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."Soledad del encontrado".

1 comentarios sábado, 11 de agosto de 2012
El hombre perfecto. Nunca tuvo problemas porque antes los tuvo resueltos. Todos lo respetaban a partir de hacer silencio. Nadie le decía nada al hombre perfecto. Sentía que vivía sin competencia en lo que estaba haciendo. Con un trabajo acorde al esfuerzo, tiempo de sobra para pensar sólo en ello y ciertos placeres cumplidos, sinceros. Pero por alguna causa no era feliz el hombre perfecto. Arrastraba la sensación de hacer las cosas más que en silencio, en soledad. La brutal diferencia la notó un dia en que un conocido se acercó a verlo. Le preguntó por qué caminaba en círculos todo el tiempo sin levantar la vista del suelo. El hombre perfecto lo miró extrañado, puso su espalda derecha y observó el amplio campo. Descubrió con espanto que toda su vida en círculos estuvo caminando. Y empezó a vivir a los 43 años.
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"Retrato" -Cuento corto-

1 comentarios sábado, 9 de junio de 2012
Respiró profundo buscando aire, se levantó de la silla feliz y atormentado, todo a la vez. Caminó hasta el espejo y no se vio reflejado. Frunció la nariz pero no lo podía ver. Pensó que era el lugar y bajó por las escaleras, salió a la calle, se fue a la esquina a mirar vidrieras, aquel negocio de enfrente, un par de señoras lentas. De a poco comprendió que no importaba el lugar que fuera, algo le estaba ocurriendo desde hacía tiempo, como esas esperas que muchos presentes desean. Volvió despacio a su casa, subió por las escaleras, abrió la puerta de entrada, se fue derecho a la heladera. Y allí también la sorpresa, asi que cerró veloz y se sentó en su casa llena. De tanto recuerdo amado donde siempre estará ella. El amor lo hace temblar al no ver de tanto en tanto su propio reflejo en el espejo del baño. Una noche estiró su mano  pensando que era ella, le acarició el pelo y creyó que ahí estaba. Plena. Con sus ojos color miel. Deseando verla de vuelta.
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"La cita" Cuento corto

1 comentarios viernes, 6 de abril de 2012
Soy quien vio pasar la vida delante de sus ojos. No la reconocí, pintada y vestida para una fiesta a la que me invitó pero yo no quise ir. Tenía un aire altanero, de felicidad legítima pero con la idea de hacerme sentir culpable al verla. Y la verdad es que logró su objetivo. Me dio pena de mi mismo, con la felicidad pasándome por delante. Me fui a mi cuarto. Busqué mi saco, mi mejor pantalón, mis zapatos usados. Salí sin peinarme. Caminé hacia el lado en que la vi irse. Aceleré mis pasos, busqué en las esquinas, miré los colectivos y la gente arriba, quizás estuviera allí. Seguí sin rumbo pero derecho. Hasta que la vi. En la puerta de un salón llamado TIEMPO. Esperándome. Y hoy, no fallándole. La vida y yo, de la mano, entramos a la fiesta.
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"Es para allá" -Cuento corto-

1 comentarios lunes, 19 de marzo de 2012
Veo un sendero allá a lo lejos. Caminan varias personas, una detrás de la otra. No es mi sendero, yo camino por el mio, que en diagonal cruzará aquel de allá. Avanzo más que nada para ver cómo caminan los otros, me voy acercando. Son personas de todas las edades, algunas con la vista al frente y otras al piso. Yo voy solo por mi sendero y me miran con asombro. Me voy acercando a ellos, los caminos se van juntando. El que iba adelante, una persona alta y joven, se detiene cuando voy a pasar yo. La fila entera frena y sigo caminando. Serán más de cien los que frenaron a la vez, quizás más. Paso casi con vergüenza, el hombre joven me mira y me hace un gesto de saludo que yo retribuyo. Me quiere hablar pero seguí y dejé de mirarlo. Hice unos pasos y me di vuelta para ver que nadie se había movido y todos estaban con sus ojos en mi. El sol me estaba dando calor. “¡No sigas caminando para allá!” gritó alguien de la fila que no pude distinguir. Yo miré de nuevo hacia adelante y sentí el calor. Respiré y por primera vez elegí qué hacer por mi. El hombre joven y alto me deseó suerte. Yo me saqué mis zapatos y mis medias. Mi campera y mi mochila. Mis miedos, que dejé en un diario de apuntes. Y seguí caminando decidido hacia el calor. Por mi sendero.
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."Amor, amor de infancia".

1 comentarios jueves, 8 de marzo de 2012
Me acabás de decir que saliste conmigo sólo porque te regalé un chocolate de los que te gustaban. Eso me ofende, me rebaja, no me siento feliz cuando soy usado y vos sabés que no tengo que mentirte. También me dijiste a los gritos que hablamos poco y nunca de nosotros. La gente en la calle nos miraba, yo intentaba caminar y vos seguías enojada. Yo estaba dolido, sentí que no me lo merecía. Te di mi tiempo, mis ganas de ser más bueno, mi vida con tu nombre marcado en todos mis rincones, y en todos mis cuadernos. Eso era el chocolate que te regalé aquella primera vez. No lo desprecies. Siento que eso de grande, me va a doler .
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"Lugares de uno" -Cuento corto-

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Salió tomada de la mano de su mamá. Antes de bajar del cordón se dio vuelta y vio su casa. Un chalet con dos ventanas grandes, un jardín con la ligustrina bien cortada, la cochera y su perro, que asomado detrás de una planta la estaba viendo. Cruzó y caminó derecho. Cuando llegó al otro lado de la calle su mamá no estaba a su lado. Se miró sus brazos y vio que el reloj marcaba las dos y media de la tarde. La casa de su abuelo estaba ahí y tenía la sensación de molestar la habitual siesta. Puso la mano en la puerta de reja para abrirla y se arrepintió. Siguió caminando. Encontró el edifico del colegio lleno de chicos en la puerta. “Amenaza de bomba, todos afuera. Nos salvamos de la prueba, Inés”, le dice uno. Ella no puede creer lo que pasa y se vuelve a mirar las manos, que sostenían un guardapolvo arrugado y una carpeta azul. Vuelve a cruzar la calle, esta vez por la mitad. Ve escaleras altas y la entrada con rampa por donde ahora quería ingresar. Las puertas cerradas. Un cartel decía “La Universidad hoy permanecerá cerrada por desinfección”. Siguió caminando. Y el edificio donde trabajaba, y el consultorio del dentista, y el colegio de sus hijos, y su casa recién estrenada. No podía entrar en ningún lado. Volvió por la misma vereda a la casa de sus padres. En la puerta la mamá la esperaba y sin retarla la volvió a tomar de la mano. Como cuando se deja a los hijos, ir, ver, y volver. Algo así como pasear por su destino.
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"Errado precavido" -Cuento corto-

1 comentarios miércoles, 22 de febrero de 2012
1991. El cielo completamente gris. La calle absolutamente embarrada de lado a lado y yo, no sé si tan mojado como resignado en el fondo, miraba la situación con las manos en la cintura. Tenía que cruzar hacia el otro lado para tomar el colectivo. Las calles de tierra cuando llueve forman al paso de los autos dos zanjas parejas por donde a veces se puede caminar. Esta vez todo era agua y tierra mojada. Durante cuatro cuadras seguí caminando derecho sin encontrar la manera de poder cruzar. Me arremangué el pantalón jean, que para esa altura ya era una piedra mojada, y pensé que al final mis medias necesitaban un cambio, asi que las podría sacrificar. Me daban pena las zapatillas porque tenía sólo un par. Luego de dos eternos minutos me animé. Crucé casi en diagonal. Tenía la extraña sensación de caminar sobre algo parecido a la crema, que hacía ruido cuando levantaba la pierna para volver a pisar. Decidí no mirar hacia abajo para no deprimirme aunque sentía que cada vez me hundía más. Llegué al otro lado. Puse primero un pie sobre el mejorado del frente de una casa y luego con dificultad el otro pie. Miré pero el colectivo no venía. Bajé la vista para verme las piernas y la parte de los pies estaban de otro color. Mis plantillas hacían ruido y las sentía como flotando. Me detuve a ver mis pasos marcados en la calle de tierra. Parecían los del hombre llegado a la luna, casi redondos y con alguna forma de la zapatilla. Lamenté mi único par de zapatillas. Se ve venir el colectivo. Es de los viejos, muy viejos. Me subo y el chofer me ve la facha. Le dije que no se podía cruzar, que me embarré. “Te hubieras quedado de ese lado y yo te abría la puerta de acá”, en referencia a la puerta del lado del conductor, el colectivo aun tenía de esas. Yo lo miré y pensé que por precavido a veces no se ven mejores soluciones. Llegué a mi casa y mi vieja me recibe con horror. Aun el barro seco en mi ropa y me dice “Mañana es tu cumpleaños, andá a comprarte unas zapatillas, esas no dan más. Es mi regalo”. Yo la miré y pensé que por precavido tampoco acá había visto mejores soluciones. Desde ese dia, para la lluvia tuve un exclusivo par de zapatillas. Y además, un amigo que me abría la puerta del lado del conductor.
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"Lluvia, lágrimas" -Cuento corto-

1 comentarios viernes, 10 de febrero de 2012
Salió de su casa y ya estaba algo triste. A los diez minutos de caminata rumbo a la reunión de exalumnos comenzó a llover. Se mojó la camisa color crema y los zapatos claros con el agua se le pusieron oscuros, asi que intentó protegerse bajo el toldo de un negocio. Seguía triste pero no sabía la razón, faltaban dos cuadras para el lugar elegido de reunión, un restaurante. Llegaba hecho una sopa. Miró a través del vidrio, no vio en las mesas a nadie conocido y se quedó en la puerta, mojándose con la furia de la lluvia de verano. Puso sus dos manos detrás de la cabeza y estiró los brazos para que se le fuera esa angustia que hace que no se respire bien, que corta el aire cada vez que inspiramos. Su vida le parecía aburrida y sin luces. Nadie se había dado cuenta durante años y ese viernes parecía que él sí. Fueron llegando sus antiguos compañeros, se saludaban. Todos le decían que estaba empapado, que parecía un trapo, que sus zapatos eran dos charcos. No dijo nada y entraron, justo cuando llegó Claudia algo tarde, con piloto y un paraguas que parecía sombrilla. Fue saludando de a uno y cuando le tocó a él lo miró fijo. “Déjenme un minutito hablar acá con el caballero”, le pidió a los demás, que acataron entre risas. Ella lo miró y le acarició el hombro, con esa camisa completamente mojada. “Vos no estás mojado de lluvia, estás llorando”. Él se dejó abrazar, alguien se había dado cuenta de la diferencia entre la lluvia y las lágrimas. Corren diferente por la cara, son otras gotas. Claudia le preguntó qué le pasaba. “Vos, me pasa”, dijo él, y tocó su pelo largo algo mojado. En esa esquina de noche, en ese viernes, en esos ojos que no dejaron de mirarse, hubo por fin un poco de luz bajo la lluvia. Sin lágrimas.
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"Eso por hacer" -Cuento corto-

1 comentarios
Patricia cambiaba de canales aburrida con el control remoto desde hacía unos diez minutos. Suena el teléfono pero deja que el contestador responda, seguramente será otra vez la promoción de la banda ancha, esa insoportable voz femenina. “Te habla Miriam, conseguí tu número. ¿Estás ahí?”. Patricia abrió los ojos y miró el contestador, que con su luz roja titilaba avisando del llamado. Se quedó helada y sin reacción. “Yo el sábado a la tarde estoy en casa, vivo en Bernal, te paso la dirección”. Patricia anotó y cuando Miriam colgó se sentó a pensar. Su hermana no le hablaba desde hacía unos veinte años. Sonaba como mujer grande, fue extraño lo que sintió y nunca fue claro lo que pasó. Discusiones de dos mujeres que no cedieron y que quedaron heridas, pero ahora la invitaba a verla. El sábado Patricia salió de su casa de Palermo, en colectivo hasta Constitución y de ahí el tren. Nunca había viajado en ese tren y miraba todo con asombro y recelo. Se bajó en Wilde y otro colectivo más hasta Bernal. De la parada unas tres cuadras caminando. La vereda es un mejorado de cemento muy angosto, que serpentea una canaleta a cielo abierto, que con suerte el agua por allí corre. Llega a la casa, que tiene reja y timbre de color verde. Toca pero siente que no suena y hace palmas. Un perro que ladra en el costado y desde la puerta una cortina azul que se mueve, sale Miriam. Con la llave en la mano se pone a llorar y le abre, ambas se abrazan. Patricia le cuenta que vive sola en Palermo, que nunca se ha casado, que es empleada de una empresa y que en general está muy aburrida. Miriam le ofrece mate y mientras va a poner más agua Patricia mira la cocina. Dos colores en la pared a medio pintar, una ventana con tres colores de vidrio y una heladera con los bordes un tanto viejos. Su hermana le dice que ha formado familia. Que tiene dos hijos, uno estudia para ser médico y el otro está en el primario. Que su marido la dejó apenas nacido el segundo hijo y en la calle. Que esa casa es de una prima de una conocida que no le cobra alquiler pero que cada tanto viene a pedir mucha plata junta, y se la tiene que dar. Que trabaja de empleada doméstica de lunes a viernes a tiempo completo, que no gana mucho pero es feliz. Tres horas y media después Patricia le ofrece irse a vivir con ella a Palermo, solucionándole el tema de la vivienda. Pero le pidió algo. Que le dijera cómo podía ser feliz en medio de tanta carencia. Miriam le dijo: “No te lo puedo enseñar, hay que pasarlo. Si yo me resigno estas paredes se terminan de caer. Hacé siempre algo para no sentir eso horrible que es no tener un motivo adelante”. A los 15 dias Miriam preparaba la cena en la casa de Palermo para su hermana y sus hijos. Patricia la mira servir. Y siente que ha servido.
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.Lluvia.

1 comentarios viernes, 3 de febrero de 2012
Cómo llueve!!. Me gusta caminar debajo de la lluvia, el lunes lo hice. Es hermoso sentir la lluvia que pegue en el cuerpo con más permiso que molestia, lentamente. Respirar. Caminaba por Suipacha y vi a una mujer muy linda llevando en una bandeja algo, tapado por una servilleta. Se apuraba poniendo los ojos chiquitos bajo la lluvia. Me puse a la par, quería saber adonde iba. Se metió en un edificio, dejó la bandeja a media altura y se acomodó el pelo. La miré, nadie más había bajo la lluvia caminando y me dijo “¡cómo llueve!”. Y yo, mojado, y sin mucha originalidad a cuestas, le dije “pagaste mi dia, no me importa”. Y seguí. Empapado pero algo más feliz. Luz bajo la lluvia.
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"Ella" -Cuento corto-

1 comentarios lunes, 9 de enero de 2012
Me desperté cuando la claridad molestaba mis ojos, esa claridad de persiana mal cerrada. Sentado en la cama la miré a ella. Aun dormía y estaba tapada, de costado. Intentaba fijar la vista en su respiración. Se notaba por sobre la sábana, inspiraba muchísimo más aire que yo. Me pareció hermosa haciendo eso y acerqué la mano a su hombro. Se lo acaricié y me puse en contacto con ese ritmo de respiración, transmitía tranquilidad. Pasé las yemas de los dedos como quien consuela, pero era un gesto de cariño. Me levanté, preparé el desayuno. Nunca encuentro lo que todos los días uso, es increíble. Las tostadas tardan y me apoyo con la espalda contra la mesada, miro la cocina. Tan llena de cosas, todas en perfecto desorden arriba de la heladera. ¿Le llevo las tostadas a la cama?. Y sí, tanto esperé frente a la tostadora que hace falta que las vea enseguida. Encuentro las flores que me regaló de apoya vasos, de paso quedo bien. La bandeja está algo rajada, el trámite es con cuidado. Sin mirar otra cosa que la bandeja empecé a caminar rumbo a la cama. Llegué y no había nadie. Digo “¡Ey!” y apoyo la bandeja rota en el colchón. Miro a la puerta del baño y no estaba. Voy al pasillo, el comedor. Nada. Miro la ventana, entreabierta y con la cortina moviéndose. Me acerco, el sol terminó de despertarme y entonces bajo la vista. En la cama el desayuno para ella y las flores de apoya vasos. Otra vez el ángel se fue por la mañana en cuanto se despertó. Otra vez no quiso dejar de ser ella y acompañarme a ser humano. Como cuando respira todos los dias. Y me inspira.
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"Los zapatos embarrados" (texto para concurso)

1 comentarios miércoles, 6 de octubre de 2010

Elena miró hacia arriba y la claridad de la mañana terminó de encandilarla en plena calle, lo que hizo que cerrara por un momento sus ojos y tratara de ubicarse para seguir caminando. El sol parecía de estreno pero para ella lo único de estreno, aunque algo incómodos los dedos de los pies todos apretados, eran esos zapatos de color negro que terminaban en punta. Se fijó en cómo lucían, una especie de tic que nunca dejaba de hacer. La mañana del 25 de julio no era tan fría como para el tapado oscuro que había elegido y caminaba ya pensando en donde lo dejaría colgado cuando viniera el mediodía.
Faltaba una cuadra y media para llegar y Florida era el ruido que la gente hacía al caminar, mezcla de murmullo y tránsito de autos cuando cruzó Corrientes. Su amiga Nilda le había conseguido la oportunidad de un trabajo nuevo y hacia allí iba, pensando luego en contarle cómo le había ido. Llegando al 400 de Florida, aquello le parecía cada vez más grande y todos sus conocimientos cada vez más pequeños.

La entrada al local de perfumería tenía dos grandes vidrieras repletas de productos mayormente importados. Más de una vez pasó por ese lugar y ahora le prestaba real atención, como al cartel de las “ofertas de temporada 1952”.De primera impresión todo muy ordenado y colorido: se sintió como una niña mirando una juguetería.
Tenía estantes de madera en distintos tamaños casi hasta el techo, en donde se exhibían cientos de frascos al lado de su correspondiente caja. No fijó su vista en algo puntual, repasó con sus ojos delicadamente para que no se note su asombro hasta que una señora que la había observado llegara desde el final del salón. En esos cuatro segundos miró el piso, blanco y reluciente, y el techo, con los extremos de la sala trabajados artísticamente como los antiguos locales que conocía. Se presentó y tenía algo preparado como para romper el hielo, pero la señora le dijo que se llamaba Mirta, que la estaban esperando y que pasara hacia el interior del local.

Detrás de la señora, Elena iba pensando mil cosas a la vez, egoístamente sólo en ella y en realidad egoísta es la sensación del primer trabajo, un premio como el de aprender a caminar y lograrlo. Lo diferente es que esta vez se sentía consciente de eso y resopló entre nerviosa y satisfecha. Una oficina impecablemente ordenada con una mujer que hacía juego con el entorno, fue quien le dio la bienvenida. No vio libros contables a primera vista y se puso a buscarlos más detenidamente con la mirada. Había sido elegida para llevar los registros contables y sin embargo no estaban ante sus ojos ni uno solo. La mujer que le hablaba parecía amable pero una no escuchaba a la otra. Elena le preguntó cuestiones que la señora no oyó y tuvo que esperar que terminara de hablar.

Cuando se hizo un inevitable silencio para tomar un segundo de aire se preocupó en saber el tema de la vestimenta, porque ella tenía una blusa blanca y vio que dos o tres mujeres estaban de color azul. “La ropa reglamentaria es camisa y pollera azul”, le dijeron. Tragó saliva y pensó en su placard, con tres camisas de color blanco y una de color crema. Empezaba al día siguiente lo cual le iba a permitir teñir esa noche una camisa para que fuera lo más azul posible a las que vio. El horario para entrar era las ocho de la mañana y las presentaciones formales quedaron entonces para el 26 de julio.

Tiñó su camisa y la puso a secar en el patio, rezando para que aun húmeda igual quedara bien. Su hermana menor la observaba en silencio y la madre ya se había acostado. A las cinco y media de la mañana sonó la sirena de la fábrica que llamaba a sus trabajadores, y que era el mejor reloj puntual que un barrio podía tener. Temprano aun, se levantó y preparó el desayuno que al final casi no probó. Se hizo la hora, salió y esperó el tranvía que la dejara en el centro, calculando la hora como un físico matemático. Llegó y caminó sin tanto conflicto con sus zapatos, el cuero ya estaba flojo por usarlos el día anterior.

En la puerta dos chicas de su edad la saludaron con un beso y la mano sobre su brazo, como quien reconforta al que empieza, cosa que le generó una electricidad en el cuerpo positiva. Resopló y se sintió a gusto de inmediato, contando y escuchando a mujeres que pasaron por lo de ella y esas expectativas ante lo que no conocían. Un hombre desde adentro subió las persianas y ellas entraron, casi al mismo tiempo que llegó la señora Mirta. La saludó y ambas fueron otra vez hacia la oficina en la que ayer había estado. No veía los libros contables y la curiosidad la estaba matando. Un escritorio de madera con una silla mullida aunque algo vieja parecía ser su centro de importancia de allí en más.

Mirta le contó detalladamente el funcionamiento del local, el de las otras sucursales, quienes venían cada día y el movimiento de la caja, a cargo de una de las chicas que ya había conocido. Le pidió permiso para pasar frente al escritorio y así mostrarle el gran truco: el cajón debajo del centro de la mesa de madera era rectangular y se abría llevando hasta el fondo uno de los cajones de los costados. El mecanismo hacía que se destrabara el del centro y se abriera, con tres libros contables bastante importantes. Su herramienta de trabajo estaba por fin a la vista.

El primer día fue bastante rutinario y la única preocupación era no equivocarse en la fecha cuando se asentaba: 26 de julio de 1952. Se fue contenta con su labor aunque no le permitía el contacto con el resto y ella quería conocer más de sus compañeras de negocio. Los cuatro siguientes días serían inolvidables por otros motivos y ella no lo sabría aun.

Su felicidad por el primer trabajo no se correspondía con el ánimo en la calle y menos en el local, tras la muerte de Eva Perón. La orden fue la de ver en el momento qué se hacía, ya sea porque el gobierno decretara duelo o simplemente desde la central se optara por cerrar. Hombres de brazalete o algún crespón de color negro y las mujeres de ropa rigurosamente oscura dominaron la semana. Como decisión general de la empresa se habían apagado las luces de las vidrieras y si bien no era exactamente de su incumbencia, el hecho no le parecía correcto. Notaba que las actividades en el local habían bajado y su trabajo ya no era tanto, cuestión que compartía con el resto de sus compañeras y comenzaba a hablar a diario. Iba y venía del escritorio hacia adelante donde estaban todas, cada vez más. Indicaba poco trabajo.

El velatorio hizo que las personas formaran fila de cuadras de largo, que llegaron hasta la puerta misma del local de Florida. Muchos estaban apoyados contra la persiana baja y el hecho de abrir el local causaba molestia; les dijeron a todas las empleadas que intentaran limpiar la entrada con agua y así poder “desarmar” la fila para ver si se podía abrir.

La orden incluía a Elena, que trapo en mano ayudó a sus compañeras, que trataban de limpiar sin a la vez molestar. Se arremangó pero de a poco fue más espectadora que protagonista. Se quedó mirando a la gente y el aspecto triste que tenían, tan lejos a su felicidad por trabajar. Vio la punta de cada zapato algo mojadas y pensó en cuidarlos, alejándose del charco con agua y obsesionada con no estropearlos. Pero por primera vez sintió que ese tic era visto. Y no por una sola persona sino por varios de quienes estaban en esa fila. El tic consistía en juntar los pies y bajar la cabeza casi como quien reza, para verse la punta de ambos zapatos y comprobar si estaban manchados. La acción casi mecánica esta vez la vieron muchos y al darse cuenta se sonrojó, como cuando alguien es encontrado haciendo algo indebido. Ella intentó no mirar a la gente a la cara para no ponerse aun más colorada y terminó mirando los zapatos de todos. Le llamó la atención que muchos estaban con barro. No era momento para preguntar nada pero ese detalle funcionó a la inversa: le sacó todo valor a sus propios zapatos y sintió valorar otros.

Se quedó pensando en tantas cosas a la vez que un tirón en la pollera no la sacaba de sus cuestiones, hasta que vio que una nena de unos siete años estaba a su lado. Intentó mirarla a la cara pero tenía el pelo ensortijado y le tapaba una parte. Se agachó y con cariño movió los rulos y se sorprendió. La tomó de ambos hombros más para no caerse ella misma: era su propia hermanita, que la reconoció y se acercó a saludarla. Cuando la alzó la sintió con la piel fría y le pasó su mano por uno de los brazos mientras buscaba a su madre con la mirada, a quien vio un poco más adelante.

“Tengo que trabajar, disculpen”, dijo a modo de súplica. Las saludó y volvía para la perfumería sin ver aquel gran charco que evitó y ahora no consiguió esquivar.
Frenó enseguida sin salir del agua. Se agachó y los miró, juntos y ya sucios a sus propios zapatos.
Le parecieron maravillosos porque eran de ella. Y cuando terminó su trabajo, también se puso a hacer la fila.


Daba
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