Mostrando entradas con la etiqueta amigos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta amigos. Mostrar todas las entradas
."Dos sueños".
1 comentarios sábado, 12 de mayo de 2012Tengo desde hace años un par de sueños cerrados, que di por enterrados para no volver a confiarlos. De pronto vino ese aire de brisa color dorado, que tiñe todo lo dicho, que quiere creer soñando. Cuando vi que lo que hacía mi corazón era irse, dejé sobre mesa dos cartas para abrirse. Una dediqué a ese sueño de vida feliz y plena, otra carta a mis amigos explicando quién es ella. Que hace de mi noche el dia, el mar en la cordillera, cierto ardor de mis angustias, este barco en mi tormenta. Abro mis sueños cerrados. Los abro confiando en ella.
read more “."Dos sueños".”
."No me faltes".
1 comentarios viernes, 6 de abril de 2012No doy por perdido el motivo de mi olvido, la sensación única del adiós al que has venido. Una se va y la otra llega, se miran sin decirlo, se sienten importantes, se quieren con un filo. Ambas tienen en sus manos una parva de motivos, de los más maravillosos que tuve el placer y el tino de no juntar nunca antes, ahora que una se ha ido. Queda la maravillosa, la más hermosa que ha sido creada por universos, ansiando llegaras al mio. Es amor y Reino azul en mis noches de bullicio, cuando sólo lo tenía al espejo como amigo. Hizo luz con dos chasquidos, uno de paz, otro asesino. Para echar de mis certezas a quien di ya por olvido. Sos un sol porque has venido para amarme y con sentido: que la soledad se fuera. Se fuera donde se ha ido.
read more “."No me faltes".”
"El Don" -CC-
1 comentarios viernes, 26 de agosto de 2011
Enzo Scafino tenía una habilidad. Sus padres desde que fue chico se lo dijeron, para que fuera practicando y de grande usarla en su beneficio. Consistía en poder decir lo que pensaba sin necesidad de expresarlo con palabras. Vale decir que la persona recibía la respuesta a una pregunta por ejemplo, sin que Enzo dijera palabra alguna. No era un mago pero sí alguien con mucha percepción, que captaba rápidamente la manera de hacerse entender.
Su pasión por la medicina le dio un título desde donde pudo hacer uso de su don, ya que remataba todas las consultas con un “usted ya sabe lo que tiene que hacer”, cuando en realidad en voz alta no había dicho nada. Pero jamás se jactó ni nadie supo que tenía esa particularidad, ni su esposa ni sus hijos siquiera. De adolescente recuerda haber aprobado en el colegio un exámen oral de Historia sin decir en voz alta una sola palabra, pero como estaba el docente y él, nadie más, jamás se supo cómo había sido y no era de los que se aprovechaban de una situación. Estaba feliz sabiendo administrar lo que en suerte le tocó.
Un día llega a su consultorio un hombre para hacerse ver porque decía tener un fuerte dolor de cabeza. No lo conocía asi que llenó la ficha del hombre con sus datos personales, se llamaba Tomás Rícori, y luego lo hizo recostar en la camilla. Lo auscultó, con su linternita dilató las pupilas del hombre, en apariencia no tenía ningún síntoma externo.
Le dijo usted no parece estar enfermo, amigo.
“Si, pero yo me siento bastante mal, creo que estoy resfriado y con dolor de cabeza”.
Mire quédese tranquilo que resfriado no está, le podemos hacer un chequeo si quiere. ¿Desde cuándo se siente asi?.
El hombre lo miró y ambos se sentaron. Juntó las manos, respiró profundo y le dijo “desde que soy chico me duele la cabeza”.
Enzo lo miró sorprendido y le preguntó si se había hecho ver y el hombre le dijo que no, porque de niño los padres ya le habían advertido que ese dolor de cabeza era en realidad lo que otra persona en el universo no estaba expresando y que él debía soportar eso. Que no tomó muy en serio lo que sus padres dijeron pero los dolores de cabeza se empezaron con el tiempo a hacer palabras, muchas, que no comprendía.
Enzo se sintió aliviado, feliz, sin poder explicárselo bien, había encontrado a quien guardó durante años todas sus palabras sin una sola queja esperando hallarlo. Lo abrazó e intentó decirle en voz alta que aun sin conocerlo lo quería mucho pero Tomás ya sabía lo que Enzo pensó y antes de que hablara le dijo “yo también”.
ando terminó su jornada Enzo Scafino, el del don del silencio, invitó un café a Tomás Rícori, el del don de la paciencia. Y tantos años después, juntos empezaron a ser mejores.
"Un alma son dos" -CC-
1 comentarios jueves, 4 de agosto de 2011
Martín no sabía cómo decírselo. Tantos años de conocerse, tantos momentos vividos juntos, tanta vida en común sin una sola discusión o planteo como amigos. Y él ahora buscaba eso, plantearle algo. La llevó al lugar donde Marcela se sentía más a gusto, los bosques de Palermo.
Caminaron haciendo el circuito, viendo pasar a los más jóvenes en rollers o al trote, cosa que desarrollaba la envidia silenciosa de ambos, que con mirarse ya conocían. Pararon y él fue al puesto con forma de locomotora y pidió ese hilo azucarado enrollado que hacía años no probaban. Se lo acercó y lo comían como dos chicos, degustando el dulce. Marcela lo conocía demasiado y sabía que algo raro estaba ocurriendo.
Siguieron caminando y pasaron por la zona de los botes. El le preguntó si se animaba a subir a uno. `La última vez que me subí debe haber sido a los 15 años´!! le dijo asustada. Martín la ayudó a hacer equilibrio, se sentaron. Coordinaron movimientos y salieron hacia el centro del lago. Pararon de pedalear y ambos respiraron profundo. Ella cerró los ojos para que el sol le toque la cara. El se rascaba la cabeza, nervioso.
Debía decirlo ahí. Cuando ella intentó pedalear nuevamente Martín la miró. Le dijo que quería hablar con ella. Que fueron muchos años, que sus padres se conocen, que sus hijos son amigos de los suyos, que detestaban del sexo opuesto exactamente lo mismo que veían en sus ex parejas. Que el encuentro casi diario lo hacía feliz, y sentía que ambos lo necesitaban cada vez más.
El bote es un lugar incómodo para acercarse y un minuto de charla puede ser un siglo. Marcela lo miró con cara de `te falta decirme algo más´…y él le dijo que no lo haga ponerse colorado como siempre le ocurría cuando tenía nervios.
Ella lo miró y sintió que no era el momento.
-"Acá no es el lugar", le dijo. Martín estaba resignado.
Con un gesto le pidió que fueran de nuevo hasta la orilla.
Pedalearon y cuando se bajaron Marcela lo besó.
-"¿ves? Acá sí es el lugar".
Y ambos dejaron de ser ellos para ser, desde ahí, una sola alma en los bosques de Palermo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

