Mostrando entradas con la etiqueta amiga. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta amiga. Mostrar todas las entradas
"La razón para querer" -CC-
1 comentarios jueves, 18 de agosto de 2011
Hoy puedo, dijo Nora. Se levantó y arregló para salir rumbo a la oficina, miró la heladera, se tentó con abrirla y no desayunó las galletas de arroz del régimen que como le definió una amiga es masticar aire, pero que se ve.
Hoy puedo, dijo Nora. Se propuso saludar al chofer del colectivo cuando ella subiera, ya que la miraba esperando el gesto y Nora nunca lo hacía. Llegó el 23 y se subió. Miró al colectivero y le dijo “1,25”. Cuando ponía las monedas en la máquina recordó que tenía que decirle buen dia pero ya era tarde. Se fue para el fondo algo arrepentida.
Hoy puedo, dijo Nora. Detestaba de su oficina a Cintia, siempre tan agrandada, soberbia, no la soportaba. Se juró no caer en ninguna indirecta de las que solía oírle. Cuando la vio venir levantó la mirada para saludarla. Cintia se inclinó y le dijo “Hola…qué lindos zapatos. La tercera vez en la semana que te ponés los mismos, me di cuenta”. Y Nora la odió. Le iba a decir algo pero se fue rápido. Se miró culposa los zapatos.
Hoy puedo, dijo Nora. Tenía los caramelos para dejar de fumar, el envase intacto. Abrió el cajón de su mesa y miró el paquete. Estaba al lado de las banditas elásticas, la calculadora, los pañuelos descartables. Lo iba a abrir. Suena el teléfono, le piden que lleve papeles a otra sección. Camina y pasa por el pulmón del edificio. Ve a alguien y pide un cigarrillo, fuma.
Hoy puedo, dijo Nora. Se pintó para gustarle, pero las horas se notan en la cara y va al baño para arreglarse. Va a pasar por donde él está. Nunca se anima a decirle nada, hoy sí tiene que ser. Lo ve concentrado en una hoja, pasa más lento, se quiere hacer notar.
Deja caer algo adelante, un lápiz labial para que la mire. Nada. Hace una mueca, arranca la marcha desanimada. A los tres metros escucha “Nora”…se frena y gira. Los dos se ríen, se acercan y hablan porque se han visto desde hace un tiempo y saben sus nombres, pero a la vez no se conocen.
Volvió a su sector feliz. Encontró la razón para que todo lo demás salga bien. Hoy pudiste, Nora.
"Los zapatos embarrados" (texto para concurso)
1 comentarios miércoles, 6 de octubre de 2010
Elena miró hacia arriba y la claridad de la mañana terminó de encandilarla en plena calle, lo que hizo que cerrara por un momento sus ojos y tratara de ubicarse para seguir caminando. El sol parecía de estreno pero para ella lo único de estreno, aunque algo incómodos los dedos de los pies todos apretados, eran esos zapatos de color negro que terminaban en punta. Se fijó en cómo lucían, una especie de tic que nunca dejaba de hacer. La mañana del 25 de julio no era tan fría como para el tapado oscuro que había elegido y caminaba ya pensando en donde lo dejaría colgado cuando viniera el mediodía.
Faltaba una cuadra y media para llegar y Florida era el ruido que la gente hacía al caminar, mezcla de murmullo y tránsito de autos cuando cruzó Corrientes. Su amiga Nilda le había conseguido la oportunidad de un trabajo nuevo y hacia allí iba, pensando luego en contarle cómo le había ido. Llegando al 400 de Florida, aquello le parecía cada vez más grande y todos sus conocimientos cada vez más pequeños.
La entrada al local de perfumería tenía dos grandes vidrieras repletas de productos mayormente importados. Más de una vez pasó por ese lugar y ahora le prestaba real atención, como al cartel de las “ofertas de temporada 1952”.De primera impresión todo muy ordenado y colorido: se sintió como una niña mirando una juguetería.
Tenía estantes de madera en distintos tamaños casi hasta el techo, en donde se exhibían cientos de frascos al lado de su correspondiente caja. No fijó su vista en algo puntual, repasó con sus ojos delicadamente para que no se note su asombro hasta que una señora que la había observado llegara desde el final del salón. En esos cuatro segundos miró el piso, blanco y reluciente, y el techo, con los extremos de la sala trabajados artísticamente como los antiguos locales que conocía. Se presentó y tenía algo preparado como para romper el hielo, pero la señora le dijo que se llamaba Mirta, que la estaban esperando y que pasara hacia el interior del local.
Detrás de la señora, Elena iba pensando mil cosas a la vez, egoístamente sólo en ella y en realidad egoísta es la sensación del primer trabajo, un premio como el de aprender a caminar y lograrlo. Lo diferente es que esta vez se sentía consciente de eso y resopló entre nerviosa y satisfecha. Una oficina impecablemente ordenada con una mujer que hacía juego con el entorno, fue quien le dio la bienvenida. No vio libros contables a primera vista y se puso a buscarlos más detenidamente con la mirada. Había sido elegida para llevar los registros contables y sin embargo no estaban ante sus ojos ni uno solo. La mujer que le hablaba parecía amable pero una no escuchaba a la otra. Elena le preguntó cuestiones que la señora no oyó y tuvo que esperar que terminara de hablar.
Cuando se hizo un inevitable silencio para tomar un segundo de aire se preocupó en saber el tema de la vestimenta, porque ella tenía una blusa blanca y vio que dos o tres mujeres estaban de color azul. “La ropa reglamentaria es camisa y pollera azul”, le dijeron. Tragó saliva y pensó en su placard, con tres camisas de color blanco y una de color crema. Empezaba al día siguiente lo cual le iba a permitir teñir esa noche una camisa para que fuera lo más azul posible a las que vio. El horario para entrar era las ocho de la mañana y las presentaciones formales quedaron entonces para el 26 de julio.
Tiñó su camisa y la puso a secar en el patio, rezando para que aun húmeda igual quedara bien. Su hermana menor la observaba en silencio y la madre ya se había acostado. A las cinco y media de la mañana sonó la sirena de la fábrica que llamaba a sus trabajadores, y que era el mejor reloj puntual que un barrio podía tener. Temprano aun, se levantó y preparó el desayuno que al final casi no probó. Se hizo la hora, salió y esperó el tranvía que la dejara en el centro, calculando la hora como un físico matemático. Llegó y caminó sin tanto conflicto con sus zapatos, el cuero ya estaba flojo por usarlos el día anterior.
En la puerta dos chicas de su edad la saludaron con un beso y la mano sobre su brazo, como quien reconforta al que empieza, cosa que le generó una electricidad en el cuerpo positiva. Resopló y se sintió a gusto de inmediato, contando y escuchando a mujeres que pasaron por lo de ella y esas expectativas ante lo que no conocían. Un hombre desde adentro subió las persianas y ellas entraron, casi al mismo tiempo que llegó la señora Mirta. La saludó y ambas fueron otra vez hacia la oficina en la que ayer había estado. No veía los libros contables y la curiosidad la estaba matando. Un escritorio de madera con una silla mullida aunque algo vieja parecía ser su centro de importancia de allí en más.
Mirta le contó detalladamente el funcionamiento del local, el de las otras sucursales, quienes venían cada día y el movimiento de la caja, a cargo de una de las chicas que ya había conocido. Le pidió permiso para pasar frente al escritorio y así mostrarle el gran truco: el cajón debajo del centro de la mesa de madera era rectangular y se abría llevando hasta el fondo uno de los cajones de los costados. El mecanismo hacía que se destrabara el del centro y se abriera, con tres libros contables bastante importantes. Su herramienta de trabajo estaba por fin a la vista.
El primer día fue bastante rutinario y la única preocupación era no equivocarse en la fecha cuando se asentaba: 26 de julio de 1952. Se fue contenta con su labor aunque no le permitía el contacto con el resto y ella quería conocer más de sus compañeras de negocio. Los cuatro siguientes días serían inolvidables por otros motivos y ella no lo sabría aun.
Su felicidad por el primer trabajo no se correspondía con el ánimo en la calle y menos en el local, tras la muerte de Eva Perón. La orden fue la de ver en el momento qué se hacía, ya sea porque el gobierno decretara duelo o simplemente desde la central se optara por cerrar. Hombres de brazalete o algún crespón de color negro y las mujeres de ropa rigurosamente oscura dominaron la semana. Como decisión general de la empresa se habían apagado las luces de las vidrieras y si bien no era exactamente de su incumbencia, el hecho no le parecía correcto. Notaba que las actividades en el local habían bajado y su trabajo ya no era tanto, cuestión que compartía con el resto de sus compañeras y comenzaba a hablar a diario. Iba y venía del escritorio hacia adelante donde estaban todas, cada vez más. Indicaba poco trabajo.
El velatorio hizo que las personas formaran fila de cuadras de largo, que llegaron hasta la puerta misma del local de Florida. Muchos estaban apoyados contra la persiana baja y el hecho de abrir el local causaba molestia; les dijeron a todas las empleadas que intentaran limpiar la entrada con agua y así poder “desarmar” la fila para ver si se podía abrir.
La orden incluía a Elena, que trapo en mano ayudó a sus compañeras, que trataban de limpiar sin a la vez molestar. Se arremangó pero de a poco fue más espectadora que protagonista. Se quedó mirando a la gente y el aspecto triste que tenían, tan lejos a su felicidad por trabajar. Vio la punta de cada zapato algo mojadas y pensó en cuidarlos, alejándose del charco con agua y obsesionada con no estropearlos. Pero por primera vez sintió que ese tic era visto. Y no por una sola persona sino por varios de quienes estaban en esa fila. El tic consistía en juntar los pies y bajar la cabeza casi como quien reza, para verse la punta de ambos zapatos y comprobar si estaban manchados. La acción casi mecánica esta vez la vieron muchos y al darse cuenta se sonrojó, como cuando alguien es encontrado haciendo algo indebido. Ella intentó no mirar a la gente a la cara para no ponerse aun más colorada y terminó mirando los zapatos de todos. Le llamó la atención que muchos estaban con barro. No era momento para preguntar nada pero ese detalle funcionó a la inversa: le sacó todo valor a sus propios zapatos y sintió valorar otros.
Se quedó pensando en tantas cosas a la vez que un tirón en la pollera no la sacaba de sus cuestiones, hasta que vio que una nena de unos siete años estaba a su lado. Intentó mirarla a la cara pero tenía el pelo ensortijado y le tapaba una parte. Se agachó y con cariño movió los rulos y se sorprendió. La tomó de ambos hombros más para no caerse ella misma: era su propia hermanita, que la reconoció y se acercó a saludarla. Cuando la alzó la sintió con la piel fría y le pasó su mano por uno de los brazos mientras buscaba a su madre con la mirada, a quien vio un poco más adelante.
“Tengo que trabajar, disculpen”, dijo a modo de súplica. Las saludó y volvía para la perfumería sin ver aquel gran charco que evitó y ahora no consiguió esquivar.
Frenó enseguida sin salir del agua. Se agachó y los miró, juntos y ya sucios a sus propios zapatos.
Le parecieron maravillosos porque eran de ella. Y cuando terminó su trabajo, también se puso a hacer la fila.
Daba
Faltaba una cuadra y media para llegar y Florida era el ruido que la gente hacía al caminar, mezcla de murmullo y tránsito de autos cuando cruzó Corrientes. Su amiga Nilda le había conseguido la oportunidad de un trabajo nuevo y hacia allí iba, pensando luego en contarle cómo le había ido. Llegando al 400 de Florida, aquello le parecía cada vez más grande y todos sus conocimientos cada vez más pequeños.
La entrada al local de perfumería tenía dos grandes vidrieras repletas de productos mayormente importados. Más de una vez pasó por ese lugar y ahora le prestaba real atención, como al cartel de las “ofertas de temporada 1952”.De primera impresión todo muy ordenado y colorido: se sintió como una niña mirando una juguetería.
Tenía estantes de madera en distintos tamaños casi hasta el techo, en donde se exhibían cientos de frascos al lado de su correspondiente caja. No fijó su vista en algo puntual, repasó con sus ojos delicadamente para que no se note su asombro hasta que una señora que la había observado llegara desde el final del salón. En esos cuatro segundos miró el piso, blanco y reluciente, y el techo, con los extremos de la sala trabajados artísticamente como los antiguos locales que conocía. Se presentó y tenía algo preparado como para romper el hielo, pero la señora le dijo que se llamaba Mirta, que la estaban esperando y que pasara hacia el interior del local.
Detrás de la señora, Elena iba pensando mil cosas a la vez, egoístamente sólo en ella y en realidad egoísta es la sensación del primer trabajo, un premio como el de aprender a caminar y lograrlo. Lo diferente es que esta vez se sentía consciente de eso y resopló entre nerviosa y satisfecha. Una oficina impecablemente ordenada con una mujer que hacía juego con el entorno, fue quien le dio la bienvenida. No vio libros contables a primera vista y se puso a buscarlos más detenidamente con la mirada. Había sido elegida para llevar los registros contables y sin embargo no estaban ante sus ojos ni uno solo. La mujer que le hablaba parecía amable pero una no escuchaba a la otra. Elena le preguntó cuestiones que la señora no oyó y tuvo que esperar que terminara de hablar.
Cuando se hizo un inevitable silencio para tomar un segundo de aire se preocupó en saber el tema de la vestimenta, porque ella tenía una blusa blanca y vio que dos o tres mujeres estaban de color azul. “La ropa reglamentaria es camisa y pollera azul”, le dijeron. Tragó saliva y pensó en su placard, con tres camisas de color blanco y una de color crema. Empezaba al día siguiente lo cual le iba a permitir teñir esa noche una camisa para que fuera lo más azul posible a las que vio. El horario para entrar era las ocho de la mañana y las presentaciones formales quedaron entonces para el 26 de julio.
Tiñó su camisa y la puso a secar en el patio, rezando para que aun húmeda igual quedara bien. Su hermana menor la observaba en silencio y la madre ya se había acostado. A las cinco y media de la mañana sonó la sirena de la fábrica que llamaba a sus trabajadores, y que era el mejor reloj puntual que un barrio podía tener. Temprano aun, se levantó y preparó el desayuno que al final casi no probó. Se hizo la hora, salió y esperó el tranvía que la dejara en el centro, calculando la hora como un físico matemático. Llegó y caminó sin tanto conflicto con sus zapatos, el cuero ya estaba flojo por usarlos el día anterior.
En la puerta dos chicas de su edad la saludaron con un beso y la mano sobre su brazo, como quien reconforta al que empieza, cosa que le generó una electricidad en el cuerpo positiva. Resopló y se sintió a gusto de inmediato, contando y escuchando a mujeres que pasaron por lo de ella y esas expectativas ante lo que no conocían. Un hombre desde adentro subió las persianas y ellas entraron, casi al mismo tiempo que llegó la señora Mirta. La saludó y ambas fueron otra vez hacia la oficina en la que ayer había estado. No veía los libros contables y la curiosidad la estaba matando. Un escritorio de madera con una silla mullida aunque algo vieja parecía ser su centro de importancia de allí en más.
Mirta le contó detalladamente el funcionamiento del local, el de las otras sucursales, quienes venían cada día y el movimiento de la caja, a cargo de una de las chicas que ya había conocido. Le pidió permiso para pasar frente al escritorio y así mostrarle el gran truco: el cajón debajo del centro de la mesa de madera era rectangular y se abría llevando hasta el fondo uno de los cajones de los costados. El mecanismo hacía que se destrabara el del centro y se abriera, con tres libros contables bastante importantes. Su herramienta de trabajo estaba por fin a la vista.
El primer día fue bastante rutinario y la única preocupación era no equivocarse en la fecha cuando se asentaba: 26 de julio de 1952. Se fue contenta con su labor aunque no le permitía el contacto con el resto y ella quería conocer más de sus compañeras de negocio. Los cuatro siguientes días serían inolvidables por otros motivos y ella no lo sabría aun.
Su felicidad por el primer trabajo no se correspondía con el ánimo en la calle y menos en el local, tras la muerte de Eva Perón. La orden fue la de ver en el momento qué se hacía, ya sea porque el gobierno decretara duelo o simplemente desde la central se optara por cerrar. Hombres de brazalete o algún crespón de color negro y las mujeres de ropa rigurosamente oscura dominaron la semana. Como decisión general de la empresa se habían apagado las luces de las vidrieras y si bien no era exactamente de su incumbencia, el hecho no le parecía correcto. Notaba que las actividades en el local habían bajado y su trabajo ya no era tanto, cuestión que compartía con el resto de sus compañeras y comenzaba a hablar a diario. Iba y venía del escritorio hacia adelante donde estaban todas, cada vez más. Indicaba poco trabajo.
El velatorio hizo que las personas formaran fila de cuadras de largo, que llegaron hasta la puerta misma del local de Florida. Muchos estaban apoyados contra la persiana baja y el hecho de abrir el local causaba molestia; les dijeron a todas las empleadas que intentaran limpiar la entrada con agua y así poder “desarmar” la fila para ver si se podía abrir.
La orden incluía a Elena, que trapo en mano ayudó a sus compañeras, que trataban de limpiar sin a la vez molestar. Se arremangó pero de a poco fue más espectadora que protagonista. Se quedó mirando a la gente y el aspecto triste que tenían, tan lejos a su felicidad por trabajar. Vio la punta de cada zapato algo mojadas y pensó en cuidarlos, alejándose del charco con agua y obsesionada con no estropearlos. Pero por primera vez sintió que ese tic era visto. Y no por una sola persona sino por varios de quienes estaban en esa fila. El tic consistía en juntar los pies y bajar la cabeza casi como quien reza, para verse la punta de ambos zapatos y comprobar si estaban manchados. La acción casi mecánica esta vez la vieron muchos y al darse cuenta se sonrojó, como cuando alguien es encontrado haciendo algo indebido. Ella intentó no mirar a la gente a la cara para no ponerse aun más colorada y terminó mirando los zapatos de todos. Le llamó la atención que muchos estaban con barro. No era momento para preguntar nada pero ese detalle funcionó a la inversa: le sacó todo valor a sus propios zapatos y sintió valorar otros.
Se quedó pensando en tantas cosas a la vez que un tirón en la pollera no la sacaba de sus cuestiones, hasta que vio que una nena de unos siete años estaba a su lado. Intentó mirarla a la cara pero tenía el pelo ensortijado y le tapaba una parte. Se agachó y con cariño movió los rulos y se sorprendió. La tomó de ambos hombros más para no caerse ella misma: era su propia hermanita, que la reconoció y se acercó a saludarla. Cuando la alzó la sintió con la piel fría y le pasó su mano por uno de los brazos mientras buscaba a su madre con la mirada, a quien vio un poco más adelante.
“Tengo que trabajar, disculpen”, dijo a modo de súplica. Las saludó y volvía para la perfumería sin ver aquel gran charco que evitó y ahora no consiguió esquivar.
Frenó enseguida sin salir del agua. Se agachó y los miró, juntos y ya sucios a sus propios zapatos.
Le parecieron maravillosos porque eran de ella. Y cuando terminó su trabajo, también se puso a hacer la fila.
Daba
Mi amiga y el oso
3 comentarios miércoles, 30 de diciembre de 2009
No revelaremos su nombre, que quede librado a la imaginación esta vez. La historia, la histeria, comienza en la adolescencia, momento complicado de la vida de alguien y en el caso de ella lo era más justamente por el hecho de cumplirle los familiares todos sus caprichos. A veces hacer caso a los pedidos de alguien no es sinónimo de tranquilidad o armonía, y la persona cree tener un poder que ejerce, veremos en este caso de qué modo.
Mi amiga vivía decentemente, sin lujos pero sin quejas. Hasta que a mitad de su adolescencia comienza con la faraónica idea de tener su propio lugar, y me refiero a tener un sector aparte de la casa para ella, no sólo una habitación. Me plantea la idea y yo, necesario intermediario porque era el que aportaba calma se supone, le transmití a la madre esta “inquietud”. Ella rascó su cabeza y supe en ese gesto que no significaba un NO. Estaba pensando en cómo, una vez más, hacerle caso en un pedido a su hija.
El terreno era de fondo largo así que la idea invitaba a la realización. La madre sacó un crédito, yo la acompañé. Su cara era de resignación o yo sentí eso cuando la vi firmar esas seis o siete hojas de conformidad. Se contrató gente y manos a la obra. En algo asi como cuatro meses una construcción aparte, que ocupaba todo el ancho del terreno, se había levantado detrás de la ahora “casa principal”. Mi amiga miraba el trabajo tomando mate por la ventana. Todo iba a su ritmo. Con la obra concluida se acercó a inspeccionar detalladamente cómo quedó todo, yo entré detrás.
Techo muy bonito, de teja, que tenía una caída que le daba un aire a chalet era lo primero a la vista. Una puerta en medio y a la izquierda un ventanal. Uno ingresaba y había un gran salón en donde sin paredes se podían ver muchos sectores, lo que hoy sería un loft y que en aquel tiempo era algo poco visto aun. A la izquierda, la única pared divisoria, la de su habitación. No demasiado grande, sí su placard, que llegaba hasta el techo desde el piso. Un baño y una cama con colchón doble.
Pero el loft era más interesante. Una cocina en un extremo, con mesada de color gris y una heladera baja y ancha. Unos esquineros para guardar libros, una mesa rectangular en madera con seis sillas muy bonitas y dos ventanas más chicas que la de la habitación, con cortinas en color crema. En el centro del loft el detalle más llamativo: un bajo nivel, circular, hecho con cemento en donde se hizo el asiento largo y obviamente circular. Desde ahí mi amiga miró la obra y la aprobó con un gesto.
Quedaba más. Su idea era conseguir almohadones circulares para ese espacio y una mesita ratona circular también. El crédito ya era cosa juzgada y no hubo más dinero. Ella puso cara de mala y no le agradó, pero claro, le habían dado el gusto, no había tanto lugar a reproche de su parte. Apareció un televisor y la independencia respecto de la “vieja casa” fue absoluta. Era su refugio soñado.
Yo iba casi todos los días. En general me llamaban para que fuera: la madre por teléfono me decía que su hija se había encerrado en la habitación y pedía por mí. Yo iba, no era cerca de mi casa justamente, y veía la misma situación. Encerrada efectivamente en su cuarto pero con ese ventanal abierto, con lo cual ella podía salir por ahí o yo entrar. El ambiente estaba cargado de capricho, de eso se trataba su comportamiento, al que por cariño apañaba y comprendía aunque a veces me costaba. Se enojaba mucho cuando me iba, quería siempre que me quedara. Decía que había que usar ese loft conmigo y que haría una fiesta. Cuando veía que el discurso venía por ese lado, preparaba mate y le servía, ella encerrada en su cuarto y yo por afuera del ventanal, sirviendo. Asi pasaron muchos días y meses.
Nuevamente la madre al teléfono…escuchaba su voz y temía el pedido, ya. Mi idea era estar un momento, no tenía tiempo, yo estudiaba aunque a veces por mis números no se notara. Un día jueves voy, estaba encerrada. Se había enojado días antes porque yo por enésima vez le dije que me debía ir. Pero esta vez llegué y vi algo extraño. De espaldas, en aquel círculo en medio del loft un oso…gigante. Yo nunca vi un muñeco de tamaño tan grande, algo más de un metro de alto. Estaba sentado.
Me acerco y lo giro. Era blanco y con una especie de chaqueta azul. Tenía anteojos de sol y un cartel colgando. Me fijo el cartel y decía “Gabriel”…no sabía si halagarme u ofenderme ante eso. Toco la puerta y era un ejercicio inútil, ella no abriría. Salgo y por la ventana le pregunto ¿qué es ese oso? ¿Por qué tiene mi nombre?.
Ella baja el volumen de la radio a todo lo que da y me mira. Temí un discurso de 20 minutos pero no, fue contundente. “Ah, si…¿lo viste? Lo conseguí, al menos ése está todos los días…y la verdad ¡con él tengo más diálogo que con vos!”
Yo me hacía el enojado pero daba para la risa, igual fui hasta el círculo de cemento, agarré el oso y le pegué una patada. Ella escuchó el ruido y abrió la puerta. Corrió hacia el oso como si fuera un familiar caído. Si vas a salir, preparo mate, le dije. “Dale”, me dijo. Hice mate y nos sentamos en el círculo de cemento, aun sin almohadones ni mesa.
Amistad rara la nuestra, ¿algún día dejaré de ser bombero?, le dije.
“Dale, cebá”, fue la respuesta.
Los dos tomando mate. El oso sentado en un extremo era testigo.
Acotación al margen: Nunca aconsejo frenar una locura si no se sabe cuanto solucionaremos con eso. Si no se puede arreglar con nuestra intervención, es preferible seguir la corriente esperando mejor momento. Aunque a veces ese momento tarde una eternidad. ¿El oso?: se ensució enseguida, era blanco. Lo puso a lavar y lo rompió el lavarropas.
Mi amiga vivía decentemente, sin lujos pero sin quejas. Hasta que a mitad de su adolescencia comienza con la faraónica idea de tener su propio lugar, y me refiero a tener un sector aparte de la casa para ella, no sólo una habitación. Me plantea la idea y yo, necesario intermediario porque era el que aportaba calma se supone, le transmití a la madre esta “inquietud”. Ella rascó su cabeza y supe en ese gesto que no significaba un NO. Estaba pensando en cómo, una vez más, hacerle caso en un pedido a su hija.
El terreno era de fondo largo así que la idea invitaba a la realización. La madre sacó un crédito, yo la acompañé. Su cara era de resignación o yo sentí eso cuando la vi firmar esas seis o siete hojas de conformidad. Se contrató gente y manos a la obra. En algo asi como cuatro meses una construcción aparte, que ocupaba todo el ancho del terreno, se había levantado detrás de la ahora “casa principal”. Mi amiga miraba el trabajo tomando mate por la ventana. Todo iba a su ritmo. Con la obra concluida se acercó a inspeccionar detalladamente cómo quedó todo, yo entré detrás.
Techo muy bonito, de teja, que tenía una caída que le daba un aire a chalet era lo primero a la vista. Una puerta en medio y a la izquierda un ventanal. Uno ingresaba y había un gran salón en donde sin paredes se podían ver muchos sectores, lo que hoy sería un loft y que en aquel tiempo era algo poco visto aun. A la izquierda, la única pared divisoria, la de su habitación. No demasiado grande, sí su placard, que llegaba hasta el techo desde el piso. Un baño y una cama con colchón doble.
Pero el loft era más interesante. Una cocina en un extremo, con mesada de color gris y una heladera baja y ancha. Unos esquineros para guardar libros, una mesa rectangular en madera con seis sillas muy bonitas y dos ventanas más chicas que la de la habitación, con cortinas en color crema. En el centro del loft el detalle más llamativo: un bajo nivel, circular, hecho con cemento en donde se hizo el asiento largo y obviamente circular. Desde ahí mi amiga miró la obra y la aprobó con un gesto.
Quedaba más. Su idea era conseguir almohadones circulares para ese espacio y una mesita ratona circular también. El crédito ya era cosa juzgada y no hubo más dinero. Ella puso cara de mala y no le agradó, pero claro, le habían dado el gusto, no había tanto lugar a reproche de su parte. Apareció un televisor y la independencia respecto de la “vieja casa” fue absoluta. Era su refugio soñado.
Yo iba casi todos los días. En general me llamaban para que fuera: la madre por teléfono me decía que su hija se había encerrado en la habitación y pedía por mí. Yo iba, no era cerca de mi casa justamente, y veía la misma situación. Encerrada efectivamente en su cuarto pero con ese ventanal abierto, con lo cual ella podía salir por ahí o yo entrar. El ambiente estaba cargado de capricho, de eso se trataba su comportamiento, al que por cariño apañaba y comprendía aunque a veces me costaba. Se enojaba mucho cuando me iba, quería siempre que me quedara. Decía que había que usar ese loft conmigo y que haría una fiesta. Cuando veía que el discurso venía por ese lado, preparaba mate y le servía, ella encerrada en su cuarto y yo por afuera del ventanal, sirviendo. Asi pasaron muchos días y meses.
Nuevamente la madre al teléfono…escuchaba su voz y temía el pedido, ya. Mi idea era estar un momento, no tenía tiempo, yo estudiaba aunque a veces por mis números no se notara. Un día jueves voy, estaba encerrada. Se había enojado días antes porque yo por enésima vez le dije que me debía ir. Pero esta vez llegué y vi algo extraño. De espaldas, en aquel círculo en medio del loft un oso…gigante. Yo nunca vi un muñeco de tamaño tan grande, algo más de un metro de alto. Estaba sentado.
Me acerco y lo giro. Era blanco y con una especie de chaqueta azul. Tenía anteojos de sol y un cartel colgando. Me fijo el cartel y decía “Gabriel”…no sabía si halagarme u ofenderme ante eso. Toco la puerta y era un ejercicio inútil, ella no abriría. Salgo y por la ventana le pregunto ¿qué es ese oso? ¿Por qué tiene mi nombre?.
Ella baja el volumen de la radio a todo lo que da y me mira. Temí un discurso de 20 minutos pero no, fue contundente. “Ah, si…¿lo viste? Lo conseguí, al menos ése está todos los días…y la verdad ¡con él tengo más diálogo que con vos!”
Yo me hacía el enojado pero daba para la risa, igual fui hasta el círculo de cemento, agarré el oso y le pegué una patada. Ella escuchó el ruido y abrió la puerta. Corrió hacia el oso como si fuera un familiar caído. Si vas a salir, preparo mate, le dije. “Dale”, me dijo. Hice mate y nos sentamos en el círculo de cemento, aun sin almohadones ni mesa.
Amistad rara la nuestra, ¿algún día dejaré de ser bombero?, le dije.
“Dale, cebá”, fue la respuesta.
Los dos tomando mate. El oso sentado en un extremo era testigo.
Acotación al margen: Nunca aconsejo frenar una locura si no se sabe cuanto solucionaremos con eso. Si no se puede arreglar con nuestra intervención, es preferible seguir la corriente esperando mejor momento. Aunque a veces ese momento tarde una eternidad. ¿El oso?: se ensució enseguida, era blanco. Lo puso a lavar y lo rompió el lavarropas.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

