en un costado. Desenchufó el cargador del celular, lo metió en la cartera. Por sobre el divisor de durlock le dio a Noemí un libro que siempre le reclamaba y ahora encontró en el final del cajón: no lo leyó nunca, pero le agradeció igual.
Cuando cerró la cartera parecía una valija, pesaba mucho. Nadie notó lo que había hecho Marisa, se fue de la oficina llevándose lo suyo pero a las 17 ahí todos se apuran por tomar el ascensor y bajar primero. Viajó con tres compañeros y dos Secretarios pero nadie reparó en su cara triste durante los siete pisos. Sin mirar hacia atrás, no quería ponerse a llorar, buscó la puerta y enfiló hacia la claridad de la calle que apenas se veía desde ahí. Vio pasar los autos y resopló con tristeza, se mordió el labio inferior, se acomodó el pelo detrás de las orejas como tic de nervios.
Fue hasta la esquina, dobló por Combate de los pozos, hizo media cuadra más. Cruzó a buscar a la tintorería el trajecito sastre color gris, tan usado y cuidado durante años. Lo pagó y puso cara de ya no volver ahí. Se fue a tomar un café.
La esperó y Ella llegó, puntual. Le preguntó si estaba segura de lo que iba a hacer y Marisa le dijo que sí. Porque todo es siempre empezar de nuevo, porque el incentivo para ser mejor lo debía encontrar en ella y no en esa oficina. Porque entendió que su única seguridad al final era ese trajecito gris dentro de la bolsa, tan suyo como el orgullo de tenerlo sin manchas. Con una servilleta Ella le secó algunas lágrimas. La consoló diciendo que la esperaba ahí y no en otro momento, que estaba feliz de hacerle bien.
Pagó el café y se fueron. Las dos para el mismo lado. Marisa, y la segunda mejor parte de su vida.
"El amor de cualquier plaza" (cuento corto-CC-)
1 comentarios martes, 26 de julio de 2011
Sentado, el hombre se puso a mirar una hoja que se iba moviendo con el viento. Chocó contra el banco de la plaza y caprichosamente no se movió más. El frio lo trajo de nuevo a su presente. ¿Le había dicho ella, el amor, algún horario en concreto?. Tenías ciertas esperanzas, cierta en fe en miradas que cruzó en momentos del día que, sentía, ella también necesitaba.
Y ahora estaba ahí, esperándola. Pero no había nadie y el frio es como la soledad: duele mucho más sin testigos. De pronto, enderezó sus anteojos. Era ella. Tapado largo, botas al tono, cartera debajo del brazo, mirada al piso. ¡La imagen parecía la de una marca de ropa!. El viento movía su pelo corto. Pasó y él hizo un ademán. Ella dijo "¿vos qué hacés acá?" y siguió caminando sin esperar respuesta.
El hombre se puso de pie y la miró irse. Comprendió que antes de esperar por alguien, ese alguien debe saberlo. "Mañana le digo algo" pensó con la seguridad de no ser oído en su promesa de amor. Mañana, quizás, no haga tanto frio...
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