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"Himno" -Cuento corto-
1 comentarios sábado, 5 de enero de 2013
Un hombre estaba concentrado en un papel algo amarillo y apenas escrito puesto sobre una mesa vieja. Bastante vieja. Reparé en el detalle porque al apoyarse debía hacer equilibrio con sus brazos de lo chueca que estaba. Me fui acercando y el hombre, un señor alto y canoso, seguía mirando el papel. En su mano izquierda una lapicera fuente de la misma edad que todo el entorno y sobre el papel en punta, como esos escritores que garabatean cuando nada les nace. Me presenté, me miró por sobre sus anteojos, se incorporó, se mostró amable. Respiró hondo y se rascó la cabeza. Unos tres eternos segundos de reflexión y me dijo que lo fuera a ver en dos días. Regresé sin mucha esperanza, debo decir. Puse en sus manos la tarea de rearmar un pasado. O de armarlo mejor de lo que estaba. Reescribió una carta de amor a mi pedido. Quería que fuera épica. “Nada de lo que piense será eterno, si la razón por la que soy está frente a mis ojos. Imposible jurar eternidad, no existe el tiempo. La devoción es parecida a lo que siento. Pero no alcanza. Como escalones a tu cielo. Al que sigo subiendo”. Me fui con mi carta feliz y creyéndome escritor. Egoísta, doblé la hoja sin mirar para agradecer. Todo empezó de nuevo. Y el hombre siguió escribiendo.
"Lo que deseo" -Cuento corto-
1 comentarios sábado, 13 de octubre de 2012
La mala suerte de Javier Denet era casi un comentario de culto en su propio barrio. Allí adonde iba era tercamente probable que algún acontecimiento negativo ocurriera. Tanto fue asi que hasta el dia en que se recibió de abogado se cortó la luz justo cuando su diploma iba a ser entregado. Las habladurías no lo abandonaron nunca hasta que se cansó. Javier Denet se cansó. Tomó el diario y haciendo caso a varios consejos de amigos de fierro, llamó a esos números de teléfono de brujas. Concertó una cita por pocos pesos. Quinto piso en Almagro, mal iluminado. Una señora mayor sale desde atrás de un cortinado, túnica o algo parecido a vestido largo, pañuelo en la cabeza, gesto serio. Le pregunta su nombre, le pide le muestre una mano. Lo mira unos segundos eternos, juega con unas cartas, mezclando, pide que corte. Sobre la mesa dos partes de una baraja. La mujer mira hacia el techo (o el cielo) y da vuelta la primera carta. La separa y es una figura extraña. Sentada con las piernas cruzadas y los brazos extendidos, un rostro casi de felicidad, muchos colores. Debajo de la imagen la palabra DESEO. Pide la bruja que piense en uno, él le dice que jamás creyó en eso, que cree en lo que le pasa y ve. La bruja insiste, le dice que pida algo fuertemente, que las cartas no mienten. Ambos se miraron sabiendo qué había deseado él. Javier Denet le da la mano y feliz baja los cinco pisos del edificio de Almagro. De la bruja sólo se supo, años después, que de tanta mala suerte sólo podía decirles la verdad a sus clientes. Y todos duraban una sesión solamente. Peligros de desear lo que otro no tiene.
."Por fin se fue".
0 comentarios sábado, 22 de septiembre de 2012Tengo muchas cosas para decirle. Y frente al papel en blanco, pocas para escribirle. Elijo bien mi comienzo, para que se sienta cómoda en el resto del texto, que tenga ganas de seguir con sus ojos mis renglones de motivos expuestos, de verdades con giros poéticos pero vivas en todo momento. La mano duele apretando fuerte la lapicera, como cuando de chico temía se me cayera al suelo, los nervios en el trazo los verá quizás sinceros. Con tanto para dar a veces el mundo se vuelve austero, como esas luces pequeñas de linternas del tamaño de un dedo. En ese reflejo sostengo mis renglones. Segunda carilla y el orden de temas que van surgiendo no me preocupan, me apuro a ordenar con la mente lo mejor que puedo mis claros motivos en claros conceptos. Veo el final de la hoja, quiero cerrar la idea, eso deseo. Escribo que ya fue el final, que mis letras no son el cierre. Que el cierre ya estaba hecho mucho antes que esta carta. Firmo al pie, doblo el papel en dos, cierro sobre. Y al adiós, el correo completa el resto.
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."La carta".
0 comentarios viernes, 6 de abril de 2012Doblé la carta en dos. Y luego otra vez en dos. Me quedé pensando. Ya sé que no debo pensar, pero pienso. Cerré mis sueños en 40 renglones, resumí mis ansias, mis deseos. Quise ser claro en todas las ocasiones en que asi no pareciera. Temí ser reiterativo y entonces no dije tantas veces lo que sueño tantas veces. Tantas veces. Expliqué con la tinta lo que mi corazón late sin culpa ni razón. Sentí que fue poco, que fue mucho esfuerzo y que no estaría a la altura. Puse la carta en el sobre, entró sola y feliz de ser recibida. Escribí que era para vos aunque no había otra destinataria, no la hubo ni habrá. Le di un beso de despedida, con la ilusión de que la leas dormida en la misma ilusión con la que fue escrita. La dejé arriba de un libro, te la di, y ahora ya no es mia. Es nuestra. A la noche creo que me habla, me chista. Y me dice desde lejos que ya fue leída mi ilusión escrita. La esperaré un dia. A que con amor, vuelva distinta.
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"Vos, hablando de vos" -Cuento corto-
1 comentarios jueves, 27 de octubre de 2011Situación uno: Bueno, ¡al fin viniste!. Hace media hora que te estoy esperando, ¿por qué tardaste?. No sé para qué arreglamos en un horario si después aparecés cuando se te ocurre. Te perdono, siempre te perdono. ¿Trabajaste mucho?. No te lo creo, andá a engañar a otra, yo sé que ahí se rascan de lo lindo, no creo que por eso hayas llegado tarde.
Cuando yo llego tarde ponés cara, la vez que fuimos al cine y tardé 15 minutos me lo recriminaste. Igual, tuve un día de locos, ni de pelearme tengo ganas. Bah, ya se han peleado conmigo hoy. ¿Podés creer que el desgraciado de Giménez me pidió una rendición de cuenta de 1987?. Yo no trabajaba en ese momento, había otros, ¿cómo puedo saber dónde estará eso?.
Intenté decírselo de buen modo, sí. Pero hay que gritar, sino no te escucha. Ahora me van a ayudar dos más a buscar esa bendita rendición. ¿Vos que contás?. Sos aburrido, negro. Te lo dije mil veces. Me hablás de tus compañeros y me duermo.
¿Qué cosa divertida me podés contar de laburar en un call center?. Nada, por eso ni te dejo hablar de tu laburo, contame de otra cosa. Sí, vamos yendo hasta London, quiero tomar café. ¡Contate algo, che!.
Sos de terror, tenés lengua pero no palabras, Ceci me dice que le parece que yo te inhibo. Esa está mal de la cabeza, ¿qué nos tiene que venir a decir algo a nosotros?. Pensaba que se acerca el aniversario, supongo te acordabas. Tres años de novios, ya sos como de mi familia. Ayer a la tarde me compré una planta para mi casa, si tengo que esperar que vos me regales algo puedo volverme vieja.
¿Estás apurado? Acelerás el paso. Ah, dale, que el semáforo corta, si. Esperemos no haya mucha gente en London. No me agarres de la mano en Florida, te lo dije cien veces. Dale, llegamos. Bueno, ¡elegimos mesa y todo!. ¿Vos qué querés?. Yo un café bien cargadito, capaz que un tostado de jamón. Pedí vos mientras voy al baño, negro. Uh, me acordé, me voy a comprar medias, es un ratito y vuelvo.
Situación dos: ¿Dejó pagado todo y se fue?. ¿Está seguro, mozo?. No estoy para las bromas, ¿dónde se metió este tipo?. Es un chiquilín, un tonto marca cañón, nadie me lo dice pero yo lo sé. Debe andar por ahí, ya va a volver, soy lo más maduro que tiene, es como un nene, seguro me está haciendo una escena. ¿Con todo lo que me tengo que aguantar en el laburo encima esto!. Mozo, traeme el tostado, tengo hambre.
Situación tres: ¿Te dijo que me dieras esto a los 15 minutos? Ah bueno, es de cuarta, encima le hacés caso. Una carta, a ver. Se piensa que tengo cinco años, es un infantil. Encima que le doy mi tiempo, el poco que tengo.
“Fabi: quise decirte esto muchas veces pero no me dejás. O yo no tengo palabras, quizás. En esta última vez te contesto por todo lo que me preguntaste: en el trabajo estoy bien, nunca me dejás contarte pero ando bien. Con mis compañeros, los que no son divertidos, si, queremos hacer una empresita de informática, venta, arreglos. Nunca te lo dije, o ahora te lo digo. Trabajo mucho, si es tu duda. Ocho horas escuchando gente que no para de hablar sin decirme nada. Aquella vez del cine…si, llegaste con la película empezada y te enojaste con el horario y no con tu tardanza. Y la culpa fue mia según vos, por querer ver esa película. Que vos habías elegido. Lo último. Ceci tiene razón. Me inhibo. En todo. No respiro, sólo escucho, y estoy con alguien que sólo se escucha. La culpa es mia. Te dejo pago el café, en una buena mesa. Te dejo esta carta. Me dejaste solo, acá. Te dejé hace mucho”. Firmado: Sergio.
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Cuando yo llego tarde ponés cara, la vez que fuimos al cine y tardé 15 minutos me lo recriminaste. Igual, tuve un día de locos, ni de pelearme tengo ganas. Bah, ya se han peleado conmigo hoy. ¿Podés creer que el desgraciado de Giménez me pidió una rendición de cuenta de 1987?. Yo no trabajaba en ese momento, había otros, ¿cómo puedo saber dónde estará eso?.
Intenté decírselo de buen modo, sí. Pero hay que gritar, sino no te escucha. Ahora me van a ayudar dos más a buscar esa bendita rendición. ¿Vos que contás?. Sos aburrido, negro. Te lo dije mil veces. Me hablás de tus compañeros y me duermo.
¿Qué cosa divertida me podés contar de laburar en un call center?. Nada, por eso ni te dejo hablar de tu laburo, contame de otra cosa. Sí, vamos yendo hasta London, quiero tomar café. ¡Contate algo, che!.
Sos de terror, tenés lengua pero no palabras, Ceci me dice que le parece que yo te inhibo. Esa está mal de la cabeza, ¿qué nos tiene que venir a decir algo a nosotros?. Pensaba que se acerca el aniversario, supongo te acordabas. Tres años de novios, ya sos como de mi familia. Ayer a la tarde me compré una planta para mi casa, si tengo que esperar que vos me regales algo puedo volverme vieja.
¿Estás apurado? Acelerás el paso. Ah, dale, que el semáforo corta, si. Esperemos no haya mucha gente en London. No me agarres de la mano en Florida, te lo dije cien veces. Dale, llegamos. Bueno, ¡elegimos mesa y todo!. ¿Vos qué querés?. Yo un café bien cargadito, capaz que un tostado de jamón. Pedí vos mientras voy al baño, negro. Uh, me acordé, me voy a comprar medias, es un ratito y vuelvo.
Situación dos: ¿Dejó pagado todo y se fue?. ¿Está seguro, mozo?. No estoy para las bromas, ¿dónde se metió este tipo?. Es un chiquilín, un tonto marca cañón, nadie me lo dice pero yo lo sé. Debe andar por ahí, ya va a volver, soy lo más maduro que tiene, es como un nene, seguro me está haciendo una escena. ¿Con todo lo que me tengo que aguantar en el laburo encima esto!. Mozo, traeme el tostado, tengo hambre.
Situación tres: ¿Te dijo que me dieras esto a los 15 minutos? Ah bueno, es de cuarta, encima le hacés caso. Una carta, a ver. Se piensa que tengo cinco años, es un infantil. Encima que le doy mi tiempo, el poco que tengo.
“Fabi: quise decirte esto muchas veces pero no me dejás. O yo no tengo palabras, quizás. En esta última vez te contesto por todo lo que me preguntaste: en el trabajo estoy bien, nunca me dejás contarte pero ando bien. Con mis compañeros, los que no son divertidos, si, queremos hacer una empresita de informática, venta, arreglos. Nunca te lo dije, o ahora te lo digo. Trabajo mucho, si es tu duda. Ocho horas escuchando gente que no para de hablar sin decirme nada. Aquella vez del cine…si, llegaste con la película empezada y te enojaste con el horario y no con tu tardanza. Y la culpa fue mia según vos, por querer ver esa película. Que vos habías elegido. Lo último. Ceci tiene razón. Me inhibo. En todo. No respiro, sólo escucho, y estoy con alguien que sólo se escucha. La culpa es mia. Te dejo pago el café, en una buena mesa. Te dejo esta carta. Me dejaste solo, acá. Te dejé hace mucho”. Firmado: Sergio.
Relatos de inmigrantes en el Bicentenario: "Tres cartas del olvido"
1 comentarios martes, 2 de marzo de 2010
El ruido del cuerpo golpeando contra el suelo, esa mezcla de tierra y piedra por la que aprendió a caminar sin perderse sólo hace un tiempo, trajo la atención de las personas a su alrededor. Con el hombro la mujer acababa de golpear sin querer a un hombre que cuan largo era, fue a dar al piso. Ella tenía su porte y el control de sus movimientos no era una de sus características. Se agachó mientras las personas en la calle se acercaban a comprobar el estado del buen hombre y lo ayudó a incorporarse. Recibió la reprimenda por su torpeza, cierto trato despectivo le parecía ya parte de lo cotidiano.
Aprendió a decir palabras cortas. Primero por una cuestión lógica de facilidad para recordar y aplicar. Y luego como puente para entablar un diálogo mínimo y a la vez que no noten demasiado su acento extranjero cosa que, sabía, transformaba la mirada de la persona, sea hombre o mujer. Escribiendo no tuvo problemas, lo hacía en español perfectamente. Lo placentero pasaba por sobrevivir a su propia circunstancia. Algún instinto heredado la volvía inquieta y nada conformista. Cuando embarcó sólo la acompañó un texto que una y otra vez, a falta de opciones, leyó durante el largo viaje. Era un folletín con noticias portuarias de Génova. Lo vio en el piso y lo levantó, ya sabiendo que su compañía sería indisoluble durante la travesía. Cuando llegó a Buenos Aires terminó de improvisado mantel que un plato de metal algo viejo necesitaba, ya que por su rajadura la sopa no dejaba de salir. Un muchacho le agradeció con la mirada el gesto.
Sus raíces italianas y polacas la hacían muy atractiva y su figura alta despertaba cierta autoridad pero comprensiva y maternal. Había recibido instrucción hasta los 17 años y esto la hacía distinguirse respecto de otros, sobretodo ante los planteos que durante el viaje se fueron sucediendo de parte de los pasajeros. Sus antecedentes de letrada y buena estudiante hicieron que fuera apartada del resto al llegar y conducida junto a otros a un sector en donde esperó pacientemente horas y horas. De pronto dos hombres la despertaron del pesado sueño, se había acostado cómo y donde pudo. Le hablaron en italiano y ella abrió los ojos intentando ver en aquella persona un poco de su espacio, su vida. Dijeron que podía cumplir tareas de aseo en una casa cercana a la plaza central. Ella los miró buscando comprensión pero sólo encontró apuro. Uno de ellos la levantó tomándola con seguridad pero aplicando fuerza y tensión a la vez, del brazo. Salieron de ese sector y recién ahí fijó una imagen en su corazón.
Por primera vez miraba el lugar adonde había llegado. El barro denotaba la bajante del marrón río, movimiento de gente llevada y traída, el cielo algo gris y una resolana que la obligó a poner la mano extendida sobre su frente para permitirle así ver. Uno de los hombres iba adelante, el otro la seguía conduciendo del brazo. Los pasos eran cada vez más largos y el paisaje se volvía cercano a una ciudad incipiente. A una cuadra y media de la plaza, una de las casas era claramente visible. El hombre que todo el trayecto fue adelante tocó la puerta de madera, que lucía recién pintada. Se abrió una de las hojas y un rostro apareció. Era una persona de tez criolla que balbuceó unas palabras con el hombre, luego de lo cual los tres ingresaron. Una señora hizo su aparición e intercambió palabras con los dos hombres. De aspecto contundente, le dio la mano a ella, la miró, examinándola sin ningún tapujo. Frunció el ceño con algo de duda y se fue. Así comenzaba su primer día en la casa. La mujer la siguió con desconfianza en todas sus tareas. El marido de ésta sólo la contemplaba realizar todo lo que él no querría hacer.
De todo aquello había pasado algo más de dos años. Ahora volvía de retirar unos libros encargados por la familia y que venían de Europa. Por temor a que se caigan los protegió, y lo que terminó cayendo fue el pobre hombre en la calle. Apretó los libros contra su cuerpo del lado derecho y se dirigió a la casa. Entró sin mirar a sus costados, estaba apurada y enojada con lo sucedido. Pasó por el comedor y llegó a la cocina, abrió las puertas de madera y dejó los pesados libros sobre la mesa. Respiró profundo como para terminar mentalmente un tema e iniciar otro, ese punto aparte en su cabeza que la volviera a su centro. Estaba inquieta, aunque lo sucedido en la calle no alcanzaba justificar su momento. Se sentía cómoda y a la vez presa de esa comodidad, formando parte de un esquema en el que era buena en lo suyo pero a la vez reemplazable. Cerró la puerta y se quedó con la mano sobre el picaporte, pensando. Lo apretó fuertemente y decidió ahí sus pasos. Fue hasta la habitación del dueño de casa, el matrimonio no estaba. Se acercó al escritorio de madera oscura reluciente y buscó el papel y la pluma. El tintero estaba a la vista. Siempre ella había pedido cuando quería escribir a sus familiares. Pero esta vez lo hizo sin permiso. Destrabó el cajón central abriendo uno de los que estaban en los extremos.
Sacó algunas hojas y la pluma, que brillaba de miedo, ese miedo que tiene aquel que hace algo sin que lo vean. Fue a su habitación y se dejó llevar por lo que sentía.
Escribió tres cartas. Una a sus familiares en Génova, abarrotada de cariño, tensa, mezclada de pasión y cierta paz anhelada, así era ella. La segunda carta para los criollos, que en la casa también cumplían con tareas de aseo y a quienes aprendió a querer y respetar. La tercera de las cartas era para el dueño de casa, quien aun no había vuelto, el atardecer ya era recuerdo y nadie llegaba aun hasta ahí, lo que le daba tiempo para seguir escribiendo. Con ésa se tomó más tiempo que con las otras, quería ser precisa. Las tres tenían idénticos inicios, desarrollos, casi en orden exacto contadas cuestiones vividas. Lo diferente en las tres era el final.
En la de sus familiares se despidió con un “seguiremos en contacto de sangre y de amor, porque mi corazón late ahí por siempre”. Para con los criollos escribió “no me despido feliz porque no estarán conmigo más, pero adonde iré lo primero que haré será pedir por ustedes, es difícil olvidar al respetado, y ustedes siempre lo serán, por mi”. La tercera, al dueño para quien trabajaba, fue la más clara. “No escapo, así que no me busque. Agradezco lo que tan gentil ha sido en brindarme, pero aquello dado quisiera saber qué tan preciado es, cuando una misma lo consigue. He aprendido allí adonde lee usted esta carta, libertad en tierras lejanas a la mía. Ahora quiero saber la manera de lograrla”. La carta al dueño de la casa la dejó sobre la mesa; la dirigida a los criollos en la cocina junto a los libros traídos por ella. Y la que debían recibir sus familiares la llevó hasta el puerto, en mano. A medida que se acercaba desde la explanada veía aquel lugar gris y lleno de movimiento. Dejó la carta a un hombre que subía a un barco grande y algo viejo rumbo a Gibraltar y luego, Italia.
Ella no vio partir su mensaje y caminó unos metros hasta el lugar donde acordaron el encuentro luego de casi un día de espera. Se besaron aunque ocultándose la cara, de manera extraña ese beso fue público. Los ojos de ambos ya no tenían rigor de jerarquía, de dueño de casa a criada, sino de amor. Para los dos la situación era nueva, así que todo estaba por ser revelado.
Las cartas y el amor siempre se llevan bien.
Por eso lo bueno de lo no esperable es qué tan sorpresivo puede ser aquello que ocurra.
Cuando los finales escritos sólo son los de las cartas.
Daba
Las cartas y el amor siempre se llevan bien.
Por eso lo bueno de lo no esperable es qué tan sorpresivo puede ser aquello que ocurra.
Cuando los finales escritos sólo son los de las cartas.
Daba
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