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"Pesada culpa" -Cuento corto-
1 comentarios miércoles, 4 de enero de 2012San Juan y Defensa. Donde San Telmo es de asfalto y también empedrado mezclado. Tobías hace equilibrio en la calle angosta con el viejo bolso en la mano mientras los autos como espiándolo, le pasan cerca pero lento. Llegando a Plaza Dorrego se toma un respiro y mira hacia arriba. Los árboles, el sol de media mañana, los puestos ambulantes de cosas viejas. Su bolso no desentona con el ambiente. Acelera el paso porque la carga ya le pesa un poco. Entra al Mercado subiendo un gastado escalón. La dirección es la correcta, está llegando sin conocer el lugar. Deja el bolso en el piso y relee el papel: cuarto negocio, lado izquierdo. Todos parecen iguales pero va resuelto al cuarto local. Un señor mayor está sentado en una banqueta diez números más chica que su anatomía, con una especie de trofeo en la mano. “Buenos días, ¿usted es el señor López?”. Levanta su vista sin mucho agrado y le dice que sí. “Me llamo Tobías, su dirección figuraba dentro de este bolso que un tio mio tenía entre sus cosas. Él falleció y le traje lo que había. Quizás le interese”. El hombre giró para quedar de frente al bolso, lo miró a Tobías diciendo lo obvio: “Sos joven, vos”. Esos comentarios sin respuesta que casi todos hacemos. Miró el hombre el bolso por fuera, le sintió la textura unos segundos con las manos. Cuando levantó la cabeza Tobías ya no estaba. Lo buscó casi sin interesarle y volvió su vista al bolso. Estaba vacío pero pesaba como si estuviera lleno. El hombre lo cerró y lo dejó en un costado. Quizás Tobías volvería, pensó. Pero pasaron días y noches, el hombre no conciliaba el sueño, le volvía a la mente ese bolso vacío. Una madrugada salió de su casa rumbo al negocio. Vio el bolso abierto, lo cerró. Al intentar levantarlo estaba imposible de alzar con una sola mano. Desde ese día, por las mañanas, se ve a un hombre en su local de antiguedades esperando que un joven vuelva. Y se lleve ese bolso lleno de culpas, de años, que todos los días se va poniendo cada vez más pesado.
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"Molino de arena" -CC-
1 comentarios jueves, 11 de agosto de 2011
Gastón tenía un balde verde. Dentro algunas cosas infaltables: una palita, un rastrillo y una especie de embudo que cuando pasaba la arena para abajo hacía girar una rueda. Recuerda a su mamá, de chiquito, mirándola desde abajo con esa mezcla de devoción y orden que se cumple cuando a uno lo llevan pero otro decide el ritmo de caminata.
Llegaron a la playa. La mira armar la sombrilla, que le parece una cosa tan incómoda en donde se resguarda de la sombra tan sólo a un bolso. Gastón es feliz con su balde, escucha el ruido del agua, acelera sus pasos.. Hay olor a sal pero no sabe de qué está compuesto el mar, no le interesa. Se acerca a la orilla, la madre está a su lado.
Empieza a sacar arena, la mojada, y con la pala va llenando el balde. Nadie parecía hacer lo mismo aunque estaba lleno de gente. En eso viene la espuma del mar y el agua fría lo asusta. Luego un poco más y su rastrillo se movió. Una tercera correntada se llevó el extraño aparato de la rueda que giraba con arena. Lo vio irse hacia dentro del agua, grita “mamá” y la madre intenta rescatar el objeto pero la ola se retrae y pierde al extraño artefacto de vista.
Gastón comenzó a gritar lo único que sabía decir en emergencias: mamá. Unas diez veces. Miraba el agua y ya no le gustaba tanto. Hasta que una ola trae de vuelta al embudo de arena pero lo deja más lejos de donde él estaba. Había una señora y una nena; corre a buscarlo sin mirar si su mamá lo seguía. Llega y lo quiere levantar pero la chica lo hace primero.
Él la mira y le dice “es mio, nena”. Y nada fue igual. Tenía rulos en un pelo algo largo y vio que bajó la cabeza con mucha vergüenza de haber agarrado algo que no era de ella. Buscó sus ojos agachándose un poco y ambos se miraron. Gastón soltó el objeto, quedó en las manos de ella y se sentaron en la arena. Jugaron mucho tiempo o para Gastón fue mucho tiempo, hoy no recuerda cuántos días y horas.
Entra ahora a la playa con la sombrilla al hombro que tan inútil le parecía; juntos van hacia donde recordaban que fue su primer encuentro. Y dejan jugar a sus hijos en ese mismo lugar. Había llevado el objeto, aun lo tenía luego de tantos años.
Quería sacarse con su esposa una foto. Para contarle a los hijos qué tan lindo es el mar cuando deja lo nuestro a orillas de quien necesitamos.
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