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."Sos la paz de mi guerra".

1 comentarios sábado, 9 de junio de 2012
Libro la guerra del solitario. Dura batalla que no he ganado contra un rival a desgano, que imita mis movimientos y anuncia los que ya he dado. Se trata de muchas hazañas, de libros enteros gastados, de difíciles momentos, de soledades a destajo. Con el tiempo uno se curte de cierta paciencia entre manos, que hace que no me enoje ante el mismo resultado. Asi pasaba mis días hasta principios de este año cuando, cosa del destino, una luz me fue quitando de a poco aquel sentido de tanta batalla librando. Y depuse mi actitud, planté bandera de cambio, una bandera bien blanca que pedía paz a los bandos. Mi Alma y Mi Soledad dejaron sus armas y años. De tantas peleas inútiles, por un motivo alejado. Que hoy, paso a amar. Y se me ha vuelto cercano.
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"Esos miedos" -Cuento corto-

1 comentarios jueves, 12 de abril de 2012
Laura tenía miedo a la oscuridad. Tan simple como poco solucionable desde que a los cinco años le pasó lo que le pasó. Una noche su madre le contó un cuento que ya no recuerda, pero sí que tenía tormenta y viento en el relato. Se durmió, y en la madrugada se levantó una fuerte tormenta, que con el viento hizo que su puerta se cerrara de golpe, haciendo un gran ruido que la despertó. La luz se cortó, empezó a gritar y luego esa pesada mochila de años, que la hace dormir hoy con la luz del pasillo encendida. Cuando tiene que darse vuelta para el lado de la puerta le molesta el reflejo y aprieta los ojos cerrados. Pero no hay caso y siempre duerme para el otro lado. Hace dos noches se cansó de ella misma. Laura fue hasta el pasillo y apagó la luz. El reflejo del farol de la calle entraba en diagonal por la habitación y eso la tranquilizaba. Se acostó con los ojos abiertos, respirando acelerada, tenía miedo. Los departamentos de solteros tienen ruidos distintos a los que están con mucha gente. Se puso a rezar y fue cuando recordó el final de aquel cuento que a ella le leyeron. La chica salía de aquella tormenta fuerte por una claraboya. Fue a dibujar una, a falta de la real en un departamento. La dejó arriba de la mesa y apagó la luz. Y desde esa noche Laura, por fin, terminó su cuento.
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."Sin nada".

0 comentarios viernes, 17 de febrero de 2012
Para los viajes largos no hay que llevarse nada en nuestras mochilas. Tienen que estar vacías. Cuando uno se dirige a su destino sólo basta con llegar. Al costado mi pasado, que atado me desune la energía. Y de frente el amor. No lo llevo ni me lleva, me acompaña. Camino bajo el sol, miro los bolsillos vacíos de ambos, pienso en lo que me falta. Me falta todo lo que tenía. A lo lejos un punto, una puerta, una claridad. Me dejo llevar justo cuando había llegado. Y siento que estoy finalmente, conmigo. Después de tantos años.
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"Oponentes"-Prosa

1 comentarios miércoles, 14 de diciembre de 2011
Temible, deseada.
Obsecuente, cruel, vacía,
simple, temeraria.
La mejor actriz en el peor papel
de autor, de fantasma.
No me reconoce, siempre de frente
a todas sus bellezas.
Detrás, el empeñado. El optimista
debajo de su pozo, el real.
El que ubica tras de paredes su andar,
el que esquiva lo que no ve, el que ve
y no suele esquivar.
El que desafía con los años
a querer más de lo que merece,
el que hacia adentro se retrae
en un mundo blanco de dolores.
Aséptico. Y ciertos días confronta.
Cada uno pone de si lo mejor.
Se miran, se miden, se necesitan.
¿Se necesitan enfrentadas?.
El conflicto detiene y una de las partes
asi es feliz pero no completo.
La iluminada se va por su sendero
de pisadas luminosas.
La otra por su camino oscuro, de memoria.
La siguen un montón de sueños haciendo
ruido en la noche, murmullos.
Sueños que cuando decida, serán de dos.
En uno. Al fin.
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"Lo que me une a vos" -Cuento corto de tres actos-

1 comentarios jueves, 29 de septiembre de 2011


Situación uno: Mariana tiene pocas ganas de manejar un domingo tan lindo de sol y calor pero no puede escaparle al destino. Ir a la casa de los suegros es una consecuencia del destino que ha elegido, hay una resignación en su propio silencio mientras el auto va en soledad por la avenida. Siempre se resistió a las reuniones familiares, había estudiado psicología y conocía bien lo del chivo expiatorio que a veces se da en las familias numerosas.



Ella se sentía así, la que todos reinterpretaban en lo más mínimo que dijera. Y para criticarla, obviamente. Faltan tres cuadras para llegar a lo de sus suegros y baja la velocidad, el barrio le parece gris, no hay lugar para estacionar y da dos vueltas hasta que consigue uno. Deja el auto y camina rumbo a la esquina de la casa.






Situación dos: Cristian está feliz en su auto. Cualquier excusa es buena para usarlo, es nuevo y quiere probarlo hasta para ir a comprar el pan a dos cuadras. Su plan de ese día incluye visitar a sus padres a la casa, él sabe que lo hace una sola vez al mes aunque le reclaman que se olvidó de ellos y le trabajan la culpa con bastante éxito porque así se siente: culpable. Antes viviendo con sus padres dejaba en manos de ellos cosas que ahora él, con orgullo, las hace por sí mismo. Deseaba que no se pongan pesados hablando de los tres temas intocables un domingo: política, religión y dinero. Iba mentalizado en dejar pasar indirectas, además desde que se casó siente que le toleran un poco más sus impulsos, sus arranques verbales cuando algo le molesta. El auto lo deja enfrente de un kiosco. Se compra caramelos y mientras elige uno y le saca el papel, camina rumbo a la casa.






Situación tres: Mariana y Cristian están casados desde hace tres años. Y separados desde hace dos meses. Sin embargo se ven todos los días. Es extraño que una decisión no tenga esa fuerza que necesita para ser a la vez una buena explicación, ambos sienten que la separación no es respuesta a lo que les pasa. Por eso se siguen viendo y para los padres de Cristian todo sigue igual. Van a entrar a la casa como si hubieran llegado juntos. Se esperan en la esquina, se ven y se saludan. Mariana quiere tomarlo de la mano en la entrada y él con un gesto le aleja no muy disimuladamente su mano. Se saludan. Cristian a sus padres, Mariana a sus suegros.






Otro día explicarán qué es lo que les pasa. Si es que consiguen saberlo primero.
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"Celeste, la grande" -CC-

1 comentarios jueves, 22 de septiembre de 2011


Primavera del 2007. El micro para Sebastián era lo más importante en su vida y si bien los días de clase llevaba grupos civilizados (los de la mañana porque tenían aun sueño, creía), todos los 21 de septiembre eran especiales. Llegó a la puerta del colegio.






Autos en triple fila de los cuatro carriles de la calle, más él, y padres que revisaban a sus hijos en todos los detalles. Miraba la situación sentado y con la puerta abierta del micro, nadie ponía un pie arriba hasta que se diera la orden. Por lista fueron subiendo, excitados, gritando. Tres chicos querían ir en dos asientos y escuchó a la maestra algo enojada, pensó en la docencia y en la paciencia, términos parecidos. Fueron por 9 de julio hasta el Obelisco, siempre hacía un recorrido algo turístico para que no fuera sólo ir a un lugar. Luego de 40 minutos llegaron a Palermo.






Estacionó frente a esa máquina de pochoclos, eterna máquina, con forma de locomotora. Cerca de 30 se bajaron a la vez, el colectivo se movía como en terremoto. Le pareció que cuatro personas eran pocas para tantos chicos pero sabían cómo hacerlo y consiguieron el orden. Una maestra volvió a subir. Había un chico que no bajó, y él ni siquiera lo había notado. La docente se sentó en el asiento de adelante y le habló cinco minutos, luego se levantó y bajó del colectivo a hablar con las demás. Parecía el chico enojado o triste, Sebastián no podía saberlo bien porque no mostraba mucho su cara.






Se acercó de a poco y miró por la ventanilla buscando la aprobación de las maestras, que le dijeron que sí con la cabeza.



Me llamo Sebastián, ¿vos cómo te llamás?.



-“Alexis”.



¿Y qué anda pasando, Alexis?. ¿No querés bajar?.



-“Para qué…si no me habla”.



¿Quién no te habla?.



-“Celeste”.



¿Y qué pasó con Celeste?.



-“No sé, me dejó de hablar, no quiero bajar”.



¿Celeste es una amiguita tuya?.



-“Si”.



Pero por algo no te habla, ¿se pelearon?.



Alexis respiró pausado, con esa desesperanza que por cosas de chicos uno tiene a los 9 o 10 años. “Se enojó, no me dijo por qué”. Sebastián se rascó la cabeza. Bajó, le comentó a las maestras lo que había hablado y fueron a buscar a Celeste, que muy feliz se divertía con el resto. Le explicaron lo que pasaba y ella subió al colectivo con cara de saber cómo resolver la situación. Sebastián se quedó en el asiento del conductor y no quería molestar así que ni se movió. Ella tomó la mano de Alexis y le dijo que lo disculpaba. Juntaron las cuatro manos y Celeste le dio un beso en la mejilla. Ambos bajaron.






La nena había manejado la situación con envidiable adultez, Sebastián quedó schokeado. A la noche entró a internet. Buscador de Facebook: María Laura Sendrone. Una foto que le pareció que era la de ella luego de 35 años. Le escribió cortito a su primera novia: ¿me perdonás?. Tres horas después, la respuesta: “siempre tarde…pero sí”.






Hoy pasaron cuatro años de aquel 21 de septiembre de 2007 y sigue llevando Sebastián chicos a Palermo en su micro. Quiere apurarse hoy, así vuelve con María Laura y la nena. Que sí, se llama Celeste.
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"El mueble" -CC-

1 comentarios jueves, 1 de septiembre de 2011


La puerta del mueble estaba vencida y caída hacia adelante, para cerrarla había que sujetarla con un cartón o bien con una hoja varias veces doblada que hiciera tope. No existía para Miguel orgullo más grande que ese mueble triste, viejo. Tenía un lugar destacado en el comedor, contra una de las paredes y en medio de la sala. Su esposa lo aceptó siempre a regañadientes al objeto, que a veces parecía tener más entidad que varias decisiones en conjunto.






Cuando Miguel no estaba lo abría y siempre encontraba lo mismo: sus recuerdos de niño, algunos cuadernos de escuela, un par de corbatas de adolescente, copas de torneos de fútbol que ya no existen. Lo que le llamaba la atención es que en la parte posterior de la puerta estaba pegada una hoja en blanco, pero que detrás se veía algo escrito aunque no distinguía qué. Doblaba el cartón para hacer tope en la puerta exactamente igual a él para que no se diera cuenta que anduvo mirando el mueble triste.






Una noche Miguel volvió muy tarde, ella lo esperó para prepararle la comida. Fue a buscar el postre y cuando regresó estaba Miguel revolviendo el mueble triste.






¿No viste un señalador?.



“¿Un señalador?. No, yo nunca abro ahí”, mintió con estilo Carla.






Después de mucho buscar lo encontró y se lo llevó a la habitación, ambos se acostaron, él se puso a leer un libro y cuando se decidió dormir usó el señalador para marcar la hoja. Carla vio eso y esperó pacientemente su momento. Cuando Miguel estuvo dormido dio la vuelta a la cama y tomó el libro de la mesa de luz, lo abrió. El señalador, muy viejo y despintado, decía “Sólo viven aquellos que luchan-Víctor Hugo-Los miserables”. Eso no significaba nada para Carla.






Los días pasaron y el ánimo de Miguel iba en bajada, el postre pasaba a ser un café en donde le contaba todos sus pesares laborales. A la mañana otra vez Carla vio a Miguel revolviendo el mueble triste. Encontró una hoja muy amarilla o en realidad parecía un sobre muy amarillo por el tiempo. Decía “Abrir a los 37 años”. Lo abrió y estaba la letra de su papá. El mensaje decía “Ya leíste el señalador, ya leíste esta carta. Sabés lo que sigue”.






Ella entendía más bien poco y sospechaba que su marido algo menos. Carla le preguntó en confianza por la hoja puesta en la parte de atrás de la puerta del mueble triste y él le dijo que debía leerla luego de todo lo que le ocurriera.






Dos días después Miguel renuncia a su trabajo, se pelea con su jefe, llega a la casa mojado por la lluvia repentina que no perdonó a su traje. Sacó los objetos del mueble triste y los puso en otro lugar. Le contó a su esposa lo que el padre le había dicho hace muchos años, de cómo a los 37 iban a suceder todas y cada una de las cosas, que no entendía cómo podía saberlo tantos años antes.






“Para honrar pasado olvídelo caminando su presente”, decía la hoja en la puerta.






Un martes lo dejó en la calle, al lado del poste.



A ese mueble viejo, su tristeza, para empezar de nuevo.

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"Sol de calefón" -CC-

1 comentarios jueves, 18 de agosto de 2011


Estaban las dos mirando el mar, de cara al sol del mediodía. De pronto la mamá la mira y pregunta ¿qué sentís que te falta por cumplir, Anita?. Y ella responde “no lo sé, creo que cumplí con todo lo que quiero. ¡Y callate, no me llames Anita! Soy Ana, mamá”.






Era imposible que dejaran de llevarse mal en todo momento, Ana era memoriosa o rencorosa, ya a esa altura le daba lo mismo, la cuestión es que recordaba muy bien su primer enojo con ella. A los 8 años no la dejó ir a la fiesta de cumpleaños de una compañera de colegio porque ambas madres estaban enojadas. Y ese fue el principio de una cadena de rispideces o para mejor decir, de recuerdos encadenados en donde las discusiones con los años fueron cambiando de color y estilo. La mira y se le viene a la mente el casamiento, de lo que padeció la última semana peleando con ella por pavadas.






Varias veces intentó dejar de hablarle pero no podía con la sangre familiar, era más fuerte que ella y volvía. Así fue la relación durante 25 años. Estaban ahora en Mar del Plata. Caminaron por la rambla y bajaron hasta la arena. El sol de agosto es tibio, el mar invita a la reflexión cuando no hace calor y nadie se mete en él. Ana veía bien a su madre, contenta. Un vestido entre gris y blanco, una bufanda de hilo gris a rayas, el pelo algo más largo y sobretodo serena, sin la intención de atacarla.






Se arrepintió enseguida de haberle dicho que se calle y lo quiso remediar poniéndole una mano en el hombro. La mamá en cambio la tomó de la mano y ambas caminaron. Ana no le decía nada pero la situación le parecía extraña, ¿Te acordás cuando ibas y venías del agua pensando que se pondría tibia?. Ana le dice que de chica creía en que el sol era algo así como un gran calefón que calentaba el agua del mar pero siempre estaba fría. Ambas rieron recordando lo mismo.






La madre en un momento se detiene y la mira, se saca la bufanda y quiere atarla en el cuello de Ana. El viento soplaba y lo sencillo parecía complicado pero al final pudo. La miró y le dijo ahora volvete a tu casa porque es tardísimo. “¿Y vos cómo sabés?” . Ana se da vuelta desatándose la bufanda, enojada para variar, la tira en la arena.






Pega un grito. Se despierta. Con un brazo golpea en la cama al marido, que también grita. ¿Qué pasa?, le dice. Ana intenta hacer pie con su mente, cosa difícil a la mañana. “¿Hace cuanto estamos acá?”. Desde que fue lo de tu mamá, hace dos días, le dijo el marido. Ella se pone lo primero que encuentra, se va a la playa, sale sin campera y tiene mucho frio.






Hay viento pero es dia de sol. Va hasta donde habían visto. Mira el mar, le grita y lo insulta, como testigo silencioso que no ayuda. Cuando se da vuelta camina, ve un hilo en el suelo, tira de él, es la bufanda gris a rayas. Le saca con la mano la arena y nota que está tibia.






Como ese mar que soñó que tenía un sol de calefón. Desde ese dia Ana no duerme. Sueña. Que volverán felices, ahí. Juntas.

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Lo que hay detrás de la puerta: El último día de Ordoñez (primera parte)

1 comentarios miércoles, 7 de abril de 2010

Movía la lapicera con su mano de lado a lado deseando que el tiempo pase, aunque en general la acción de esperar que algo ocurra haga que todo parezca más lento. Se miró la corbata gris y azul más como tic que como comprobación de si estaba o no arrugada. Estiró su cuello todo lo que pudo buscando descontracturarse pero los sillones de cuero eran muy poco mullidos y su espalda imploraba comodidad. Resopló, mirando de costado el reloj marrón de la pared. Había un cosquilleo en los pies y cuando sentía eso era señal de algo no muy venturoso.


Lo habían citado de la Gerencia y no sabía la razón, sobretodo porque teniendo su número de interno prefirieron convocarlo a la oficina y no decírselo por el teléfono. Cuando hay aumento uno se entera por rumores, cuando hay nombramientos uno se entera por algún memorándum, cuando no se renuevan contratos obligatoriamente se acerca fin de año. Pero ninguna de estas opciones, pensaba él, se estaban dando así que esto realmente sería una sorpresa. A pesar de los años ahí dentro se sentía frente a la situación como el peor de los novatos.

Cuando se abrió la puerta se levantó del sillón pero salió una mujer y no el Gerente, la puerta quedó abierta. Esperó unos eternos 15 segundos y se acercó para ver si había alguien. Vio al Gerente en su escritorio, reconcentrado leyendo unos papeles, y sin percatarse de la presencia de alguien. Cuando iba a hablar, el Gerente levantó la vista.

Ordoñez…pase…¡¡bueno, ya está adentro!!...siéntese…¿cómo anda?. ¿Le pido un café?

Comprendió que la charla iría a durar un rato y pidió un cortado. Comprobó que detrás de tanta amabilidad había una situación forzada, al fin y al cabo al Gerente lo conocía y sus muecas en la cara ya las veía venir. Dando el paso de confianza que otorgan los años, lo tuteó.

“¡Decime qué es lo que pasa antes de tomarme el café, al menos sabré por qué me va a caer mal!. ¿Es sobre mi el tema?”.

El Gerente lo miró buscando las palabras para empezar su discurso de ocasión.
Mirá…nos conocemos ¿hace cuánto? 20 años…un poco más. Y aunque te enoje sabés que tengo menos edad que vos. Me tocó decirte justo la parte más asquerosa de mi laburo, la que odio, que es comunicar malas nuevas. El asunto es que…me informaron de arriba que van a hacer un recorte y que están prescindiendo de aquellos a los que le faltan pocos años para el retiro, a vos te faltan…esperá que me fije acá…

“Un año y medio”…
-Tal cual, un año y medio, sí. El asunto es que…estamos con el 2010 iniciado hace poquito y si bien me dijeron que ya es decisión tomada, me pareció una crueldad que te dejaran en la calle, y quiero que sepas que pedí para que se te respete tu cargo por lo menos hasta fin de este año.

El cosquilleo de pies en Ordoñez tenía un justificativo. Respiró escuchando lo que ya intuía desde que lo llamaron a la oficina, lo que nunca imaginó es que el Gerente le saldría con que había peleado por él ese “favor” de sostenerlo un tiempo más. Pero no sintió ganas de agradecérselo, quizás porque notó que el gesto estaba hecho para ser luego agradecido y nada más. Sin embargo había más informaciones para este boletín.

Llegó el café que ninguno de los dos se atrevió a tomar, el clima no estaba para eso. Ambos se conocían y estaban dolidos por razones diferentes, era obvio. Uno por comunicar algo que no quería, y el otro por recibir la noticia que tampoco quería. Sin embargo el Gerente tenía más para decir.

Supongo que lo ubicás a Jorge…

-“Jorgito, si, tu hijo, claro…¿cómo anda él?”

Bueno…¡ya no me atrevo yo a decirle Jorgito! Ha crecido y es todo un hombre. Se fue a hacer el Master en Estados Unidos, creo que te conté, y volvió con las mejores notas. Le dije que presentara su currículum acá y adiviná…¡lo aceptaron!.

Y como ocurre en las películas, terminó de decir eso y apareció Jorge. Elegante en un traje de primera marca y con una sonrisa ancha. Ordoñez se dio vuelta para verlo mejor y lo saludó. Le dio la mano cuando su cabeza comenzó a razonar todo: Jorge sería nombrado en su lugar. Pero ninguno de los dos se lo dirían, esperarían a que se diera cuenta y eso ya había ocurrido.

Se puso de pie y dijo que no tomaría el café, que volvería a su oficina. Ni el Gerente ni su hijo le dijeron palabra alguna, estaba todo dicho. Se rascó la cabeza buscando paz por un minuto pero no había forma.
Repasó sus inicios, más o menos semejantes a los que hoy le tocaban como final, le había ocurrido en su momento reemplazar a una persona que se jubilaba. Se rió de la parábola del destino y de lo que la vida abre y cierra como puertas, ahora él cerraba la suya. Avisó a quien pudo sobre lo que pasaba y se dispuso a seguir trabajando.

En cualquier lugar todos los días se viven como el último, así de salvaje es el mundo laboral. La diferencia es que en esta oficina, Ordoñez se empezaría a despedir haciendo todo lo que no pudo antes. Estemos atentos.
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La chica de los apodos

1 comentarios miércoles, 23 de diciembre de 2009

Creo en el orden cósmico sin lugar a dudas, entendido como algo que escapa a nuestra realización y que por si, busca que todas las piezas encajen perfectamente. Las piezas en general somos nosotros y los motivos también son sagradamente nuestros.

A fines del año pasado un ex compañero del primario dio con mi dirección de correo electrónico y así se pusieron un grupo pequeño de ellos en contacto conmigo. Luego del intercambio de datos de rigor me dieron algunas direcciones de correo electrónico para que pudiera hacer contacto con los hasta allí encontrados y eso hice.
Me fui a un locutorio en una mañana de diciembre y mandé en un solo mail a todas esas direcciones mis saludos y alegría de haber dado con ellos. Al otro día revisé mi cuenta buscando novedades.

Sólo una persona había respondido.

De todo aquel listado era con quien menos diálogo tuve en aquellos años, y a menor confianza más distancia, dicen. Respondí formalmente y me alegré de su respuesta posterior. El retorno de algunos nombres a mi vida era de la mano de alguien de quien nunca hubiera esperado eso. Y sin embargo hubo confianza enseguida, alegría a partir de sus respuestas, y yo intentaba no ser menos.

Formó familia y vive lejos de donde yo vivo así que el correo electrónico y el chat son las ayudas fundamentales. Pero con el chat no me llevaba, lo tenía instalado en mi computadora pero renegaba bastante de su uso. Ella me insistió en poder hacerlo y empecé de a poco.
Estaba muy contento de lograr confianza con alguien que era conocida y desconocida a la vez, era extraño. Sin embargo estuve seguro y feliz con ella, un lindo abrigo para empezar a ser amigos.

Hicimos ambos un curso acelerado contándonos nuestras cuestiones, le pusimos empeño en comprenderlas y nos acompañamos en las que merecían apoyo. Intenté estar a la distancia con ella ante algunas circunstancias, tendiendo la mano desde tan lejos y sintiéndola tan cerca. No sé si le pasó lo mismo, pero me hizo tan bien su presencia que de alguna manera empujó al año a que así lo fuera, me dio ganas de poner en acción a mis intenciones de mejorar, ella es la hermosa culpable.

Tiene claramente un problema. Un nombre que me remite a muchos recuerdos y evito decir en voz alta. A eso hay que sumarle que no soy un gran fijador de nombres, los olvido, con lo cual intento a partir de algún hecho o sobrenombre, ubicar a la gente. En su caso ella era alumna excelente y junto a otra, yo no les hablaba porque temía no tener un tema de conversación. Interpretaba de chico que el conocimiento distanciaba demasiado a la gente, que no había temas generales.

La rubia, sin dudas, era como San Martín y yo el lustrabotas del Sargento Cabral, sentía jerarquía. Equivocadamente, porque ella no generaba eso, pero mi mente sí.
Para solucionar esto de no nombrarla, decidí ponerle apodos para recordarla. También funcionan como códigos entre nosotros y todos tienen que ver con ella, describiéndola.

Salí de mis rutinas bastante oxidadas de siempre tener las mismas actividades. Me invitó a su mundo y a conocer a su familia y yo dudé porque no estaba acostumbrado a viajar, mi confianza en las cosas nuevas para hacer aun no era tan importante como hoy ya lo es.

Dudé bastante, pensé en qué diría su marido que le caiga a su casa alguien que no conoce y se quede unos días. Pero de nuevo me sorprendieron: me llamó por teléfono y me invitó él personalmente, me obligó a poner fecha y que me esperaría retrasando su trabajo para poder verme. A esa altura ya debía ir por simple curiosidad. ¡Una familia tan maravillosamente normal no existe!.

Le dije unos días antes que me enviara una foto para poder ubicarla si me iba a buscar, porque iba a complicarse. Me envió una foto y ya su pelo no es largo ni se lo ata, debía buscar otros parámetros. Luego de un eterno viaje recorriendo la Argentina entera antes de llegar (me vendieron pasaje en el micro que paraba en todas las esquinas), la vi, sola, sentada en la estación terminal, mirando para la ventanilla a ver si era el micro.

Un viaje eterno que valió la pena. Fue muy lindo y fui feliz de verla otra vez, aunque ya no como compañera de aquellos años, ahora fui a ver a una amiga reciente, a quien quería seguramente mucho más y mejor que aquella. Lo tomé como un viaje de egresados para disfrutar y la pasé muy bien.

Conocer a la gente implica hacerlo en todos los momentos y no habíamos tenido contrapuntos, hasta que los hubo, y también aprendí de ellos, padecí el enojo: es brava y también cariñosa, todo en la misma mano que tiende.

Revitalizó un poco mi entorno, y si bien la lejanía impide, está de alguna manera en mis cosas. No es una amistad que empieza y acaba en el año, creo que empezó rápidamente y ahora seguirá conmigo, aunque ya no sea la rubia aquella que se ataba el pelo largo.

Crecimos. Aprenderemos porque nunca es tarde. A ser mejores, primero para con nosotros, a predisponernos en recibir lo que damos a diario, a no sufrir si no es por lograr mejorar, a ver el futuro aun con el sol de frente, como alguna vez leí por ahí. Todas estas cosas nos unen y sin ella las padecería bastante.
Gracias, brujita.
Sin vos el año no hubiera sido movido. ¡Y lo fue!
Te quiero mucho. Le debo una a la vida.
read more “La chica de los apodos”