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"Su razón" -Cuento corto-

1 comentarios viernes, 20 de enero de 2012
Situación uno: Ramiro escribía para alguien que no conocía. Todos los días desde hacía cuatro años. Cientos de renglones, de teclado y tinta porque cuando le surgía la inspiración se dejaba llevar también en los viejos cuadernos de apuntes. Lo único que lo detenía era una palpitación. Su corazón todos los días a las nueve de la noche se agitaba hasta asustarlo. Fue a médicos y no tenía nada, estaba normal. De a poco se fue preocupando y por temor a sentir algo malo cada vez escribía menos cerca de esa hora. Le dijeron que podía ser una señal de ella. La que no tiene nombre, porque los escritos arrancan dia a dia con un “para ella”. El homenaje desconocido. Encerrado en su dilema, a la noche Ramiro prefería salir a tomar aire. En taxi hasta costanera y ponerse a mirar un poco el rio. Hoy juntó sus escritos en una mochila con ganas de tirarlos al agua. Situación dos: es imposible que Cinthia se quede quieta. En su casa las sillas no se usan, vive de acá para allá todo el tiempo moviéndose. Está de novia hace cuatro años, las amigas le dicen que debería ir apurando el trámite. Y esa noche lo hará con el viejo truco de la cena y al final la pregunta. Que hará esta vez ella. La pasa su novio a buscar por el trabajo y van al restaurante. De camino se prende el celular de él, que estaba al lado de la radio. Ella le gana y lo toma primero. Atiende y el “¿mi amor?” le hizo pegar un grito. Tiró el teléfono contra el piso. Él le dijo que en la cena iba a explicarle. Que ya no tenía sentido seguir pero que era un cobarde. “En eso estamos de acuerdo” dijo Cinthia, que le pidió que la dejara ahí. Se quería bajar. No había espacio en ese auto para ambos. Situación tres: son las nueve de la noche. Ramiro siente la palpitación, puntual, y se asusta. Decide tirar las cartas al rio dentro de la mochila. Se la saca y la va a revolear. Una mujer lo ve, cree que se va a suicidar y le grita “¡no lo hagas!”. Ramiro espera que ella se acerque, le explica que son cartas para nadie. Vio a la mujer elegante pero triste. Cinthia le dijo que ella también tiraría cuatro años al rio. Cuatro años esperándose. Ramiro la miró y aprendió a dejar palpitar su corazón todos los días por alguien. Y ella, ahora, se volvió su mejor lectora diaria. Su razón. La que tras cuatro años, se reflejó en los renglones de él.
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"El trabajo de Sabrina" -CC-

1 comentarios jueves, 13 de octubre de 2011


Cuando estaba nerviosa siempre Sabrina movía su pie derecho, lo golpeaba contra el piso y hacía ruido. Para evitarlo cruzaba las piernas. El inconveniente es que para una entrevista laboral cruzar las piernas podría interpretarse de cinco mil maneras y seguramente ninguna sería de su agrado. Puso la espalda derecha, juntó las rodillas y las dos manos en la falda, una sobre la otra. La mano izquierda tenía los dedos cruzados y con la derecha tapaba la cábala.






Le habían dicho que la cabeza siempre debía estar de frente para escuchar. Inclinarse hacia uno de los oídos le dijeron que no era correcto, cuidó el detalle. Sentía que le iban a decir que sí pero su futuro jefe estaba con ganas de hablar. Sabrina pensó en el pasillo camino a la oficina: estaba en el final de una sala y parecía todo un avión por dentro. Filas de dos o de tres mesas una al lado de la otra.






El jefe (futuro) seguía hablando bien de sí mismo hasta que ella escuchó, por fin, la felicitación por haber sido elegida. Dijo “gracias”. Que era un honor, que…no la estaban escuchando, no pudo seguir y el jefe continuaba hablando.






Recordó Sabrina a su hermana. A los 20 años le había conseguido su primer trabaja. Separaba cartas simples de certificadas en la vieja E.N co.Tel y también vendía estampillas. En tres años la pasó dentro de todo bastante bien, salvo que su jefe cuando la miraba le molestaba bastante.






Luego trabajó en una perfumería. Ocho horas, seis días a la semana. Como era callada bajaba la cabeza y soportaba bastante. Piensa en Emilse, comprendiendo que para jefe déspota no hace falta ser hombre. La suspendieron tres días por plegarse a un reclamo: sillas para las chicas que atendían al público.






En el tercer trabajo fue donde más duró. Secretaria de un fulano, amigo de un mengano. Escribanía Costa Mendez. Todos de traje, todos hablando bajito, todos sospechosos. Pero pagaban bien. Funcionaban tipo logia. Sabrina miraba por televisión todas las noches la novela “El elegido” y los “Nevares-Sosa” le sonaban tan parecidos que a veces se reía. Después de cuatro años un día prendió la computadora y se negó a mover el mouse. Se fue. Estaba cansada de vestirse siempre igual, de verse como un robot. Harta de ser amable cuando no lo sentía. Con su hermana de chica soñaba ser pintora de cuadros. Pero los sueños que no dejan dinero son rápidamente desechados, sentía envidia de los realizadores. Aquellos que juntaban deseo con oportunidad.






Estaba ahora a punto de obtener algo por lo que no había luchado ni soñado. Aunque para variar iba a aceptar, otra vez, en silencio. El jefe (futuro) le siguió hablando y Sabrina volvió a la realidad cuando le preguntaron ¿podría empezar hoy mismo?.



Ella lo miró y le dijo lo que salió. “No, muchas gracias, ya tengo trabajo”.






Y esa tarde Sabrina se anotó en un curso de pintura.



Empezó a trabajar a los 31 años. Por ella.
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El mejor amigo de Morena

3 comentarios martes, 13 de abril de 2010

Uno escucha hablar algunas veces de las llamadas profesiones de riesgo, que implican peligrosidad para quien la lleva a cabo, por ejemplo limpiar vidrios en las alturas, personas que particularmente admiro. No se debe tener miedo pero una cierta inconsciencia y lo positivo es que otorga satisfacción porque pocos querrían hacerlo aunque le pagaran con todo el oro del mundo.


Ser amigo de Morena era como limpiar vidrios en las alturas. Y en algunas ocasiones funcionaba la inconsciencia de no saber (o no querer saber) qué era lo que se estaba haciendo en pos de una amistad, palabra que a veces cubre toda acción y que es manto o alfombra. Esto es, o sirve para proteger (manto), o sirve para poner debajo lo que no queremos ver (alfombra).


Cuando Morena decide cambiarse de colegio en mitad del secundario, me transformé con el tiempo en algo así como un vocero de ella frente a sus ahora ex compañeros. Me preguntaban cómo andaba ella sabiendo que yo seguía relacionado en cuanto al contacto aunque lentamente eso fue cambiando y pasaron a ser comunicaciones cruzadas directas. Comencé a llevar y traer información y hubo días en que nos veíamos solamente para que yo le informe qué estaba pasando en su ex grupo, con el pedido de ser lo más puntual posible. Como habíamos quedado en juntarnos en mi casa todos los viernes y siempre pasaba lo mismo, quise cambiar. Quizás así la cosa no sería tan tediosa.


Decidí pasarla yo a buscar por su nuevo colegio y para eso ella debía esperarme un rato ya que era lejos respecto del mío. Nos escribíamos semanalmente y nos dábamos las cartas en mano, páginas y páginas contándonos nuestras vidas que no sé si serían interesantes, pero lo importante era el hecho de escribir como método de amistad, estaba claro. En sus cartas me hablaba de lo necesario que yo era para ella, al punto de no tener ni querer a otro amigo más que a mí. La definición me asustaba bastante porque no me gusta la dependencia obsesiva de nada y no la justifico. Pero interpreté que era parte de una frase de ocasión que sonaba bien.


Cuando el colectivo rojo y algo destartalado llegó a destino, me bajé pensando encontrarme con Harvard, pero era un colegio de aspecto bastante amigable, y los alumnos estaban al frente del edificio tras una reja. El colegio tenía una forma de vieja iglesia, así que parecían todos vestidos igual como los amigos de un novio que se casa, todos de traje y saludando en un atrio. Un atrio estudiantil en este caso.


Apoyé mis manos en la reja buscando con la mirada su mirada y el pelo largo, para poder reconocerla. Luego de 15 segundos escucho mi nombre a los gritos y ella me vio primero. Se acerca y reja de por medio intenta darme un beso, pero nuestros cachetes no pasaban por entre las rejas, entonces nos dimos las manos con las palmas abiertas. Parecía feliz, me dijo que esperara ahí (tras la reja) que iría buscar a sus compañeros. No hizo falta porque una persona abrió el portón de entrada y de a poco los chicos fueron saliendo. Me sentía desentonar en la marea de camisas y blazers, yo tan de civil como se podía estar, ocultando mi guardapolvo blanco dentro de una carpeta con cierre.


Me puse de espaldas contra la reja y dejé pasar esa ola de gente. Cuando sale Morena se acerca y me saluda, creo que ambos estábamos contentos de haber cambiado la rutina. Se da vuelta y me pone frente a sus nuevos compañeros de colegio, que estaban como en abanico a prudente distancia.


“Él es Gabriel”, le bastó decir, para que esas caras pasaran de curiosas a inquisidoras. El muchacho de uno de los costados adelantó sus pasos y me saludó con un beso y extendiendo su brazo sin decirme una palabra, luego dos o tres mujeres también me saludaron en silencio y el último varón fue el más “comunicativo”, ya que dijo “así que vos sos el famoso Gabriel”…


Comprendí rápidamente que en ese lugar mi popularidad estaba en crisis. No entendía por qué, si bien podía ser normal la tirantez por no ser parte, pero en ese caso tanto ella como yo estaríamos de igual manera, y ella me los presentó como sus amigos. La situación era tan incómoda que se hizo un silencio eterno de tres o cuatro segundos, del que salí haciendo un chiste de momento, pavote para variar. Ella tuvo el gesto de pasarme su mano por mi espalda, como para que ese frio que recibía no me hiciera tanto efecto, pero ni aun así logró esfumarlo. De pronto una persona, me pareció que un chico, la llama desde la puerta y ella va. Me dice que la espere (otra vez al lado de la reja, de ahí no me había movido).


Me quedé de frente a sus amigos, que me escanearon con la mirada buscando respuestas a las miles de preguntas que tendrían, si es que un simple amigo podía llegar a ser interesante como tema. “Así que sos Gabriel, mirá vos”, me dijo una chica rubia. “Te vive nombrando todo el tiempo”, me dijo otro. Yo me atreví a preguntar qué era lo que de mi decía y una del grupo me dijo “Desde que llegó dice que tiene un único amigo y que se llama Gabriel. Tanto lo dice que le terminamos llamando a ella Gabriel, nos dijo que alguna vez lo íbamos a conocer”…


Pero en ese momento lo que hice fue un poco defenderla más que elegir salvar mi nombre de que se interprete como culpable de su locura, por llamarlo así. Y la justifiqué diciendo que todo para Morena era blanco o negro y vivía con fidelidad los gestos que alguien hiciera para con ella. Que si la comprendían iban a ver que no era una mala chica, cosa que todos me dijeron que entendían.

Les conté en 30 segundos de qué colegio venía Morena y cómo seguíamos teniendo relación aun ya no siendo compañeros. Sobre las cartas ya sabían porque ella las mostró en clase, para decirles a las chicas en voz alta algunos párrafos, lo que me dio una tremenda vergüenza. Yo en las cartas jugaba con las palabras, uno se deja llevar por el momento, el tema y la persona, y me sentí un poco invadido al saber eso.


Morena volvió y miró a sus compañeros y a mí. Me tomó de la mano y nos fuimos caminando hacia una de las esquinas. Yo no sabía qué decir y todo lo que dijera podía ser luego usado en mi contra. De pronto me dio su carpeta y me dijo que la esperara en la puerta del colegio, así que tuve que volver hasta la entrada.

Ella se quedó en la esquina hablando con algunas chicas y yo mataba el aburrimiento contando los barrotes de la puerta principal. Luego de unos 15 minutos los barrotes seguían siendo los mismos y mi aburrimiento también, la miraba a lo lejos como los chicos que quieren irse a sus casas rápido.

Cuando volvió me dijo “vamos” y yo armé en mi cabeza un listado de cosas para decirle y reprocharle que no me habían gustado. Dudas sobre su comportamiento, por qué esa manera de quererme, que hacía que en un punto yo sea centro sin quererlo y que no me volvía el más popular, lo acababa de vivir.

Me abrazó y me dijo “gracias” y no pude decirle nada. No me animé. Así fueron algunos años, nuestra amistad fue manto y alfombra, todo al mismo tiempo.
Los dos nos aguantamos las diferencias todo lo que pudimos. Pero el que limpiaba vidrios en las alturas, un día ya no quiso subir más.
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Morena, cartas y celos

3 comentarios martes, 29 de diciembre de 2009

Hablé la anterior vez sobre Morena en el colegio, su fiesta, su vals, mi pullóver y sobretodo, de su sentencia a partir de lo que me dijo. Sin embargo esa fiesta terminó siendo negativa para con nosotros. Dejé de hablarle y ella a mi. Sin motivo específico, pero evidentemente cada uno viéndose en ese momento juzgó forzada la situación.
Y hubo distancia.

Sobre el final de uno de los años, Morena anuncia que se cambiará de colegio. El nivel de educación no era el deseado para ella y pasaría de una escuela pública a otra privada. Compró un cuaderno con espiral y lo fue pasando a cada compañero para que le escribieran alguna frase de recuerdo. Cuando fue mi turno lo primero que hice fue mirar las dedicatorias hasta allí, no para inspirarme, sino para conocer el tono con el que el cuaderno venía.

Escribí unos diez renglones, pero ya no recuerdo el contenido. Me referí a su fiesta de 15 y lo posterior, esa especie de silencio tenso. Terminó el año con los saludos de rigor y se fue. Era el fin de Morena.

O eso creí.

Cuando las clases otra vez comenzaron una amiga en común me entrega una postal y una carta (¡de papel color verde!) que Morena le había dejado para mi. La tarjeta era sobre deseos para la navidad y la carta de dos carillas decía que le había gustado lo que escribí y que deseaba seguir el contacto si yo quería a través de cartas. Me puso su dirección y saludaba con un “gracias por todo”, que sonaba más de compromiso que real.

Hoy pasados casi 20 años ya de lo que relato, comprendo que si decidí escribirle sin dudas era para sentir un escape de la realidad, que yo había delimitado dentro de terminar el colegio y estudiar luego Veterinaria. Lo sentí como la posibilidad de “hacer” algo que me debía “hacer”, sabiendo incluso que podía desilusionarme, tanto de mí como de las respuestas posibles. Y esa misma noche empecé algo que con mayor o menor ritmo duró más de nueve años.

Las escribía en el fin de semana y las despachaba el lunes. Ella las escribía en la semana y me llegaban los viernes. Al principio eran absolutamente informativas, darse a conocer con datos y también a través del estilo de cada uno. Salvo por esa tendencia (en mi opinión bastante fea) de escribir la letra M al revés, con las montañitas hacia abajo y no como Dios manda, del resto no tenía quejas.

Así pasaron unos cuatro meses hasta que acordamos vernos. El acuerdo era encontrarnos los días viernes por la tarde y los encuentros de allí en más fueron bastante paranoicos. Nos saludábamos evitando hablar y cada uno entregaba el sobre cerrado al otro, que no lo abría hasta que se estuviera solo. Lo vivíamos como un regalo semanal, algo que nos hacía bien sin juzgarnos ni pretender cambiarnos, una auténtica ida y vuelta sin histerias.

El idilio duró unos meses más. Porque luego sobrevino el querer interpretar conceptos del otro, el tomar una parte y no el todo sobre una opinión y cierta electricidad cuando no se opina de igual manera. Aun con eso, seguía no pareciéndome rutinario, todo lo contrario. Era liberador lo que yo sentía al expresarme.

Pero inexorablemente, todo fue para mí siendo tan cuesta arriba como tener un bote de un solo remo. El tono “descriptivo-festivo” de las cartas pasó ya a ser acusatorio. Y yo no me salí de mi eje, seguí escribiendo de igual manera, que a la distancia sin dudas fue un error, debí parar.

Paralelamente me puse de novio con alguien fuera del colegio, lo que hizo que terminara de desarmarse el “castillito postal”. Morena era muy celosa y no aceptaba que los viernes comenzara a hacer otras cosas. Luego de una charla casi a los gritos por teléfono, quedé en que se las enviaría a las cartas semanales por correo, como al principio. Nunca supe si lo entendió o es que se resignó. Pero finalmente quedamos de esa manera.

Para el viaje de egresados se la invitó a pesar de ya no ser más del grupo. Morena comenzó a llevarme las cartas al colegio, me las daba en mano o se las dejaba a la preceptora. No quiso ir al viaje, fue con sus nuevos compañeros casi en la misma fecha que nosotros, en realidad volvió un día antes de la partida de nuestro grupo.

El día anterior a mi cumpleaños termino con mi novia. Morena me llama para ir a mi casa y llevarme un regalo de Bariloche. Le digo que me había peleado con mi novia, que no estaba de ánimo. “Voy igual”.
Aparece con una botella de champagne. Pide dos vasos, sirve y dice “celebremos este momento”…

Yo la miré, recordando aquel “de mi no te vas a olvidar” tan claro en el tiempo. ¡Vaya si lo llevó a la práctica!
Y como ya dije, esto continuará.




Acotación al margen: Moraleja para los lectores. Si van a escribirse con alguien o llevar adelante otro tipo de relación, tener en cuenta que las alegrías no se sostienen sólo de un lado, sino que son la unión de dos sentimientos. Porque si no, el bote se mueve en círculos si se tiene un solo remo. Yo sé por qué lo digo.
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